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Ven Espíritu Santo - Carta de nuestro arzobispo a la diócesis
23 mayo 2026

VEN ESPÍRITU SANTO,

Y RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA

Carta a la Archidiócesis de Tánger con motivo de la Solemnidad de Pentecostés 2026

El Espíritu Santo, cuya solemnidad celebramos en Pentecostés como culminación de las fiestas pascuales, nos colme con su fuerza y con su luz a todos los que caminamos en la Iglesia particular de Tánger.

Un año más, coincidiendo con la solemnidad de Pentecostés os escribo una carta con el deseo de animar en cada uno de vosotros y en mí mismo una acogida del Espíritu Santo cada vez más dinámica, que potencie en nuestra pequeña comunidad eclesial un deseo más vivo y operante de anunciar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo con la vida y la palabra. Quiero comenzar con unas palabras de Ignacio Hazim, obispo metropolita de Lattaquié (antigua Laodicea), pronunciadas en el ya lejano 4 de julio de 1968 durante la asamblea general del Consejo Ecuménico de las Iglesias; en ellas presenta la acción del Espíritu Santo como un Pentecostés que no se reduce a los límites marcados por aquella acción sorprendente narrada en el libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11; Pentecostés, la acción del Espíritu Santo sigue hoy actuando y liberándonos de las tentaciones de la autorreferencialidad y de la resignación:

«Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autoridad es dominación, la misión es propaganda, la adoración es evocación y la acción del ser humano es la moralidad de un esclavo. Pero en el Espíritu Santo el cosmos se eleva y gime en la gestación del Reino, el Cristo Resucitado está presente, el Evangelio es el poder de la vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, la acción humana está divinizada. El Espíritu Santo… da a luz, habla a través de los profetas, lo pone todo en diálogo. Él pone en comunión, siendo él mismo difundido, atrae hacia la segunda venida, es Señor y da vida. Por medio de él, la Iglesia y el mundo claman con todo su ser: ‘Ven, Señor Jesús’ (Ap 22:17-20)».

Haciéndome eco de loe expresado del obispo Hazim os escribo con el deseo de compartir con vosotros la certeza de las palabras de la Secuencia de Pentecostés que encabezan esta carta: “Ven espíritu Santo y renueva la faz de la tierra”; pare ello permitidme comenzar con un texto de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos; y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz”. (Flp 2,6-9).

Este himno cristológico, que frecuentemente proclamamos en la oración vespertina de la Liturgia de las Horas, define plenamente la magnífica y dramática realidad del misterio de la Encarnación del Verbo. No estamos ante un juego de apariencias, ante un dios que aparece como si fuera hombre, como quería la herejía docetista. ¡No! Por la encarnación Dios asume en Jesucristo la profunda realidad de la existencia humana. Pero esto mismo hace que Dios entre libremente en nuestras limitaciones más hondas. De hecho, Jesucristo, el Hijo de Dios, vive su existencia terrena desde una triple limitación asumida, por amor, sí, pero con todas sus consecuencias:

–   LIMITACIÓN TEMPORAL

Jesús de Nazaret vive en un tiempo determinado; su historia personal se encuadra en unas coordenadas temporales muy precisas:

  • Nacimiento de Jesús: “Por aquellos días el emperador (César Augusto) dictó una ley que ordenaba hacer un censo en todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria”. (Lc 2,1-2)
  • Inicio de su ministerio público: “El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea; estando Herodes a cargo de la provincia de Galilea; su hermano Filipo a cargo de la provincia de Iturea y de Traconítide; y Lisanias a cargo de Abilene; bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”. (Lc 3,1-2) 

Como hombre, Jesús experimenta la limitación de una vida breve; apenas 33 años marcan el desarrollo de toda su existencia humana. Por lo que se refiere a la duración de su vida pública. Según San Juan, ésta duró un mínimo de dos años, puesto que menciona tres celebraciones pascuales. Los evangelios sinópticos colocan las cosas de manera diversa. No conocen más que una subida a Jerusalén y una sola Pascua; según esto toda la vida pública de Jesús se habría podido desarrollar en unos cuantos meses, pero se trata de un esquema literario claramente simplificado.

Aceptando el planteamiento de san Juan y, con él, los datos de la tradición, el ministerio evangelizador de Jesús se extiendo, en el mejor de los casos, a lo largo de tres años.

–   LIMITACIÓN ESPACIAL

Jesús nace en un territorio determinado. La tierra que llamamos “Santa”, ligada a la historia de los grandes imperios que se sucedieron a lo largo de los siglos en la cuenca mediterránea; es una tierra que en tiempos de Jesús se encontraba bajo control romano. Pompeyo había tomado Jerusalén el año 63 a.C., inaugurando así el comienzo de una ocupación de varios siglos.

Dentro de este territorio, Jesús nace en Belén, pueblo minúsculo de Judá, importante por ser la cuna del rey David, pero carente en esa época de cualquier importancia económica, política o social. La mayor parte de su vida se va a desarrollar en Nazaret, en la región de Galilea, trabajando con sus manos como un artesano más. Y, cuando tras el bautismo en el Jordán, se lanza a un ministerio itinerante de predicación, la zona que recorre se extiende a lo largo y ancho de unos pocos kilómetros cuadrados. Sus palabras y sus signos son apreciados, en el mejor de los casos por unos pocos miles de conciudadanos.

–   LIMITACIÓN CULTURAL/LINGÜÍSTICA

Como todo ser humano, también Jesús nace en el seno de un pueblo muy concreto, el pueblo de Israel; heredero y portador de una historia y una cultura muy precisas; un pueblo que se expresa en arameo, lengua pobre de recursos y hablada en aquel por una población poco numerosa. Se trata de una lengua y una cultura con categorías muy precisas.

Cuando contemplamos esta triple limitación en que se enmarca la vida de Jesús, común con las peculiaridades que queramos o todo ser humano, no podemos por menos de sorprendernos y “escandalizarnos” ante la pretensión del rabí Jesús de Nazaret y de sus discípulos de la primera hora de colocar en él el centro de la historia y del cosmos, la manifestación plena y definitiva de Dios y de su designio de salvación.

Cuando vemos esta triple limitación (temporal, espacial y cultural) nos parecen una hipérbole carente de sentido algunas expresiones que encontramos en los Escritos del Nuevo testamento, por ejemplo lo que San Pablo afirma en la Carta a los Filipenses (2,10-11): “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo. Y toda lengua proclame que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre”.

Es cierto que todos los testimonios evangélicos refieren el hecho de la resurrección/glorificación de Jesús como manifestación de que Dios ponía el sello de autenticidad en toda la vida y obra de Jesús de Nazaret. Es verdad que la resurrección hace que Jesús, rotas las barreras de la muerte, rompa definitivamente los lazos de la limitación que atenazan al ser humano en su devenir histórico. Es la resurrección la que hace que toda la vida y misión de Jesús, el Cristo, no quede reducida a la de un profeta, a la de un doctor de la Ley que tiene ideas luminosas y profundas y realiza una serie de signos sorprendentes que las corroboran… pero sin más transcendencia. Es verdad que la resurrección hace de Jesús alguien del todo particular…, pero las manifestaciones del Resucitado parecen seguir estando sometidas a ciertas limitaciones:

  • Jesús, vencedor sobre la muerte, se aparece siempre y sólo a sus discípulos;
  • Lo sigue haciendo sólo y exclusivamente en el escenario geográfico en que se ha desarrollado su vida terrena;
  • Se expresa con las mismas categorías lingüístico-culturales con las que lo hacía antes de su pasión y muerte.

Da la sensación de que el resucitado ha roto, sí, las barreras y los límites impuestos por la muerte, pero para permanecer únicamente alentando la débil y mortecina esperanza de unos pocos discípulos incapaces de asimilar y remontar el drama del fracaso del maestro.

Atendiendo a los datos del Nuevo Testamento no hay duda, en efecto, de que la comunidad de los primeros seguidores de Jesús vive con un profundo desconcierto, tanto los acontecimientos previos a la pasión y muerte como los que siguen a la resurrección:

  • Es una comunidad COBARDE: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena…. Y el discípulo al que Jesús más quería”. (Jn 19,25s); “la tarde de aquel mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Jn 20, 19); “ocho días después, los discípulos estaban de nuevo reunidos en casa… con las puertas cerradas. (Jn 20.26).
  • Es una comunidad HUIDIZA: El relato de los dos discípulos que van camino de Emaús (Lc 24, 13-33) es emblemático del miedo, el desconcierto y la huida en que se encuentra sumido el grupo de los Apóstoles y la Iglesia naciente.
  • Es una comunidad DESCONCERTADA: “El primer día de la semana, muy temprano, (las mujeres) fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado… Entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús, de manera que no sabían qué pensar”. (Lc 24,1-3); “regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y les creían. Pedro se levantó y corrió al sepulcro vacío. Es inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido”. (Lc 24, 9-12); “mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos. Les dijo: «Paz a vosotros». Estaban atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu”. (Lc 24, 36)

 Leyendo los relatos evangélicos postpascuales se descubre que la comunidad de los discípulos de Jesús vive la dramática experiencia de la pasión y muerte de Jesús sin ser verdaderamente capaz de llegar a comprender el alcance de su resurrección. Aparentemente toda la vida y misión de Jesús se aboca al más estrepitoso de los fracasos. Y…, sin embargo, no es así.

Ya en su discurso de despedida (Jn 13-17) Jesús prepara a sus discípulos para el momento posterior a su muerte, resurrección y ascensión; de hecho, las apariciones del Resucitado tienen como misión fundamental fortalecer la fe vacilante de los discípulos y recordarles el contenido de aquel discurso: “Yo rogare al Padre y os dará otro Abogado que estará con vosotros para siempre: El Espíritu de la Verdad… que permanece con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, sino que vendré a vosotros”. (Jn 14,16-18); “os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; en adelante el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho”. (Jn 14, 25-26); “os conviene que yo me vaya. Porque no si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor. Pero si me voy os lo mandaré… Tengo muchas más cosas que deciros, pero no podéis entender de momento; cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hacia la verdad plena… Él me glorificará porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo lo que tiene el Padre también es mío. Por eso os he dicho que recibirá de lo mío para anunciároslo”. (Jn 16,7. 12.14-15).

Es la promesa que Jesús hace a sus discípulos de enviarles el Espíritu Santo la que abre de par en par las puertas de la esperanza a una perspectiva de plenitud. El Espíritu Santo en cuanto: guía hacia la plenitud de la verdad y perenne recordatorio de la Buen a Noticia anunciada por el Señor. Es el Espíritu Santo quien garantiza que la misión de Jesús no está circunscrita a limitaciones de tiempo, espacio y cultura.

De hecho, la irrupción del Espíritu Santo en Pentecostés llena de contenido pleno las promesas de Jesús. Es el Espíritu Santo quien hace romper a Jesús la triple limitación que, como hombre le circunscribía y a las que el Verbo se había sometido voluntariamente por el misterio de la Encarnación.

El libro de los Hechos de los Apóstoles es, en este sentido, el auténtico paradigma de la verdad contenida en las promesas de Jesús: “Os conviene que yo me vaya para que el Paráclito venga a vosotros”. (Jn 16,13)

Vamos a recordar brevemente lo que sucedió en Jerusalén a la naciente Iglesia el día de Pentecostés. En aquella jornada memorable estaban reunidos los Apóstoles juntamente con María y otros discípulos (cf. Hch 1,13-14). La expresión “estar reunidos” hace referencia en el lenguaje del Nuevo Testamento a un “encuentro oficial”, seguramente la celebración de la Eucaristía.

La irrupción del Espíritu Santo tiene lugar en este contexto de espera, sostenido por las palabras de Jesús, palabras que escuchamos en la 1ª lectura de la misa del día de la Ascensión: “Recibiréis el Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra”. (Hch 1,8)

No nos vamos a detener en la hermosa descripción que de este hecho transcendental realiza San Lucas, pero sí vamos a tener en cuenta las consecuencias que la venida del Espíritu Santo tiene para los Apóstoles y para la Iglesia de todos los tiempos.

  • En cumplimiento de la promesa de Jesús, la venida del Espíritu Santo supone una ruptura de la LIMITACIÓN ESPACIAL. Los discípulos se desperdigan por Judea, Samaría, Costas del Mediterráneo, Asia Menor, Roma, España… y así hasta los últimos rincones del mundo. Es la fuerza del Espíritu Santo la que ha hecho saltar el límite encarnacional del hijo de Dios. Asistimos a una expansión del Evangelio que está llamada a no detenerse nunca.
  • Ruptura de la LIMITACIÓN TEMPORAL. Hay unas palabras de Jesús muy significativas: “El Espíritu Santo os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho… Tengo muchas más cosas que deciros, pero no podéis entenderlas ahora; cuando venga Él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. (Jn 14,26; 16,12-13); “…y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mt 28-20).

Son palabras que hablan de una presencia como compañía, guía, y recuerdo. El Espíritu Santo es la Memoria de la Iglesia. Con Jesús -el Verbo encarnado- el Padre ha dicho todo aquello que tenía que decir al hombre, la Historia de la Salvación ha llegado a su plenitud, ya no es posible una revelación ulterior. Pero sí hay lugar para que el Espíritu Santo vaya recordando a la Iglesia de todos los tiempos la Buena Noticia de Jesucristo, haciendo emerger en cada momento aquello que los apóstoles “no podían entender de momento” (Jn 16,13).

La presencia del Espíritu Santo, don pascual del Señor resucitado, está destinada, además, a acompañar a la Iglesia hasta el final de los tiempos, hasta la Parusía, cuando el Padre recapitule en Cristo todas las cosas (Cf Co1,19-20).

  • Ya en el mismo día de Pentecostés, apenas producida la efusión del Espíritu Santo, se produce también la definitiva Ruptura de la LIMITACIÓN CULTURAL. La Iglesia, Cuerpo de Cristo anuncia por boca de Pedro el mensaje de la Salvación, y éste es comprendido por personas de las más variadas procedencias geográficas y culturales. En el elenco de Hch 2,8-12, estas personas representan a la totalidad de los pueblos de la tierra.

Ahora bien, esto que se da simbólicamente en el día de Pentecostés, no es sino la primicia de lo que la Iglesia, guiada por el poder del Espíritu Santo, realiza a lo largo de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles y sigue realizando hasta hoy a través de un anuncio inculturado del Evangelio en todos los pueblos, razas, lenguas y cultura de la tierra.

En esta misión evangelizadora que rompe todos los límites y supera ampliamente cualquier frontera cultural, espacial y temporal, la Iglesia debe volver constantemente los ojos y el corazón al Espíritu Santo, Él es quien la guía, quien nos guía hasta la verdad plena. Es Él quien en los albores del tercer milenio nos invita a recordar y a hacer nuestras las palabras de Jesús: “rema mar adentro y a echad vuestras redes para la pesca” (Lc 5,4).

La Iglesia y el mundo necesitan hoy más que nunca testigos que crean (creer = fiarse = confiar = apoyarse) en el Resucitado; personas creyentes que sepan que Dios ha sellado la palabra y la vida de Jesús y que manifiesten con su vida y su palabra que no hay para ellos otra manera de vivir que la de ser discípulos del Señor. De este modo, el anuncio evangelizador no será la mera transmisión de unas verdades de fe aprendidas y asimiladas, sino un no poder callar el don recibido. De este modo, la comunidad de los discípulos del Señor Jesucristo, sostenida por la fuerza pentecostal del Espíritu Santo, está llamada a seguir haciendo resonar la Palabra de Dios en medio del mundo: “… No os preocupéis por lo que vais a decir; decid lo que se os inspire en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu Santo”. (Mc 13,11).

El libro de los Hechos de los Apóstoles, paradigma de la Iglesia de todos los tiempos, evidencia esta presencia operante del Paráclito. Como los discípulos de la primera hora también nosotros vivimos inmersos en su órbita y actuamos movidos por su poder. No podemos olvidar tampoco que el mismo Espíritu actúa, no sólo en los evangelizadores, sino también en los receptores de la Buena Noticia. Es más, antes del escuchar el anuncio de la Palabra, ya hay en ellos elementos de gracia suscitados también por el Espíritu Santo.

De este modo responderemos a la llamada del Señor siendo sus testigos y tratando de configurar la historia de una forma nueva: defendiendo la vida allí donde está amenazada y acercándonos a las víctimas de la injusticia, la violencia y la opresión. Seremos testigos que, al prolongar la misión de Jesús, actuaremos a su estilo. Nuestra pastoral no será de conquista (al estilo del mundo y de las sectas) sino de cercanía y desposeimiento. Dispuestos a asumir, en el nombre de Jesús, las incomprensiones, los desprecios y la persecución; superando miedos y asumiendo riesgos.

Quiero concluir esta carta con las mismas palabras con que lo hice en 2023 en mi primera carta como obispo a la archidiócesis: “Que el Espíritu Santo, dinamice nuestra fe, rompa nuestras ataduras, disipe nuestros miedos, nos abra a la esperanza de una santidad plena y de una Iglesia diocesana “comunidad de comunidades” en la que todos los cristianos, conscientes de nuestra propia llamada pongamos al servicio del Reino de Dios todos nuestros dones y talentos. No es una utopía, es una realidad que Jesús quiere hacer posible en nosotros, en medio de la sociedad marroquí en la que estamos insertos, esperando únicamente que abramos la puerta y le permitamos entrar en nuestra particular morada (cf. Ap 3,20), para que pueda inundarnos con su amor y hacer nuevas todas las cosas”.

El Señor os bendiga con la paz.

+Fr. Emilio Rocha Grande, ofm
Arzobispo de Tánger

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