Escucha al que te ama 

La celebración anual de la Pascua pone delante de nuestros ojos a Cristo Jesús, el Maestro que, desde la cátedra de la cruz, nos explica, muriendo, lo que a todos había enseñado predicando.

“Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28).

Tú, que en el bautismo has sido curado de tu ceguera por el que es la luz del mundo, en aquel crucificado en quien los soldados vieron sólo a un rey de burlas, en quien los sumos sacerdotes y el sanedrín habían visto una amenaza para el propio poder, tú ves a tu Rey, a tu único Señor, a tu salvador; en ese crucificado tú ves al Hijo de Dios que ora por quienes lo han calumniado, bendice a quienes lo maldicen, hace el bien a quienes se ensañan con él, perdona a quienes lo crucifican.

A la luz de la fe, tú ves un abismo de amor donde todo parecía ser un misterio de odio.

“Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica” (Lc 6, 29).

Ésa era la enseñanza que escuchabas en la llanura. Y hoy, en los misterios que celebras, se te concede contemplar el ejemplo.

Jesús “se levanta de la cena, si quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos” (Jn 13, 4-5). Ves que el amor es quien despoja a Jesús de sus vestiduras y lo arrodilla a los pies de los discípulos, y nos lo muestra, al maestro y al Señor, hecho esclavo de todos.

Y cuando, llegada la hora de pasar de este mundo al Padre, el Hijo se abaja a los pies de la humanidad para limpiarla, entonces los soldados “cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado y apartaron la túnica” (Jn 19, 23). Los soldados la cogieron y el amor no la reclama; los soldados la repartieron, y el amor les ofreció también el perdón que todavía no habían pedido.

Mientras en la cátedra de la cruz nuestro Dios y Señor Jesucristo nos entrega con la capa la túnica, con la túnica la vida, con la vida todo lo que el amor puede dar, nuestro egoísmo, con la ilusión de preservar capa, túnica y vida, va levantando vallas, construyendo muros, cerrando fronteras, cultivando miedos, sembrando recelos, exhibiendo poderío, y olvida que quien da la vida, ése la gana, y quien por salvarla se la queda, ése la pierde.

No apartes de tus ojos a Cristo crucificado. Tu maestro no tiene otra fuerza que su amor y sus heridas: cinco fuentes en las que puedes beber el agua de la vida, cinco puertas por las que se te permite entrar hasta el corazón de Dios. Y no desees otra fuerza que la de ese amor vulnerable y vulnerado.

¡Feliz Pascua!

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén:

Tal vez sea oportuno subrayar que la comunidad cristiana, en sus celebraciones litúrgicas, no se limita a recordar cosas que pertenecen al pasado de su historia, sino que vive lo que recuerda.

La palabra que escuchamos en nuestra asamblea dominical, es la palabra en la que el Señor se nos comunica, se nos manifiesta, se nos entrega, porque, en su amor, él quiere estar con nosotros, y, en nuestra fe, nosotros queremos estar con él.

«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti”.» Decidle a la Iglesia: Jesús de Nazaret, que entra en Jerusalén, “humilde, montado en un asno”, es para ti el Hijo de David, el profeta de Nazaret, el que viene a ti en el nombre del Señor. Detrás de él va nuestro corazón; con él se llena de fiesta nuestra vida; a él rinden honor los ramos que agita nuestra esperanza, y los cantos que entona nuestra fe.

Conmemoración de la pasión del Señor:

Aunque, según el ciclo litúrgico en que nos encontremos, se proclame cada año una narración distinta de la pasión del Señor, el sentido que la Iglesia quiere dar a la celebración eucarística del domingo de Ramos, está definido por las primeras lecturas, que son las mismas para los tres ciclos litúrgicos del Leccionario. Estas lecturas nos dan la perspectiva adecuada para escuchar el relato de la pasión.

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el discípulo a quien el Señor “espabilaba el oído” para que escuchase como los iniciados.

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el siervo de Dios que rechazado no retrocede, agredido no se avergüenza, abandonado mantiene intacta y firme la esperanza en el Señor.

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es Cristo Jesús, el Hijo que, “a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo”, el Hijo que, aun siendo igual a Dios, “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”, el Hijo a quien Dios exaltó sobre todo, y a quien “concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».”

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el primer hombre de una humanidad de hijos de Dios, de siervos del Señor que escuchan cada día su palabra “para saber decir al abatido una palabra de aliento”, para llevar a los que viven en tinieblas una palabra de luz, para anunciar a los contritos de corazón un evangelio de esperanza.

La palabra que nos revela quién es Cristo, esa misma palabra nos revela lo que estamos llamados a ser nosotros, que somos de Cristo y que, por la fe, estamos en Cristo Jesús.

Cristo, el Rey humilde:

Con la liturgia de este domingo comienza la Semana Santa, la celebración anual de la Pascua, la memoria solemne y festiva de la pasión-muerte-resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Considerad el misterio que se nos concede revivir.

Nos lo revela la palabra del profeta, que dice a la Iglesia: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”. Eres pobre, y viene a ti tu rey, el que es para ti el bien, todo bien, sumo bien. Necesitas paz, y viene a ti tu rey, se acerca humilde a tu necesidad, trae la paz en su mirada, y llena de paz los corazones de tus hijos. Esperas la salvación, y viene a ti tu rey, Jesús de Nazaret, humanidad de Hijo, en la que Dios ha puesto la salvación del mundo: nació de María, nació para ti en Belén, estuvo en brazos de Simeón, y hoy viene a ti, humilde, tu rey, tu salvador. Y porque lo has reconocido, porque lo has visto llegar humilde y venir a ti, lo has aclamado con gritos de júbilo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

He ahí a tu rey”: viene a ti, humilde, el que un día ha de venir con gloria sobre las nubes del cielo.

He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio y ves a tu rey en el trono de la cruz; y aunque lo veas allí clavado de pies y manos, sabes que está viniendo a ti, humilde, para quedarse contigo, para traerte su paz, para ofrecerte su justicia, para hacer contigo una alianza eterna de amor.

He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio, y ves a tu rey que combate por tu vida, por tu libertad, por tu salvación; lo ves cubierto de heridas y abandonado; lo ves, y dejas de aclamarlo con cantos para que lo aclame tu compasión y tu gratitud, dejas de ofrecerle el homenaje de tus ramos para ofrecerle la ternura de tu abrazo, el refugio de tu corazón.

He ahí a tu rey”. Lo verás, humilde como el pan, sobre el altar de la Eucaristía. Si aún no habías entendido la palabra del profeta, que te decía, “mira a tu rey, que viene a ti”, ahora puedes entender que tu rey viene para ti, para ser tuyo, para ser tu pan, para ser tu alimento, para ser tu vida.

No dejes que se oscurezca la luz de la fe para reconocer a tu rey, pues viene a ti en su palabra, en su Eucaristía, en sus hermanos, en sus pobres. Y porque lo ves en todas partes, en todas partes lo aclamas, lo acoges, lo sirves, lo amas.

Un día será la Pascua, y verás la gloria de aquel con quien has sufrido y a quien has ayudado.

Misa Crismal

La fuerza del amor

A los fieles laicos, a los religiosos y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Queridos: Se acercan las fiestas de Pascua, y mi deseo es que todos nosotros, como si fuésemos uno solo, pues lo somos, nos pongamos a la escucha del Señor y guardemos en el corazón sus palabras y su ejemplo.

Él es la Palabra eterna, pronunciada en el silencio de Dios, que se hizo carne y, habitando entre nosotros, se nos hizo evangelio, buena noticia para los pobres, don de Dios para los pecadores.

Esa Palabra que se hizo carne de amar para salvar al hombre, ha sido rechazada. La Palabra que vino al mundo para que tuviésemos vida en abundancia, ha sido condenada. La Palabra que se nos hizo camino, verdad y vida, ha sido clavada en una cruz.

Así, rechazada, condenada, crucificada, la Palabra que vino a reconciliar al hombre con Dios, tiene ante sus ojos todas las formas del verbo pecar; el que vino a buscar ovejas perdidas, tiene ante sus ojos todas las formas del verbo perder: la crucifican aquellos a quienes ama, los mismos a quienes vino a salvar, los mismos por quienes descendió a lo más hondo de la condición humana.

Ahora todo está en sus manos. Ahora todo está perdido si él no lo salva. Ahora se ha abierto para siempre el infierno si Jesús no lo cierra con palabras divinas:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Ves que el pastor no habla del propio dolor sino de las ovejas que vino a buscar. Ves que el crucificado no habla de sí mismo sino del perdón que quiere ofrecer.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

El que creó el mundo con un “¡hágase!”, crea un mundo nuevo con un “¡perdónalos!”

Y dice: “¡Padre!”, la palabra más dulce que el Hijo puede pronunciar, pues va a pedir un infinito amor para quienes no han sabido amar, un perdón creador para quienes han invocado sobre sí mismo la nada crucificando al más amado.

Delante de tus ojos, Iglesia cuerpo de Cristo, el sufrimiento de los hijos de Dios, de sus pequeños, de sus pobres, parece hacer evidente la derrota de la vida frente a la muerte, el fracaso del bien frente al mal.

Pero tú sabes –lo has contemplado en tu Señor- que el amor es más fuerte que la muerte, tú sabes que el perdón lleva dentro el germen de una tierra nueva, de una nueva humanidad.

 La celebración de los misterios pascuales es un tiempo de gracia para aprender amor, para hacernos expertos en perdón.

A todos os exhorto a participar animosos en ellas, a haceros discípulos del que nos amó hasta el extremo.

Y a los presbíteros que prestan servicio pastoral en la diócesis de Tánger, los invito a participar en el Consejo presbiteral que se reunirá en Tánger, el martes día 11 de abril, a las 10:00 de la mañana.

Será una buena ocasión para informar de la situación en las diversas parroquias, de las actividades de la Delegación de Migraciones en Tánger y Nador, de la última reunión de la Conferencia Episcopal del Norte de África.

Para la comida, espero tenerlos a todos alrededor de mi mesa.

Que nadie quede fuera de tu amor, que nadie quede fuera de tus desvelos, Iglesia amada del Señor.

Tánger, 3 de abril de 2017.

Sacramentos para resucitar: 

Aquel otro día, “al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Todavía resuenan en nuestro corazón las palabras que le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.

Esas palabras evocan el misterio de nuestro encuentro con Jesús, cuando la Luz nos dijo: “Ve a lavarte a la fuente bautismal”, “ve a Siloé”, “al Enviado”, “a Cristo Jesús”…

Fuimos, nos lavamos, y volvimos con ojos de ver, unos ojos que sólo Dios puede dar.

Hoy, el que es nuestra luz, dice de sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, no morirá para siempre”.

Y esas palabras, que nos revelan el misterio de Jesús, revelan al mismo tiempo el misterio del bautismo que los catecúmenos se disponen a recibir y que el pueblo de Dios ya ha recibido, y revelan también el misterio de la eucaristía que hoy celebramos: Hoy, a ti que has creído en él, viene “el que es la resurrección y la vida”.

Tu fe lo recuerda con asombro y agradecimiento: “En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Tu fe dice: “La Palabra habitó entre nosotros”; y el evangelio que se proclama en tu celebración, te ayuda a comprender el significado de lo que dices: La Palabra que es la vida ha venido a ti, ha abrazado tu debilidad, se ha llegado a tu sepulcro, ha descendido a lo hondo de tu mortalidad. La Palabra que es la vida, por amor a ti, habitó contigo en el lugar de los muertos.

Y tú, por la fe y los sacramentos de la fe, has acogido a la Palabra y te has abrazado a la vida: creyendo, vives; comulgando, resucitas.

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”: Viniendo a ti, la Vida ha apartado la losa de tu sepulcro; viniendo a ti, la Resurrección te liberó de tus ataduras y te dejó andar.

A ti, que gritabas desde lo hondo, te ha visitado la misericordia de Dios, a ti ha venido la redención copiosa. El Señor ha abierto nuestros sepulcros y nos ha hecho salir de nuestros sepulcros, y nos ha infundido el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos.

Creyendo, Iglesia cuerpo de Cristo, un día fuiste bautizada en el que es la resurrección y la vida. Creyendo y comulgando, hoy, en la Eucaristía, te haces una con el que es la resurrección y la vida.

Feliz domingo.

Sacramentos para ver: 

Participando en las celebraciones cuaresmales de la comunidad de fe, catecúmenos y fieles salimos al encuentro de Cristo resucitado, encuentro que se hace real en los sacramentos pascuales: en el bautismo que da el “ser otro Cristo”; en la confirmación que da el “actuar al modo de Cristo”; y en la eucaristía que nos lleva a la plenitud de la inserción en Cristo.

Los sacramentos que celebramos son signo de la presencia de Cristo resucitado en medio de sus discípulos. Cuando hablamos de bautismo, confirmación o eucaristía, en realidad hablamos de Cristo y de nosotros, de lo que él es para nosotros, de lo que nosotros somos para él.

Presta ahora atención a la palabra que se proclama en la asamblea litúrgica de este domingo.

Mientras el lector recuerda la unción de David como rey, tú recuerdas que, incorporado a Cristo por el bautismo, en Cristo eres sacerdote, profeta y rey.

Mientras con el Salmista elevas tu canto al Señor, que es tu rey y tu pastor, tú recuerdas que, en Cristo, Dios se te ha revelado pastor que da la vida por ti, buen pastor que te guía por el sendero justo, que te da seguridad aunque camines por cañadas oscuras.

Y mientras el diácono proclama el evangelio de la curación del ciego de nacimiento, tú, Iglesia cuerpo de Cristo, hecha discípulo que escucha, reconocerás en Jesús a la Palabra que era la luz verdadera que alumbra a todo hombre, reconocerás en Jesús al que es la luz del mundo; y a ti misma te reconocerás en aquel ciego, y te verás ungida por Cristo con Espíritu Santo, lavada, purificada e iluminada en Siloé, es decir, en el Enviado, en la muerte y resurrección de tu Señor.

Aquel a quien escuchando viste, comulgando lo recibes.

Aquel en quien, escuchando, creíste, comulgando te haces una con él.

Comulgas, y nada te falta con el pastor de tu vida.

Comulgas, y ungida, te sumerges en Siloé, y la vida entera se te ilumina por dentro con la luz de Dios.

Comulgas, y ves; entras en un mundo que sólo tú puedes ver: un mundo nuevo que resplandece con la luz de la vida.

Feliz domingo, Iglesia iluminada por Cristo.

Sacramentos para beber: 

En el imaginario de la fe hemos asociado el bautismo a un agua que purifica, y no creo que sean muchos los cristianos que lleguen a representarlo como un agua que se desea porque se tiene sed y que se bebe.

Y ésa, la del agua que se bebe, es la imagen que nos deja la palabra de Dios proclamada en la eucaristía de este domingo: Tiene sed el pueblo de Israel, tiene sed la mujer de Samaría, tiene sed Jesús.

El pueblo, torturado por la sed, murmura contra Moisés –en realidad, contra Dios-: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed?».

Jesús, agotado del camino, dice a la mujer samaritana: “dame de beber”.

Y la mujer, después de escuchar las palabras de Jesús sobre un agua que mana por dentro y apaga para siempre la sed de quien la bebe, dirá: “Señor, dame siempre de esa agua”.

¡Se trata de sed, de agua y de beber!, tres palabras que nos dejan la tarea de adentrarnos en su mundo de significados.

El Señor dijo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba”.

La misma invitación resonará en el paraíso, en el que habrá un río de agua de vida que brota del trono de Dios: “Quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente”.

Hablemos, pues, de nuestra sed, ya que no deseará beber quien no la tenga, y a quien la experimente y no crea, sólo le servirá para tentar a Dios.

El canto del salmista evoca la sed del creyente: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?”

Y la evoca también cuando dice: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.

Sed de Dios, ansia de Dios, búsqueda de Dios… A tu memoria vienen las palabras de Jesús: “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”.

Tu ansia, tu sed, tu búsqueda de Dios y de justicia, son hambre y sed de Jesús, hambre y sed “del don de Dios” que es Jesús, ansia y búsqueda de la fuente de agua que salta hasta la vida eterna, del río de agua de vida que riega el paraíso.

El que se bautiza, el que se confirma, el que participa en la Eucaristía, bebe en Cristo Jesús, y en esa fuente divina se sacia de Dios, de justicia, de gracia, de luz.

Pero has de considerar también la “sed que tiene Dios”, sed que se hizo fuego abrasador en la garganta de Jesús y agotamiento en el camino bajo el sol del mediodía.

El que ahora, sentado junto al manantial, dice a la samaritana: “dame de beber”, un día, desde lo alto de su cruz, a todos nos dirá: “Tengo sed”.

Y entenderás que tiene sed de ti, que te busca con ansia propia de Dios, con pasión de Dios, con amor de Dios…y habrás de hacerte agua para la sed de Dios, habrás de quererte de Dios, porque Dios se ha querido tuyo.

Y mientras no llega la hora de perderte del todo en el amado, apagarás su sed en los pobres, que son el cuerpo de su necesidad: “Tuve sed, y me disteis de beber”.

Feliz camino de los catecúmenos hacia el bautismo.

Feliz camino, Iglesia de Cristo, a la comunión con tu Señor.

El bosque transfigurado: 

Lo que resulta evidente es lo humano, lo nuestro.

Lo otro, el misterio, lo vislumbra la sola fe.

Lo nuestro, es el límite, la finitud, la fecha de caducidad, el mal inevitable.

Junto a ese mal inevitable, Jesús de Nazaret y multitud de hombres y mujeres, tantos que nos parece que sea toda la humanidad, padecen la presencia de otro mal, inicuo, perverso, cruel, obsceno, evitable. Es el mal que hacemos: Hemos llenado de cruces los caminos del hombre; hemos llenado de cristos las cruces; y el grito de los crucificados se nos queda en monotonía molesta a las puertas de nuestra tranquilidad.

Las sombras del bosque –inmigrantes sin cuerpo y sin hambre- preguntan dónde está Dios, de quién es padre, de quién se ocupa… pues más parece que esté en el templo dejándose ahumar por el incienso y sobornar por los satisfechos, que no en los caminos cuidando pobres.

Ya sólo quedan las sombras: los acorralados de las fronteras, los desalojados, los deportados, los apaleados, los ahogados, los mutilados de esta guerra del pan, los huérfanos de esta guerra contra la esperanza, los muertos de este sinsentido, los supervivientes que siempre llevarán heridas del cuerpo que sangran en el alma.

Voy a imaginar pronunciadas por ellos –las víctimas-, por ellas –las sombras-, las palabras de tu salmo Iglesia cuerpo de Cristo: “Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.

Voy a repetir contigo y con ellos la confesión de fe: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia”.

Entonces, a la Iglesia y a las sombras, Jesús nos toma consigo, y nos lleva aparte a su montaña alta.

He dicho Jesús: el perseguido, el odiado, el calumniado, el acusado, el condenado, el crucificado…

Y es él, Jesús, la víctima, el que “se transfigura delante de nosotros”.

En esa transfiguración, no se nos muestra lo que Jesús ha de ser, sino lo que ya es. En la montaña alta no ves la luz que a Jesús lo ha de envolver un día, sino la que desde siempre él lleva por dentro. Y no ves sólo lo que es de Jesús, sino también lo que él comparte contigo, pues, si nuestro es el mal que padece, suya es la luz que a las sombras nos ilumina.

Entonces, como Pedro, también nosotros decimos: «Señor, ¡qué bien se está aquí!»

¡Y aún no hemos prestado atención a la revelación más asombrosa!: de Jesús, de la víctima, una voz desde la nube, la palabra desde Dios, dice: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”.

Y tú, no sólo escuchas lo que oyes, sino que escuchas también “lo que ves”, y en “aquella víctima transfigurada”, en aquel Hijo, en aquel amado, reconoces a las sombras de la ciudad amurallada de aire, reconoces a tus hijos, te reconoces a ti misma, te sabes habitada de luz como Jesús.

Feliz domingo.

El amor que nos resucita:

Todavía resuena en la memoria de la fe la declaración hecha a los que se decían abandonados del Señor: “Yo no te olvidaré”.

Recordamos también las palabras de Jesús: “No estés agobiado por la vida”, porque “Dios no te olvidará”. “No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… Vuestro Padre del cielo”, el mismo que dijo: “Yo no te olvidaré”, “ya sabe que tenéis necesidad de todo eso”.

Pero recordamos también que, entre la declaración divina de amor y la invitación que Jesús hacía a la confianza en Dios, resonaba en la asamblea dominical una severa amonestación: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Si a mí mismo me pregunto –y os pregunto-: ¿Crees en el amor de Dios? Seguramente que responderemos: Creo.

Pero si me pregunto: ¿A quién sirvo en mi vida?, ¿a Dios o al dinero? Puede que la respuesta ya no se me ofrezca con tanta claridad y seguridad. ¡Y se trata de la misma pregunta y la misma respuesta, sólo que formuladas con otras palabras!

El más poderoso antagonista de Dios en el corazón del hombre es el dinero.

El dios-dinero es el contra-Dios, se disfraza de Dios, suplanta a Dios, promete hacernos “como Dios”, y nos deja compuestos y desnudos en un desierto de muerte.

El dios-dinero es el padre natural de la envidia, de la arrogancia, de la violencia, de la injusticia, de las guerras, de la muerte.

El dios-dinero ha creado la esclavitud, la opresión, la prostitución, la explotación del hombre por el hombre… El dios-dinero ha creado la exclusión, la indiferencia, el hambre, el miedo; con su palabra todopoderosa, va transformando en pozo negro los mares donde nació la vida, va reduciendo a páramos los bosques que hacían hermosa la tierra y respirable el aire, va llenando de veneno el cielo, va destruyendo la obra creadora del amor de Dios.

El dios-dinero fabrica armas, destruye naciones, se ensaña con los pobres en las fronteras de los ricos, ahoga en el Mediterráneo a miles de desplazados, condena a muerte cada día a millones de personas.

¡El árbol del dinero, siempre apetitoso, siempre atrayente, siempre mortal!

No habrá para nosotros Pascua con Cristo resucitado si no hay Cuaresma con Cristo, si no entramos con Cristo en su camino de desapropiación de toda pretensión de poder. Él aprendió sufriendo a obedecer. Él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Él, el Hijo, nos enseñó a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios

El dolor de los pobres se me vuelve peso insoportable en la conciencia. Ese dolor tiene que ver conmigo, con el dinero, con el poder, con mi ambición homicida de ser como Dios.

Ese dolor se me hace grito en los labios y compañero en el camino que lleva a la Pascua con Cristo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro… no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”.

Entonces, en la noche de los pobres y en la mía vuelve a resonar la declaración del amor que nos resucita: “Yo no te olvidaré”.

Feliz domingo.

MIÉRCOLES DE CENIZA 

“En la misa de este día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente” para la “conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén”.

Con la celebración litúrgica de este día, el primero del tiempo de Cuaresma, los hijos de la Iglesia nos ponemos a recorrer con Cristo Jesús el camino que lleva desde la esclavitud a la libertad, desde la tristeza a la alegría, desde el luto a la fiesta, desde la noche a la luz gloriosa de la Pascua.

Bendición e imposición de la ceniza:

El significado primero y principal que tiene para los fieles el rito de imposición de la ceniza lo desvelan las palabras de la bendición que el presbítero pronuncia sobre ella y que los fieles rubricamos con nuestro Amén.

En esa oración, se pide a Dios que gracia y bendición se derramen, no sobre la ceniza, sino sobre los fieles, “para que puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de su Hijo”. Con lo cual, el acento se pone en la purificación del corazón, en la conversión a Cristo, para que lleguemos a la comunión con él en su misterio pascual, es decir, en su descenso a nuestra muerte y en su ascensión a la vida de Dios.

En la oración que el Misal Romano propone como alternativa a esa bendición sobre los fieles, se pide que Dios bendiga “la ceniza que se va a imponer sobre nuestra cabeza”, ceniza que es memoria de la fragilidad de nuestra vida, memento de que “somos polvo y al polvo hemos de volver”. Y se pide también que a nosotros se nos conceda “el perdón de los pecados” y que alcancemos así, “a imagen de Cristo resucitado, la vida nueva del reino de Dios”.

El gesto de la imposición de la ceniza evoca nuestra condición, la que el Hijo de Dios asumió, al hacerse hombre, por el misterio de la encarnación.

Al recibir la ceniza sobre nuestra cabeza, los fieles abrazamos humildemente lo que somos y ofrecemos al Padre el homenaje de nuestra fe en él y de nuestra obediencia a su santa voluntad.

Liturgia de la palabra:

Limosna, oración y ayuno son prácticas piadosas que pertenecen al corazón de nuestra fe.

En la Sagrada Escritura, el nombre de limosna se da a la misericordia de Dios con los hombres, y también a la misericordia del hombre con sus semejantes, misericordia que se manifiesta en lo que se hace para remediar sus necesidades. La limosna del hombre imita la misericordia de Dios.

La oración del cristiano, oración de hijos al Padre del cielo, pone en el corazón del hombre el designio de Dios, el reino de Dios, la voluntad de Dios, el nombre de Dios, un mundo que pertenece a la intimidad de Dios y a lo más íntimo de nosotros mismos donde él habita.

El ayuno se practica en muchas religiones por motivo de ascesis, de purificación, de luto, de súplica…

Ayuno, oración y limosna le hablan a Dios de la humildad, la esperanza y el amor del hombre.

La verdad del ayuno, la oración y la limosna, como la verdad de la humildad, la esperanza y el amor, sólo se pueden hallar en “lo escondido”, en la propia intimidad, en el secreto del corazón; lo que el profeta expresó cuando dijo: “Ahora –oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor vuestro Dios”.

Y cuando hoy comulgues, no olvides que la comunión con Cristo acontece antes en el corazón que en los labios, y que “dará fruto en sazón”, si día y noche guardas en lo escondido la memoria entrañable de tu Señor.

Feliz camino hasta la Pascua.

“Yo no te olvidaré”. 

Cinco palabras para decir de él, de ti, y de lo que él es para ti: “Yo no te olvidaré”.

Ese “yo no te olvidaré”, resultaría un decir sobreentendido entre enamorados, pero es una paradoja asombrosa si lo escucha alguien que se ve olvidado, que se siente abandonado.

Ese “yo no te olvidaré” es una sorprendente, por no decir escandalosa, declaración de amor si se hace a quienes saben haber dado motivos ciertos para la desafección, a quienes reconocen haber olvidado y abandonado a su Señor.

Ese “yo no te olvidaré” es un evangelio del cielo para quienes han perdido la esperanza y se abandonan a la desdicha.

Hoy, ese “yo no te olvidaré”, resuena en medio de una comunidad de gentes en camino, extranjeros y peregrinos, hombres y mujeres en busca de pan y de futuro, desterrados como ayer Sión, abandonados de Dios como en la tarde del calvario Jesús de Nazaret.

Ese “yo no te olvidaré”, resuena hoy en medio de una comunidad de olvidados, de excluidos, de marginados, de prescindibles, de no pueblo…

Hoy, mientras escribo, me llega noticia de que 74 inmigrantes han muerto ahogados tras el naufragio de su embarcación en la que intentaban llegar a Europa. Los cadáveres han sido descubiertos en una playa del oeste de Trípoli.

Y es en esa playa de esperanzas muertas, en esa arena de los vencidos, donde el Señor de la vida hace resonar su increíble revelación: “Yo no te olvidaré”.

Esas cinco palabras que hablan de Dios y de amor, son las únicas que, pronunciadas allí, entre aquellos muertos, abren una puerta al misterio de la vida. Allí, mis palabras carecerían de sentido. Allí, las de la política sonarían a sarcasmo. Allí, las de consuelo serían siempre menos elocuentes que el silencio. Allí sólo caben, sólo pueden decir algo verdadero, palabras que salen de la boca de Dios: “Yo no te olvidaré”.

Es ahí, en el último calvario, en el lugar de los últimos abandonados, en el lugar de los últimos crucificados, donde la única palabra posible es la del Ausente, es la de Dios: “Yo no te olvidaré”.

Y en esa palabra suya, como en Dios mismo, descansa el alma. En esa palabra, como en Dios, se refugia la esperanza de los pobres.

Tú escuchas la palabra, la guardas en el corazón, la recuerdas, y Dios se te vuelve refugio y salvación.

En la quietud pascual del domingo, lo que aprendiste escuchando, Dios, entregándote a su Hijo en comunión, lo sella a fuego en tu corazón: “Yo no te olvidaré”.