Ya no hay Trinidad sin ti, ya no hay Trinidad sin pobres:

En el Misal de la comunidad, la Santísima Trinidad es la primera de las solemnidades del Señor.

Lo cual nos recuerda que, si queremos entrar en este misterio corazón de nuestra fe, habremos de hacerlo fijándonos, no en Dios a quien no vemos, sino en Cristo Jesús que es para nosotros imagen visible de Dios invisible: sólo en la escuela de Jesús de Nazaret podremos aprender el vocabulario de este encuentro con Dios.

Es éste un misterio de cielos rasgados, abiertos, accesibles, permeables: el Espíritu puede bajar y posarse sobre Jesús; la voz puede venir hasta Jesús; el Hijo tiene casa familiar a donde volver una vez cumplida la misión que el Padre le confía.

Fíjate en Jesús, el hombre que la voz del cielo declara «Hijo amado en el que Dios se complace». Con él aprendes las palabras clave de esta sabiduría divina que llamamos misterio de la Trinidad: Dios-Padre, Hijo amado, Espíritu de Dios.

Ahora, escuchando a Jesús, habrás de aprender a unir esas palabras según la relación que les es propia: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre en mí… Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, el Espíritu de la verdad”. “Yo y el Padre somos uno”.

El Padre, el Hijo, el Espíritu, son uno sin ser lo mismo, son uno sin confundirse, son uno sin perder la propia identidad, son uno sin limitarse, son uno siendo cada uno plenamente él mismo.

Pero hay algo más, mucho más y muy sorprendente: al vocabulario de la Trinidad pertenece también la palabra «vosotros».

Jesús la revela a sus discípulos: “El mundo no puede recibir el Espíritu de la verdad, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

Ya no hay Trinidad sin «vosotros», hombres y mujeres unidos por la fe a Cristo Jesús: no habrá Trinidad en quien no estéis como hijos; ya no habrá en la Trinidad Hijo de Dios sin «vosotros»; ya no habrá «vosotros» sin Espíritu Santo de Dios.

Con ese Hijo en el que sois hijos, aprendéis a decir: «Abba, Padre».

Como Jesús, también nosotros, sus discípulos, buscamos cumplir en todo el mandato del Padre: nuestro pan de cada día es hacer su voluntad, trabajar en su viña, acercar su reino a los pobres.

No dejes, Iglesia cuerpo del Hijo, no dejes de entrar, por la fe y la contemplación, en los cielos accesibles, en tu casa familiar, en la morada que te está reservada, en el corazón de Dios.

No olvides tu comunión en el Espíritu con Cristo resucitado, con el Hijo glorificado.

Pero no olvides tampoco, no olvides jamás, que, en esta Trinidad, el Hijo con quien estás en comunión, es un Hijo pobre, humillado, perseguido, crucificado.

Ya no hay Trinidad sin pobres. Ya no hay Trinidad en la que los pobres no estén como hijos. Ya no hay pobres en los que el Hijo de Dios no salga a nuestro encuentro.

El tentador intentará apartarte de esa condición, de esa verdad, de ese mundo que fue el de Jesús y es tuyo; intentará seducirte con la idolatría del éxito, de la riqueza, del poder. No olvides que tu forma de vida es el evangelio de Cristo pobre y crucificado.

Feliz camino con el Hijo amado.

Es la hora del no poder, de la no violencia, del martirio:

Esto es lo que celebramos en el día de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia apostólica, y nuestra propia unción por el Espíritu de Cristo Jesús. ¡Somos una comunidad de bautizados por Jesús de Nazaret con Espíritu Santo!

Después de haber escuchado la palabra de la verdad, después de haber acogido el evangelio de nuestra salvación, también nosotros, en Cristo, hemos sido marcados con el sello del Espíritu Santo: “Cristo nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones”.

Al creyente no lo hace ‘de Cristo’ el credo que profesa, ni los ritos que celebra, ni el código moral por el que se rige; tampoco lo identifica como ‘de Cristo’ la profesión que ejerce o el estado social al que pertenece.

A ti te identifica como ‘de Cristo’ el Espíritu que vino sobre él y que él te ha comunicado, el Espíritu que lo ha movido a él y que te mueve a ti, el Espíritu que te da ese aire con Cristo que todos pueden notar, el Espíritu que hace de ti una imagen viva de Cristo Jesús.

A ti te identifica como ‘de Cristo’ el Espíritu que habita en ti y que has recibido de Dios. A ti te identifica como ‘de Cristo’ el amor de Dios que ha sido derramado en tu corazón por el Espíritu que habita en ti.

“Si alguien no posee el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”.

Andad pues según el Espíritu que habéis recibido.

Su fruto es: amor, alegría, paz, comprensión, paciencia, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.

Tú, Iglesia cuerpo de Cristo, estás llamada a ser comunidad de los que aman como Cristo ama: comunidad de hombres y mujeres humildes al modo de Cristo, hombres y mujeres que son hermanos todos de todos y se hacen siervos todos de todos al modo de Cristo, hombres y mujeres que se hacen últimos entre todos siguiendo de cerca cada uno de ellos los pasos de Cristo.

Tú, Iglesia animada por el Espíritu de Cristo, estás llamada a ser comunidad que desborda de alegría por la gracia con que Dios te ha visitado, por la vida de Dios que has visto manifestada en Cristo y que esperas recibir, por el amor de Dios que permanece en ti, por la esperanza cierta de que, en Cristo, Dios mismo es la meta de tu camino.

Vuelve los ojos a Cristo Jesús, déjate llevar por su Espíritu a los caminos de los pobres, al desierto donde se mueven los hambrientos de justicia, los sedientos de Dios.

Ésta es la hora de los operadores de paz, de los testigos del reino de Dios. Es la hora del no poder, de la no violencia, del martirio… del Espíritu de Jesús en nuestras vidas.

Los idólatras continuarán invocando a sus dioses para alcanzar grandeza, para justificar agresiones, para bendecir crímenes. Los idólatras continuarán prostituyendo las palabras, y hablarán de paz mientras hacen la guerra, mostrarán alegría mientras humillan a los indefensos, declararán de fiesta el día en que roban al pobre y matan al justo. Los idólatras prostituirán la bondad, la de Dios y la del hombre, y se constituirán a sí mismos en medida del bien y del mal.

Apártate de ellos, Iglesia de Cristo.

Pon tus pies en la huella del cordero llevado al matadero, sigue los pasos del cordero mudo, camina tras el cordero que quita el pecado del mundo.

Apártate de la idolatría del poder, de la seducción de la riqueza, de la crueldad de la arrogancia.

Apártate y ama, apártate y alégrate con tu Dios, apártate y habita en la paz que has recibido de Cristo Jesús.

Que donde tú estés, el mundo se sienta bendecido.

Que donde estés, el mundo experimente tu amor, vea tu alegría, goce de tu paz, conozca tu bondad, admire tu paciencia, dé fe de tu lealtad.

Que donde tú estés, vaya Cristo contigo, sople sobre el mundo el Espíritu de Jesús, sientan los pobres sobre sus vidas la dulzura de Dios.

Que donde tú estés, todos reconozcan cercano el reino de Dios.

Feliz día de Pentecostés.

Embriaguez:

La declaración-invitación la hace Jesús a sus discípulos, y la entendemos hecha hoy a nosotros, los que nos llamamos cristianos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

Lo has oído bien, Iglesia cuerpo de Cristo: para esto se agita el universo, para esto nacieron los mundos, para esto nacimos, para ser amados con amor divino, con pasión de Dios, para ser amados como el Padre ama a su Hijo, como Dios ama a Dios, para ser amados y permanecer en el amor.

El que te ama, te pide que permanezcas en su amor, que habites en ese amor, que tengas en ese amor la dirección de tu casa.

Y si preguntas cómo podrá ser eso si tú no conoces el rostro de tu Señor, si jamás has visto a tu Dios, cómo se puede morar en el corazón de Dios, el ángel de esta anunciación, Jesús, te acercará a las puertas del misterio: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”.

Entonces le dirás: “Heme aquí”, estoy dispuesto, “hágase”.

Y él te dirá: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Envolver el mundo en el amor con que Dios nos ama: ése es el modo sencillo y humilde de permanecer en el amor que el Hijo de Dios nos tiene.

En realidad, ése es el modo sencillo y humilde que Dios ha escogido para venir a nosotros, para quedarse en nosotros, habitar en nosotros, poner en nosotros la dirección de su casa.

Habrás observado, hermana mía, hermano mío –hablo a contemplativos-, que en ese mundo nuevo, en el mundo de los discípulos del amor, en el mundo del pueblo de Dios, en el mundo-utopía que encontró su lugar en nuestra fe, no sirve el vino para embriagarse, no cabe el abuso para alegrarse, no ayuda la arrogancia para ser alguien.

Ebrios nos han de encontrar, como en día de Pentecostés, cuantos nos oigan hablar de las grandezas de Dios: ebrios de Espíritu Santo, ebrios de alegría, ebrios de humildes palabras, de divinas palabras.

Ése es el regalo que nos deja el ángel de esta anunciación: su alegría en nosotros, la plenitud de su alegría en nosotros, embriaguez de alegría para todo el pueblo de Dios…

Éste es el mundo de los que reciben al Hijo, de los que creen en su nombre, de los que han nacido de Dios…

Escucha, cree, comulga, recibe… ama y embriaga de alegría tu pequeño mundo: Es una utopía que el Espíritu de Dios ha puesto al alcance de tu mano.

Feliz domingo.

De Dios y de los pobres:

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”:

Necesito recordar, Cristo resucitado, esa misteriosa comunión contigo, por la que nosotros, los sarmientos, permanecemos en ti, y tú, la vid, permaneces en nosotros.

Necesito celebrar esa misteriosa comunión contigo, porque, unidos a ti, los sarmientos alcanzamos ya el destino donde nos ha precedido la vid; y tú continúas haciendo con nosotros el camino que nos queda por recorrer.

Necesito saberme en ti y para siempre, Cristo resucitado, si no quiero que me ahogue la evidente comunión de todo mi ser con la muerte de los sueños, con la muerte del hombre, con la banalidad de la muerte, con la banalidad del mal.

Necesito saberte en mí, saberte resucitado en mí, saberte vivo en esta vida mía, que sólo puede merecer ese nombre si eres tú quien vive en ella.

En ti, Cristo resucitado, somos algo más, mucho más, que residuos errantes de una estrella apagada: somos poco menos, sólo poco menos, que el cuerpo de Dios.

Lo que somos en ti, nos permite liberarnos de nosotros mismos, del afán de atesorar, del agobio por la vida y el alimento, de la preocupación por el cuerpo y el vestido.

Lo que tú eres en nosotros, en tu cuerpo, en tu Iglesia, eso nos deja arrodillados a los pies de todos, últimos entre todos, siervos de todos.

Tú, por la encarnación, te has revestido de nosotros; y nosotros, por el bautismo, nos hemos revestido de ti; por la fe en ti, somos uno contigo, somos hijos de Dios.

Contigo permanecemos en Dios; con nosotros tú permaneces en los caminos de la humanidad. Contigo hemos conocido la libertad de todo agobio y preocupación; con nosotros tú continúas haciéndote siervo de todos.

Hoy, después de escuchar la palabra que nutre la fe, después de cantar la dicha de haberte conocido, después de bendecir al Padre de toda gracia, haremos comunión contigo, Cristo resucitado, y contigo, como tú, seremos para siempre de Dios y de los hombres, de Dios y de los pobres.

Feliz domingo.

La voz de una madre

Lo has oído en el evangelio: “Yo soy el buen pastor, que da su vida por sus ovejas”. Oyéndolo, has entendido que Jesús de Nazaret te ha puesto en el centro de su vida; has entendido que el Hijo de Dios, porque te amaba, se ha hecho vulnerable hasta dar la vida por ti; has entendido que Dios, compadecido de ti, ha abierto de par en par las fronteras de su Reino para que entres, para que seas libre, para que vivas.

Lo has oído en el evangelio, lo has celebrado, lo has revivido, lo has experimentado en la Eucaristía: “Yo soy el buen pastor, que da su vida por sus ovejas”.

Y sabes, Iglesia cuerpo de Cristo, que ésa es tu vocación, que estás llamada a poner a los pobres en el centro de tu vida, a dar la vida por ellos, a mantenerte siempre abierta para ellos porque eres su casa.

Tu vocación es conocerlos: conocer su voz, su necesidad, sus anhelos, sus miedos, sus alegrías.

Tu vocación es hacerte para ellos deseable como un pan, vulnerable como un amante, acogedora como una madre; hacerte toda para ellos como Jesús se hizo todo para ti.

Que los empobrecidos sepan todos que pueden contar contigo: Todos, en todo tiempo, en todo lugar.

Que los pobres sepan que, allí donde te encuentren, encontrarán madre, encontrarán ternura, y si lo hay, encontrarán pan.

Que los empobrecidos conozcan tu voz, como reconoce un niño la voz de su madre.

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA – CICLO B

Es Pascua, Cristo ha resucitado: Al proclamar nuestra fe en Cristo resucitado, hablamos de acontecimientos de salvación, obras de Dios, maravillas de la gracia, y si no queremos reducir todo a creencia imaginativa, a doctrina consoladora, o a mitología religiosa, hemos de disponer los sentidos del espíritu para el encuentro con el Señor, cuya muerte anunciamos, cuya resurrección proclamamos mientras esperamos su venida.

Es Pascua, Cristo ha resucitado: El mundo se ha hecho nuevo, se han abierto las puertas del jardín de Edén, el hombre puede regresar a la dicha para la que fue creado.

Cualquiera con un poco de sentido común puede decirme que eso no es verdad, que el mundo es hoy más viejo de lo que era ayer, tiene hoy llagas que ayer no tenía, miserias que ayer no conocía, lágrimas que ayer todavía no se habían llorado.

Y yo le diré: No son las lágrimas ni las miserias ni las llagas lo que da consistencia a un mundo viejo; ese mundo es hijo de la apropiación que genera división y confusión, y que mata la esperanza.

Es Pascua, Cristo ha resucitado. Observa cómo el mundo se ha hecho nuevo: La humanidad nueva ha regresado a la comunión inicial, a la unidad siempre añorada. Las cosas vuelven a ser de todos, porque son de Dios. La vida, la de todos, vuelve a estar abierta a la inmortalidad, y de ello dan testimonio los apóstoles al anunciar la resurrección del Señor. Y Dios vuelve a mirar con agrado este mundo recién estrenado, el mundo de su Hijo, el mundo de Cristo resucitado, un mundo nacido de la misericordia, creado por la fuerza del Espíritu, un milagro de la gracia, pura hechura de Dios.

Nadie diga, “soy cristiano”, si no es un hombre, una mujer, que pertenecen al mundo nuevo inaugurado con la resurrección de Cristo Jesús. Un mundo reconciliado, pacificado, animado por el Espíritu de Jesús, un mundo de hijos que han nacido de Dios y que en sí mismos, por su fe, han vencido al mundo viejo.

Nadie diga, “soy cristiano”, si no es un hombre, una mujer, que pertenecen a esa humanidad nueva que tiene por cabeza al hombre nuevo, que es Cristo resucitado. Considerad la herencia que de él recibís: “Entró Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: _Paz a vosotros… Recibid el Espíritu Santo”. Considerad lo que sois por lo que de Cristo habéis recibido: Sois hombres y mujeres de paz y de Espíritu. Y lo que sois, eso mismo da razón de lo que manifestáis y de lo que hacéis: “Los discípulos de llenaron de alegría la ver al Señor… A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. La alegría y el perdón son habitantes permanentes del mundo nuevo que ha empezado con la resurrección de Cristo.

Por si alguien no se hubiese dado cuenta todavía, ese mundo nuevo que Dios ha creado con infinito amor, es un mundo nuevo de amor para los que lloran, para los que conocen de cerca la miseria, para la humanidad llagada. Y supongo que sólo los que lloran, sólo los arrojados al borde del camino de la vida, sólo los llagados tienen ojos para ver la novedad que Dios a todos ofrece.

El amor es la epifanía del mundo nuevo.

Las llagas, las de Cristo y las del mundo, son lo que está a nuestro alcance ver, tocar, para creer y amar.

Feliz domingo.

Feliz eucaristía.

Feliz encuentro con Cristo en el misterio y en los pobres.

Testigos de la resurrección

Cuando se habla de resurrección, el primer comentario suele ser que de allá nadie volvió para decir lo que pasa.

Esa constatación con aires de evidente, lo sería si la resurrección se entendiese como un regreso de los muertos a la vida, un desandar el camino desde la oscuridad de la tumba a la luz acostumbrada de nuestras vidas.

Pero no es eso lo que entendemos quienes celebramos que Cristo ha resucitado.

¡La resurrección de Cristo no es regreso a su pasado sino entrada en su futuro! ¡Su Pascua no es recaída en el mundo viejo sino comienzo de un mundo nuevo!

Por la resurrección, no recobra el hombre la vida perdida sino que se abre a una vida nueva, a la vida de Dios. Resucitado, no regresa el hombre a la mortalidad sino que se le reviste de inmortalidad.

“Habéis muerto –dice el Apóstol- y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, o, lo que es lo mismo, la vida de Dios está escondida con Cristo en nosotros.

Así que, si alguien nos pregunta por la resurrección, no decimos: De allá nadie volvió. Sino que confesamos: ¡Cristo Jesús vive!, y somos sus testigos, pues “hemos comido y bebido con él después de su resurrección”, más aún, hemos resucitado con él, y estamos con él a la derecha de Dios en el cielo.

Es cierto: De allá nadie volvió. Pero es más cierto aún que allá, en la vida nueva, ya hemos entrado misteriosamente los que creemos en Cristo Jesús.

Con él nos encontramos y comemos siempre que, conforme a su mandato, escuchamos su palabra, hacemos nuestra su acción de gracias y recibimos los sacramentos de su vida entregada.

Arrodillados como el Señor a los pies de la humanidad, de él aprendemos a servir a los pequeños, a curar heridas, a limpiar miserias, a entregar como un pan nuestras vidas a los pobres.

Con Cristo resucitado comemos y bebemos siempre que los pobres se sientan a nuestra mesa. Y aunque sea poco lo que haya para compartir y guardemos silencio mientras lo compartimos, sabemos muy bien que es el Señor quien está con nosotros.

Porque comemos y bebemos con él, llevamos en el corazón su paz, la que él nos ha dado, su alegría, en la que él nos envuelve, su Espíritu, con el que él nos unge, nos transforma, nos fortalece, nos consuela, nos vivifica, nos justifica, nos santifica, nos resucita.

Su paz, su alegría, su Espíritu, son en nosotros los voceros de su resurrección.

Sabemos que él vive, porque vive en nosotros, porque espera con nosotros, porque ama en nosotros, y, en este cuerpo suyo que es la Iglesia, él va llenando la tierra de humanidad humilde, de humanidad pacificada, de humanidad reconciliada, de humanidad nueva, recia, libre y justa, de humanidad resucitada, de humanidad divinizada.

Sólo tu vida, Iglesia de Cristo, puede dar testimonio de que Cristo vive.

El mundo te necesita para salvarse de su resignación a la nada. El mundo te necesita para estrenar humanidad, para entrar en el día de la resurrección.

Deja que se transparente en ti la luz de Cristo resucitado.

Enviados a los pobres

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

La Iglesia de Tánger celebra cada año, en el Martes Santo, la Misa crismal, expresión de la comunión de todos –obispo, presbíteros, pueblo sacerdotal- en Cristo Jesús.

Esa admirable comunión, significada y representada por vuestra presencia numerosa y festiva en la celebración, la realiza el fuego de la caridad que el Espíritu Santo ha encendido en vuestros corazones: Es él quien os ha ungido, es él quien os ha justificado, es por él por quien tenéis un solo corazón y una sola alma, es él quien os transforma en imágenes vivas de Cristo Jesús para que, en Cristo Jesús, os llaméis hijos de Dios y lo seáis realmente.

Ungidos:

Ése es, queridos, nuestro nombre primero: «Cristos», es decir: «Ungidos», «Crismados», pues “Dios nos ungió –nos crismó, nos hizo de Cristo, nos hizo Cristo-, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones” (2 Cor 21b-22). Ése es el nombre que corresponde a hombres y mujeres de la humanidad nueva, de la que Cristo Jesús es principio y plenitud.

Él fue ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (cf. Hch 10, 38).

De él, ungido Rey, ungido Sacerdote para siempre, se dice: “Amaste la justicia y odiaste la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha distinguido entre tus compañeros, ungiéndote con aceite de júbilo” (Heb 1, 9).

Tu nombre, Iglesia ungida, como el de tu Señor, Cristo, habla del cielo abierto, habla del Espíritu de Dios que se abaja hasta nuestra pequeñez, habla de Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro, que pone en la tierra su cielo: en Jesús y en nosotros.

Tu nombre –la Ungida-, como el de tu Señor –el Ungido-, es memorial del amor con que Dios te ha desposado y ha hecho contigo una alianza por la que se une a ti para la eternidad: Graba ese nombre como sello en tu corazón, grábalo como sello en tu brazo, como memorial permanente de un amor que es más fuerte que la muerte.

Porque te ha ungido el Espíritu de Dios, tus hijos se llamarán “Sacerdotes del Señor”. Porque tu Dios te ha ungido con óleo sagrado, de tus hijos dirán: “Ministros de nuestro Dios”. Porque “eres la estirpe que bendijo el Señor”, lo invocarás y le dirás: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora”.

Pero tampoco a ti, Amada, que has descubierto qué bueno es estar con tu Señor, se te permite quedar bajo la luz del cielo abierto, y habrás de emprender la marcha por los caminos de los pobres.

Para los pobres:

Te lo dice el profeta, lo hace suyo Jesús en la sinagoga, y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, te lo apropias en las palabras de tu canto: “El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres”.

Ya sabes quién eres. Lo va diciendo tu nombre, el que con amor de elección Dios te ha ofrecido, el que con asombro creyente tú has aceptado y recibido: La Ungida.

Cristo Jesús te ha convertido en un reino, y de tus hijos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre.

Ahora aprendes para quién y para qué eres ungida. El mismo Espíritu que te ungió y que ungió a Jesús de Nazaret, lo envió a él y te envía a ti a los pobres, para que les lleves el evangelio que necesitan oír, un evangelio que ha de ser tan elocuente que en ti, Ungida, como en Jesús, puedan los pobres reconocer el amor que Dios les tiene, puedan ver el sacramento en el que Dios se les hace cercano y liberador.

En Cristo:

Por la fe, estás unida al Unigénito de Dios, al amado, al predilecto. Con él, en la eucaristía, te ofreces al Padre del cielo. En él, fortalecidos con su Cuerpo y con su Sangre y llenos de su Espíritu Santo, tus hijos nos hacemos un solo cuerpo y un solo espíritu. Por él, “cantaremos eternamente las misericordias del Señor, anunciaremos su fidelidad por todas las edades”.

Venid a la fiesta:

Los óleos, que en la Misa crismal bendecimos y consagramos, nos recuerdan lo que somos en Cristo: sacerdotes para Dios, profetas de Dios, un pueblo de reyes.

La palabra de Dios que en esa celebración escuchamos, nos recuerda lo que somos con Cristo: Ungidos por el Espíritu Santo y enviados a los pobres para llevarles el evangelio.

La comunión que hacemos, realiza lo que hemos escuchado, y entonces tú, con María la Madre de Jesús, con los pobres de todos los tiempos, entonarás tu cántico de alabanza al que te amó con misericordia eterna, te unió a su Hijo, y te ungió para que el amor fuese tu ley, tu vocación, tu tarea.

Venid a la fiesta.

A todos os llamo a celebrar conmigo, el martes día 27 de marzo, a las 19:00 horas, la Misa crismal.

Asimismo, a los presbíteros que prestan servicio pastoral en esta diócesis, los invito a participar en el Consejo presbiteral que se reunirá ese mismo día, a las 10:00 de la mañana, en el arzobispado.

Siempre ha sido una buena ocasión para acercarnos a la vida de las parroquias: eso continuaremos haciendo. Naturalmente, también dedicaré tiempo a la vida de la diócesis. Y no faltará tiempo para que todos puedan abordar los temas que consideren oportuno compartir con el presbiterio.

Para la comida, sois todos huéspedes de este hermano menor.

“Jesucristo nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

Tánger, 9 de marzo de 2018.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo

Perderlo todo por amor

Señor, ayúdame a perder la fe en mi fe, por si aún es tiempo de que empiece a creer en ti.

Enséñame a ir contigo, a seguirte, a escucharte, incluso si me pides que desate y te lleve el borrico que necesitas.

Si creo en ti, abandonaré mi camino por el tuyo, que eres el Camino y la Verdad y la Vida, y contigo iré donde tú quieras, donde tú vayas.

Si creo en ti, tu destino se volverá mi destino, ya se llame cruz ya se llame cielo, ya lo llames abajamiento ya lo llames gloria, ya se llame muerte ya se llame vida.

Si creo en ti, entraré en tu mundo, en tu evangelio, en tu humanidad, en tu pasión por el reino de Dios que llega para los pobres, que va donde tú vas, que se acerca a quienes tú te acercas.

Si creo en ti, en todo tiempo y lugar pediré, a silencios, a susurros, a voces, a gritos, el Espíritu que me transforme en ti, el amor que me haga uno contigo, hasta que me pierda en ti, hasta que tú, más que yo mismo, vivas en mí.

La fe en mi fe me ha llevado a suplantar sin escrúpulo el culto a Dios por el culto al dinero; a conjugar sin remordimiento la veneración de Cristo en la Eucaristía y su desprecio en los pobres; a guardar en el corazón odios en lugar de amor, ofensas en lugar de perdón, venganza en lugar de misericordia; a sacrificar en el altar de mis ambiciones –de grandeza, de dominio, de poder, de riqueza- la paz que tú nos has ofrecido haciéndote pequeño con nosotros, pobre por nosotros.

La fe en mi fe ha transformado tu evangelio en ideología desencarnada, y a ti, Jesús, Dios de carne y hueso, Dios y hombre verdadero, Dios discapacitado, Dios disminuido, Dios mendigo, Dios emigrante, Dios maltratado, Dios crucificado, te ha reducido a doctrina inocua, a imagen de madera, a rito que puedo cumplir sin complicarme la vida.

Y mientras la fe en mi fe va diciendo que lo mío es mío y que todo lo necesito para mí, tú, Señor, a lomos de un borrico prestado, te dispones a darlo todo, a perderlo todo, a renunciar a todo porque los sedientos encuentren el agua, los hambrientos el pan, los ciegos la luz, los muertos la resurrección y la vida que necesitan y que eres tú.

Hoy, mientras mi fe, orgullosa, satisfecha y descreída, va diciendo que los pobres se queden donde están, que no apesten la sala de nuestro banquete, que no den el espectáculo de morir en nuestras calles, a la puerta de nuestras cosas, tú, en la eucaristía, nos muestras tu cuerpo repartido, tu sangre derramada, todo tú perdido en el abismo de mi necesidad: ¡Todo tú entregado porque nos amas!

El mundo te necesita, Jesús; la humanidad te necesita; los pobres te necesitamos: Ayúdame a perder la fe en mi fe. ¡Enséñame a creer en ti!

Sumergir el mundo en un amor que lo recree

Si en este domingo de Cuaresma alguien me preguntase por la Pascua, por el significado que tiene para mí esta celebración, le diría: Es que Dios pasa haciendo nuevas todas las cosas, y no puedo faltar a la cita con él, pues llevo conmigo un mundo entero que renovar: Guerras en las que mueren hombres, mujeres y niños que no las hacen. Leyes de las que son víctimas hombres, mujeres y niños que no las votan. Decisiones que destruyen la vida de hombres, mujeres y niños que no las han tomado. Egoísmos, envidias, ambiciones, que arrojan al margen de la vida a millones de hombres, mujeres y niños que nacieron con la misma dignidad, la misma grandeza, los mismos derechos y los mismos deberes de quienes son sus verdugos.

Necesitamos sumergir el mundo en un agua que lo purifique, en un espíritu que lo regenere, en un amor que lo recree.

Y en tus manos, Iglesia cuerpo de Cristo, se lo llevas al Creador, al Señor que pasa haciendo nuevas todas las cosas.

Hoy, Iglesia en camino hacia la nueva creación, oirás proclamada la promesa: “Haré una alianza nueva… Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones”.

Cuando la profecía se cumpla, cuando para saber de Dios, tus hijos escuchen los latidos del corazón y, abriendo esa página interior, en ella, como en una tabla de amar, lean la ley de su Dios, entonces, amada, será tu Pascua.

Ahora, mientras caminas, vas repitiendo tu súplica: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”. Mientras te haces cargo de la violencia del mundo, vas gritando tu desvalimiento: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión”. Mientras te haces solidaria con el dolor de las víctimas, vas diciendo humildemente: “Devuélveme la alegría de tu salvación”.

¡Toda tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres hoy un clamor de Pascua!

Y lo eres junto con Cristo, tu Señor.

Unida a él por la fe en su palabra, por la comunión de su cuerpo, con él vas diciendo: “Ha llegado la hora”; es tiempo “de que sea glorificado el Hijo del hombre”, de que sea recreado el mundo, de hacer nuevas todas las cosas.

Ésta es la hora del grano de trigo que cae en tierra y muere y da mucho fruto. Ésta es la hora de los seguidores de Cristo Jesús, que bajan con él hasta la muerte, para ser con él resucitados, renovados, recreados. Ésta es la hora de los hijos de Dios que, sufriendo, aprenden a obedecer.

Si en comunión con Cristo Jesús sus discípulos aprendemos a obedecer, a dar la vida, a amar, si con Cristo Jesús somos “elevados sobre la tierra”, con él estaremos purificando el mundo, regenerándolo, recreándolo, llevándolo hasta la luz gozosa de la Pascua.

Feliz domingo