La locura de creer

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Podría haber dirigido esta carta a los “insensatos”, a los “locos”, a los “soñadores” de esta Iglesia que peregrina en Tánger, pero continúo haciéndolo a los “fieles”, pues dentro de esa palabra, que a todos nos designa de manera innocua, se encierran esas otras que parecen ofensivas, pero que nos designan con verdad desde la fe que profesamos.

Si os digo que nos disponemos a celebrar la Navidad, no salgo del terreno de lo innocuo. Pero si digo que me dispongo a recordar, porque ésa es mi fe, que Dios se ha hecho hermano de todos, que Dios ha nacido hombre, que Dios se ha puesto al servicio del hombre, que Dios abrazó la pobreza del hombre, que Dios se enfrentó con toda su fuerza al mal del hombre, que Dios experimentó la angustia del hombre, que Dios subió a la patera del hombre, que Dios cruzó las fronteras del hombre, que Dios bajó hasta la muerte del hombre, entonces salgo de lo innocuo hacia lo insensato, hacia la locura, hacia lo que en nosotros ni siquiera llegaría a ser un sueño –pues no podemos soñar a lo divino-, pero que en Dios es un proyecto eterno, una decisión irrevocable y, por eso mismo, ese proyecto, esa decisión, es para nosotros una historia de salvación.

El escándalo de la Navidad:

Aunque el mundo parece haberlo olvidado, nosotros celebramos –recordamos-, que no hay Navidad sin el hombre: El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para salvar al hombre.

La Navidad, misterio de la Palabra hecha carne que habitó entre nosotros, es revelación asombrosa de la dignidad humana, de lo que cada hijo de esta humanidad, nacido o por nacer, fuerte o débil, sano o enfermo, justo o pecador, hombre o mujer, niño o anciano, es para Dios.

La Navidad es memoria verdadera de una alegría reservada a la fe de los sencillos, es presencia real de la paz que viene del cielo para los amados de Dios, es sacramento de la salvación con que Dios nos visita, de la luz con que Dios nos ilumina, de la gloria con que Dios nos enaltece.

La Navidad nos recuerda que somos hijos y que, como hijos, somos amados: Somos la niña de los ojos de Dios.

Esta locura, creída, nos saca de los caminos trillados por la sensatez del mundo y nos entrega a la sabiduría del evangelio

El mundo tiene sus reglas, que no son las del reino de Dios. El mundo tiene sus certezas, y no son las del evangelio.

Los poderes del mundo levantan barreras que impiden a los pobres el ejercicio de su libertad, las reglas del mundo condenan a muerte a los pobres, las certezas del mundo certifican que acoger a los pobres no es económico ni razonable ni aceptable.

Los sabios y entendidos del mundo, con sus reglas y certezas, para discernir el bien y el mal, no preguntan a los hombres sino a los números, porque los resultados merecen más consideración que los desvalidos, los réditos son más importantes que los pobres, en la balanza de las opciones los beneficios pesan más que los hambrientos.

Y a Dios, además de nacer hombre, que ya es perder categoría y bajar hasta el abismo, se le ocurre nacer pobre y desvalido, negocio desastroso, intercambio asombroso. En su locura, Dios ha querido nacer perseguido y emigrante, evidencia de que importantes para él no son los beneficios, los réditos, las cuentas: Importante para Dios es el hombre.

El desafío de creer:

Hace diez años que llegué a esta Iglesia, y me pareció bellísima porque la vi humilde, pequeña y de los pobres.

Vosotros, “insensatos”, “locos”, “soñadores”, me habéis enseñado el camino real del evangelio. Más que predicar, sois vosotros mismos la predicación, pues, como Jesús, sois buena noticia para los pobres: pan para el hambriento, consuelo para el triste, casa para el desvalido, palabra para el sordomudo, libertad para el oprimido, esperanza para los abandonados, abrazo para los expertos de soledad.

Vosotros, “insensatos”, “locos”, “soñadores”, habéis aceptado con valentía el desafío de creer que Dios se hizo pobre, que Dios nació pobre para los pobres: habéis creído y os ayudáis mutuamente a mantener viva la fe.

Vuestra vida es un escándalo para el mundo: Es la negación de sus cuentas, de sus negocios, de sus valores, de sus principios. Os habéis dejado arrastrar por el efecto llamada de la pobreza y ejercéis un suave y consolador efecto llamada sobre los pobres.

No creo equivocarme si digo que tarea urgente, improrrogable, para los discípulos de Jesús, para los testigos de la Navidad, es la de mostrar a cuantos viven sometidos a la esclavitud del mundo, la evidencia de que el mundo de Jesús –un mundo de hermanos, pobre y solidario- es el único deseable, el único verdadero, el único humano, el único por el que merece la pena luchar y entregar la vida.

No os apartéis jamás del escándalo de la Navidad, el escándalo de hacernos pobres con Cristo para enriquecer a los demás.

«Consolad a mi pueblo»:

Queridos: El Señor nos ha concedido la gracia de ser, en Jesús y como Jesús, evangelio para los pobres. Ellos –los minusvalorados, los minusválidos, los oprimidos, los marginados, los excluidos-, ellos son los destinatarios de nuestra vida.

A muchos los conocéis ya de cerca, pero os sabéis enviados a todos.

En los oídos de vuestra fe resuena la palabra del profeta: “Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”.

Vosotros estáis llamados a ser rostro de Dios, sacramentos de su bondad, evidencias de su amor, para el pueblo de los necesitados de amor, de bondad, de Dios.

Amadlos tanto que, sin miedo a equivocarnos, también a ellos, sobre todo ellos, podamos decirles cuando los encontremos: ¡Feliz Navidad!

Por mi parte, queridos, os bendigo cuanto sé y puedo.

¡Feliz Navidad!

Tánger, 10 de diciembre de 2017.

II Domingo de Adviento

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

ESTAD EN VELA:

“Estad en vela”: Lo va diciendo la misericordia a los que caminan oprimidos por el peso de la miseria. Lo dice la gracia, porque salgan a su encuentro los pecadores.

“Estad en vela”: Te lo dice la salvación que llama a la puerta, y han de velar para abrirle los oprimidos.

“Estad en vela”: Porque el reino de Dios está tan cerca que se ha hecho evangelio y se anuncia a los pobres para que entren en él. Se anuncia ya el Sol que nace de lo alto, y, si él está cerca, han de estar alerta los ciegos porque llega la Luz que quiere iluminarlos.

Velen los hijos de la Iglesia, pues en medio de ellos está la palabra del Señor y busca el corazón de cada uno para hacer morada en él.

En medio de nosotros está el Señor resucitado: que esté en vela la fe para reconocerlo, para escucharlo, para unirnos a su canto eterno, para comulgar con él, para vivir con él…

“Estad en vela”: porque llega el amor que os abraza, llega la paz con que Dios os bendice, llega la alegría con que Dios os regala, llega la vida con que Dios os eterniza.

“Estad en vela”: porque llega Jesús, porque llega el Rey, porque llegan los pobres en los que el Rey nos visita.

“Estad en vela”: Es domingo. Es el día del Rey y de los pobres.

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

A LOS PRESBÍTEROS, A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y A LOS FIELES LAICOS DE LA IGLESIA DE TÁNGER

A todos vosotros, amados del Señor: Paz y Bien.

Me pregunto si la de hoy es una fiesta o es un escándalo. En realidad, cada domingo, precisamente porque es domingo, por ser el día del Señor, el día de Cristo resucitado, para unos es una fiesta, para otros es un escándalo, para muchos otros, el domingo es sólo un día más del deseado fin de semana.

Cuando a la luz de la palabra de Dios y desde mi experiencia de creyente, malo pero creyente, me acerco a vuestra celebración del domingo, intento sólo ayudaros a entrar en el misterio de salvación que celebráis, a gustar la gracia que se os ofrece, a descubrir el amor que envuelve vuestra vida y, de paso, os invito a vivir en conformidad con lo que, en vuestra celebración, habéis conocido de Dios y recibido de él.

De lo que tal vez nosotros no somos conscientes, es de que, por ese camino sencillo y humilde de la experiencia creyente, del gozo y del canto dominical, estamos librando la batalla de la fiesta contra el escándalo, la batalla del amor contra la indiferencia, la batalla de los pobres contra la marginación, la batalla de los crucificados contra la muerte.

¿No es verdad que muchas veces os habéis sentido solos por causa de vuestra fe, por vuestras opciones morales, por vuestros compromisos laborales, por vuestras decisiones políticas? ¿No es verdad que resulta extraño, por no decir muy raro, que alguien se declare hoy seguidor de Cristo Jesús? ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué molesta un crucifijo en una escuela? Si molesta un crucifijo que nada dice y no se mueve, ¿os imagináis lo que molestáis vosotros cuando vuestra vida y vuestra lengua dan testimonio de lo que creéis y de lo que sois?

Este creyente, malo pero creyente, que cada domingo os acompaña al misterio de la Eucaristía, y que parece llevaros a un remanso de paz, en realidad os está llevando a una guerra, y es bueno que lo sepáis. Los creyentes, con nuestras misas y nuestras mesas, con nuestros ritos y nuestras oraciones, no estamos tratando de salvarnos a nosotros mismos, y mucho menos pretendemos salvar a Dios; luchamos para que la salvación de Dios alcance al hombre, a todo hombre que viene a este mundo, primero al pobre, luego al indiferente, luego, si es todavía posible, también al del escándalo orgulloso.

Queridos: nuestro mundo tiene sus padres, y no es bueno que ignoremos qué herencia hemos recibido de ellos, pues sólo si la conocemos, dejará de darnos miedo.

Os invito a leer una larga cita de un poeta alemán: “Eso que se adora como el Mesías, convierte al mundo en un hospital. Llama hijos suyos, sus bienamados, a los débiles, a los desgraciados y a los enfermos. ¿Y los fuertes? ¿Cómo nos podríamos superar, nosotros, si prestamos nuestra fuerza a los desgraciados, a los oprimidos, a los viles perezosos, desprovistos del sentido de la energía? Que caigan, que mueran solamente los miserables. ¡Sed duros, sed terribles, no tengáis piedad! ¡Debéis ir adelante, siempre adelante! Pocos hombres, pero grandes… con sus brazos vigorosos, musculosos, dominadores, construirán un mundo sobre los cadáveres de los débiles, de los enfermos”1.

Si nos fuese posible poner sobre la tumba del poeta, no digo ya los cadáveres, sino sólo los nombres de los débiles, de los enfermos, de los otros, de los muchos, que desde entonces, desde que él escribió su cuento hasta hoy, han sido sacrificados al vigor y al músculo de los dominadores, levantaríamos una torre que tocaría con sus almenas el cielo de los nuevos dioses. Pero esos nombres de víctimas habrá que repartirlos equitativamente sobre millones de tumbas, las de millones de hombres y mujeres que, aun sin conocer las ideas del poeta, las mudaron en oráculo de un profeta, haciéndolas suyas en la vida familiar, en el trabajo, en la política.

Habréis observado, sin embargo, hermanos míos, que para deshacerse de los débiles, antes hay que deshacerse de “eso que se adora como Mesías”. Quiere ello decir que vuestro domingo, vuestra misa, vuestra fiesta, es una barrera levantada frente a los que sueñan un mundo sin piedad y trabajan incansablemente por realizarlo.

Cada vez que entras en tu iglesia, estás optando por Cristo y su mundo, estás optando por el hombre, estás optando por Dios.

***

Ahora, queridos, os invito a recordar lo que en esta celebración hemos escuchado como anuncio profético: “Así dice el Señor Dios: _Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… Yo mismo apacentaré mis ovejas… Buscaré las perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”.

Escuchamos una profecía, pero entendimos un evangelio. Escuchamos la palabra de una promesa, pero reconocimos una palabra ya cumplida. Escuchamos al Señor que decía: “buscaré, vendaré, curaré”, y recordamos que Jesús, el Mesías, el Señor, como buen pastor, “nos ha buscado, vendado y curado”.

Su nombre es Jesús, y es un nombre verdadero. Significa lo que dice: Dios salva.

Su nombre es Jesús, porque en Jesús, es Dios quien busca sus ovejas, es Dios quien apacienta, quien hace volver, quien va vendando heridas, quien va curando enfermos.

Su nombre es Jesús, y con él el Reino de Dios se hace buena noticia para los pobres: El Espíritu del Señor está sobre mí… Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos, y la vista a los ciegos…

Escuchamos una profecía, y nos viene a la memoria entero el evangelio, palabras y gestos de Jesús de Nazaret, Dios con nosotros, Dios entre nosotros, Dios para nosotros, Dios que llama, invita, busca, enseña, alimenta, cura, libera, Dios buen pastor que da la vida por sus ovejas. Con toda verdad podemos decir: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

Escucha la oración de María de Nazaret: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. Es su modo de decir: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Y si es el sacerdote Zacarías el que dice: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo”; en realidad entendemos que va diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Y si los pastores se vuelven de Belén “glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído”, nosotros nos sumamos a su canto, diciendo con ellos: “El Señor es mi pastor”. Y si es aquel Simeón honrado y piadoso el que dice: “Ahora, Señor, ya puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador”, entendemos que está diciendo con palabras de fe: “Ya nada me falta, porque tú vas conmigo”.

Pero tú no has aclamado hoy al Señor sólo para sumar tu voz a la de quienes se encontraron un día con Jesús de Nazaret. Tú lo aclamas con un salmo del corazón porque tú te has encontrado con el Señor, “porque él ha mirado tu humillación”, se ha fijado en tu pequeñez, “te ha visitado y redimido”, se te ha revelado como tu Salvador,

te ha purificado con su gracia, iluminado con su luz, alimentado con su cuerpo y con su sangre, salvado con su vida. Te encontraste con él en el bautismo, para creer y ver. Te encontraste con él en la confirmación, para recibir su Espíritu y ser enviado. Te encontraste con él en la eucaristía, para ofrecerte con él y recibir de él el pan del cielo, medicina de inmortalidad. Te encontraste leproso con él, y él se quedó con tu lepra. Te encontraste enfermo con él, y él cargó con la miseria de tu enfermedad. Ya nunca dejarás de aclamar: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.

***

Queridos: Habréis observado que, buscando la razón de nuestro salmo, de nuestro gozo, de nuestra alabanza, hemos acudido a la memoria de la fe, hemos recordado el evangelio de Jesús, y también nuestra historia personal, en la que tantas veces y de maneras tan distintas hemos experimentado la cercanía de Dios, de nuestro Rey, del Buen Pastor de nuestras vidas.

No quiero, sin embargo, que olvidéis lo que hoy estáis viviendo, pues las palabras de la profecía adquieren especial significado y verdad en esta celebración. Las volvemos a escuchar: “Así dice el Señor Dios: _Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… Yo mismo apacentaré mis ovejas… Buscaré las perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”. Tú sabes, Iglesia amada del Señor, que es él en persona el que hoy te busca, que es él quien anda hoy siguiendo tu rastro; tú sabes que él viene hoy a vendar tus heridas, a curar en tu seno a sus ovejas enfermas. Tu salmo, tu gozo, tu alabanza, no nacen sólo de lo que has vivido en el pasado, se alimentan también de lo que celebras hoy. Aquí escuchas a Cristo, aquí te ofreces con Cristo, aquí recibes su gracia, aquí glorificas con él en la unidad del Espíritu al Padre del cielo, aquí participas en la mesa de los hijos de Dios, aquí comes el pan de la vida en el banquete del Reino, aquí recibes la prenda de la gloria futura. También por este encuentro de hoy con tu Dios, vas diciendo con verdad: El Señor es mi pastor, nada me falta”.

***

Conviene que consideremos aún otro aspecto del misterio que celebramos. Ya te has dado cuenta de que Dios ha salido en tu busca, y lo ha hecho en Cristo y en la Iglesia. Dios nos ha buscado en Cristo, y en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Para cada uno de nosotros la promesa de Dios se hizo concreta en la vida de Jesús de Nazaret y en la comunidad cristiana que nos buscó, nos recibió, nos formó, nos reunió, nos transformó…

La palabra de Dios, también la palabra de sus promesas, la palabra profética, es una palabra dicha para siempre y que siempre se ha de cumplir. Allí donde oíste decir: _Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… Yo mismo apacentaré mis ovejas… Buscaré las perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”, allí reconociste anunciado lo que tú has recibido, pero además te has sentido interpelado por tu Dios y llamado a una tarea maravillosa, pues en ti alienta hoy el ansia de Dios para buscar a sus ovejas, son las tuyas las manos que Dios tiene hoy para vendar las heridas de sus hijos, es tuyo el corazón con que Dios se acerca hoy a sus enfermos para curarlos.

***

¡Sorpresa! El que te invitó al gran banquete del Reino de Dios, el mismo que hoy te invita a su mesa en esta eucaristía, ¡tiene hambre! El mismo que te vistió con la gracia

del cielo, ¡está desnudo! El mismo que te libró de tus esclavitudes y de tus miedos, ¡está encarcelado y siente terror y angustia! El mismo que vino a hacerse para ti compañero de camino, ¡sufre soledad y abandono!

Nuestra celebración eucarística de hoy, no es sólo cumplimiento admirable de aquella palabra profética: _“Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro”; es también anticipación misteriosa del encuentro definitivo con Cristo nuestro Rey: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed… fui forastero… estuve desnudo… estuve enfermo… estuve en la cárcel…”.

Dejemos que el Rey nos juzgue hoy en este sacramento, de modo que entremos un día en el reino que él preparó para la misericordia.

***

Y aunque sea abusar mucho de vuestra paciencia, hoy puede caber en esta reflexión un poema que escribí para orar agradecidos y contemplar admirados allí donde los soldados quitaron a Jesús los vestidos:

Señor de la majestad,
de poder y luz ceñido,
que al cielo diste vestido,
galas a la eternidad.
Tú adornas la oscuridad
con atavío de estrellas,
y al día prendas tan bellas
le entregas cuando amanece,
que más el cielo parece
que de tu cielo las huellas.

Quien de gloria vestir pudo
la flor silvestre, y al ave
le dio de plumaje suave,
ligero y fuerte, un escudo,
hoy por vestir al desnudo
nos entrega su vestido.
Sólo el amor ha podido
en un prodigio unir dos:
dejar desvalido a Dios
y abrigado al desvalido.

El Señor os dé la paz.
Tánger, 17 de noviembre de 2008.

Siempre en el corazón Cristo.
+ Fr. Santiago Agrelo Martínez

Arzobispo de Tánger

Sedientos de Cristo:

A dar unidad a la liturgia de este domingo, pueden ayudarnos los títulos que el Leccionario asigna a la primera lectura y al evangelio –“encuentran sabiduría los que la buscan”, “¡que llega el esposo, salid a recibirlo!”-, y también el estribillo del Salmo responsorial –“mi alma está sedienta de ti, Dios mío”-: Expresan la inquietud y el esfuerzo de la búsqueda, las expectativas del deseo, la fuerza de una pasión que pone en movimiento todo el ser.

Tú, Iglesia de Cristo, eres hoy la esposa del Cantar: “Ya me he levantado a abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra, mis dedos mirra que fluye por la manilla de la cerradura. Yo misma abro a mi amado; abro, y mi amado se ha marchado ya. Lo busco y no lo encuentro; lo llamo y no responde… Muchachas de Jerusalén, os conjuro que si encontráis a mi amado le digáis… que estoy enferma de amor”.

Buscas la sabiduría. Tienes sed de Dios. Esperas al esposo. ¡Estás enferma de amor! La fe te dice que es Cristo Jesús la sabiduría que deseas encontrar. La fe te enseña que es Cristo el esposo a quien esperas en la noche para entrar con él al banquete de bodas.

Si amas la sabiduría, fácilmente la verás; si la buscas, ella ya habrá salido a tu encuentro; si velas por ella, entrarás con ella a su banquete; si madrugas por ella, la hallarás esperándote a la puerta de tu casa. ¡Si buscas a Cristo, descubrirás que habita dentro de ti, en tu corazón!

Amar la sabiduría, buscar a Dios, esperar la llegada del esposo, pensar en quien amamos, velar por aquel a quien buscamos, madrugar por hallar a quien deseamos, estar dispuestos para salir al encuentro de aquel a quien esperamos, ésa es cada día nuestra vida de creyentes, y ése es el misterio que vivimos en nuestra eucaristía: Hoy velamos por Cristo, madrugamos por Cristo, salimos al encuentro de Cristo.

Ya sé que necesitamos siempre aprender a amar, a buscar, a esperar. Si contemplamos lo que deseamos, guardaremos en el corazón lo que hemos contemplado, y amaremos lo que hemos guardado en el corazón.

Si contemplas la sabiduría, la hallarás “radiante e inmarcesible”, amiga y compañera de camino de quienes la buscan, madre de la prudencia y de la paz. Si contemplas a Dios, conocerás en su santuario su fuerza y su gloria, su gracia y su auxilio. Si contemplas el misterio de Cristo, admirarás la humildad y pobreza en que se te acerca, la gloria del Hijo de Dios que en aquella pobreza se te oculta, la gracia que en aquella humildad te visita, la misericordia que tan suavemente te envuelve, la justicia que en Cristo te penetra, la alegría que por Cristo te alcanza. Si contemplas el misterio de Cristo, conocerás la vida divina que Cristo ha hecho tuya, y te iluminará el Espíritu de Dios que de Cristo has recibido para ser hijo. Cristo es el esposo que esperas, suyo es el banquete que para ti está preparado. Contempla, guarda en el corazón lo contemplado, ama con todo el corazón lo que has guardado.

La vida de la Iglesia, la vida de cada uno de sus hijos, está hecha de búsqueda y de encuentro, de deseo y de experiencia, de recuerdos y de abrazos. Buscas a Cristo, y él te sale al encuentro en la comunidad orante; buscas a Cristo, y él te ha invitado a escuchar hoy su palabra; tú buscas a Cristo, y él “atisba por las ventanas”, y os encontraréis tras el velo del misterio del amor; tú buscas a Cristo, y él “mira por las celosías”, y os amaréis y os abrazaréis en el misterio de los pobres.

Mañana será la eternidad, y allí, a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.

“Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor”.

La voz de Dios es un clamor contra los que pisotean el derecho de los pequeños. En el día del primer fratricidio, el Señor preguntó a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. Ahora nos pregunta a nosotros: “¿No tenemos todos un solo padre? ¿Por qué, entonces, el hombre despoja a su prójimo y profana la alianza?”

Despojar de su derecho a los pequeños es olvidar lo que son para Dios y qué son para nosotros, es profanar el vínculo de sangre que a todos nos hace familia de Dios. Uno solo es el Padre de todos, un Padre celoso del bien de sus hijos, un Padre que en el corazón de cada uno ha puesto el amor que necesitamos para abrazar a los demás, para mirar por ellos, para cuidar de ellos.

Quien despoja de su derecho a los pequeños, en ellos hace injusticia a Cristo, ignora a Cristo, desprecia a Cristo, desnuda a Cristo, crucifica a Cristo, y, al mismo tiempo, ignora, desprecia y rechaza el Reino que, desde el principio del mundo, Dios ha preparado para los que aman a los pobres, para los que cuidan de Cristo en los pobres.

Tal vez el secreto de la dicha, esté en hacerse pequeño para servir a los pequeños. Tal vez todo consista en que nos hagamos siervos de todos. Tal vez para la dicha no haya otro camino que el de Cristo Jesús, que “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”: “Él, que era de condición divina, se despojó de sí mismo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

Entonces se nos hace oración del corazón el deseo la Iglesia: “Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor”. Y en el secreto de la fe se posan las palabras del Salmista: En Ti, Señor, “acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.

Y así, confiadamente, con ojos humildes y corazón libre de ambiciones, te acercas a comulgar con el último, con el anonadado, con el siervo, con el Hijo, con el más amado, y él saldrá contigo al encuentro de los pobres.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

P.S.: Quiero soñar que, transformados en Cristo, los hijos de la Iglesia llenamos de esperanza el mundo y de alegría el corazón de los pobres.

DESACATO AL SILENCIO

El título del libro: DESACATO AL SILENCIO.

A las páginas de este libro se asoma una humanidad condenada, no por un destino fatal ni por una providencia descuidada sino por nosotros, a sufrimientos atroces que, si alguien los procurase a un animal, a cualquier animal, sería señalado como inhumano por toda la sociedad.

Sobre esa humanidad, además de la condena al sufrimiento –intemperie, hambre, vejaciones, enfermedades, esclavitud, explotación, miedo-, pesa la condena al silencio, al aislamiento, a la invisibilidad. Si quieren aparecerse –como los fantasmas-, habrán de arriesgarse a morir.

Cada página de este libro quiere ser un acto de desacato al silencio en que la crueldad ha enclaustrado la desdicha de los pobres.

Fe contra silencio:

La legalidad ha declarado la guerra a los pobres y pone cerco de día y de noche a sus míseros refugios.

Esa legalidad es un monstruo, un poder oscuro, que burla las exigencias de la justicia e impide el ejercicio de la caridad.

Todo mi ser se presenta entonces en rebeldía delante de Dios: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”

Y dado que mi fe calla, me responde la fe de los emigrantes: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

Ellos, a su manera, aun sin conocer esas palabras del salmo, las han pronunciado muchas veces en mi presencia: “Dios nos ayudará”; “confiamos en Dios”… “¡El auxilio me viene del Señor!”

Los que “se hacen llamar bienhechores” de las naciones, los que ejercen la autoridad sobre ellas, pueden privar de pan y de abrigo a los pobres, pero no pueden quitarles la fe.

Y eso significa que ellos, los pobres, serán los vencedores aunque parezcan ser siempre los vencidos.

Para ser más fuertes que un ejército, más fuertes que el frío, la lluvia y el viento, más fuertes que el hambre y las enfermedades, más fuertes que la desdicha y la muerte, a los pobres les basta la fe. Esa fe mantiene en alto los brazos para la lucha. Esa fe hace perseverante la palabra que reclama justicia. Esa fe mueve montañas. Puede que esa fe les permita vislumbrar sufrimiento también en la cara de los soldados que los persiguen, pues “no existen fronteras entre la gente que sufre” (Etty Hillesum).

Y si todavía me pregunto: “¿de dónde me vendrá el auxilio?”, alguien –el salmista, los emigrantes, la comunidad eclesial, mi propio yo, Cristo resucitado- alguien pronunciará un oráculo de respuesta: “No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal”….

Y el que ha cruzado ya la frontera del enigma, añadirá: “¡Dios les hará justicia sin tardar!”

Aprendiendo a amarlos:

Aprendiendo de Simone Weil: “El benefactor de Cristo, en presencia de un desdichado, no siente ninguna distancia entre la persona que tiene delante y él mismo; proyecta hacia el otro todo su ser; y desde ese momento el impulso a dar de comer es tan instintivo, tan inmediato, como el de comer uno mismo cuando tiene hambre. Y cae enseguida en el olvido, como caen en el olvido las comidas de días pasados.

A quien así actúa no se le ocurriría decir que se ocupa de los desdichados por el Señor: esto le parecería tan absurdo como decir que come por el Señor. Se come porque no se puede no comer. Aquellos a quienes Cristo mostrará su agradecimiento son los que dan de la misma forma que comen

Aprendiendo de San Vicente de Paúl. Recomendaciones a una aspirante a Hija de la Caridad: “Ámalos tanto (a los pobres) que te perdonen la escudilla de sopa que les das”.

Amar a alguien, servirlo, hacerse pobre por él, dar la vida por él, es darle consistencia, es decirle que existe, es darle vida.”

Y aquí quiero traer otra cita –de Eduardo Galeano, El libro de los abrazos- que nos ayudará a entrar en esta dimensión del servicio de la caridad:

«Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían… se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: _Decile a… -susurró el niño-, decile a alguien que yo estoy aquí».

Recaudadores y descreídos, mujeres conocidas en la ciudad como pecadoras, adúlteras, mujeres con flujo impuro de sangre, leprosos que llevan en la piel la evidencia de la corrupción interior, sordos que no podrán oír la palabra de Dios, ciegos que lo son por sus pecados, ladrones y asesinos a quienes sólo se puede asignar una cruz para que mueran en ella, todos ellos, al lado de Jesús de Nazaret, se sabrán reconocidos por Dios, acogidos, interpelados y respetados, porque todos se sabrán amados de Dios. Este reconocimiento divino redime de la humillación; la acogida aleja la violencia; el abrazo anula la clandestinidad.”

Conclusión:

Si no vemos a los pobres, negamos a Dios.

La ceguera –la indiferencia- ante el dolor humano es una forma radical de negar a Dios, pues es negación de lo que Dios dice de sí mismo, de lo que Dios es: amor compasivo, amor misericordioso, simplemente amor.

Señor, “que pueda ver”, sólo por la dicha de cuidar de ti.

Las gabelas de Dios

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al inefable silencio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos manifiesta. El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. El mandato es claro, “pagad”, y el significado gramatical también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, entiéndase «a las autoridades legítimas», a la hacienda pública, eso no es necesario que os lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones. Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que hemos de pagar a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender. Recuerda, Iglesia amada del Señor, las palabras del salmo, que fueron hoy palabras también de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene sobre el abismo de la finitud; y todas ellas “pagan un tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en tu propia historia de fe, en la salvación de la que ha sido beneficiario el pueblo al que perteneces, hallarás que el Señor “increpó al mar Rojo, y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

Vuelve por un momento al tiempo de tu liberación, vuelve a considerar tu pequeñez y tu debilidad frente al Faraón y a su ejército, y entonces sentirás la necesidad de “pagar un tributo de alabanza y de aclamación” a la grandeza de tu Dios, a su gloria y a su poder, al amor con que ha cuidado de ti.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte. Tú habrás de seguir contemplando lo que eres, Iglesia santa, y si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.

A los hambrientos los colma de bienes:

la soledad de su infierno, una gota de agua le parecerá un banquete más deseable que todo lo que ha banqueteado en los días de la abundancia.

Hoy hemos de hablar de salvación a hombres y mujeres que no saben que la necesitan, que es como hablar de pan a quien le sobra de todo.

Que a nadie le sorprenda que los invitados al banquete de boda desprecien la invitación y se vayan cada uno a sus tierras, a sus negocios, a sus intereses, a su mundo, y que incluso lleguen a maltratar, hasta matarlos, a los criados que llevan la invitación.

Pero tú, Iglesia de Cristo, has llenado con tus hijos –con tus pobres- la sala del banquete de Dios: Tú has creído que tu Dios vendría a ti, que aniquilaría la muerte para siempre, que enjugaría las lágrimas de todos los rostros, que alejaría el oprobio de su pueblo, que vendría a ti con su salvación. Tú te has sentado a la mesa que tu Dios ha preparado para ti. Tú nada temes, pues tu Dios va contigo, su bondad y su misericordia te acompañan todos los días de tu vida.

Hoy, la fe evoca el misterio de la encarnación: Tú has creído y, en Cristo Jesús tu Señor, ves cumplido lo que en profecías y salmos se te había prometido: En Jesús, tu Dios ha venido a ti como tu salvador; en Jesús, tu Dios te ha perdonado, ha borrado la ignominia de tu culpa, ha enjugado con su compasión tus lágrimas, y ha aniquilado tu muerte, pues con Cristo Jesús has resucitado, en Cristo Jesús has sido enaltecida, por Cristo Jesús has sido glorificada.

Hoy, Iglesia de Cristo, en el misterio de la eucaristía vuelves a sentarte con tus pobres a la mesa de tu Señor: y no sólo recuerdas y recibes lo que has creído, sino que se te desvela el misterio de la esperanza a la que eres llamada: el que ahora es tu pastor, mañana será tu plenitud; el que ahora te conduce y repara tus fuerzas, él mismo será la meta de tu camino; el que ahora es tu alimento, mañana lo será todo para ti.

Feliz domingo.