Alégrate, canta

Lo dice el Señor: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén”.

Sólo el Señor puede decirlo, pues ese «alégrate» y ese «canta» son imperativos de fiesta para quienes sólo conocen la vulnerabilidad de lo pequeño –Sión, Jerusalén-, la fragilidad de lo femenino –hija de Sión, hija de Jerusalén-, la hostilidad de los poderosos con sus carros, sus caballos y sus arcos guerreros.

Lo dice el Señor a quien ha conocido de cerca, porque las ha sufrido, la injusticia y la humillación: «Alégrate y canta», porque «tu rey viene a ti justo y victorioso».

La profecía lo anunciaba para un futuro tan cierto como la fidelidad de Dios a su palabra.

El evangelio nos los revela ya cumplido en Jesús de Nazaret.

Y tú, en tu eucaristía, lo celebras recordando la profecía, proclamando el evangelio y saliendo gozosamente al encuentro de tu Rey, que viene a ti para ser él mismo tu justicia y tu victoria, tu fiesta y tu descanso.

Él «vino a ti» por la encarnación, pues nació para ti, vivió para ti, murió para ti, resucitó para ti.

Y es él quien ahora te dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Él «viene a ti» porque te ama y confía en ti, y te pide que «vayas a él» por la fe, porque te fías de él, porque él te merece confianza-.

Ese «venid a mí», que resuena hoy como súplica humilde en cada asamblea eucarística, evoca el grito de Jesús en el día de su entrega por todos los agobiados: «Tengo sed».

Tengo sed de aliviar vuestro cansancio, tengo sed de quedarme con vuestras heridas, tengo sed de hacerme con vuestras enfermedades, tengo sed de hacer mía vuestra muerte: «Tengo sed», «venid a mí».

“No tengáis miedo”:

Lo dijo Jesús a sus apóstoles: “No tengáis miedo”.

Lo dijo el que había de ser crucificado a otros que, en aquella hora de sus vidas, aún no sabían que iban a ser crucificados. Y hoy lo dice el Señor resucitado a quienes, celebrando la eucaristía, nos sentamos con él a la mesa de la gracia, escuchamos su palabra, hacemos memoria de su vida, de su éxodo, de su pascua, de su camino de hijo del hombre hacia la casa del Padre.

“No tengáis miedo”: Lo dice hoy el Señor al emigrante, al desplazado, a esa multitud de hombres, mujeres y niños que en los caminos de la clandestinidad van dejando a borbotones la sangre de sus vidas.

Se lo dice a los excluidos del bienestar, que se ven obligados a mendigar con humillación un pan que deberían poder ganar, que tienen derecho a ganar con la dignidad del propio trabajo.

Se lo dice a las mujeres, a esa multitud de mujeres para quienes las esperanzas de vivir han quedado reducidas a tristísima certeza de ser explotadas.

Se lo dice a un mundo de niños que aprenderán a sonreír y a confiar sólo si el amor los envuelve en una fantasía de hermosura.

Se lo dice también a los violentos, a todos los que, bajo el velo de una agresividad irracional, esconden la cobardía del odio, el miedo al sinsentido, la angustia de no ser, la insignificancia de sus vidas.

También me lo dice a mí, que soy un pecador, y hago en mi barquilla rota la travesía de la noche.

“No tengáis miedo”, pues sois amados. “No tengáis miedo”, pues Dios os ha creado para el amor y para la vida. “No tengáis miedo”, pues el amor de Dios es el insobornable tribunal de apelación contra el mal que acecha vuestras vidas.

“No tengáis miedo”: Nos lo dice el Padre que, por amor, nos da a su único Hijo. Nos lo dice el Hijo de Dios con quien hacemos comunión. Nos lo dice el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que da testimonio de Jesús y que va haciendo plena nuestra comunión con el Hijo de Dios.

“Miradlo los humildes y alegraos.

Buscad al Señor y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”.

Feliz domingo a todos los amados de Dios.

Corpus

Transustanciados

A los fieles laicos, a los religiosos y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

El domingo después de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

En la divina Eucaristía, bajo el velo del sacramento, la fe aprendió a ver a Cristo resucitado, aprendió a reconocer su vida entregada en obediencia al Padre y a los necesitados de amor, aprendió a honrar su presencia, a contemplar la gloria de su pequeñez, a imitar su abajamiento, su solidaridad con los últimos, la perfección de su misericordia.

Hoy, de la mano del apóstol Pablo, quiero entrar con vosotros en la luz de este admirable misterio.

El pan que partimos, es comunión con el cuerpo de Cristo: Es una paradoja, pero es la realidad de este sacramento: Partimos el pan –lo

dividimos, lo separamos, lo repartimos-, y, aunque somos muchos los que comemos, nos hacemos uno, formamos un solo cuerpo.

Partimos el pan, pero no se divide Cristo. Partimos el pan, pero no se divide el cuerpo de Cristo. Comemos todos de ese único pan partido, y así comulgamos todos con el único cuerpo de Cristo –nos hacemos uno con el único cuerpo de Cristo-.

La Eucaristía ha sido instituida para nosotros, para nuestro camino hacia la consumación del reino de Dios, para nuestra transformación en Cristo, para nuestra humanización-divinización en Cristo.

Adoraremos a Cristo en el sacramento, pero no se ha quedado de esa manera con nosotros para recibir nuestra adoración, sino para hacer real y verdadera aunque misteriosa –mística- nuestra comunión con él y con los hermanos.

El Señor ha hecho resplandecer en vosotros esa admirable unidad y comunión. Dentro de la comunidad eclesial, la luz de vuestra unidad y comunión brilla en vuestra familiaridad afable, en vuestro reconocimiento mutuo, en vuestra hermosa solidaridad. Y brilla también para quienes, no siendo todavía de la Iglesia por la fe profesada, lo son ya por el amor que les tenéis, lo son por la generosidad con que los acogéis, lo son por la esperanza que mantenéis viva en sus corazones.

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo”: No dejéis la mano del apóstol que nos guía. Pues está para hacernos una

declaración asombros: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo”.
Esa declaración evoca las palabras de Jesús en la última cena con sus discípulos,

palabras que el mismo apóstol recuerda de esta manera:

El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciado la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».

Jesús dijo: «Esto es mi cuerpo». El Apóstol dice: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo”.

Nadie lo podrá ver, ni siquiera vosotros. Sólo la fe permite saber lo que pertenece al mundo de la gracia de Dios en vosotros, al mundo de la misericordia de Dios en vuestras vidas, al mundo de la acción del Espíritu de Dios en vuestro corazón.

Lo que en la Eucaristía se realiza en la verdad del sacramento –la transustanciación en Cristo de un pan inerte-, en vosotros, a la sombra de vuestra libertad, lo va realizando el Espíritu Santo de Dios. ¡Dejaos transformar en Cristo Jesús! ¡Dejaos hacer por las manos de Dios! ¡Dejad que el Espíritu de Dios os haga de Cristo, miembros de su cuerpo!

Ésta es nuestra principal misión: Reflejar la belleza humilde de la “conversión en Cristo”, dejarnos transformar en Cristo con resplandor creciente, de modo que todos vean a Cristo en nuestras vidas, todos lo reconozcan en lo que somos, todos den gloria a Dios porque reconocen su presencia en lo que hacemos.

“Nadie jamás ha odiado su propia carne”: Nuestras relaciones mutuas están regidas, no ya por una ley que nos viene de

fuera, sino por la naturaleza misma de lo que somos según la fe: Somos un solo cuerpo. Somos el cuerpo de Cristo.

La deducción que hace el Apóstol es bien sencilla: “Nadie jamás ha odiado su propia carne”. Más aún, “le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

La relación de Cristo con cada uno de nosotros es el modelo de toda relación nuestra con los demás.

No busquéis otra referencia para vuestras opciones morales, no dejéis que entren en vuestra vida otros maestros, pues no los hay verdaderos –ni referencias ni maestros- fuera de Cristo.

Cerrad cuidadosamente el paso a las ideologías del odio, sobre todo a las que se presentan fundamentadas en supuestas verdades religiosas. Cerradles con decisión la puerta de vuestra vida, pues si entran en vosotros, con ellas habrá entrado también Satanás.

Recibid a Cristo en la Eucaristía, alimentadlo y dadle calor en vuestros hermanos, cuidad de él en los pobres, pues el mismo que dijo: “Esto es mi cuerpo”, el mismo que hizo de nosotros su cuerpo, dijo que de él cuidamos cuando acudimos a uno cualquiera de sus hermanos más pequeños.

Feliz y dichosa transformación, con la fuerza del Espíritu, en Cristo Jesús.

Tánger, 15 de junio de 2017.

Santísima Trinidad:

Hacía el acostumbrado camino desde el obispado al Hospital Italiano de Tánger, donde celebro cada día la Eucaristía.

Hay personas con las que en ese camino me cruzo todos los días, y todos los días intercambiamos palabras o gestos de saludo.

Y con las que me encuentro sólo de forma ocasional, si las miradas se cruzan, aunque nunca antes nos hayamos visto, yo las saludo con la palabra o con el gesto. Y siempre me responde un gesto cordial o una palabra amistosa.

Siempre, salvo en una ocasión en que las miradas se cruzaron, saludé con una sonrisa, y me siento responder: “Tú eres un trabajador del infierno”. Y mientras me lo decía, aquel hombre caminaba alejándose de mí.

Me volví para decirle: “El Señor te bendiga”.

Sin dejar de alejarse, él insistía y explicaba: “Tú eres un trabajador del infierno, porque Dios no tiene hijos”.

Y yo intenté que lo alcanzara todavía la fuerza de una bendición: “Que el Señor te bendiga”.

Seguí mi camino hacia la Eucaristía, apenado, no porque me hubiesen sindicado entre los asalariados del infierno, sino porque aquel hermano mío se excluía a sí mismo de la mesa de los hijos de Dios.

Santísima Trinidad:

Fiesta en torno a la mesa de Dios

Dios es amor. No se conforme la Iglesia con decirlo. No te conformes con creerlo. Entra en el misterio, acércate al amor con que te aman, aprende el amor con que has de amar.

Porque Dios es amor, la Iglesia confiesa que sólo puede ser Uno, pues el amor es vínculo de perfecta unidad. Pero, iluminada por la palabra de la revelación, al proclamar la fe en la verdadera y eterna divinidad, la Iglesia adora a Dios Padre, con su único Hijo y el Espíritu Santo, tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad.

He pedido palabras a la liturgia para hablarte de lo inefable. Pero has de buscar en la memoria de la fe otras palabras que te ayuden a entrar en el misterio que confiesas, a gustar lo que se te conceda conocer, a contar lo que allí se te haya concedido gustar.

No se entra en el misterio de Dios por la coherencia de la deducción lógica, sino por la gracia del encuentro amoroso. Sólo el amor abre el cielo para que oigas y veas, para que conozcas y creas, para que gustes y ames.

Se te ha dado conocer el amor del Padre al Hijo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Se te ha concedido saber del amor que el Padre te tiene a ti: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Te han llamado a morar en el amor que has conocido: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

Ya sabes dónde has de aprender a Dios, para conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa: a Dios lo aprendes en Cristo Jesús. Nadie va al Padre, si no va por Jesús. Nadie recibe el Espíritu, si no lo recibe de Jesús. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre, porque Jesús está en el Padre, y el Padre está en Jesús.

En Cristo Jesús aprendes este misterio santo, que no lo es sólo de Dios, sino que, por el amor que Dios te tiene, es también tu misterio: “Dentro de poco el mundo no me

verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

A ti, por la fe, se te ha dado beber de la eterna fuente que es la Trinidad Santa, pues el Hijo de Dios salió del Padre y vino al mundo, salió de Dios y vino a ti: creíste en él para salvarte, bebiste en él para tener vida eterna.

A ti, por la fe, se te ha dado volver con el Hijo a la eterna fuente de la que Él ha nacido, de la que Él había salido. Ya no podrás hablar del Hijo de Dios sin hablar de ti, pues Él no quiso volver al Padre sin llevarte consigo.

Considera dónde moras, en qué fuego tu zarza arde ya sin consumirse, en qué infinito caudal se apaga tu sed de eternidad, y deja que el deseo de Dios te mueva hasta que te pierdas en el Amor.

Y mientras no llega para ti la hora del deseo cumplido, de la sed apagada, entra en el misterio de la divina Eucaristía, y habrás entrado por el sacramento en la eterna fuente que mana y corre.

Allí, en la Eucaristía, aprenderás a Dios; allí conocerás la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu; allí, con Cristo y con los hermanos, imitarás el misterio de la divina unidad, para tener, con todos, un mismo sentir, un solo corazón, un alma sola.

Desde allí, desde dentro de la fuente, llegan a tu corazón palabras para nombrarla: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y lealtad”.

Imita lo que nombras, y, de ese modo, por la puerta humilde de tu compasión y tu misericordia, los pobres aprenderán en ti el misterio de Dios.

Pentecostés

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar”:

En quienes se llenan de él, el Espíritu de Dios produce un efecto que puede parecer semejante al que causa en los borrachos el “espíritu del vino”: Salen de sí.

Esa plenitud del Espíritu de Dios que a todos alcanza en la comunidad apostólica, es luz que a los discípulos los lleva al conocimiento del misterio de Cristo, y es fuente de inspiración para que puedan anunciar lo que han conocido.

El Espíritu pone verdad en las palabras, clarividencia en la mirada, alegría y paz en el corazón.

Lamentablemente, para los creyentes, para los ungidos por el Espíritu, siempre ha sido posible reducir la fe a ideología, el misterio a palabras que lo anulan, la salvación a doctrina que se aprende.

El misterio de Pentecostés, misterio del Espíritu dispensado a manos llenas, me devuelve a los días en que se cumplía el misterio de la encarnación, cuando el Espíritu de Dios, como nos recuerdan los relatos de la infancia de Jesús, se movía dejando fuera de sí por la alegría y la fiesta a todos los que llenaba:

“Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, a voz en grito, exclamó: « ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa la que ha creído, porque lo que el Señor le ha dicho se cumplirá”.

“Zacarías se llenó de Espíritu Santo y profetizó”.

La historia de Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel, muestra cómo el Espíritu Santo se le revela, lo mueve, lo inspira para que vea lo que los ojos no pueden ver, y profetice pronunciado palabras que sólo pueden nacer en los carriles del misterio contemplado.

Necesitamos sobre nuestra vida la alegría, la paz, la fiesta, el fuego que trae consigo la efusión del Espíritu.

Ven, Espíritu Santo, enséñanos a decir: “¡Jesús es Señor!”, sólo Jesús es Señor, no hay más Señor que Jesús. Ven y enséñanos a decir: El forastero es Señor, el hambriento es Señor, el sediento es Señor, el desnudo es Señor, el enfermo es Señor, el encarcelado es Señor. Ven y llévanos a Cristo, haz que aprendamos a Cristo, que hagamos nuestros los sentimientos de Cristo: transfórmanos en Cristo, “entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos” con la semejanza de Cristo.

Tú, que santificas y transformas el pan de nuestra eucaristía, transforma en Cristo Jesús el pan de nuestra vida, de modo que, en Cristo, todos formemos un solo cuerpo y un solo espíritu.

“Ven, dulce huésped del alma”.

Testigos del amor

A los fieles laicos, a los religiosos y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Los discípulos de Jesús, hoy lo mismo que ayer, preguntamos al Señor por el mundo, por el sufrimiento de los pobres, por el cumplimiento de las esperanzas que hay en nuestros sueños: ¿Es ahora cuando nos vas a restaurar? ¿Hasta cuándo la injusticia, el odio, la violencia van a tener en vilo nuestras vidas? ¿Has cuándo?

Y la respuesta del Señor es hoy para nosotros la misma que oyeron entonces los discípulos: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos”.

Que es como si a todos hubiese dicho: Lo que yo tenía que hacer, está hecho. Falta lo que habéis de hacer vosotros. El mundo que esperáis está en vuestras manos, pues una vez recibido el Espíritu Santo, con él se os habrá dado la fuerza que necesitáis para realizar vuestra esperanza.

El mismo que “sube al cielo”, es el que ha de permanecer en la tierra:

Ése es el misterio: El mismo que ha dejado a sus discípulos para subir el cielo, es el que ha de vivir en ellos para permanecer con ellos en el mundo.

El mundo que esperamos es el mundo de Jesús de Nazaret. El hombre que soñamos es el que hemos conocido en Jesús de Nazaret. Y de él –de ese mundo, de ese hombre que es Jesús de Nazaret- a nosotros se nos dice que hemos de ser testigos hasta los confines de la tierra.

Ser testigos de Jesús es hacerlo presente, es llenar de Cristo el mundo en que vivimos, es dejarnos transformar en Cristo por la acción del Espíritu Santo.

Los testigos del Señor haremos posible la paradoja de que haya subido al cielo el que se queda con nosotros, el que se queda en nosotros, el que, precisamente porque es de Dios, porque es todo de Dios, es el primer hombre de una humanidad nueva, resucitada, pacífica, esperanzada y agradecida.

El mismo que “sube al cielo”, es el que permanece en sus testigos:

Es la hora de los testigos de Cristo Jesús. Lo ha sido desde el día en que el Señor ascendió a la vida de Dios. Puede que hoy lo sea más que nunca.

La indiferencia de los epulones, la corrupción de los necios, el pragmatismo de opciones políticas y económicas, han llenado de víctimas los caminos de la humanidad.

La humillación de los esclavizados se ha vuelto clamor en los oídos de Dios, un clamor que resuena también en nuestros oídos y conmueve las entrañas.

En un mundo en el que hay recursos para que todos puedan vivir en paz y con dignidad, constatamos cada día que las guerras matan, el hambre mata, el fanatismo mata, y la economía, que por principio sacrifica personas a beneficio, mata ciertamente más que el fanatismo.

En ese mundo al que somos enviados, la muerte es negocio que genera intereses elevados, reconocidos y garantizados.

El hombre del mundo viejo ha interiorizado la certeza de que a la violencia sólo se puede responder adecuadamente con otra violencia.

Tal vez por sí solo nunca pueda desaprender esa certeza.

Tal vez la de amar siempre y amar a todos sea una sabiduría que sólo Dios pueda enseñarnos.

Completada en el libro de la vida de Jesús de Nazaret la lección sobre el amor, a los discípulos se nos constituye testigos del Maestro, para que, también en el libro de nuestra vida, todos puedan ver lo que de Jesús hemos aprendido.

Discípulos, testigos, enviados como ovejas entre lobos, sin más defensa que la cruz del Señor, sin más fuerza que la que nos da el Espíritu del Señor y su santa operación: Eso es lo que somos. Eso ha hecho de nosotros la fe en Cristo Jesús.

La misión de la Iglesia:

Queridos: conocemos el mandato del Señor, “que nos amemos unos a otros como él nos ha amado”.

Conocemos el modo de cumplirlo: arrodillados a los pies de los hermanos como Jesús se arrodilló a los pies de sus discípulos para lavárselos.

E intuimos que ésa es nuestra misión en el mundo nuevo inaugurado por Cristo Jesús.

La fe nos dice que el que hoy sube al cielo, es el mismo que ha descendido del cielo: Es el que ha nacido pobre en Belén, ha vivido pobre en todos los caminos, y ha muerto en una cruz sin disponer siquiera de un vestido de pudor para su cuerpo martirizado.

La fe nos dice que el que hoy sube al cielo es el que se anonadó a sí mismo, el que se despojó de su rango, el que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

La fe nos dice que el que hoy sube al cielo es amigo de publicanos y pecadores, se deja ungir por prostitutas, se deja tocar por mujeres que tienen flujo de sangre, y no da su aprobación para que se lapide a una mujer sorprendida en flagrante adulterio.

Y esa misma fe nos dice que es de él de quien hemos de ser testigos, que es él quien ha de vivir en nosotros, que es de él de quien ha de hablar nuestra vida.

Ésta es nuestra misión: Ser testigos de Cristo, Iglesia de Cristo, Iglesia-Cristo, Iglesia pobre y humilde entre los humildes y los pobres, Iglesia mundo nuevo, Iglesia humanidad nueva.

Con la fuerza del Espíritu:

Lo dijo Jesús: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”.

No podremos aprender a Cristo si no nos guía el Espíritu de Cristo.

No podremos ser de Cristo y en Cristo si no nos transforma el Espíritu de Cristo.

No podremos ser testigos de Cristo si no nos mueve con su fuerza el Espíritu de Cristo.

El Espíritu Santo, que es el mismo en Jesús de Nazaret y en nosotros, nos unge, nos transforma, nos mueve, nos envía, para renovar según el modelo que es Cristo la faz de la tierra.

Feliz día de la Ascensión del Señor.

Feliz día de Pentecostés.

Feliz y dichosa misión para hacer, con la fuerza del Espíritu, un mundo nuevo.

Tánger, 25 de mayo de 2017.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

VENDREMOS A TI

Lo hemos oído en los Hechos de los Apóstoles: “De muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban”. En realidad, a la ciudad de Samaria no había llegado un médico capaz de remediar toda enfermedad, ni tampoco un mago capaz de dominar con sus poderes las fuerzas del mal; a Samaria había llegado sólo la palabra que “predicaba a Cristo”. Llegaba la palabra, y retrocedía el mal. Llegaba la palabra, y “de muchos salían los espíritus inmundos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban”.

Mientras escuchabas la narración, tu corazón daba testimonio de que estabas oyendo la verdad, pues también a tu vida había llegado la palabra que “predicaba a Cristo”, y tú habías sido liberado, habías sido curado, habías sido redimido, habías sido salvado.

Y cuando el lector dijo: “La ciudad se llenó de alegría”, ya no pensaste en Sa-maria, sino en ti mismo y en la asamblea de la que formas parte, porque, desde que aco-giste la palabra que “predicaba a Cristo”, se te ha dado un gozo que nadie podrá quitar-te, el mismo que tienen los que están contigo en esta asamblea santa. En verdad se os puede llamar, “la ciudad que Dios llenó de alegría”.

Luego el lector añadió: “Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”. Entonces tu pensamiento te llevó, no a Samaria sino a la Iglesia en la que fuiste bautiza-do, a la fuente en la que naciste del agua y del Espíritu, al obispo que te confirmó, a todas las asambleas eucarísticas en las que, recibiendo a Cristo Jesús, has recibido de él el Espíritu que te transforma en ofrenda agradable a los ojos de Dios.

Después de oír lo que el Señor ha hecho contigo, necesitas contarlo y cantarlo: “Venid a escuchar; os contaré lo que ha hecho conmigo”. “Aclamad al Señor, tocad en honor de su nombre, cantad a su gloria”. Cuéntalo una y otra vez a tu corazón, deja memoria de las obras de Dios en todos los rincones de tu vida, en todas las estancias de tu ser, de modo que siempre cante quien siempre recuerda, quien siempre agradece, quien siempre ama. Cuéntalo a la creación entera, para que toda ella cante contigo la gloria de Dios.

Con todo, todavía no has hecho más que acercarte al misterio de salvación que estás celebrando. Acoger la palabra que “predica a Cristo”, significa en realidad “amar a Cristo”, y también “guardar sus mandamientos”. Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, la gracia te redime; si amas a Cristo, él le pedirá al Padre que te dé otro Defen-sor que esté siempre contigo, el Espíritu de la verdad. Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, Dios llenará de alegría la ciudad; si amas a Cristo, guardarás sus mandamien-tos, y el Padre te amará, Cristo te amará, Cristo se te revelará. Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, pasarás de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida; si amas a Cristo, guardarás su palabra, y el Padre te amará, y vendrán a ti, y harán morada dentro de ti. Tú acoges la palabra de Dios, y es para ti la Pascua del Señor, el paso liberador de Dios por la vida de los esclavos; tú acoges la palabra de Dios, y tu vida se llena de alegría porque se ha llenado de Dios.

Ahora ya puedes cantar el cántico nuevo, el de la Pascua última: “Grandes y ma-ravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!”.

Aún así, no hemos hecho más que asomarnos al misterio que celebramos. Has oído al Señor que te decía: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él”. Vendrá a ti el que amas, vendrá a ti el que te ama; vendrá a ti, como palabra para ser creída; vendrá a ti, como pan de vida para ser comulgado; vendrá a ti, como pobre para que lo acudas en su necesidad. Él vendrá a ti: si le acoges, tu vida será un canto de amor en la ciudad que Dios llenó de alegría.

No tengas miedo:

El evangelio nos recuerda lo que “en aquel tiempo” vivieron los discípulos con Jesús, y revela también lo que en nuestra celebración eucarística vivimos nosotros con el Señor: Oímos lo que ellos oyeron, preguntamos como ellos preguntaron, creemos lo que entonces a ellos les fue revelado.

Les dijo Jesús: “No perdáis la calma”. Se lo dijo a ellos porque los alcanzaba la noche, la hora de Jesús, su despedida, la zozobra de la comunidad, la dispersión de los suyos. Nos lo dice a nosotros, que nos acercamos al final de la Pascua y que, en la escuela de la fe, aprendemos a amar al Señor sin verlo.

“No perdáis la calma”: Se lo dice a los suyos el pastor que va a ser herido y sabe que su rebaño se dispersará. Nos lo dice el que conoce nuestro nombre y nuestra voz, nuestro paso y nuestro corazón, nuestros miedos y nuestras esperanzas.

“No perdáis la calma”: Lo dice el que se ha hecho uno de nosotros para hacer con nosotros el camino de la vida. Lo dice el amigo que nos precede, la voz que nos sosiega, la mano que nos sostiene. Lo dice quien va a ser apresado a quienes van a ser liberados, quien va a ser herido a quienes van a ser curados, quien va a morir a quienes van a resucitar.

El tiempo se ha hecho de oscuridad espesa por la violencia que sufren los débiles, los pequeños, los empobrecidos, los justos. Con Jesús, con sus discípulos de ayer, con los creyentes de hoy, no sólo experimentamos nuestra debilidad frente al mal, sino que nos escandaliza la debilidad de Dios, la impotencia de Dios, la ausencia de Dios, el abandono de Dios. “Satanás ha reclamado a los hijos de Dios para cribarlos como trigo”. Vivimos tiempos de prueba para la fe.

Por eso, el mismo que nos dice: “no perdáis la calma”, añade: “Creed en Dios”. Que es como decir: Sabed que Dios se ocupa de vosotros. “Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta… Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón en todo su fasto estaba vestido como uno de ellos”. Si crees, no temes, pues sabes que Dios cuida de ti.

Y añadió: “Y creed también en mí”, pues para vosotros he venido, por vosotros he entregado mi vida, y por vosotros vuelvo al que me ha enviado, pues “me voy a prepararos sitio… para que donde estoy yo estéis también vosotros”.

Y tú, comunidad creyente y probada en tu fe, vives hoy en la Eucaristía el misterio que se te ha revelado en la Encarnación: recibes al Señor que viene a ti, abrazas

al que se entrega por ti, y entras por la fe en el “sitio” que Cristo te ha preparado, entras en quien será para ti, para siempre, tu casa del cielo.

No tengas miedo.

Feliz domingo.

El Señor es mi pastor:

Para acercaros al misterio de este domingo, el domingo de Cristo buen pastor, os pido que lo consideréis primero desde vosotros mismos, y después desde Jesús. Desde la Iglesia, desde nuestra experiencia de salvación, hemos cantado a Dios, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”; y después, como asamblea pascual, hemos cantado nuestro Aleluya, recordando la palabra del Mesías Jesús, que nos decía: “Yo soy el buen pastor”.

Intentaré expresar algo de lo que yo siento cuando, unidos en una sola voz, decimos: “El Señor es mi pastor”.

Se lo he susurrado a mi propio corazón, se lo he gritado a la creación entera, lo he derramado como un perfume delante de mi Dios: “El Señor es mi pastor”. Las palabras de mi canto son verdaderas si las digo desde mí mismo, pues en verdad “nada me falta”; y su verdad se manifiesta con mayor claridad si las canto contigo, Iglesia santa; y esa claridad me deslumbra si digo con Cristo resucitado: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. He oído resonar el eco de las palabras de este salmo en el corazón del hermano Francisco de Asís: “Mi Dios, mi todo”; y en el corazón de Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. Con el Salmista, con Cristo resucitado, con el hermano Francisco y la hermana Teresa, con todos los creyentes de todos los tiempos, también nosotros vamos diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

¿Por qué digo: “nada me falta”? Si lo digo con el Salmista, hago mías sus palabras: “El Señor me hace recostar en verdes praderas… me conduce hacia fuentes tranquilas… repara mis fuerzas… me guía por el sendero justo”. Si lo digo con Cristo resucitado, entonces, contemplando el misterio pascual, reconozco las “verdes praderas” de la vida que no tiene fin, las “fuentes tranquilas” de la dicha eterna; en verdad, el Señor Dios ha reparado las fuerzas de su siervo Jesús, en verdad lo ha conducido por el sedero de la perfecta justicia.

En realidad, con el Salmista y con Jesús y con toda la Iglesia de Dios voy diciendo, “nada me falta”, sencillamente “porque tú, mi Señor, mi Pastor, vas conmigo”, porque “tu vara y tu cayado me sosiegan”, porque tú eres “todo bien, sumo bien, total bien”, porque no sólo has preparado una mesa ante mí, sino porque tú has querido ser anfitrión y alimento, porque me has ungido con el perfume de tu Espíritu Santo y en tu casa mi copa rebosa de gracia y santidad.

Hoy, sin embargo, no sólo hemos cantado, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. También hemos alabado a Dios con el cántico nuevo del tiempo pascual, recordando que Cristo dijo: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen”.

Los discípulos se lo habían oído decir a Jesús; nosotros se lo oímos hoy al Señor resucitado. No sé lo que ellos entendieron entonces; os diré algo de lo que nosotros podemos entender ahora. Si miráis al buen pastor, veréis al que conoce vuestro nombre porque él os lo ha dado, un nombre bellísimo porque el pastor lo ha hecho verdadero, un nombre que encierra muchos nombres: perdonado, agraciado, justificado, reconciliado, hijo, heredero, pacificado, amado, glorificado… un nombre que todos los encierra y que todos los refiere de manera única y personal a cada uno de nosotros; si miráis al buen pastor, veréis al que ha dado su vida para que tengáis vida, veréis al que ha sido herido para curar vuestras heridas, veréis al que ha sido entregado para que fueseis rescatados; si miráis al buen pastor, veréis al que os apacienta con su amor, al que os nutre con su cuerpo y con su sangre, al que va delante de vosotros hacia la tierra de la vida. Vosotros sabéis de dónde ha venido para buscar su oveja perdida, sabéis de qué abismo os ha rescatado, sabéis cómo os ha llevado sobre sus hombros y cómo abrió para vosotros de nuevo las puertas del paraíso.

Pero aún os he de decir algo más: lo que sabéis del buen pastor de vuestras almas, no lo sabéis de oídas, sino que lo habéis experimentado cada día de vuestra vida, y lo experimentáis ahora en el sacramento que celebráis: reconoce, Iglesia santa, la voz de Cristo que te guía, recibe el pan de la vida que te ofrece, goza con el Espíritu que él solo puede darte, deja que corra por tu frente el ungüento de su alegría, abre las puertas de tu vida a la abundancia de su paz. ¡Déjale ser tu pastor, pues sólo quiere conducirte a la vida! ¡Recibe al que te ama! ¡Ama al que, por recibirte, ha dado la propia vida! Búscalo, para amarlo; ámalo, donde lo encuentres. Verás que está siempre muy cerca de ti.

Feliz domingo.

La luz de Cristo entra en el recinto de nuestros miedos: 

Sucedió al anochecer de aquel día, el primero de la semana, el día de Cristo resucitado. Si entráis en el ánimo de los discípulos, hallaréis miedo, y si los buscáis, encontraréis su puerta cerrada, porque el miedo cierra las puertas.

Sólo Jesús resucitado puede entrar en los lugares que el miedo ha cerrado; sólo él puede entrar y ofrecer la paz que hace inútiles las barreras del miedo.

Sucedió al anochecer de aquel día, sucede hoy en esta casa de la Iglesia, en este día primero de nuestra semana, en nuestro día del Señor: Cristo Jesús está en medio de nosotros, entra en el recinto de nuestros miedos, llena con su luz la oscuridad de nuestra mente y de nuestro corazón, y da la paz, su paz, para que tampoco de él tengamos miedo.

Al anochecer de aquel día, a sus discípulos, Jesús les enseñó las manos y el costado. ¿Qué tienen aquellas manos? ¿Qué hay que ver en aquel costado? La memoria de la fe os dice: Les mostró las manos traspasadas por los clavos; les mostró el costado abierto por la lanza. Y tu corazón te dice: Les mostró la verdad de su Pascua, la memoria de su pasión, la memoria de su muerte, la memoria de su entrega, la memoria de su amor. Les mostró la fuente de la paz que les había ofrecido, les abrió la fuente del Espíritu que les iba a ofrecer.

Por eso, los discípulos a quienes fueron mostradas aquellas heridas, vieron al Señor, vieron al que los había amado hasta dar la vida por ellos, vieron al “Entregado”, y se llenaron de alegría. ¡Él les mostró las heridas, y ellos se llenaron de alegría!

Vosotros, que creéis sin haber visto, os habéis acercado hoy, porque tenéis sed, a beber en la fuente de la paz, en la fuente del Espíritu, en la fuente que es Cristo resucitado. Digo que os habéis acercado a la fuente; mejor sería si dijese que la fuente os ama, y porque os ama, se ha acercado a vosotros. Nosotros nos reunimos porque tenemos sed de paz y de Espíritu; y el Señor se hace presente en medio de nosotros para que en él nos saciemos de paz y de Espíritu, ¡y también nosotros nos llenamos de alegría al ver al Señor!, aunque lo vemos sólo con los ojos de la fe.

Dichosos vosotros, porque Dios os ama, y os ha dado a su Hijo único, para que tengáis vida en él.

Dichosos vosotros, porque la misericordia de Dios es eterna, y Dios, por su misericordia, ha querido ser vuestra fuerza, vuestra energía, vuestra salvación.

Dichosos vosotros, porque Dios ha hecho brillar sobre vuestra vida el Día que es Cristo resucitado, el Día sin ocaso, pues Cristo es el Día en que actuó el Señor, el Día que es nuestra alegría y nuestro gozo.

Dichosos vosotros, que celebráis unidos la fracción del pan, trabajáis unidos por el Reino de Dios, compartís los pobres el pan de vuestra mesa, y alabáis a Dios con alegría y de todo corazón.

Dichosos vosotros, que por la resurrección de Cristo habéis nacido de nuevo para una esperanza viva, para una herencia que os está reservada en el cielo.

No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis. No habéis visto a Jesucristo, y lo servís en los pobres, lo cuidáis en los emigrantes, lo crecéis con ternura en los niños, lo curáis con delicadeza en los enfermos, lo saludáis con cariño en vuestro prójimo.

No habéis visto a Jesucristo, y escucháis con fe su palabra en vuestra asamblea litúrgica; no le habéis visto, y le recibís con amor entrañable en la santa comunión. No le veis, y creéis en él, y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado.

Dichosos vosotros, os lo dice el Señor; dichosos vosotros, que creéis sin haber visto.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.