Feliz Pascua

 

«Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea.  Allí lo veréis”

Gloria y Aleluya, que la luz del Señor llegue a nuestros hogares para brindar paz y serenidad a todos los encotramos en el camino de esta Santa Pascua.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

REGALAR CADA DIA EL CORAZON, ES COMO ABRIR LAS PUERTAS DEL CIELO…

Todo el mundo que nos rodea está viviendo su pequeñez y la imposibilidad de parar la pandemia que se hizo global. Y cuando un día tocaremos las puertas del Paraíso EL, PADRE BUENO nos dirá, que „todo lo que hicieron ustedes a uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.” (Mt 25,40). No es fácil hoy inventarse la forma de acompañar a los enfermos y a los más necesitados. Todos vivimos nuestra frágil condición humana. SOLO DIOS BASTA – decía santa Teresa de Jesús… ¿Quién no pide hoy a Dios misericordioso que su gracia de sanación toque a la humanidad entera? 

“Para los que aman a Dios, todo les sirve para bien” (Romanos 8,  28). La pandemia en la que nos encontramos es un mal en sí mismo… pero podemos y debemos sacar provecho de ella, debemos leer este acontecimiento a la luz de la Palabra de Dios, sabiendo que Dios es capaz de sacar bien incluso partiendo de nuestros pecados y del mal que nosotros hacemos y organizamos en el mundo.

Que, en estos momentos tan duros para el mundo, a nadie le falte el pan. No  pedimos a Dios ni  dinero ni bienestar, no queremos riquezas para acumular. Solo Le pedimos, para todos, el pan de cada día. Que esta pandemia del coronavirus nos recuerde, para siempre, que lo primero de todo es la vida: que los hambrientos puedan comer, que los pobres dejen de llorar, que los países del bienestar acojamos a los migrantes y refugiados para que puedan sobrevivir y tener un hogar.

  Doy gracias a Dios por el don de su llamado a la misión entre los musulmanes. Pido que: la RESURECCION DEL SEÑOR LLENE NUESTRAS VIDAS  DE UN GOZO PERMANENTE Y NOS HAGA LOCOS EN AMOR A LOS MAS PEQUEÑOS DEL SEÑOR…

Mística y testimonio: ver, oír, contar.

No me preguntéis qué es la mística, pues no sabría decirlo, aunque sospecho que tenga mucho que ver con la experiencia del misterio, con ‘los sentidos’ de la fe, con ese ‘ver’ y ‘oír’ al que hacen referencia los apóstoles cuando dan razón de la fuerza que les obliga al testimonio: “No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”.

De eso se trata: Ver, oír, contar. Son ésos los verbos de la experiencia pascual: “El ángel habló a las mujeres… Ha resucitado… Venid a ver el sitio donde yacía, e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis… Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro. Llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.

Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio.

El misterio de gracia que las mujeres y los otros discípulos vivieron de manera asombrosa, sorprendente y oscura en el día de la resurrección de Cristo, ese mismo misterio vivimos nosotros en la memoria de los acontecimientos, en su representación ritual, en los sacramentos que Cristo nos dejó para la edificación de su cuerpo que es la Iglesia.

Considéralo, hermana mía, hermano mío, considera si puedes decir con verdad: “El Señor sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo”.

Creer es ver. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Señor sacó a su pueblo”, has oído y has visto de dónde lo ha sacado, has oído y has visto a dónde lo ha llevado, has oído y has visto con qué poder lo hizo y con qué alegría los condujo. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Seños te sacó con alegría, te condujo con gritos de júbilo”.

De dónde ha salido Jesús, de dónde la Iglesia, de dónde has salido tú: de la opresión, de la esclavitud, de la oscuridad, del llanto, del luto, del pecado, de la muerte.

A dónde nos ha llevado el Señor: a la ciudadanía del cielo, a la liberación, a la luz, a la alegría, a la fiesta, a la gracia, a la justicia, a la vida.

Con qué poder: con el poder de la debilidad, con el poder del amor, con el poder de la cruz.

Considera, Iglesia cuerpo de Cristo, que no hiciste tu éxodo «como Cristo», sino que lo hiciste «en Cristo»: y si no puedes ya verte separada de tu Señor en la salvación experimentada, no te separes de él en el reconocimiento, en la alegría, en el asombro, en la alabanza: “Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste… Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Creer es ver. Espabila el oído para que veas con claridad. Escucha la palabra el apóstol: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo”. Primero escuchas: crees. Luego te ves: revestido de Cristo. Oyes, ves, te asombras, alabas, corres y anuncias lo que has oído y has visto.

Ésta es, queridos, la verdad más honda de nuestra Pascua: Escuchamos a Cristo resucitado, creemos en él, creyendo comulgamos con él, resucitamos con él, damos gracias con él. Aquí creemos, aquí vemos, aquí somos enviados, de aquí saldremos para ir y anunciar a todos lo que hemos visto y oído.

Ésta es la lógica de la misión: Ir de la experiencia mística al testimonio de fe.

Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio.

Cuando la vida es un pan que se da

Un pan que se parte y se reparte, eso fue Jesús, ésa fue la vida de Jesús.

No sería equivocado si le llamases “Pan de los pobres”: Pan de lisiados, ciegos, sordos, mudos; pan de leprosos y pecadores; pan de multitudes que andaban como ovejas que no tienen pastor

Jesús se hizo pan de todos haciéndose siervo de todos, el menor entre los pequeños, el último entre los últimos.

Éste es el misterio que hoy se te revela: “Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos”.

Son muchas las cosas que, oído este evangelio –lo puedes leer en casa, con tu familia-, tú puedes recordar, y todas te hablan de amor.

Recuerda las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dos al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”; y tú, hoy, desde ese sagrado recinto de entrega que es tu casa, lo contemplas entregado a servir, a lavar, a purificar, a sanar, a salvar.

Recuerda las palabras del apóstol a los fieles de Filipos: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”; y la palabra del evangelio te lo revela despojado del manto y arrodillado a tus pies para servirte.

Pero tu pensamiento va hoy, de modo muy especial, “al misterio de la Pascua, que es Cristo”, a su vida entregada hasta la muerte, pues en ese misterio ves que Cristo se ha hecho siervo de pobres y oprimidos, de humillados y excluidos, de prostitutas y ladrones, de publicanos y pecadores.

Al recordar el misterio de Cristo, recuerdas que lo has visto hacerse impuro con los leprosos, reconoces en él al que ha venido para ser siervo de todos, lo ves despojado de su rango, de su gloria, de sus vestiduras, levantado en alto y, de ese modo, postrado a los pies de la humanidad entera, para lavar los pies de todos, limpiar el corazón de todos, romper las cadenas de todos, sanar las heridas de todos, amar la pobreza de todos, perdonar los pecados de todos.

Aunque no puedas participar hoy en la misa de la Cena del Señor, tú sabes que el amor de Cristo Jesús es real y haces memoria verdadera de ese amor.

Lee la palabra de la revelación: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Si lees con fe, ya sabes que la entrega de Jesús llegará hasta muerte.

Recuerda y asómbrate: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. Si has escuchado con fe, sabrás que la sangre de Cristo une a tu Dios contigo en alianza eterna, y esa misma sangre te une a ti con tu Dios.

Recuerda y asómbrate: Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos. ¿No reconoces lo que estás viviendo? Estás viendo a Cristo a tus pies.

Hoy, Cristo Jesús viene a ti, a tu casa, a tu corazón, a tu vida, porque te ama.

Pero has de saber también –estoy seguro de que ya lo sabes- que si lo recibes, aceptas al mismo tiempo el mandato que él te da: “Que os améis mutuamente como yo os he amado”.

Si lo recibes, acoges el amor infinito de Dios, que se te ha manifestado en Cristo Jesús, y aceptas el mandato de amar como eres amado.

No dudes en acoger al que te ama. No temas al aceptar su divino mandato: Sólo el que ama puede ser libre. “Ama, y haz lo que quieres”.

Llega tu Rey, a lomos de borrico

Lo que Dios es para mí, supongo que es semejante a lo que manifestó ser para todos en Cristo Jesús; así que de eso nada diré.

Donde la cosa empieza a ser necesariamente personal es cuando damos nombre a lo que imaginamos ser para Jesús; o lo que es lo mismo, a lo que deseamos ser para Dios.

En mi inconsciencia de niño pensé que podía ayudar a Jesús a llevar la cruz.

En mis ensoñaciones adolescentes me vi como un cirio que se consume en el altar, junto al tabernáculo de la Eucaristía, señalando a todos la presencia del Señor.

La de una vela que ilumina me parecía una hermosa manera de vivir y de morir.

Y no cambiaba el sentido de esa vida si en el altar, en vez de un cirio encendido, lo que se consumía fuese una hermosa planta o su hermosa flor.

No sé de dónde me vino la idea, pero pensé que sería una locura divertida si llegaba a ser el peluche del niño Jesús.

Y cuando se me dio algo de cordura, hallé que era buen oficio para mí el de borrico para desplazamientos del Señor.

Y aquí me tienes desempeñando mi trabajo en este día de entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Hoy volverá a ser Escritura cumplida para ti lo que había dicho el profeta: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”.

El de hoy va a ser un domingo de ramos muy especial:

A la celebración acostumbrada le faltarán “el camino” y “la calzada”. Hoy los pasos de la borriquilla se quedarán en el silencio de sus capillas; las cofradías sólo podrán imaginar la hondura emocional de un recorrido que no van a hacer; hoy no habrá una multitud que llene las calles para hacer memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén.

Y, sin embargo, no faltará el Señor a su cita contigo y hará su entrada en tu casa. Irá a ti, llamará a tu puerta, extenderás a sus pies el homenaje gozoso de tu fe: tu ramo de palabras en flor, tu vestido de fiesta. Y si alguien te pregunta por la alegría que ha llegado a tu casa, tú les dirás: “Es Jesús, el profeta de Nazaret”.

Este año, vítores y aplausos los oirá sólo el Señor que está en todos los labios y en todas las manos.

Por su parte, la borriquilla se conformará con soñarlos, dichosa de llevar consigo al Rey que visita los hogares.

De Jesús se dice que llega humilde, y lo dicen por el borrico que le sirve de montura: es sólo eso, un borrico.

Así de humilde, asombrada, ligera y feliz, con Cristo Jesús, entra hoy en tu casa la Iglesia entera, ella también a lomos de borrico.

Feliz domingo a todo el pueblo santo de Dios.

Nuestro hermano Joël nos ha dejado

Fr. Joël (Jean Paul) COLOMBEL

Loudéac (France) 04/08/1931 — Tanger (Maroc) 25/03/2020

Nuestro hermano Joël nos ha dejado

إنا لله و إنا إليه راجعون

(Somos de Dios y a él volvemos)

Jean-Paul Colombel, a quien todos conocemos con el nombre de «Padre Joël», nació en Loudéac, en Bretaña, el 4 de agosto de 1931. Muy pronto debido a la muerte de su padre, su madre se vio obligada a ir a trabajar a París para poder alimentar a su familia, de modo que vio separado de sus dos hermanas mientras vivía una infancia tranquila en el campo. La vocación al sacerdocio le resultó evidente desde muy pronto. Cuando tenía doce años su amor por Cristo le unirá a dos compañeros que nunca le fallarán: San Francisco de Asís, cuya vida le fue contada por un hermano durante el retiro de la profesión de fe lo y que siempre lo inspiraría; y Charles-André Poissonnier, discípulo de Francisco fallecido en 1938 en Marruecos, que había elegido recluirse en el pueblo de Tazert, a unos sesenta kilómetros de Marrakech, dedicando su vida al servicio de los enfermos en el dispensario, para encontrarse con el pueblo bereber con el que quería ser «bereber en medio de los bereberes» a través de la oración silenciosa y de la ofrenda a su nuevo pueblo. Jean-Paul se hará franciscano en Marruecos.

Después de su seminario menor seráfico en Fontenay-sous-Bois, respondió a la llamada del Comisionado Provincial para Marruecos que estaba buscando hermanos. A los 18 años, en septiembre de 1949, pisó África por primera vez. Sería para siempre. Entró en el noviciado el 4 de agosto del mismo año, se unió a un grupo de unos quince compañeros, todos más avanzados en edad que él, que habían eligieron Marruecos en el espíritu del hermano Charles-André Poissonnier. Era un apasionado por la lengua árabe (el clásico y el dialecto), las culturas marroquí y bereber, por el encuentro y el conocimiento del Islam. Mientras estudiaban en Francia, se sentían orgullosos de esta dimensión especial («somos para Marruecos»), del mismo modo que el grupo de los primeros hermanos vietnamitas que habían ido a estudiar a Francia.

El padre Joël pasaría diez años entre Europa y Marruecos, redescubriendo Bretaña durante dos años de filosofía, descubriendo Alemania durante su servicio militar, reexaminando la vida marroquí durante dos años de integración pastoral y lingüística, para luego, finalmente, sumergirse en sus estudios teológicos durante cinco años en el gran convento de estudios de Orsay en los suburbios parisinos. Fueron años de grandes cambios, con la Independencia de Marruecos (1956) y los inicios del Concilio Vaticano II (1958-1965). Nuestro joven hermano estaba entusiasmado con este mundo en transformación, que se estaba abriendo a un nuevo viento de libertad y creatividad que sentía la vena del Evangelio. A partir de este momento mantendrá un profundo afecto y veneración por el buen Papa Juan y por su máximo sucesor, Francisco, cuyas meditaciones le encantaba leer a diario. Se unió definitivamente a los hermanos menores en 1955 y fue ordenado sacerdote en Orsay por Mons. Amédée Lefèvre en 1960.

En 1961, una vez en Marruecos, el ahora «padre Joël» a petición de sus superiores, se sumergió en la vida parroquial: fue vicario y párroco en la Catedral de Saint Pierre de Rabat y en Notre Dame des Anges de Agdal en Rabar, Roches Noires en Casablanca y Saints Martyrs en Marrakech. Todos recuerdan su dulzura, su escucha y su asombrosa disponibilidad, especialmente hacia los más pobres: ¡cuántos hermanos sentados a mesa lo habrán esperado mientras iba a atender al Cristo que llamaba a la puerta! Apasionado por las alegrías y los sufrimientos de todos los que se le confían directamente (voluntarios, ancianos franceses, jóvenes expatriados…), sin embargo, continuaba cultivando discretamente su amor por el país, de modo particular seguía trabajando todos los días la lengua árabe. Una doble fidelidad que no siempre se entendía bien, durante una de sus primeras misas en Marrakech, cuando cantó el Padre Nuestro en árabe: un feligrés decía «¡Has visto a nuestro párroco, reza en bretón!» Nada le impidió nunca profundizar en su principal interés, entablando amistades profundas con los marroquíes más sencillo, tal como un vecino marroquí le había recordado una vez, «era sacerdote no solo por ¡Cristianos, sino para todos!”

De 1970 a 1976, los 50 hermanos de la zona francesa de Marruecos le pidieron a Joël que se responsabilizara de la Custodia. Se dedicó al cuidado de los hermanos, destacando por su libertad de Espíritu en el servicio a de todos. Le tocó gestionar la vinculación de la Custodia de Marruecos a la Provincia de Lyon (en Francia) y la fundación de una casa para los antiguos misioneros de Marruecos a Célony en los suburbios de Aix-en-Provence. Debido a su antiguo cargo, también le tocó pronunciar la homilía en el funeral del padre Jean-Mohammed Abd El-Jalil, un musulmán marroquí que se hizo cristiano y luego franciscano en la década de 1930. Para nuestro hermano, el «Padre Jean» fue un modelo, un precursor en el camino, tanto por su conocimiento íntimo del Islam (la fe de sus padres) como por la forma en que vivió su conversión: no como una ruptura sino como una continuidad y una conquista. En el corazón de la fe de nuestro hermano Joël se encontraba siempre esta unidad fundamental de nuestro destino en Dios.

Después de más de diecisiete años en Marrakech como párroco, el hermano Joël fue enviado a Meknes en 1990. Se cumplía su sueño de poder vivir en un mundo completamente musulmán y no tan solo en un entorno cristiano con amistades musulmanas en el exterior. Se deja adoptar por muchas personas que consideran a este fraile anciano, que no ahorra su tiempo ni sus esfuerzos por ellos, como la baraka (bendición) del vecindario. Improvisa como profesor de francés, un curso de alfabetización para mujeres analfabetas, profundamente conmovidas por su amor y paciencia. ¡Cuántas solicitudes de visas, gestiones para pensiones, folletos para eventos culturales o tareas universitarias no ha corregido! Y cuando la gente necesita el inglés: ¡él lo enseñará aprendiendo junto a los estudiantes! Los domingos se sumerge en la pequeña comunidad de fieles en Azrou en la alegría del ecumenismo. En la casa se suceden hermanos de todo el mundo ante la invitación del Ministro general. En el vecindario la amistad los une a todos. El corazón de nuestro hermano se abre a esta libertad franciscana a escala mundial.

Tras varias dificultades de salud, entre 2012 y 2013 se hacen sentir los efectos de la edad especialmente en la subida de las escaleras de la casa de Meknes, en septiembre de 2015 el hermano Joël fue enviado a Tánger. Allí, descubrió la alegría del idioma español, y el mundo de los estudiantes y migrantes subsaharianos. Todos lo adoptaron como un padre cuyo consejo y bendición todos buscaban, ya sea antes de cruzar la frontera o ante un partido de fútbol. En los últimos años descubrió una nueva gran alegría en la pastoral de prisiones donde acompañando a estos hermanos, sabe mostrar la ternura de Cristo a quienes no tienen a nadie. Las monjas de Tánger a las que sirvió durante estos años, en inglés, árabe, italiano o español, había encontrado en él ese ser unificado que sabe recordarnos constantemente lo único esencial que es Dios.

Nosotros sus hermanos, conservaremos de él, el testimonio de este hombre frágil que solo podría dejar pasar a través de él la fuerza del Espíritu de Amor. Muchas veces oímos como su voz cantaba el antiguo cántico Umbro del hermano Sol de San Francisco y este recuerdo constante de la carta de San Francisco a un ministro: “En esto quiero saber que amas al Señor, y me amas a mi su siervo, que no haya en el mundo ningún hermano, que mucho que haya pecado, se aparte de ti sin haber vito en tus ojos la misericordia”

El día 29 de marzo de 2019, en la ciudad de Tánger, nuestro hermano Joël pasó de este mundo al Padre.

¡Gracias, Joël, y que tengas un buen viaje en tu Señor!

#CírculosDeSilencioEnCasa

MANIFIESTO: “Ahora más que nunca, con las personas olvidadas”

#círculosdesilencioencasa

La situación de “Estado de alarma” decretada por el gobierno español ante la epidemia del coronavirus ha supuesto el masivo confinamiento de la población en los hogares, resumido en el hashtag #QuédateEnCasa. También ha conllevado una gravísima crisis económica, con la apertura de ERTEs en innumerables empresas y la pérdida de empleo para muchos cientos de miles de personas. Mientras, los contagios aumentan y las víctimas del virus no dejan de multiplicarse. Con ellas, crece el dolor y la preocupación de las familias.

En estas circunstancias, no podemos dejar de alzar la voz por las personas migrantes, que encarnan, muy a pesar suyo, a las víctimas de siempre, también de ahora. Ellas han encontrado sus posibilidades de sobrevivir en trabajos muchas veces precarios que exigen deambular por las calles -manteros-; ellas han asumido muchos de los trabajos de cuidados en los hogares españoles; ellas afrontan también en un elevado porcentaje tareas agrícolas en condiciones a menudo muy difíciles; ellas -en especial las mujeres- son víctimas de la trata y se ven abocadas a la prostitución; ellas, por último, se encuentran a menudo recluidas en los CIEs por no cometer más delito que haber huido de las guerras, el hambre, la pobreza…

Son también no pocas personas migrantes, junto a otras muchas empobrecidas y marginadas, las primeras que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno de recluirse en sus hogares porque viven en la calle o en campamentos improvisados junto a las grandes explotaciones agrícolas donde trabajan o en prostíbulos o en cárceles o en los CIEs, o en pisos diminutos que comparten porque no pueden permitirse nada mejor, igual que muchas otras personas víctimas de la pobreza y la exclusión… En definitiva, hablamos de una parte de la población, de vecinos y vecinas que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno porque no tienen casa, porque no tienen algo a lo que puedan llamar hogar.

Estos días hemos recibido con esperanza la noticia de que están “desalojando” algunos CIEs (en Aluche, Barcelona, Valencia…) para evitar el contagio de sus internos.  Pero no somos ingenuos: la medida se debe a las reclamaciones de las organizaciones de derechos humanos, a las protestas de los internos y a la preocupación porque haya allí un contagio masivo que ponga -más aún- en evidencia las condiciones de hacinamiento en las que (mal)viven los internos, y sobre todo se debe a la imposibilidad de expulsarlos por el cierre de fronteras. En todo caso, El Defensor del Pueblo ha solicitado al Gobierno, sumándose a la reclamación de numerosas organizaciones y colectivos, la liberación de todas los inmigrantes de los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) de España. Enseguida surge la pregunta de si las personas allí recluidas recibirán opciones para acogerse en condiciones dignas bajo un techo. De momento, el  gobierno libera a las que tienen residencia estable; para las que carecen de ella, dice estar buscando alternativas humanitarias… que  esperemos lleguen lo antes posible.

Recientemente, Leilani Farha, relatora especial de Naciones Unidas, era muy clara al referirse a la situación de muchas familias y personas sin una vivienda digna: “Insto a los estados a que tomen medidas extraordinarias para garantizar el derecho a la vivienda para que todos puedan protegerse contra la pandemia”. Y añadía con rotundidad: “La vivienda se ha convertido en la primera línea de defensa contra el coronavirus. El tener un hogar, ahora más que nunca, es una situación de vida o muerte”. No se puede hablar más claro.

Por todo ello, nos sumamos a muchas personas, organizaciones y colectivos de derechos humanos y exigimos:

  • Frenar las repatriaciones y cualquier otra medida de orden judicial o administrativo que ponga en riesgo a personas que ante todo deben tener garantizadas las necesarias medidas de protección sanitaria. Recordemos además que el mantenimiento de estas políticas solo contribuye a coartar la consulta de las personas migrantes sin papeles en los centros de salud cercanos.
  • Cerrar los CIEs y ofrecer alternativas habitacionales dignas a las personas que no tengan una vivienda estable; además, deberán garantizarse condiciones de seguridad sanitaria adecuadas en todos los albergues y alojamientos para personas sin residencia fija que estén allí de forma temporal, mientras no se les ofrece una alternativa más idónea.
  • Combatir y denunciar las afirmaciones de carácter xenófobo que busquen estigmatizar a las personas migrantes, especialmente cuando proceden de organizaciones y medios con evidente poder mediático.
  • Compromisos explícitos por parte de los poderes políticos y mediáticos para promover una información argumentada en positivo sobre las aportaciones que hace la población migrante y refugiada a nuestra sociedad, al tejido económico mediante el consumo y el pago de impuestos, a la potenciación de los cuidados, a los trabajos en la agricultura y la construcción, a la recuperación y regeneración del tejido social, cada vez más envejecido…

En estos días, como si despertáramos a una nueva realidad, somos más conscientes que nunca de lo que es importante en la vida: la libertad de movimientos, de desplazarte a donde te plazca (los vuelos procedentes de España han sido restringidos en muchos países); el placer de gozar de un paseo, sin rumbo fijo, solo porque sí; la alegría de encontrarse con las personas amigas, con las vecinas, con la gente de nuestro entorno; la maravilla de la caricia, del beso, del abrazo; el valor de los trabajos de cuidados y de quienes producen nuestros alimentos, en manos muchos de ellos de las personas migrantes y precarizadas…

Surge una esperanza… Esta crisis ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. Acaso ahora, que han caído nuestras seguridades, acaso ahora, que el estado de bienestar se tambalea, podamos liberarnos de los miedos que llevaron a cerrar todas las fronteras a las personas migrantes y refugiadas. Tal vez podamos, ahora, por fin, abrir los ojos y los brazos a quienes vienen del sur buscando un mundo mejor y pueden ayudarnos a construirlo.

Podríamos terminar este manifiesto exigiendo un cambio en las políticas migratorias en nombre de las víctimas, porque hemos asumido tácitamente ese juego del lenguaje que nos lleva a distinguir entre nosotras y ellas, las otras, los de fuera. Pero no queremos caer   en ese juego. Así que lo vamos a hacer en nuestro propio nombre, en nombre de buena parte de la sociedad española y europea, que quiere otro mundo posible, necesario y cada vez más urgente. En nombre de muchas personas, organizaciones y colectivos; en nombre de una dignidad manchada y escarnecida; en nombre de una vergüenza infinita; en nombre, también, porque son fruto nuestro, de nuestras víctimas, que pueblan los fondos del mar Mediterráneo.

Un poeta escribió una vez: “Vendrá un día más puro que los otros […]. Un fulgor nuevo envolverá las cosas”. Vendrá un día más puro que los otros, un día en el que la solidaridad sea el pan tierno de cada día, un día en el que ya no haya CIEs, refugiadas, sin papeles, extranjeras, sin hogar, maltratadas, explotadas, ninguneadas, olvidadas, nadies…

Ese día puede ser HOY.

#CírculosDeSilencioEnCasa

Descargar Manifiesto en FRANCÉS

Descargar Manifiesto en INGLÉS

Más cerca de ti que tu propia soledad:

Estamos viviendo una anomalía, y no es porque se nos haya confinado en el recinto de nuestras casas, pues enclaustrados han estado siempre los contemplativos, y siempre nos pareció normal que lo estuviesen.

Lo anómalo, lo que cae fuera de lo que hasta ahora hemos vivido, es que nos hayamos enclaustrado para protegernos de los demás y para proteger a los demás de nosotros mismos.

Nos hemos enclaustrado porque yo soy una amenaza para ti, y tú lo eres para mí.

En esa situación, mi modo de ayudarte es que me aparte de ti; tu modo de ayudarme es que no te acerques a mí.

Y también sé –lo sabemos los dos- que si me aparto de ti, no me olvido de ti.

Es como si ahora estuviese contigo –con todos- mucho más de cuanto no lo haya estado nunca, pues te ausenté de mí para ocuparme de ti, y tu ausencia obligada de mi lado ha hecho permanente tu presencia dentro de mí.

Hoy más que nunca, esa presencia me mantiene unido a mi familia, a mis hermanos franciscanos, a mis amigos, a los emigrantes de todos los caminos, a los sin techo de todas las ciudades, a quienes conmigo han celebrado alguna vez la Eucaristía, a quienes conmigo habrían de celebrarla este día si hubiese sido un domingo habitual.

Estamos viviendo una asombrosa paradoja: separados de todos y unidos a todos.

Esa paradoja es verdadera también en nuestra relación con Cristo Jesús, yo diría que lo es sobre todo en esa relación.

Muy probablemente, éste será para ti un domingo sin la acostumbrada Eucaristía con tu comunidad de fe.

Puede que el corazón te sugiera decirle hoy a Jesús las palabras que le dijeron en aquel tiempo Marta y María, las hermanas de Lázaro: “Si hubieras estado aquí”…

Pero tú no se las dirás, porque sabes que en tu abandono, él, tu amigo, está más cerca de ti que tu propia soledad.

Puede que hoy te falte el Pan de la Eucaristía, pero no te faltará el Señor que en ella se te entrega.

Y en el silencio de tu casa, como si estuvieras en el bullicio de tu comunidad, escucharás dirigidas a ti las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá para siempre”.

Necesitamos oírlas pronunciadas sobre nuestra esperanza, para que a nadie falte el gozo de vivir.

Y necesitamos pronunciarlas también sobre la memoria de quienes ya nos han dejado, para que a nadie falte la certeza de que esos hermanos nuestros nos han dejado para vivir en el gozo de su Señor.

El que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”, resucitando de entre los muertos, ha abierto desde dentro todos los sepulcros. La muerte quedó contaminada para siempre por la Vida.

Y es él, la Vida, el que hoy está contigo, en tu casa, más cerca de ti que tu propia soledad.

Feliz domingo, hermana mía, hermano mío.

COMUNICADO IMPORTANTE (COVID-19)

CARTA AL PUEBLO DE DIOS – 3

POR SOLIDARIDAD, POR RESPONSABILIDAD Y POR PRUDENCIA, RENUNCIAMOS A TODO ACTO PÚBLICO EN NUESTRAS IGLESIAS

Queridos hermanos y hermanas de la arquidiócesis de Tánger:

Recibir una vez más mi saludo fraterno y cordial. Dado que la situación en relación a la pandemia del coronavirus evoluciona y cambia cada día, y con ella las indicaciones de las autoridades civiles al respecto, me siento en la necesidad de dirigiros esta comunicación, a modo de ampliación y continuación de la Carta que os dirigí hace cuatro días (sábado 14 de marzo)

En efecto, la gravedad de la situación se amplía en el mundo y también en Marruecos. Por eso, y después de una rápida consulta a los sacerdotes, os comunico mi decisión de

ANULAR TODO ACTO PÚBLICO DE CULTO EN LA DIÓCESIS DE TÁNGER,

especialmente las misas del domingo y los viacrucis de los viernes, pero también las misas de diario, hasta nuevo aviso; esto no incluye las misas celebradas para las religiosas en sus capillas privadas.

¿POR QUÉ ESTA DECISIÓN?

Si nosotros tuviésemos a disposición una vacuna, un remedio contra el virus, ¿sería de buenos cristianos no ponerla a disposición de todos? Pues, hoy por hoy, en ausencia de una vacuna o de un medicamento, la única medida que contribuye a frenar esta plaga es la limitación, o incluso la supresión, de los desplazamientos, movimientos contactos y encuentros.

Anular nuestros actos comunitarios est, pues, un acto de prudencia y de caridad, de amor al prójimo. Os recuerdo que lo hacemos no por miedo, sino por amor.

Esta decisión la tomo, pues, en primer lugar, por responsabilidad, por prudencia y por amor, porque no tenemos el derecho ni de exponernos personalmente ni de exponer a nuestros hermanos y hermanas a un más extendido contagio.

En segundo lugar, tomo esta decisión también por solidaridad con nuestros hermanos musulmanes, que no tienen acceso a sus lugares de culto y que rezarán en sus casas; por solidaridad con nuestros hermanos judíos, quienes han suspendido todas las oraciones en las sinagogas del Reino; pero también por solidaridad con todos los cristianos que no tienen acceso a sus iglesias en Francia, Italia, España y en otros numerosos países. Finalmente, por solidaridad con el conjunto de la nación y con los ciudadanos del mundo entero.

NUESTRA VIDA CRISTIANA DEBE INTENSIFICARSE

Esta medida no tiene como propósito disminuir nuestra fe ni nuestra vida cristiana. Al contrario, debe estimularnos a rezar más, a intensificar nuestro contacto personal con el Señor, a sentirnos espiritualmente unidos al Cuerpo de Cristo del que somos parte. ¡Son “las iglesias” (edificios) lo que cerramos temporalmente, no “la Iglesia de Jesucristo” (comunidades cristianas)!

Pido a los sacerdotes que sigan celebrando la Eucaristía cada día, sin pueblo físicamente presente, pero haciendo presente a toda la comunidad y uniéndose espiritualmente a la Iglesia universal.

Les pido también que continúen estando disponibles para quienes quieran venir a ellos para confesarse o consultar, como también que faciliten el acceso a la capilla o iglesia si alguien quiere rezar individualmente allí o recibir la comunión. Si llega el momento, y si las circunstancias lo permiten y demandan, estaremos también disponibles para responder a las llamadas de los enfermos o de sus familia.

La caridad deberá inspirarnos otras formas de servir a nuestro prójimo en las circunstancias presentes: ayudar a las personas ancianas, visitar a quienes viven en soledad, prestar servicios sencillos a los vecinos, acompañar y ayudar a las personas en dificultad, siempre en el respeto de las consignas de seguridad y la “distancia social” recomendada.

MANTENER SOLO LAS ACTIVIDADES INDISPENSABLES

Está claro que tenemos que reducir al mínimo las actividades pastorales y de todo otro tipo, sobre todo si implican la participación de grupos de personas y el desplazamiento. A este respecto tenemos que seguir estrictamente las indicaciones de las autoridades civiles.

Con el Papa, recemos a la Virgen María para que Ella venga en nuestra ayuda:

“Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos,
que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.

Tú, Salvación de todos los pueblos,
sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea,
pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos
y ha cargado nuestros dolores para conducirnos,
a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.

Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita”.

 

 

Que Dios nos acompañe y bendiga.
+Cristóbal Cardinal López Romero, sdb Arzobispo de Rabat
Administrador apostólico de Tánger

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«Me lavé y empecé a ver»:

La mañana de la resurrección del Señor no sucedió nada que mereciese la atención de los historiadores.

Fue un amanecer como todos los amaneceres.

Pero aquella mañana hubo prisas inusitadas, sobresaltos, miedos y alegría nunca antes experimentados. Y todo por unas palabras, unas pocas y humanas palabras que sólo Dios podía juntar, y que, juntadas por él, quebraron para siempre el misterio de la muerte: “no está aquí: ha resucitado”.

Quienes las oyeron y creyeron, vieron sus vidas trastocadas del todo y para siempre.

“No está aquí: ha resucitado”. Es éste un anuncio que no puede ser noticia, porque no lo son jamás las cosas de Dios. Hoy tampoco lo será la presencia del Señor resucitado, aunque la fe lo reconozca con certeza en medio de los fieles, en el confinamiento de la casa familiar, en el corazón de cada uno de nosotros.

Al mundo de la fe pertenece también la piscina del Enviado y lo que tú has vivido en ella: la luz que en ella te iluminó, el mundo nuevo que te entró por los ojos desde que, por el bautismo, te sumergiste en la muerte y resurrección de Cristo Jesús.

Nada de eso llegará a los noticiarios del mundo, pero tú, con todos los bautizados, lo estarás celebrando en la comunidad de fe: “el Señor me untó los ojos, fui, me lavé y empecé a ver y a creer en Dios”.

Cristo Jesús, tu Señor, él es el corazón de tu fiesta, la razón de tu eucaristía, la luz que vino a la oscuridad de tu noche para conducirte al esplendor de la fe.

“Ahora somos luz en el Señor”. Y el apóstol nos apremia: “Caminad como hijos de la luz”.

Caminad escuchando la palabra de Cristo Jesús.

Caminad en comunión con Cristo Jesús.

Caminad imitando al que es vuestra Luz.

Caminad aprendiendo la bondad de Cristo Jesús, la justicia de Cristo Jesús, la verdad de Cristo Jesús.

Caminad aprendiendo a Cristo Jesús: seguidle, y tendréis la luz de la vida.

No será noticia para nadie, pero tú, de la mano de Cristo Jesús, has entrado hoy en la casa del Señor, su bondad y su misericordia te acompañan, ellas serán tu escolta todos los días de tu vida.

Aunque camines por cañadas oscuras, nada temerás, pues te sosiega la voz del amado, la luz que él ha encendido dentro de tu corazón.

Seguro que no será noticia para nadie, pero lo que vives hoy en la Eucaristía se quedará contigo hasta el cielo.

Hoy para ti se pronuncian palabras que sólo Dios puede juntar.

Feliz encuentro con Cristo Luz.