CURSO de PRIMEROS AUXILIOS

تكوين في الإسعافات الأولية

1ºs auxEl Centro Cultural Lerchundi de Martil, ubicado en la antigua iglesia, organiza un CURSO DE PRIMEROS AUXILIOS, que tendrá lugar del 12 al 21 de febrero de 2015, de carácter gratuito. Dirigido a miembros de asociaciones, educadores y público en general, tiene por objeto una formación básica en atención sanitaria; al tiempo que promover un compromiso ciudadano en la mejora de las condiciones de los sectores sociales más desfavorecidos. Al final del curso se entregará un diploma acreditativo del mismo, la primera sesión tendrá lugar el jueves 12 de febrero, a las 18’00. Te esperamos

لفائدة أعضاء الجمعيات، المربين، المؤطرين و كل المهتمين.

ساعات التكوين: 15 ساعة

سيمنح دبلوم لكل مشارك عند نهاية التكوين

Impartido por: Mariano Serrano Montilla (TCEA Técnico en cuidados auxiliar de enfermería, Sevilla)
la lengua de enseñanza será en español, con traducción al árabe dialectal
del 12 al 21 de febrero de 2015

Sesiones y horarios: días 12, 13, 19 y 20: 18’00-21’00. Días 14 y 21: 10’30-13’30.

inscripciones: Biblioteca Lerchundi, de 11’00 a 21’00

lerchundimartil@gmail.com

0539 97 95 53

facebook: centro cultural lerchundi

¡TE ESPERAMOS!

TALLER de CUENTACUENTOS y TEATRO

teatr

El Centro Cultural Lerchundi de Martil organiza un taller de teatro y cuentacuentos, que comenzará el sábado 7 de febrero, a las 11’00. Dirigido a estudiantes universitarios e impartido en árabe, francés y español, es un espacio ameno de formación, práctica de destrezas y adquisición de técnicas para la representación teatral y el universo del cuentacuento. Te esperamos

Impartido por: Abdelkrim Bentato, artista polivalente
Sesiones y horarios: sábados, de 11’00 a 13’00
información: Biblioteca Lerchundi, de 11’00 a 21’00

lerchundimartil@gmail.com

0539 97 95 53

facebook: centro cultural lerchundi

¡TE ESPERAMOS!

TALLER cuentacuentos-teatro (1)

“¡Ojalá escuchéis hoy su voz!”

pantocratorSe lo dice al salmista el Espíritu que inspiró las palabras de su canto; lo dice a sus hermanos de fe el creyente que en la oración hace suyas las palabras del salmo; lo dice hoy la Iglesia con sus hijos, pues desea que nunca se aparten del camino de la vida: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz!”

Tú, que amas a Cristo, que caminas con él, que dejas tu vida en manos de su Espíritu para que haga de ti otro Cristo, siguiendo a tu Señor aprendes cada día a escuchar como él, intentas obedecer como él, buscas que el cumplimiento de la voluntad del Padre sea tu alimento como lo fue para él.

Hoy, en la eucaristía, con Cristo y con su Iglesia, unos a otros nos animamos a avanzar por el camino que lleva a la vida, y nos decimos: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz!”

Esa voz, por ser la de Dios, es la del amor, pues Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios, guarda sus mandatos, cumple su voluntad.

Os lo recuerdo, queridos, aunque ya lo sabéis: ¡Ojalá escuchéis hoy la voz del amor!, para que no pequéis contra Dios siguiendo otras voces que resuenan siempre engañosas en el corazón del hombre.

Son muchos los hombres que no creen en Dios, pero todos llevan dentro una voz en la que creen, la voz de sus razones, la de sus intereses, la del poder, la del prestigio, la del dinero, la de la ambición, la de la envidia, y todos oyen esa voz, todos la obedecen, todos le rinden culto; para bien o para mal, todos entregan a esa voz la propia vida.

Quien degüella a seres humanos como si fuesen corderos de sacrificio, lo hace en nombre de esa voz. Quien tiraniza a los pobres y les cierra los caminos del pan, lo hace en nombre de esa voz. Quien convierte a los seres humanos en bienes de consumo, lo hace en nombre de esa voz. Quienes destruyen con la especulación la economía de un país, lo hacen en nombre de esa voz. Quienes echan a la basura la vida de los indefensos, lo hacen en nombre de esa voz.

Todos han escuchado esa voz, pero no la de Dios, pues en ninguno de ellos se encuentra lo que es propio de Dios: la vulnerabilidad del amor, la misericordia entrañable, la clemencia compasiva, la fidelidad incondicional, la solidaridad que a Dios lo despojó de sí mismo.

¡No escuchará la voz de Dios quien no escucha la voz de los pobres!

“¡Ojalá escuchéis hoy su voz!”

Emplazados:

creciendoMás tarde o más temprano, todos acabamos emplazados.

Las gentes de Nínive lo fueron por la muerte: “Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada”.

Las gentes de Galilea lo fueron por el evangelio: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios”.

Las palabras de la revelación, ya fijen plazo a la destrucción, ya nos convoquen a entrar en el Reino de Dios, son sacramentos de la gracia con que Dios visita a los pecadores, son siempre sacramentos de salvación.

La predicación, la del profeta y la de Jesús, es evidencia de la ternura de Dios con sus hijos, es memoria de su misericordia, de su fidelidad, de su bondad y rectitud.

Hoy resuena en nuestra asamblea la palabra que a todos nos emplaza: “Está cerca el Reino de Dios; creed la Buena Noticia”. ¡”Está cerca”!: creed; ¡”está cerca”!: entrad; ¡”está cerca”!: comulgad.

El Señor está cerca, tan cerca como su palabra, tan cerca como su cuerpo eucarístico, tan cerca como su cuerpo eclesial, tan cerca como su cuerpo necesitado, tan cerca como los hermanos, tan cerca como los pobres, tan cerca que puedes oírlo, puedes cuidar de él, puedes abrazarlo, puedes comulgarlo.

Si dejas que la palabra entre en tu corazón, estarás entrando tú en el Reino de Dios.

Si dejas que Cristo viva en ti, estarás haciendo tuya la Buena Noticia que viene con él, la Buena Noticia que es él.

Si un pobre se acerca a tu vida, recuerda siempre que, en el pobre, se estará acercando a ti el Señor a quien escuchas en la palabra y a quien recibes en la Eucaristía.

El plazo está fijado y es ahora: “Está cerca el Reino de Dios: Convertíos”.

Feliz domingo.

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

prayerQueridos: Empezamos un nuevo ciclo del Tiempo Ordinario de nuestro Año Litúrgico. Todo lo que pido para mí y para vosotros al reemprender este camino de acercamiento a la verdad de nuestra fe y de nuestra vida, es el conocimiento de Cristo Jesús, la comunión con él, que vivamos en él, que él viva en nosotros.

Si lo que deseo es la verdad, lo que temo es el engaño, y más aún la mentira. De ahí la necesidad sentida de escuchar la palabra de Dios y de meditarla desde la sensibilidad de los pobres, desde la oscuridad en la que se mueven los desheredados de la tierra. De Dios haremos un ídolo al servicio de nuestras manías de grandeza si no nos acercamos a él con los pies de los humillados, con las manos de los hambrientos, con las preguntas de los que sufren.

La palabra de Dios sólo se puede escuchar con los oídos de los pobres. La oración sólo es verdadera si brota de un corazón pobre.

Esta mañana me hablaron de una niña –porque no es más que una niña-. Tiene quince años. Tiene chulo, o como dicen por aquí, «patrón». Está encinta de ocho meses, y todavía no la ha visto un médico. Se siente mal. Lo que uno puede prever es que, si no se les acude de inmediato, madre e hijo morirán. Pero el patrón no autoriza la visita.

Ella puede ser el pobre que escucha en nuestros oídos, el pobre que suplica en nuestra oración.

Aquí estoy, Dios mío,  para hacer tu voluntad”. El primer pobre que oró con estas palabras fue un salmista que en la propia vida había conocido el sufrimiento y también la salvación, un creyente que tenía algo que decir de Dios porque llevaba grabado su recuerdo en la memoria, porque había luchado con él en la noche, porque llevaba tocado por él el tendón.

Aquí estoy, Dios mío,  para hacer tu voluntad”. Con palabras semejantes a éstas había orado también un niño que, llamado a ser profeta, aprendía de noche a reconocer y a guardar en las entrañas el sonido del misterio: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad”. Las palabras de nuestra oración bien pudieran ser palabras del Siervo del Señor, expresión de su pobreza, de su obediencia, de su confianza: “Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído: yo no me resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba, no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos”.

Aquí estoy, Dios mío,  para hacer tu voluntad”. Ésta fue la oración que hizo el Mesías al entrar en el mundo: “Sacrificios y ofrendas no los quisiste, en vez de eso me has dado un cuerpo; holocaustos y víctimas expiatorias no te agradan; entonces dije: «Aquí estoy yo para realizar tu designio, Dios mío»”. Una oración que alimentará como un pan los días todos de la vida de Jesús de Nazaret: “Mi alimento es cumplir la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra”. Una oración en la que, llegada la hora de apurar la amargura de la muerte, Jesús expresará con palabras nuevas la misma inmutable decisión de la hora en que había entrado en el mundo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad”. Pronuncia tu oración, Iglesia santa, cuerpo de Cristo; pronúnciala unida a tu Redentor, a tu Salvador, a tu Señor. No la digas más sin él, y no dejes ya que él la diga sin ti. Entonces, como los dos discípulos de Juan el Bautista,  también tú estarás “siguiendo a Jesús”.

Y si ahora le preguntamos: “Rabí, ¿dónde vives?”, él nos dirá: “Venid y lo veréis”.

Fuimos y vimos: Jesús estaba con el salmista en su canto, con Samuel en el templo, con el Siervo del Señor en su obediencia y en su entrega…

Fuimos y vimos que Jesús estaba en el corazón de una niña que no tenía libertad para dar a luz sin morir.

¡Y nos quedamos con él para siempre!

Caritas parroquial

En el tiempo de Adviento y Natividad se vivía en la ciudad de Tánger el ambiente de SOLIDARIDAD. Preparando la venida del Señor en nuestro corazón y alrededor nuestro muchas personas han respondido al llamado:

Operación KILO – la campaña popular de todos los años para ayudar a las personas más necesitadas  en nuestra sociedad. Fue la generosidad de cada uno ofreciendo el aporte económico, con los alimentos o con ropa que luego fue repartido entre las familias necesitadas.

Se recogió alrededor de un mil quinientos kilos de alimentos. Unas 150 familias recibieron su bolsa de solidaridad y amor al prójimo.

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Navidad en Larache

Así se ha disfrutado los días de navidad en Larache, puede verse en las siguientes imágenes.

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Bautizados con Cristo:

ADVIENTO1Moriré sin aprender el misterio de la cruz; moriré, Señor, sin bajar contigo a las aguas de tu bautismo. Mi día declina sin que acierte a poner los pies en la huella de los tuyos.

La Iglesia, que celebra hoy la fiesta de tu bautismo, la fiesta de tu inocencia bautizada entre pecadores, vuelve los ojos del corazón a tu cuerpo levantado sobre la cruz, al misterio de la santidad de Dios bautizada entre criminales.

No bajaste a las aguas de nuestro río por ocultar tu justicia, sino por hacernos partícipes de ella; no entraste en el abismo sin esperanza de los malhechores para reprocharles lo perdido de sus vidas, sino para darles la ocasión de recuperarlo.

A donde tú bajas, a donde tú entras, a donde tú te bautizas, el cielo se abre, el Espíritu desciende, y la voz del cielo permite reconocer entre pecadores y criminales al Hijo de Dios, a su preferido: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”.

Te bautizaste, Señor, para que el cielo se abriese, para que el Espíritu descendiese, para que los pecadores pudiesen estar contigo en el paraíso.

Hoy tu Iglesia, que en la Eucaristía escucha tu palabra y se alimenta con sacramentos del cielo, unida a ti por la fe se bautiza contigo, se ofrece contigo, y ve por tus ojos que el cielo se abre para ella y que el Espíritu baja para ella. Hoy tu Iglesia, Señor, unida a ti en santa comunión, oye contigo la palabra que el cielo pronuncia sobre ti: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

Pues que comulgo contigo en los divinos misterios, enséñame, Señor, a poner mis pies en la huella de los tuyos, enséñame a bautizarme contigo, enséñame a obedecer contigo, enséñame a tomar la cruz de cada día y seguirte, enséñame para que aprenda tu cruz.

La gloria del Señor amanece sobre ti:

navidadfelicLa Iglesia, que en los ocho días de su fiesta de Navidad celebró la manifestación de Cristo al pueblo de Israel, celebra ahora el misterio de su manifestación a los demás pueblos, representados en unos Magos que, guiados por la estrella del Rey de los judíos que ha nacido, llegan de oriente para adorarlo.

Hoy, un gran misterio ha sido revelado por el Espíritu  a sus santos apóstoles y profetas: “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en  Jesucristo, por el Evangelio”.

“También los gentiles”, es decir, también nosotros, los que antes no éramos pueblo y ahora somos pueblo de Dios, los llamados abandonados que ahora se descubren predilectos, los considerados extraños que han entrado como hijos en la casa y familia de Dios, los que estaban lejos y ahora son miembros de un único cuerpo del que Cristo es la cabeza.

Haber conocido la dicha de esta gracia no nos hace superiores a quienes la desconocen, sólo nos hace sus deudores. Y esa deuda no la podremos saldar con palabras si no las acompaña el testimonio de la alegría, de la gratitud, de la caridad, de toda nuestra vida.

No podremos anunciar el evangelio si no lo hemos recibido, si no lo hemos creído, si no lo hemos gustado, si no hemos reconocido el amor que nos lo entrega, si no hemos acogido a Jesús que nos lo revela, si delante de este Rey que nos ha nacido no hemos caído de rodillas y lo hemos adorado.

No podremos anunciar el evangelio si, después de adorar, no hemos abierto nuestros cofres para ofrecer al Rey en regalo nuestras vidas.

No podremos anunciar el evangelio si no lo comulgamos.

¡Levántate, brilla, Iglesia cuerpo de Cristo, porque ha llegado tu luz, la gloria del Señor ha amanecido sobre ti! Si entras en la casa de Dios y ves al niño, si lo reconoces en la Palabra de Dios, en el sacramento la Eucaristía, en la comunidad de los fieles y en la vida de los pobres, si lo confiesas tu Dios, tu hermano, tu redentor, ¡hoy es Epifanía del Señor para ti!, y tus hijos vendrán de lejos atraídos por el resplandor de tu gloria.

Feliz encuentro con el Señor.

La paz se llama Jesús:

nacimiento-de-Jesus-y-navidadLo has oído en el evangelio: “Los pastores encontraron a María y a José y al Niño”. Y has oído también lo que, al ver al niño, esos pastores contaron a María y a José: “Hemos visto a un ángel del Señor, que nos dijo: _Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”. Y te han recordado también lo que sucedió al cumplirse los ocho días del nacimiento de aquel niño: “Tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús”.

Ahora tú, que has creído, ya puedes pedirle al profeta otros nombres para tu Señor, para tu Salvador: “Es su nombre Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo”.

«Admirable»: Los pastores, María y José, y todos los que oyeron aquel mensaje del cielo, se admiraban de ver en un niño al Salvador, en un recién nacido al Mesías esperado, en tanta fragilidad y pobreza al Señor su Dios. Todos se admiraban de que Dios se llamase Jesús, nuestra salvación.

«Dios»: Aprende con María y con José a llamar “mi Dios” al que llamaban “mi niño”. Aprende a guardar en el corazón la imagen del niño, pues ese niño es el rostro cercano de tu Dios, es su rostro humilde, necesitado, es tu Dios que depende de ti para vivir.

«Príncipe de la paz»: El que es tu salvación, es tu paz; el que es tu Salvador, es el Príncipe de la paz.  Nunca habría paz para ti si para ti no hubiese salvación. Tú llamas paz a la dicha de los rescatados del Señor, a la gloria de los humillados, a la fiesta de los que vivían en tierra de sombras de muerte, a tu dicha, a tu gloria, a tu fiesta, porque en tu Salvador tú has sido rescatada, enaltecida, resucitada.

«Padre perpetuo»: Habréis observado, queridos, que en estas tierras, los desvalidos a quienes acudimos con el pan del día o el vestido que los abrigue, nos llaman “papá”, “mamá”.  Ése es el nombre que el profeta da al que ha querido hacerse nuestro pan y nuestro vestido, pues de Cristo nos alimentamos y de Cristo nos han revestido. En verdad a él y sólo a él le conviene el nombre de “Padre perpetuo”,

Hoy Dios se llama Jesús; hoy la dicha, la gloria, la fiesta, se anuncia a los necesitados de paz, a los hambrientos y sedientos de justicia, a los que lloran, a los sin trabajo, a los sin techo, a los sin papeles.

Dios mío: Que los pobres conozcan tu rostro, que el emigrante sienta sobre su vida la benignidad de tu mirada, tus ojos de niño, la paz que por esos ojos asoma para abrazar a los que piden ser bendecidos.

Nuestra paz se llama Jesús. Celébrala con agradecimiento. Recíbela con amor.

Feliz año, queridos. Hoy y siempre, feliz Navidad.