No sería prudente que diésemos por descontada la respuesta a la pregunta, quién es mi prójimo, pues no se trata de repetir algo aprendido, sino de entrar en un misterio.
Prójimo de un pueblo de esclavos se les hizo el Señor que bajó a librarlos. Prójimo se les hizo su Dios en el desierto, al darles su ley, tan prójimo que, con la ley que les dio, quiso estar él también en su corazón y en su boca. Prójimo se les hizo el Señor en todo tiempo en la voz de los profetas, en los hechos de la historia, en la palabra de los sabios, en la esperanza de los justos.
Prójimo de la humanidad entera se hizo el altísimo Hijo de Dios, prójimo de enfermedades y dolencias, de pobrezas, debilidades y miserias, prójimo de nuestra muerte: un Hijo prójimo que echa sobre sus hombros nuestra cruz, y nos invita a llevar sobre los nuestros su carga ligera.
Dios te hizo su prójimo cuando la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios te quiso su prójimo cuando llamó a tu posada, cuando nació en tu portal, cuando recorrió tus caminos para enseñarte y curarte, cuando se puso a tus pies para lavarte, cuando subió a tu cruz para justificarte y resucitarte.
Tan cerca de sí te llevó, tan prójimo suyo te quiso que, con el Apóstol, puedes decir con verdad: “Vivo yo, más no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.
Y éste es un misterio que sólo tu fe puede penetrar y gustar: Hoy, tu Señor se te hace cercano, y tú, su Iglesia, te sabes bienaventurada por ser su prójimo, tan cerca tu Dios de ti, tan cerca tú de tu Dios que guardas en el corazón la palabra que sale del suyo, y acoges en lo más íntimo de tu ser el cuerpo glorioso del altísimo Hijo de Dios.
Y ahora que has entrado en el misterio de un Dios que se ha hecho tu prójimo, escucha la palabra del mandato evangélico: “Anda, haz tú lo mismo”.
Como el Señor a quien escuchas, como el Hijo de Dios con quien comulgas, te haces prójimo de aquel a quien amas, haces prójimo tuyo a quien necesita de ti.
Feliz domingo.




El hermano Francisco de Asís había llegado al final de su proceso de conversión. El Señor lo había visitado en el monte Alverna, y en su cuerpo quedaron llagas evidencia de una crucifixión. Entonces, de su puño y letra, Francisco escribió un cántico al amor de caridad que lo había crucificado: “Tú eres el santo Señor Dios único, el que haces maravillas… tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero…”. Francisco, crucificado, ya puede decir con verdad: “Mi Dios, mi todo”.



Los discípulos se decían unos a otros: “Pero ¿quién es éste?” Y bueno será que nosotros nos lo preguntemos también, pues se trata de un misterio que la humildad de la fe ha de contemplar si quiere amar y agradecer.
Pensaba esta mañana por qué tengo que dar gracias a Dios por Santiago Agrelo. Es un problema ordenar las ideas cuando son varias, jerarquizar las razones cuando son muchas, o expresar el agradecimiento cuando forma parte de la intimidad de alguien que, sencillamente, es para ti un ejemplo en el creer, confiar y actuar. Hace más de cinco años que acompaña nuestra Revista Vida Religiosa, justo el tiempo que yo llevo en la dirección. Sus palabras siempre suaves, no han perdido el brillo y menos la fuerza de reivindicar, ofrecer, transmitir y exigir la verdad. Quizá ahí esté su vigor y la originalidad de este franciscano y obispo de Tánger.