El momento es apremiante

“Se ha cumplido el plazo” para la llegada del Reinado de Dios. En el reloj de la salvación ha sonado la hora decisiva, la que desvela el misterio de todas las demás.

Los acontecimientos obligan a actuar prontamente. No es tiempo para dormidos o distraídos o despreocupados.

“Está cerca el reino de Dios”: Está cerca el evangelio para los pobres. El que lo lleva, ya ha sido ungido y enviado.

Con el Reinado de Dios se acerca a los ciegos la vista, la libertad a los oprimidos, la gracia a los pecadores, la salvación a los que creen.

Evangelio, Reino, Cristo Jesús: lo despreciarán los epulones aunque también lo necesiten –no saben cuánto-, y se anunciará a los pobres, a los hambrientos de justicia, de paz, de consuelo y de pan.

El Reino, el evangelio, Cristo, no viene para afirmarse a sí mismo, para predicarse a sí mismo, para realizarse a sí mismo.

El Reino, el evangelio, Cristo, es de Dios, viene de Dios y es inseparable de los pobres a quienes se acerca, a quienes es enviado, para quienes viene, a quienes se anuncia, a quienes salva.

Para ese encuentro de Cristo con los pobres, para que nos alcance la salvación, para que nos levantemos de nuestra postración, para que resucitemos, sólo falta lo que hemos de poner los postrados, los necesitados: “Convertirnos al Reinado de Dios”, o lo que es lo mismo, “creer en el evangelio”, creer en Cristo Jesús.

Porque te has convertido y crees, Iglesia de pobres, te acercas hoy a Cristo, lo recibes, escuchas el evangelio, comulgas el Reino.

Porque te has convertido y crees y escuchas y comulgas, dichosa y humilde, te reconoces hoy cuerpo de Cristo, buena noticia para los pobres, Reinado de Dios para los desheredados de la tierra, sacramento de la ternura, de la misericordia, de la bondad de Dios con sus hijos humillados.

Lo has pedido en tu oración: “Señor, enséñame tus caminos”.

Y el Señor te ha mostrado el evangelio, ha puesto a tu alcance su Reino, te ha dado a su Unigénito, sacramento de amor sin medida.

Se lo dijiste sentada a sus pies: “Señor, instrúyeme en tus sendas”. Y has aprendido que Cristo es tu camino, que los pobres son tu destino.

Ellos, a su tiempo, dirán si lo has recorrido.

“El momento es apremiante”.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

Feliz encuentro con tu Señor en la Eucaristía y en los pobres.

Hemos encontrado al Mesías:

Esas palabras no se podían decir sin sobrecoger, sin escandalizar. Son asombrosas, las más deseadas, las más esperadas que un israelita pudiera escuchar.

El evangelio nos acerca a una experiencia de fe, a un mundo interior semejante al de cada uno de nosotros: “Juan, fijando la vista en Jesús que pasaba, dice: Éste es el Cordero de Dios”. Y los dos discípulos que estaban con Juan, vislumbrando la grandeza del misterio, siguieron a Jesús.

Lo que Juan acababa de decir acerca de Jesús, era una revelación que, aceptada, dividía la vida del discípulo en un antes y un después, y lo llevaba al camino por donde iba Jesús.

Ahora es Jesús quien pregunta a los que han empezado a creer: “¿Qué buscáis?”

Ésas son las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Juan: “¿Qué buscáis?”

Y haremos bien en tomarlas como dirigidas a todo el que pretenda ir con Jesús para ser su discípulo; haremos bien, queridos, en tomarlas como dirigidas a cada uno de nosotros.

Empezar a creer es empezar a «buscar». Los discípulos no preguntan por la casa donde Jesús habita, sino por Dios, de quien Jesús es el Cordero. Y Jesús les invita: “Venid y veréis”.

Si has empezado a creer en Jesús, has empezado a «buscar» para entrar en la vida de Jesús, en su misterio, en su mundo, en su verdad; te has echado al camino en busca de Dios y, siguiendo a Jesús, has visto y creído que él habita en Dios. Fuiste, viste, y encontraste al Ungido de Dios.

¿Quién eres tú para mí, Jesús? ¿Qué dice mi corazón cuando los labios dicen Jesús? ¿A quién he encontrado cuando te encontré?

Gracias, Jesús Mesías, que has salido a buscarme antes de que yo te buscase, que has venido a mi mundo para que yo pudiese ir a ti y pudiese ¡yo pecador! vivir contigo en Dios.

Gracias, Jesús Mesías, buen Pastor, que has salido a buscar tu oveja perdida y has llenado de alegría el cielo cuando me encontraste.

Encontrándote a ti, he encontrado el agua que salta hasta la vida eterna, el pan que resucita, la luz que brilla para los que habitan en tierra y sombras de muerte.

Encontrándote a ti, he encontrado descanso para el alma y paz para el corazón: al ir contigo, a mí, pecador, me has llevado a la presencia de Dios, me has ungido con el Espíritu de Dios, me has hecho huésped de Dios, me has hecho hijo de Dios.

Cuando digo Jesús, me adentro en la firmeza de la fe, en la certeza de la esperanza, en la verdad del amor.

Cuando digo Jesús, digo la gracia con que Dios nos consagra y purifica, la verdad con que Dios nos guía.

Cuando digo Jesús, me rodea, como brazos de madre, la caridad que es Dios.

Dime a quién buscas, Iglesia convocada para la Eucaristía, dime a quién buscas y sabrás con quién comulgas.

Feliz encuentro con Cristo Jesús.

TALLER DE ARTES PLÁSTICAS Y RECICLAJE

El Centro Cultural Lerchundi de Martil, te felicita el nuevo año y te invita a participar de este taller para desarollar tus habilidades artísticas y promover una cultura del reciclaje. Estará impartido por el artista Abdelkrim Bentato y estructurado en dos módulos: uno dirigido al público infantil y otro para el público en general, también resulta muy interesante para la comunidad educativa y monitores de colectivos sociales. El objetivo es la formación de la persona a través de la creatividad artística, estableciendo el principio de la conservación del medio ambiente y la composición del valor de la utilización de los residuos de desarrollo. Comenzaremos el sábado 13 de enero, a las 10’00 para los mayores y a las 16’00 para los pequeños, te esperamos

«No podemos desarrollar nuestros recursos completamente si no estamos también implicados en desarrollar los recursos de los demás”. (R. Charkhuff)

Imparte: Abdelkrim Bentato

Sesiones:
– público infantil: sábados, 16’00-18’00
– público en general: sábados, 10’00-12’00

Precio: 50 dhs (mes)

Comenzamos el 13 de enero

lerchundimartil@gmail.com
facebook: Centro Cultural Lerchundi

0539 97 95 53

¡TE ESPERAMOS!

TALLER DE TEATRO

El Centro Cultural Lerchundi de Martil te invita a participar de un taller de teatro, que tiene como finalidad iniciar a los participantes en técnicas de expresión, mediante diversos ejercicios de grupo e improvisaciones. Está dirigido al público infantil y público en general, e impartido por el artista Abdelkrim Bentato. Comenzamos el miércoles 17 y viernes 19 de enero, a las 16’00.

Contenido: Expresión corporal y mimo, improvisaciones, estudio de textos y montaje de un proyecto escénico-teatral.

  • Público infantil: miércoles, 16’00-18’00
  • Público en general: viernes, 16’00-18’00

Imparte: Abdelkrim Bentato, artista
Comienzo: miércoles 17 y viernes 19 de enero

precio: 50 dhs (mes)

lerchundimartil@gmail.com
facebook: Centro Cultural Lerchundi

0539 97 95 53

CONCURSO DE PINTURA

  • Tu colectivo tiene que inscribirse en la dirección que indicamos abajo.
  • Cada colectivo recogerá sus cuadros y un jurado compuesto por grandes pintores pasará para valorarlos y seleccionar el mejor.
  • El premio será un diploma y la posibilidad de exponer el cuadro en la EXPOSICIÓN.
  • TEMA: Tu mirada sobre las migraciones.
  • TÉCNICA: óleo, cera, acuarela, carboncillo…
  • DIMENSIONES: entre 40 cm y 1 metro.
  • FECHA limite para final de concurso y valoración 30 de enero de 2018.

Concurso de pintura


 

Tú eres mi elegida a quien prefiero

Celebramos el misterio del Bautismos del Señor: “Apenas se bautizó el Señor se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Ahora, Iglesia de Cristo, entra en ese misterio que celebras.

Abre los ojos de la fe y verás que se te ha abierto la morada misma donde Dios habita, pues oyes la voz del Padre, ves al Espíritu Santo, y se te revela la presencia del Hijo predilecto del Padre.

Me dirás con razón que tal cosa es imposible.

Es verdad: nosotros no podemos traspasar la frontera de Dios, pero él puede traspasar nuestras fronteras: es él quien ha venido a tu morada, a tu tierra, a tu pobreza.

El misterio de Dios se ha hecho tan cercano al hombre que pasa por la vida del hombre Cristo Jesús. El cielo se ha hecho tan cercano a la tierra que la Trinidad Santa la ilumina con la claridad de su luz.

Escucha ahora el evangelio de este día: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

En Dios, ésas son palabras de un diálogo eterno de amor.

Pero ahora son también palabras de un diálogo con el hombre, palabras pronunciadas en nuestra tierra, en nuestro tiempo, sobre uno de nosotros, sobre uno como nosotros, sobre un pobre.

Recuerda, Iglesia santa, con cuánta insistencia se te ha dicho durante el tiempo de Navidad que hoy termina: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Recuérdalo y admira lo que eso significa. A ese hombre, a ese hijo que nos ha nacido, a ese niño que se nos ha dado, a esa carne de nuestra carne, a ese humillado que se bautiza entre los humillados del mundo, el Padre Dios puede decirle con toda verdad: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

Lo que era verdad sólo en el cielo, lo es ya también y para siempre en la tierra.

Ése es, Iglesia santa, el fondo luminoso de tu fiesta de hoy.

A ese fondo, añade luego los detalles del misterio que contemplas: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… Promoverá fielmente el derecho”.

Ves que en ese hombre nuevo se dan la mano el Hijo y el Siervo, el amado de Dios y el que Dios ha enviado a promover el derecho entre los hombres, el que es elegido de Dios y el que es luz de las naciones.

Aún no has considerado, sin embargo, lo más asombroso del misterio que celebras, pues a Cristo Jesús, al Siervo de Dios, al Hijo preferido del Padre Dios, tú has sido unida en admirable comunión por la fe, de tal modo que puedes decir con verdad: Él se bautiza y yo soy purificada; él se bautiza, y yo soy santificada; él se bautiza, y sobre mí baja el Espíritu Santo; él se bautiza, y yo oigo la voz del Padre que me dice: “Tú eres mi elegida a quien prefiero”.

De esa comunión admirable y dichosa es sacramento la eucaristía que estamos celebrando. No olvides tu pobreza, Esposa de Cristo, que hoy haces comunión con el Hijo de Dios. Dichosa tú, que has creído, porque hoy los cielos se abren para ti, y baja sobre ti el Espíritu del Señor, y la voz del Padre te penetra con su declaración de amor. Dichosa tú, humanidad nueva, que el Señor ha llamado con justicia, que tu Dios ha tomado de la mano, para hacerte luz de las naciones.

No olvides tu pobreza, no olvides que eres amada, no olvides a los pobres.

Aprender la paz

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Lo habéis oído en la noche de Navidad: En el campo de los pastores, en torno al ángel que les traía la buena noticia, “apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Ahora, al comienzo del año, en el día que para ti, Iglesia en Navidad, es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el día octavo del nacimiento de tu Señor, el día del nacimiento de aquel cuyo nombre es “Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo”, oirás un mandato de bendición que recae sobre la aspiración más profunda del hombre, sobre el bien que Dios le puede ofrecer: “El Señor se fije en ti y te conceda la paz”.

Haciéndose eco de ese mandato divino, el Papa Francisco abre el nuevo año con palabras que nos alcanzan como un clamor de bendición: “Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra”.

Y yo, queridos, os pido que, con la determinación de quienes han conocido el amor que Dios nos tiene, llenemos de paz y bien este tiempo –el de nuestra vida- que se nos ha dado para amar.

De qué hablamos cuando decimos paz:

Se lo podemos preguntar al Señor, que manda bendecir a su pueblo con la paz. Se lo podemos preguntar a los ángeles de Dios que, en la noche del nacimiento de Jesús, anuncian la paz a los hombres de buena voluntad. Se lo podemos preguntar al mismo Jesús que, cuando se despide de sus discípulos, les da la paz, les deja en herencia su paz. Y se lo podemos preguntar al Resucitado que, al hacerse presente entre los suyos, los envuelve familiarmente en un saludo de paz.

La paz se nos muestra así inseparable de la cercanía de Dios a nuestra vida, del amor que Dios nos tiene, de la misericordia con que nos abraza, de la esperanza con que nos enriquece, de la gracia con que nos visita, de la salvación que nos ofrece, de la justicia con que nos une a él, de la plenitud a la que nos llama, plenitud que sólo Dios puede dar, fundamentar, sostener, acreditar, consolidar… La paz es todo el bien que podemos desear.

Busca la paz:

Para ti, Iglesia en Navidad, la paz –esa plenitud del bien- es inseparable de tu fe en Cristo Jesús.

Él es el sacramento del amor que Dios nos tiene, él es la misericordia con que Dios nos abraza, él es nuestra esperanza, nuestra justicia, nuestra redención, nuestra gracia, nuestra vida. Dicho todo en una vez: Él es nuestra paz.

Pudiéramos pensar que, si somos cristianos, ya somos hombres y mujeres en paz, hombres y mujeres de paz. Pero no hace falte que yo sobresalte a nadie diciendo que eso no es así, pues cada uno de nosotros es testigo de la paz que nos falta, de la paz que no damos, de la paz que no sabemos construir.

Condición primera para que busquemos la paz es reconocer que la necesitamos, como se necesita para vivir el alimento con que nos nutrimos o el aire que respiramos.

Es cierto que la paz es don de Dios, como lo es la fe en Cristo Jesús, como lo es la comunión con Cristo Jesús. Pero igualmente cierto es que el don aceptado es el comienzo de una tarea que hemos de realizar: La fe ha de ser mantenida viva, la comunión ha de ser fortalecida, Cristo ha de crecer en nosotros, y por la paz hemos de trabajar cada día hasta que ella se adueñe de nosotros, hasta que entremos en el descanso de Dios.

Tenemos tarea y tenemos dificultades, muchas dificultades, que vencer.

A vosotros, que aprendisteis la historia de la salvación en el regazo de la Iglesia y que, por eso mismo, estáis familiarizados con las páginas de la Sagrada Escritura, no os será difícil dar nombre a los enemigos que la paz ha tenido desde el principio en el corazón del hombre: La ambición del que quiere ser como Dios, la frustración del que se siente menos que su hermano, la arrogancia del que se siente más que los demás, el mal que se adueña del corazón humano, la soberbia que nos confunde para que no nos entendamos unos con otros… Enemigos de la paz son la injusticia, la opresión, la exclusión, la mentira, la desigualdad.

Si fuésemos conscientes de la facilidad con que nos ausentamos de la paz, creo que la recordaríamos como el hambriento recuerda el pan del que carece, o el enfermo recuerda la salud que ha perdido.

Busca la paz, Iglesia amada de Dios; búscala, como busca la cierva corrientes de agua; búscala, como buscas en la contemplación el rostro de Dios; apréndela como aprendes a creer, a esperar, a amar.

Paz para los pobres:

Pero hoy no es en la paz de nuestro corazón en lo que quiero fijarme. Sé que la buscáis y que la ofrecéis, la deseáis y la cultiváis, la amáis y la pedís.

Hoy necesito hablaros de “migrantes y refugiados”, “hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz”. Hoy quiero hacerme eco de las palabras del Papa Francisco para la LI Jornada Mundial de la Paz y aprender con vosotros a llevar paz a la vida de los pobres.

Porque nos amó, el Hijo de Dios se hizo hombre para ser nuestra paz.

Como si hubiese sentido en lo hondo de su divinidad el hambre de paz que atormenta las entrañas de la humanidad, Dios, con disposición propia de su sabiduría, a todos nos acogió, a todos nos ayudó, a todos nos atendió, a todos nos abrazó. Y de él aprendemos nosotros a llevar paz a la vida de todos. Del Hijo de Dios que, hecho hombre, se hizo nuestra paz, aprendemos a acoger, a ayudar, a atender, a amar, a perder la vida para que los demás puedan vivir.

Quien olvidado de los demás vive para sí mismo, ése se alía con la violencia, renuncia a ser dichoso y se pierde a sí mismo.

Compromiso con los pobres:

Puede que jamás lleguen a saberlo, pero habremos estado eficazmente al lado de los pobres si nuestra palabra, nuestras opciones políticas, nuestra forma de vida, contribuyen a erradicar las múltiples formas de violencia que ellos padecen.

Eso implica que se nos ha de hallar enfrentados a toda pretensión de justificar guerras, conflictos, genocidios…

Se nos hallará despiertos y activos contra toda forma de trata de seres humanos, de explotación, de esclavitud, de negación de la dignidad inalienable de la persona humana… contra el enriquecimiento de unos a costa del empobrecimiento de otros, contra el expolio de unos países por parte de otros, contra un sistema que supedita la dignidad de los personas a razones de seguridad o de beneficio económico.

Una moral políticamente correcta, halagada para dar una seguridad engañosa, ha hecho que nuestra sensibilidad ponga el grito en el cielo por un gato atrapado en un árbol o en un tejado, y duerma sueños tranquilos ante miles de hombres y mujeres concentrados sin piedad en el horror de los caminos de una emigración forzada y no regulada.

Nuestro compromiso con los pobres exige que denunciemos, tanto esa moral de salón como la moral desencarnada que con demasiada frecuencia predicamos los que nos sentamos en la cátedra de Moisés.

“Una mirada contemplativa”:

Queridos: muchas veces he intentado ejercitar con vosotros esa mirada: la que pone a la luz de la fe la vida de los pobres.

Contemplados bajo esa luz, ellos son los hijos para los que Dios reclama la mayor atención; ellos son nuestra propia carne; ellos son el cuerpo de Cristo; ellos son el Señor que llama a nuestra puerta y nos pide ayuda; ellos son ocasión inesperada y sorprendente que se nos da de acoger a Dios.

Esa mirada contemplativa anula en nosotros toda justificación para la indiferencia o el rechazo de los pobres. Esa mirada contemplativa nos sitúa en los caminos de los emigrantes y los refugiados, en las fronteras que se les cierran, en las pateras a las que suben, en los infiernos a los que son condenados.

Esa mirada contemplativa va más allá de razones económicas, políticas o religiosas.

Sí, he dicho también “religiosas”. Pues –somos testigos de ello- se han hecho escandalosamente numerosos los que, por mantener la supuesta identidad religiosa –la identidad cristiana- de una sociedad, de una nación o de un continente, justifican el sufrimiento de los pobres, el abandono al que son entregados los hijos de Dios.

Pobres razonadores ciegos; ¿cómo se puede mantener una supuesta identidad cristiana maltratando realmente a Cristo en sus hermanos pobres?

“El Señor os bendiga y os guarde”:

Ya sólo me queda, hermanos míos muy queridos, cumplir con vosotros el mandato del Señor y bendeciros:

“El Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor. El Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”.

La paz que lleváis en el corazón es evidencia de la presencia de Dios en vuestra vida.

Tánger, 27 de diciembre de 2017
Festividad de San Juan evangelista.

Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger

Aprender la Navidad

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Es Navidad: Un Sol, que nace de lo alto, sorprende con la claridad de su luz la noche del hombre.

La noche –el «hoy»- en que Dios nos saluda con la paz:

El saludo de Paz y Bien parece aprendido en la escuela de Navidad, en la bondad recién estrenada de la nueva creación.

El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo trae a la tierra la paz que el cielo le puede ofrecer, todo el bien que Dios nos puede hacer.

A los que creéis y celebráis este misterio, es el Padre del cielo quien os saluda y os ofrece en su Hijo la Paz y el Bien: “Nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros”.

La noche –el «hoy»- en que Dios nace hombre para servir al hombre:

Si entras en el misterio de ese nacimiento, la palabra de la revelación te dirá que tu noche se ha iluminado «hoy» con la luz de Dios, que tu Dios acreció tu alegría, aumentó tu gozo, quebrantó la vara del opresor, y se te regaló en un niño, que es maravilla de Consejero, Dios guerrero, Príncipe de la paz. Si entras en el misterio, se te dirá que Dios ha nacido para servirte.

Sólo del cielo puede venir ese mensaje, sólo un mensajero de Dios puede anunciar este evangelio: “Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.

Pero no te conformes con oír el anuncio. Ve, Iglesia amada de Dios, ve derecha a Belén a ver eso que ha pasado y se te ha comunicado.

Se te anunció una luz para los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Si vas y ves ¡sólo encontrarás un niño!

Se te anunció una gran alegría que será para todo el pueblo. Si vas y ves, ¡sólo encontrarás un niño envuelto en pañales!

Se te anunció un Salvador, el Mesías, el Señor, un Dios que va a la guerra para ser Príncipe de la paz. Ve, Iglesia evangelizada en la noche de hoy, ¡sólo encontrarás un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre!

La luz, la alegría, el Salvador, el Mesías, el Señor, Dios, ¡es un Niño!

Lo que se te ha anunciado, lo que has visto, el misterio de la Palabra de Dios hecha carne, es revelación del poder de Dios en la debilidad del hombre, es epifanía de la grandeza de Dios en la pequeñez del hombre, es manifestación de la gloria de Dios en la pobreza y humildad del hombre.

Y porque a tu Señor, a tu Salvador, lo has visto así, ¡pequeño, pobre, humilde!, te has asombrado, te has alegrado, y has vuelto a tu mundo dando gloria y alabanza a Dios.

Has vuelto a tu mundo, ¡pero ya no es el mismo que habías dejado!

Ahora se ha hecho moradora de ese mundo una alegría que era del cielo; ahora se ofrece a los pobres la bienaventuranza, el consuelo a los que lloran; ahora se ha hecho posible saciar a los hambrientos de justicia; ahora se nos ha revelado el amor como ley que rige el universo; ahora empieza un mundo nuevo que es de los pequeños.

Escándalo o milagro, para ser hombre, Dios escogió el camino de la humildad: la debilidad, la caducidad, el abajamiento… ¡Dios abrazó la condición de esclavo!

Escándalo o milagro, la Navidad –el nacimiento del Hijo de Dios- es un paso primero y necesario en el camino de Dios hasta los pies de los pobres para lavarlos, hasta nuestras dolencias para sanarlas, hasta nuestra muerte para resucitarnos.

Escándalo o milagro, la Navidad es aparición de un mundo nuevo en el que Dios se ha hecho pequeño y de todos, último y crucificado: La Navidad es el primer paso de Dios hacia su entrega de amor en una cruz para entrar en la vida, para ser nuestra vida.

La noche –el «hoy»- en que, celebrando la Navidad, aprendemos a ser pequeños y de todos:

Queridos: es tiempo de creer, de admirar, de celebrar, de imitar la Navidad.

Contemplando el misterio, aprendemos que la razón de la Navidad es el hombre; el camino de la Navidad es el abajamiento hasta lo hondo de la condición humana; la meta de la Navidad es la paz para los amados de Dios y la gloria para Dios en el cielo.

El mundo necesita la verdad de la Navidad. El mundo necesita vuestra fe, vuestra Navidad aprendida, vuestra vida entregada en pobreza a los pobres.

No se turbe vuestro corazón. No tengáis miedo. No nos están llamando a la desdicha sino a la bienaventuranza. El Espíritu del Señor viene a vosotros, y lo que nacerá de vosotros es un mundo nuevo según el corazón de Dios.

Sólo se espera nuestro «hágase», nuestro «sí», a la verdad de la Navidad. Lo espera el cielo para llover su justicia. Lo espera la tierra para que brote la paz.

Feliz Navidad, hijos míos muy queridos.

Tánger, 22 de diciembre de 2017.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger