Aquí estoy, envíame

Desde que Jesús envió a sus discípulos para ser sus testigos hasta el confín de la tierra, la historia de la Iglesia se ha ido entretejiendo con miles de envíos de misioneros.

A través de ellos, la Iglesia puede presentar la Buena Noticia en todo el mundo y estar con los que más sufren, también en estos tiempos de la pandemia del COVID-19.

Esta cadena sigue abierta hoy, y todos estamos llamados a unirnos a los nombres de Alfonso, de Juan Pablo y María…

El 18 de octubre es el DOMUND. Es el día en el que la Iglesia reza especialmente por la causa misionera, y nos recuerda que todos estamos llamados a participar activamente en la misión.

Hay zonas del mundo donde la misión de la Iglesia se encuentra con serias dificultades para seguir adelante por falta de medios personales y económicos. Son los «territorios de misión»:

  • Representan un tercio de las diócesis del mundo.
  • En ellos vive casi la mitad de la población mundial.
  • Allí la Iglesia sostiene 26.900 instituciones sociales y sanitarias, y 119.200 escuelas.
  • En los últimos 30 años, la Iglesia ha abierto en esos territorios una media de 2 instituciones sociales y 6 escuelas al día.

El Papa cuenta con Obras Misionales Pontificias para sostener esta presencia y labor de la Iglesia a través de la colecta del DOMUND.

PROYECTO #RefAidFronteraSur

La campaña de sensibilización y crowdfunding “RefAid – Humanizando la Frontera Sur” ha logrado alcanzar su objetivo. Gracias a ello, la aplicación móvil RefAid está ya operativa a ambos lados de la Frontera Sur, facilitando a las personas en desplazamiento forzoso el acceso a los diferentes recursos de ayuda disponibles.

El equipo de la Delegación Diocesana de Migraciones expresa su más sincero agradecimiento a las organizaciones colaboradoras en este proyecto (Caritas Maroc, Entreculturas, Manos Unidas, CVX España, Alboan, SJM, IUEM Comillas y Jesuitas Social) y a todas las personas, asociaciones y congregaciones religiosas que tan generosamente habéis hecho posible este proyecto en beneficio de las personas más vulnerables. Muchas gracias por vuestra implicación para ayudar a hacer de la Frontera Sur un lugar más digno y más humano.

El proyecto ‘#RefAidFronteraSur’ busca fondos para lanzar una app al servicio de las personas migrantes y refugiadas – DELEGACIÓN DIOCESANA DE MIGRACIONES DE TÁNGER

El proyecto ‘#RefAidFronteraSur’ busca fondos para lanzar una app al servicio de las personas migrantes y refugiadas.

“Más de medio millar de personas desaparecieron el año pasado ante nuestras costas”, denuncia Álvaro Sánchez SJ, Promotor de la Delegación Diocesana de Migraciones Nador, Marruecos. En 2019, un total de 893 personas perdieron la vida en la Frontera Sur, de las cuales 54 eran niños y niñas que murieron intentando alcanzar la costa española. La Frontera Sur es tierra de encuentro de varias culturas (magrebí, europea y subsahariana) en la que cohabitan diversas lenguas (árabe, francés, rifeño y español) y diferentes religiones (musulmanes, judíos y cristianos). En este rico y diverso lugar se da una realidad dramática. La frontera, donde confluyen las rutas migratorias del oeste y norte de África, es una herida abierta en la que personas de África, Oriente Medio y Asia ponen en riesgo sus vidas. “Hemos encontrado mucha inseguridad en esta frontera”, explica Karim Bah, migrante forzoso en Nador.

Actualmente, los servicios a la población vulnerable en la Frontera Sur, a causa de la COVID19, se ofrecen a menudo con carácter puntual para tratar de responder a una situación de emergencia; informar y movilizar a las comunidades no es algo sencillo ni ágil. En la Frontera Sur, las personas solicitantes de asilo, refugiadas, desplazadas y migrantes carecen a menudo de información sobre los recursos y servicios disponibles a su alcance. Por eso, desde la Delegación Diocesana de Migraciones de Tánger (DDM) y en colaboración con varias organizaciones; Alboan, Caritas au Maroc, CVX-España, Entreculturas, el Instituto Universitario  de Estudio sobre Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas, Jesuitas Social, Manos Unidas y el Servicio Jesuita a Migrantes, han puesto en marcha el proyecto #RefAidFronteraSur, un crowdfunding que tiene como reto conseguir 20.000 euros en 28 días (entre el 10 de julio y el 7 de agosto) para obtener la licencia de uso de la plataforma digital RefAid en el territorio de Marruecos que permitirá a las organizaciones humanitarias publicar sus servicios y actualizarlos en tiempo real facilitando el acceso a la información y a la red de servicios humanitarios disponibles(alimentos, atención médica, refugio, etc.), para las personas en tránsito (migrantes, refugiadas, solicitantes de salido y desplazadas) en la Frontera Sur.

“Queremos garantizar el acceso a los derechos fundamentales que toda persona merece”, explica Oumou Diallo del equipo de mujeres de la DDM. Además, si los fondos recaudados llegan a los 30.000 euros permitirá habilitar RefAid en buena parte del territorio español, haciendo posible la integración en la plataforma digital de las organizaciones del otro lado de la Frontera Sur. La plataforma incluye una aplicación móvil disponible en varios idiomas.

https://www.entreculturas.org/en/noticias/refaidfronterasur-crowdfunding-para-una-app-al-servicio-de-las-personas-migrantes-y

https://www.europapress.es/epsocial/migracion/noticia-proyecto-refaidfronterasur-busca-fondos-lanzar-app-servicio-personas-migrantes-refugiadas-20200710110920.html

“Aunque es de noche”:

Es la fiesta del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

El místico escribió así de este misterio: “Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche”.

La misma fe que alumbró la noche del místico nos toma de la mano en este día y nos introduce en el misterio del mismo pan vivo, para que creamos, para que comamos, para que vivamos.

Aquel Verbo que, hecho carne, habitó entre nosotros, de cuya plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia, en este pan vivo lo acogemos, aunque es de noche.

Aquel Unigénito que el Padre le dio al mundo, medida sin medida de su amor, para que el mundo tuviese vida eterna, en este pan vivo se nos da, aunque es de noche.

Aquella luz que vieron los que habitaban en tierra y sombras de muerte, la misma luz que iluminó los ojos del ciego de nacimiento, brilla para ti en este humilde sacramento, aunque es de noche.

La vida que se anunció en la resurrección de Lázaro y se manifestó gloriosa en la resurrección de Cristo Jesús, ésa es la vida que recibes con este pan del cielo, aunque es de noche.

En este sacramento el Padre te convida, el Hijo se te entrega, el Espíritu te santifica, aunque es de noche.

En este admirable sacramento, el Espíritu Santo nos transforma para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu, y seamos así ofrenda agradable a los ojos del Padre, aunque es de noche.

La paz y la salvación que, con el don del Espíritu Santo, el amor del Padre ofreció al mundo entero por la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, en este pan vivo se nos dan, aunque es de noche.

En este pan siempre te espera el que te ama, aunque es de noche.

Y si quieres abrazarlo porque te mueres de amor, porque necesitas decírselo, que le quieres, porque se ha quedado contigo, porque no sabes vivir sin él, entonces abrázalo en los pobres, díselo al oído de los pobres, díselo quedándote con ellos, porque no sabes vivir sin ellos, porque en ellos lo ves a él, aunque es de noche.

Aprender a Dios en Dios:

Dios es amor. No te conformes con creerlo. Entra en lo que crees: entra en el amor con que te aman, aprende el amor con que has de amar.

Porque es amor, Dios sólo puede ser Uno, pues el amor es vínculo de perfecta unidad. Pero, iluminados por la palabra de la revelación, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna y única divinidad, adoramos a Dios Padre, con su único Hijo y el Espíritu Santo, tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad.

He pedido palabras a la liturgia para decir de lo indecible, para hablar de lo inefable. Pero has de buscar en la memoria de la fe otras palabras que te ayuden a entrar en el misterio que confiesas, a gustar lo que se te conceda conocer, a contar lo que allí se te haya concedido gustar.

No se entra en el misterio de Dios por la fuerza de la deducción lógica, sino por la gracia del encuentro amoroso. Sólo el amor abre el cielo para que oigas y veas, para que conozcas y creas, para que gustes y ames.

Se te ha dado conocer el amor del Padre al Hijo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Se te ha concedido saber del amor que el Padre te tiene a ti: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Te han llamado a morar en el amor que has conocido: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

Ya sabes dónde has de aprender a Dios, para conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa: a Dios lo aprendemos en Cristo Jesús. Nadie va al Padre, si no va por Jesús. Nadie recibe el Espíritu, si no lo recibe de Jesús. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre, porque Jesús está en el Padre, y el Padre está en Jesús.

En Cristo Jesús aprendemos este misterio, que no es sólo de Dios, sino que, por el amor que Dios nos tiene, es también nuestro misterio: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

A ti, por la fe, se te ha dado beber de la eterna fuente que es la Trinidad Santa, pues el Hijo de Dios salió del Padre y vino al mundo, salió de Dios y vino a ti: creíste en él para salvarte, bebiste en él para tener vida eterna.

A ti, por la fe, se te ha dado volver con el Hijo a la eterna fuente de la que Él ha nacido, de la que Él había salido. Ya no podrás hablar del Hijo de Dios sin hablar de ti, pues Él no quiso volver al Padre sin llevarte consigo.

Considera dónde moras, en qué fuego tu zarza arde ya sin consumirse, en qué infinito caudal se apaga tu sed de eternidad, y deja que el deseo de Dios te mueva hasta que te pierdas en el Amor.

Y mientras no llega para ti la hora del deseo apagado, entra en el tiempo divino de la Eucaristía, y habrás entrado por el sacramento en la eterna fuente que mana y corre.

Allí aprenderás a Dios; allí conocerás la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu; allí, con Cristo y con los hermanos, imitarás el misterio de la divina unidad, para tener, con todos, un mismo sentir, un solo corazón, un alma sola.

Desde dentro de la fuente llegan a tu corazón palabras para nombrarla: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y lealtad”.

Imita lo que nombras, y, de ese modo, por la puerta humilde de tu compasión y tu misericordia, los pobres aprenderán en ti el misterio de Dios.

Sólo espero el gozo de abrazarte

Pilato preguntó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?”

Pilato preguntó, y no esperó la respuesta.

Cada uno de nosotros, lo mismo que Pilato, tiene “su verdad”, su mundo de convicciones interiorizadas, un patrimonio religioso-moral-cultural que nos permite movernos sin desentonar y nos garantiza un cierto orden personal y social.

De ahí que las palabras de Jesús: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, debieron de resonar en los oídos Pilato –también en los de tantos hombres de hoy- si no como locura, ciertamente como palabras sin sentido.

De hecho, el Prefecto romano formuló una pregunta que, más o menos, quería decir: ¿de qué me estás hablando?

Así es que no esperó la respuesta.

Pero nosotros hemos creído en aquel loco Testigo de la verdad.

Eso significa que no nos conformamos con nuestro pequeño mundo de verdades, sino que buscamos, como quien busca un tesoro, esa verdad de la que Jesús vino a dar testimonio.

Lamentablemente, algunos han reducido la verdad a fórmulas dogmáticas, han confundido verdad y ritos, verdad y normas morales, verdad y tradiciones, verdad y devociones… olvidando que Jesús es la verdad y, porque es la verdad, es también el Testigo de la verdad.

El cristiano debiera haber aprendido a definirse a sí mismo como “discípulo de la verdad”, “buscador de la verdad”, “amigo de la verdad”, “testigo de la verdad”.

Y en seguida, el otro Defensor que el Padre nos ha dado –el primero es Jesús-, el Espíritu de la verdad, nos recuerda que somos “discípulos de Jesús”, “buscadores de Jesús”, “amigos de Jesús”, “testigos de Jesús”.

Como veis, por la fe habéis entrado en un mundo que sólo vosotros podéis conocer: sólo vosotros podéis conocer al Padre que nos dio a su Hijo y que nos da el Espíritu Santo.

Sólo vosotros podéis saber que Jesús está con el Padre, que vosotros estáis con Jesús, y que Jesús está con vosotros.

Sólo vosotros, que aceptasteis la vida de Jesús y acogisteis sus palabras, sabéis que habéis entrado en un mundo de amor, un mundo que, sin la fe, ni siquiera se puede pensar.

Ése es nuestro mundo, el del Espíritu de la verdad, el de nuestro Defensor, el de los humildes y sencillos que han acogido el evangelio: amáis a Jesús; el Padre os ama a vosotros; Jesús también os ama y se os revela –se os revela la verdad-.

Ese mundo nadie ni nada nos lo puede quitar si no es la fe perdida.

Ninguna pandemia, ningún confinamiento, ninguna alarma nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, como no nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, la ausencia obligada de ningún rito, la privación de ninguna devoción. Tengo la certeza de que, al creyente, pandemias, confinamientos y alarmas lo han dejado más cerca del Señor y le han permitido tomar conciencia de que el Señor nuestro Dios, el Padre con el Hijo y el Espíritu, está más que nunca cerca de nosotros.

Eso sí, pandemias, confinamientos y alarmas nos han robado el gozo del encuentro con nuestros hermanos en la fe, para escuchar juntos a Cristo resucitado, para ofrecernos con él y como él, para recibir de sus manos el alimento que da vida eterna.

Pero ese encuentro llegará pronto y será tanto más gozoso cuanto más esperado.

Tu camino es Cristo Jesús:

Se lo dice Jesús a sus discípulos: “Que no se agite vuestro corazón”.

El verbo “agitar” evoca el estremecimiento que Jesús sintió ante la muerte de su amigo Lázaro y ante la traición de Judas.

“Que no se agite vuestro corazón”. Las circunstancias justifican las palabras de Jesús. Para sus discípulos se acercan horas en que, como barquilla en una tempestad, serán zarandeados por la angustia y, esta vez, habrán de enfrentarse solos a la furia del mar.

No es que Jesús ya no estará dormido en la barca: Ahora ¡Jesús no estará!

Ahora los discípulos no podrán gritar aquel angustiado: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”

Hoy, desde el corazón de sus hijos, desde el corazón de los obligados al confinamiento para huir de la muerte, desde la preocupación de los expuestos al contagio allí donde hay enfermos que atender, desde el dolor de los contagiados que todavía luchan por vivir, desde el silencio de los que ya han caído en esta batalla, la Iglesia clama al Resucitado: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.

La Iglesia clama, y recuerda, dichas para ella y para todos, las palabras de Jesús: “Que no se agite vuestro corazón”.

Y después de la invitación, recordamos el imperativo que hace posible la calma: “Creed”.

“Creer” es entregar del corazón –entrega total de nosotros mismos- que sólo se puede hacer a Dios y a Jesús: “Creed en Dios y creed también en mí”.

Recuerda las palabras de Jesús cuando la tempestad en el mar de Galilea: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”

La fe es el antídoto de las zozobras del corazón.

Pero el Señor nos habló también del motivo de su ausencia.

Es como si la relación de Jesús con sus discípulos, que había empezado con una pregunta sobre una estancia –“Señor, ¿dónde vives?”-, llegase ahora a su culminación con una revelación inesperada, sorprendente, asombrosa, sobre esa vivienda: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias”.

No sólo Jesús “vivía” en la casa del Padre. Ésa es también la casa en la que van a vivir sus discípulos. Jesús va a prepararles –a prepararnos- sitio.

No te asombres, Iglesia de Cristo, de esta locura de amor, pues por llevarte con él a donde él vive, a donde él está, a la casa del Padre, a la casa que es Dios, recorrió todo el camino que baja desde el cielo hasta ti, todo el camino que baja desde Dios hasta nuestra debilidad, nuestros confinamientos, nuestros miedos, nuestra muerte.

Tú ya no preguntas como Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”

Tú has creído y sabes a dónde ha ido Jesús.

Tú has creído y sabes también por dónde ir a dónde ha ido Jesús: El camino es Jesús.

Tú has creído y sabes también cómo ir por el camino que es Jesús: Si los escuchas, vas por el camino que es Jesús; si lo sigues, vas por el camino que es Jesús; si comulgas con él, vas por el camino que es él; si cuidas de él en los pobres, vas por el camino que es él.

Tu camino es Cristo Jeús, su palabra, su vida, su cuerpo que son los pobres.

“Nada temo, porque tú vas conmigo”:

Todo indica que, en nuestro mundo, un mundo de dioses efímeros, hemos sepultado sin duelo la memoria del que es el Bien, sumo Bien, todo Bien, Dios único y eterno.

Si el mundo se puede explicar sin Dios, si puede moverse sin que un Dios lo mueva, si puede haber un mundo sin Dios, se habría quedado sin sentido un Dios sin mundo.

A Dios siempre se le reprochó la lejanía y el silencio. Y en nombre de la lejanía y del silencio hemos terminado por declararlo Dios inútil, inservible, superfluo, y no sólo por eso, también dañino.

Me pregunto de qué han hablado durante siglos los predicadores del Reino, si los hombres todavía no han aprendido que el nombre de Dios es “Dios-con-nosotros”. Más aún, que su nombre es “Dios-en-nosotros”; y que pretende que el nuestro sea “Nosotros-en-Dios”.

Me pregunto de qué hemos hablado, si todavía no hemos aprendido que Dios es Palabra, que lo es desde siempre, y que la Palabra, que es Dios, se hizo carne y acampó entre nosotros para ser escuchada, para ser guardada en el corazón, para ser nuestra luz y nuestra vida.

Me pregunto de qué hemos hablado si de Dios y su misterio hicimos un enigma filosófico, y de la liberación del hombre –de la salvación que viene de Dios- hicimos una cuestión académica.

Me pregunto de qué hemos hablado si hemos interiorizado la obligación de oír Misa todos los domingos y fiestas de guardar, y no reconocemos a nuestro lado, con nosotros, en nosotros, a Cristo resucitado.

Abandona el enigma y entra en el misterio. Fíjate en lo que dice del Dios de Jesús, del Jesús de Dios, la liturgia de este domingo.

“La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. Si ayer necesitaba escuchar en patera las palabras de la revelación, hoy necesito escucharlos en cada confinamiento, en cada UCI, en cada tanatorio, en cada espacio donde a Dios se le pueda acusar de ausencia y de silencio: “La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. La misericordia busca la cercanía; la palabra rompe el silencio. Misericordia y palabra se nos han hecho de casa en Cristo resucitado, Dios-con-nosotros, Dios-en-nosotros, Dios-para-nosotros, “buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”.

Él dice de sí mismo: “Yo soy la puerta. Quien entre por esa puerta se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrar pastos”.

Ojalá resuenen en todos los espacios de nuestra debilidad las palabras del Salmo: “El Señor es mi pastor; nada me falta”. El Señor Dios se nos hizo pastor cercano y premuroso en Cristo Jesús: en él nos buscó, nos rescató, nos liberó, nos curó, nos alimentó…

Creyendo, hemos entrado por Cristo en el recinto de la gracia y de la vida.

Creyendo, entramos y salimos por Cristo, con libertad de hijos.

Creyendo, aunque caminemos por las cañadas oscuras de nuestros confinamientos, de nuestras fragilidades, de nuestras agonías, de nuestra muerte, lo decimos con verdad, “nada temo”, y lo decimos porque la fe nos ha dejado la certeza de que él, Cristo el Señor, “va con nosotros”: “Nada temo, porque tú vas conmigo”.

Creyendo, sabes que él, Cristo Jesús, “ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”. Feliz abrazo con Cristo resucitado en la intimidad de tu vida. No se ha quedado fuera de ella el que ha venido al mundo para ti.

Saludos del mes de Ramadan

Desde la Iglesia de Tánger, felicitamos a nuestros hermanos musulmanes en este mes sagrado de Ramadán.
Pedimos al Dios Altísimo que nos ayude: RAMADAN KARIM

Aclamad, tocad, cantad

Queridos: La celebración eucarística de este domingo tercero del tiempo pascual se abre con tres imperativos de fiesta: Aclamad, tocad, cantad.

Si me pregunto quién es quien así nos incita, pienso que es la madre Iglesia, reunida en torno a Cristo resucitado, iluminada por la gloria que envuelve el cuerpo del Señor, admirada por la victoria de la Vida sobre la muerte, gozosa por la gracia de sus hijos, animada por la efusión del Espíritu que la purifica y la llena de gracia y la embellece con hermosura divina.

En verdad, es cada uno de nosotros quien dice a sus hermanos: Aclamad, tocad, cantad; pues uno por uno hemos sido iluminados por Cristo, hemos contemplado su victoria, todos habéis gozado con vuestro nuevo nacimiento y habéis experimentado la acción del Espíritu de Dios que ha hecho de vosotros una nueva creación, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes al modo de Cristo Jesús.

Por eso, unos a otros nos decimos: Aclamad, tocad, cantad.

Ahora, Iglesia amada del Señor, Iglesia en familia, recógete, escucha y contempla a Aquel por quien aclamas y tocas y cantas.

Escucha su voz: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”. El Resucitado, el hombre primero de la nueva humanidad, Cristo Jesús, te habla de su Padre, de su Dios, y te dice: Lo tengo siempre presente, lo tengo siempre a mi lado, él es mi escudo protector, mi gloria, la fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio; con él junto a mí, no vacilaré.

Escucha tu propia voz unida a la suya: “Por eso se me alegra el corazón y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”.

En Cristo Jesús has conocido al Dios de la vida; con Cristo Jesús te has acercado a la fuente de la alegría; por Cristo Jesús se te han llenado de gozo las entrañas, ya que, unida a él por la fe, sabes que tu Dios te ha mostrado el sendero de la vida, y que tu destino es la alegría perpetua a la derecha de tu Señor.

Son muchos los motivos que tienes ya para la aclamación y el canto; pero he de pedir que mantengas todavía el silencio, y recuerdes las palabras del Apóstol: “Ya sabéis con qué os rescataron: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha”.

No temas, Iglesia en familia, no apartes de tu memoria el recuerdo de lo que eras: esclava de un proceder inútil, esclava de la ley, esclava del pecado, esclava del miedo, esclava de la muerte.

No olvides nunca lo que eras, para que puedas gozar siempre de lo que eres: eras deudora por la culpa cometida, eres deudora por la gracia recibida; tenías una deuda de temor que te oprimía, tienes una deuda de amor que te hace libre.

No olvides lo que eras; y a Cristo, que te ha rescatado para que seas suya, que te ha redimido para que seas libre, que te ha salvado para que tengas la abundancia de su paz, págale tu deuda de amor: escucha con amor su palabra, recíbele con amor en tu vida; reconoce su mano tendida en el pobre y acúdele con amor; reconoce su cuerpo herido en los que sufren, y cúralo con tu amor; dale de comer, dale de beber, apaga su ansia eterna de amor y de ti. Y a mis hermanos y hermanas contemplativos les recuerdo que ellos, de modo muy especial, están llamados a pagar su deuda de amor, protegiendo a los pobres con el escudo de la oración, y envolviendo con un manto de gracia y de inocencia la vida de todos los miembros de Cristo.

Ahora también yo os digo: Aclamad, tocad, cantad, porque Cristo, nuestra vida, ha resucitado, y estáis resucitados con él. Feliz domingo.

Mira, alégrate, ama:

¡El Señor ha resucitado! No se aparte de él la mirada de la fe.

El Espíritu de Dios ha removido en la noche la piedra que cerraba la sepultura, la de Jesús y la nuestra, y sobre el mundo, sometido hasta aquella hora a la esclavitud de la muerte, amanece, con Cristo resucitado, la luz de la vida.

Mira a tu Señor, asómbrate de su luz, alégrate de su vida, ama al que tanto te amó, al que por ti se entregó, al que abrió delante de ti el camino de la esperanza.

Mira, alégrate, ama: “Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto… Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia… Éste es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno… Él es la Pascua de nuestra salvación” (Melitón de Sardes).

Mira, alégrate, ama: Verás con cuánto amor te buscó, oveja perdida, el buen Pastor de quien te habías ausentado. Verás con cuánta humildad se puso a tus pies y te lavó el que te disponía para que tuvieses parte con él. Verás con qué mansedumbre se dejó sacrificar por ti este Cordero que quita el pecado del mundo, el que “marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre” (Melitón de Sardes).

Mira, alégrate, ama, Iglesia cuerpo de Cristo, pues la misericordia del Señor ha llenado tu tierra, él te escogió como heredad suya, él se fijó en tu sufrimiento, en tu esclavitud, en tu llanto, y vino a ti, humilde, para salvarte.

Mira, alégrate, ama, Iglesia mártir de la fe, Iglesia perseguida, Iglesia humillada, Iglesia de los que tienen hambre, Iglesia de los arrancados por la injusticia a su tierra, a su familia, a su vida, Iglesia de los enfermos, de los abandonados, de los marginados, de los empobrecidos, de los olvidados, de los que mueren solos, mira, alégrate y ama, pues a ti, que estabas atada como Isaac sobre el altar de la muerte, tu Dios, en su Hijo muerto y resucitado, te ha abierto el sendero de la vida.

Mira, alégrate, ama. Une tu voz a la de Cristo en la hora de su resurrección, y que resuene en el cielo el eco de vuestro canto: “El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación”.

Resuene en la tierra y en el cielo el Aleluya pascual, pues “hoy nuestro Salvador destruyó las puertas y las cerraduras del imperio de la muerte, destruyó la cárcel del abismo y arruinó el poder del enemigo”.

¡Cristo ha resucitado!

Feliz Pascua, Iglesia cuerpo de Cristo, confinada y resucitada.