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El Dicasterio vaticano para el Diálogo Interreligioso ha hecho público hoy su mensaje a los musulmanes, con motivo del mes de Ramadán y la fiesta de Eid al Fitr, con la que concluye.
Desde la Archidiócesis de Tánger nos hacemos eco de este mensaje para transmitir nuestros mejores deseos a los musulmanes de este país que nos acoge, Marruecos.
Mensaje para el mes de Ramadán y Eid al Fitr
1447 H. / 2026 d.C.
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Queridos hermanos y hermanas musulmanes:
Con gran alegría me dirijo a ustedes con motivo del mes de Ramadán, que concluirá con la festividad del Eid al-Fitr, la Fiesta de la Ruptura del Ayuno. Esta importante celebración anual me brinda una oportunidad especial para expresarles mi cercanía y respeto, creyentes en «el único Dios, vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres» (Concilio Vaticano II, Nostra Aetate, 28 de octubre de 1965, 3).
Este año, por una convergencia providencial de calendarios, los cristianos vivimos este tiempo de ayuno y piedad junto a ustedes a través del santo tiempo de Cuaresma, que conduce a la Iglesia a la celebración de la Pascua. Durante este tiempo de intensa espiritualidad, buscamos seguir con mayor fidelidad la voluntad de Dios. Este camino compartido nos permite reconocer nuestra fragilidad inherente y afrontar las pruebas que nos abruman.
Cuando afrontamos dificultades —personales, familiares o institucionales—, solemos creer que comprender sus causas nos mostrará claramente el camino a seguir. Pero con frecuencia descubrimos que la complejidad de estas situaciones nos abruma. En una época marcada por la profusión de información, narrativas y puntos de vista contrapuestos, nuestro discernimiento puede nublarse y nuestro sufrimiento intensificarse. Entonces, surge naturalmente una pregunta: ¿cómo encontramos el camino a seguir? Desde una perspectiva puramente humana, la respuesta puede parecer esquiva, dejándonos con una sensación de impotencia.
Es precisamente en este momento que puede surgir la tentación de sucumbir a la desesperación o la violencia. La desesperación puede parecer una reacción sincera ante un mundo quebrantado, mientras que la violencia puede presentarse como un atajo hacia la justicia, eludiendo la paciencia que exige la fe. Sin embargo, ninguno de los dos puede constituir un camino aceptable para los creyentes. El verdadero creyente mantiene la mirada fija en la Luz invisible que es Dios —el Todopoderoso, el Misericordioso, el Único Justo— que «gobierna a los pueblos con equidad» (Salmo 96:10). Un creyente así se esfuerza, en la medida de lo posible, por vivir según los mandamientos de Dios, pues solo en ellos encontramos tanto la esperanza del mundo venidero como la paz que tanto anhela todo corazón humano.
En efecto, nosotros —cristianos y musulmanes, junto con todas las personas de buena voluntad— estamos llamados a imaginar y abrir nuevos caminos para renovar la vida. Esta renovación se hace posible mediante la creatividad alimentada por la oración, la disciplina del ayuno que clarifica nuestra visión interior y las obras concretas de caridad. «No te dejes vencer por el mal —nos exhorta el apóstol Pablo—, sino vence el mal con el bien» (Romanos 12,21).
Queridos hermanos y hermanas musulmanes, especialmente aquellos que luchan o sufren en cuerpo o espíritu por su sed de justicia, igualdad, dignidad y libertad: tengan la seguridad de mi cercanía espiritual y sepan que la Iglesia Católica se solidariza con ustedes. Nos une no solo la experiencia compartida de las dificultades, sino también la sagrada misión de restaurar la paz en nuestro mundo herido. Realmente estamos todos en la misma barca (Papa Francisco, Carta Encíclica Fratelli Tutti, 3 de octubre de 2020, n.º 30).
Paz: este es mi ferviente deseo para cada uno de ustedes, sus familias y las naciones en las que viven. No se trata de una paz ilusoria ni utópica, sino del fruto del «desarme del corazón, la mente y la vida», como enfatizó el Papa León XIV (Mensaje para la 59.ª Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2026). Esta paz es un don recibido de Dios y alimentado al desactivar la hostilidad mediante el diálogo, la práctica de la justicia y la cultura del perdón. En este tiempo compartido de Ramadán y Cuaresma, que nuestra transformación interior se convierta en la levadura de un mundo renovado, donde las armas de la guerra den paso a la valentía de la paz.
Con estos sentimientos, rezo para que el Todopoderoso los colme a todos de su amor misericordioso y su divino consuelo.
Desde el Vaticano, 17 de febrero de 2026
George Jacob Cardinal Koovakad, Prefecto
Mons. Indunil J.K. Kodithuwakku, Secretario
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