Alegría para los pobres 

asuncion-mariaLlueve desde hace días.

Con la lluvia, la vida de los chicos en el bosque de Beliones se te vuelve memoria obsesiva como una melodía que hubieras oído demasiadas veces.

Bajo el aguacero, subimos a la montaña porque ellos nos esperaban.

El coche iba lleno de todo, que, en aquellas circunstancias, es como decir que iba lleno de nada, pues mantas y ropas y calzado, recibidos como se recibe lo indispensable para vivir, todo, seguramente todo, llegó empapado de agua, si no de fango, al compasivo refugio que ofrecen los plásticos.

Aquella tarde, sólo abracé hijos pasmados de frío y mojados.

Entonces, te invade un sentimiento de culpa y se te vuelve losa insoportable el sentimiento de impotencia: No puedes cambiar el sistema económico que va llenando de pobres el mundo para que haya un puñado de ricos. No puedes cambiar el sistema político que a unos pocos los hace dueños del destino de todos. No puedes cambiar el sistema de poder que determina quién en la sociedad es sujeto de derechos y quién es sólo objeto de dominio. Ni siquiera puedes aliviar con una manta caliente el frío de tus hijos, porque no habrá para ellos un lugar donde guarecerse de la lluvia y el viento. No puedes, no puedes, no puedes… porque un mundo de gente importante ha decidido que no puedas, han decidido por ti, y lo que es mucho peor, han decidido por hombres, mujeres y niños a los que han declarado indocumentados, ilegales, sin papeles, irregulares. A las puertas del sistema nunca sufren y mueren personas de carne y hueso; por allí sólo se mueven abstracciones, predicados y adjetivos.

Hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción, en lo más hondo de esa memoria angustiada de hijos que sufren, resuena como un desafío la voz del profeta: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala me ha envuelto en un manto de triunfo como novia que se adorna con sus joyas”.

La liturgia guarda esas palabras en el corazón de María de Nazaret, la mujer de alma traspasada por una espada de dolor, la Madre que sólo puede compartir y no aliviar el dolor de su Hijo crucificado, la bendecida por la que a todos nos vino la bendición, la llena de gracia que es la causa de nuestra alegría.

Aquellas palabras, la comunidad eclesial las escucha pronunciadas por Cristo resucitado, alegría del mundo, resplandor de la gloria del Padre.

En realidad, son palabras que sólo tienen sentido dichas para hijos crucificados y madres al pie de la cruz. Son palabras testimonio del compromiso de Dios con la vida de los pobres. Son palabras para gritar en todas las montañas donde la legalidad vigente atormenta el cuerpo de Cristo: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala me ha envuelto en un manto de triunfo como novia que se adorna con sus joyas”.

Hoy, Iglesia amada de Dios, formando un cuerpo con Cristo en la eucaristía y con Cristo en el calvario de Beliones, haces tuya la profecía y desafías con tu debilidad la arrogancia de los poderosos, con tu esperanza su idolatría del dinero, con tu amor la frialdad de su indiferencia; y mantienes en el corazón de los pobres la certeza de que hay reservada para ellos una herencia de alegría.

Te lo ha dicho el profeta, lo has oído en tu eucaristía: Dios mantiene abiertas para los pobres las puertas del futuro.

Justicia, libertad y paz: 

candles2wandedsPregunta, Iglesia en adviento, pregúntale al profeta qué has de esperar, qué nos trae en su misterio la Navidad. Que resuenen con fuerza en tu corazón las palabras de su oráculo: “Brotará un renuevo… florecerá un vástago… Sobre él se posará el espíritu del Señor”.

Pues ésa será tu Navidad: Un renuevo, un vástago, y, ungiéndolo, prudencia y sabiduría, consejo y valentía, ciencia y temor del Señor. Un renuevo, un vástago, que “juzgará con justicia a los pobres, con rectitud a los desamparados”. Un renuevo, un vástago, que será el principio de un mundo tan lleno “de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar”, un mundo que será una epifanía de la paz que anhelamos, una prenda del paraíso que soñamos: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito”… Ésa será tu Navidad: Un renuevo, un vástago, ungido por el espíritu para hacer justicia a los pobres e inaugurar un mundo nuevo en el que reine la paz.

Si ahora le preguntas al Salmista, él te hablará del rey que viene, un rey que “librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector”, un rey que “se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres”.

Lo que Dios ha prometido, ciertamente lo cumplirá: el renuevo brotará, el vástago florecerá, el espíritu lo ungirá; en sus días la justicia florecerá, la paz abundará eternamente, y a los pobres se les anunciará la buena noticia.

Si buscas el manantial de las promesas, lo hallarás en el amor eterno de Dios que se ha fijado en tu necesidad.

Si indagas el propósito que le trae hasta ti, lo hallarás en la justicia que esperan los pobres, en la liberación por la que suspiran los oprimidos, en la paz con la que sueñan y por la que trabajan los hijos de Dios.

“Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»” Lo has oído, Iglesia en adviento: Preparad el camino a la justicia, a la liberación, a la paz. Trabajad por el mundo que Dios ha soñado, un mundo que él quiere de afligidos liberados, de pobres e indigentes que, arrebujados en la piedad de los santos, experimentan la salvación que les llega de Dios. Preparad el camino a Cristo Jesús, de modo que en vosotros él viva por la fe, y los pobres encuentren la justicia, la libertad y la paz.

Feliz domingo.

“Vamos a la casa del Señor”:

20111023224149-cristo-pantocrator-2Queridos: La solemnidad de Cristo Rey del Universo cierra las celebraciones de nuestro Año Litúrgico. A lo largo de muchos domingos hemos acompañado a Jesús en su camino hacia la ciudad santa de Jerusalén. Hoy, llegados con él a la meta de su peregrinación, lo contemplamos crucificado y rey.

Todavía recordamos la voz del cielo que nos trajo la revelación sobre Jesús en el tiempo de su bautismo: “Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto”. Ahora, en el tiempo de su descenso a las aguas de la muerte, la revelación sobre Jesús se nos hace con un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos”. Entonces, en aquel hombre bautizado como pecador, acogimos al Hijo de Dios. Ahora, en este crucificado como criminal, reconocemos a nuestro Rey y Señor.

La alegría de la Iglesia en la fiesta de su Rey es alegría multiplicada por la certeza de que Dios Padre “nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido”.

Si consideramos de dónde nos han sacado, he de recordad el despotismo de la mentira, el poder del egoísmo, el imperio de la injusticia, la opresión del pecado, la tiranía del miedo, el yugo de la muerte, “el dominio de las tinieblas”.

Si consideramos a dónde nos han trasladado, he de pediros que miréis a vuestro Rey: Lo veréis en su trono, en la cruz, y, viéndole a él, contemplaréis la nueva Jerusalén, admiraréis la “casa del Señor” hacia la que peregrináis, y podréis decir a una con el salmista: “Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”. Contemplando a Cristo en el trono de su realeza, contempláis la verdadera Jerusalén, fundada como ciudad bien compacta, hacia la que suben las tribus del Señor. Contemplando a Cristo, contempláis la ciudad santa que Dios ha levantado con la fuerza de su Espíritu: En ella están los tribunales de justicia, en los que habéis sido juzgados y santificados, redimidos y salvados.

“¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!” Así cantaban los peregrinos cuando subían a la Jerusalén terrestre. Así cantamos los que hoy subimos a la Jerusalén del cielo, hasta Cristo el Señor, en quien habita la plenitud de la divinidad.

Ahora, queridos, volved los ojos hacia otra cruz. No es la del Rey, sino la del ladrón que está crucificado con él, a su lado. En realidad es mi cruz, y también la vuestra. Todos nos reconocemos en aquel ladrón. Todos, con verdad, hacemos nuestra su confesión: “Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos”; nosotros estamos en el lugar que nos corresponde, “en cambio, éste –el Rey- no ha faltado en nada”. Todos, con verdad, nos unimos a aquel ladrón en su petición: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y todos hemos experimentado la gracia de las palabras de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora, ese ladrón que ha sido escuchado, acogido, amado, es el que hace suyas las palabras del salmista: “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”; verdaderamente en ti, Jesús, están los tribunales de justicia, las fuentes de la gracia, la casa de la paz. No dejemos, sin embargo, que sea él solo quien cante, pues si hemos hecho nuestras su confesión y su petición, ha de ser nuestro también su canto, ya que también para nosotros se ha pronunciado la palabra del Señor: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. En efecto, ahora estamos con el Señor en la asamblea santa, participando en el banquete de su reino. Hoy estamos con el Señor, pues escuchamos su palabra y le recibimos en santa comunión.

“¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”

Jesús, cuántos son los crucificados que no te conocen y tienen necesidad de ti. También para ellos son tus palabras de Rey que ofrece, con su justicia, su paz. Todos son llamados a tu reino. Tu Iglesia anhela que todos te conozcan, que tengan ya ahora el consuelo de tu palabra, que todos puedan cantar la alegría de haberte conocido y haber entrado en tu reino.

¡Ven, Señor Jesús!

¡Venga a nosotros tu reino!

El Señor llega:

lampara-aceite-300x286Hemos llegado a los últimos días del Año Litúrgico, y no nos sorprende que la palabra de Dios proclamada en nuestra celebración dominical parezca poner también delante de nuestros ojos los tiempos últimos de la historia de la salvación, de la que el Año Litúrgico es una imagen sacramental. Vosotros sabéis, sin embargo, que la palabra de Dios, aunque referida al pasado más remoto o al futuro más lejano, proyecta siempre su luz sobre el presente, es decir, sobre nuestra celebración de hoy y sobre nuestra vida.

Guiados por la palabra de Dios, intentaremos acercarnos a la verdad de la celebración y a la verdad de la vida, a lo que somos y a lo que esperamos ser.

Unidos en una sola voz, formando un solo cuerpo, hemos orado, diciendo: “El Señor llega para regir la tierra con justicia”.

¿Quién es el que ora? ¿De quién es esa única voz? ¿Quién forma ese único cuerpo? En la unidad de la oración he podido distinguir con nitidez, junto a la voz del salmista, la voz de cada uno de vosotros, y también la voz de los desheredados de la tierra que han entrado con su pobreza en vuestras vidas. Son muchos los que para vosotros tienen un rostro concreto y un nombre, porque han llamado alguna vez a vuestra puerta. Son muchos, muchísimos más, los que entran en nuestra oración como un grito sin rostro y sin nombre, hombres y mujeres sin patria, sin documentos, sin raíces, moradores del sufrimiento y del hambre. He oído también resonar en nuestra asamblea, a una voz con la nuestra, la oración de los muertos: era la oración de una multitud de hombres y mujeres y niños sepultados por el desierto o devorados por el mar.

Y, sin embargo, nosotros con ellos, con los desheredados de la tierra, hemos orado, diciendo: “El Señor llega para regir la tierra con justicia”. Las palabras de nuestra oración, nacidas al calor de la fe, estaban tan empapadas de esperanza, y llenaban el corazón de gozo tan grande que hemos sentido necesidad de invitar la creación entera a participar en nuestro himno de alabanza al Señor: “Tocad, suenen los instrumentos, aclamad, retumbe el mar, aplaudan los ríos, aclamen los montes”.

¿Dónde se fundamenta nuestra esperanza? ¿De dónde brotan los gozos? ¿De dónde nace nuestro canto? Habíamos oído la palabra del profeta: “Llega el día”; y hemos orado, diciendo: “El Señor llega”. Llega el fuego, y quemará la paja. Llega un sol de justicia, y trae la salvación en las alas. Llega el Señor para regir la tierra con justicia. Vienen a la memoria las palabras de Jesús en la montaña: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”; dichosos, dice, bienaventurados, felices, porque Dios los saciará. El Señor que llega, él es el fundamento de la esperanza, el hontanar de los gozos, la razón de nuestro canto.

Hemos orado, diciendo: “El Señor llega para regir la tierra con justicia”, y la memoria de la fe puso delante de nuestros ojos el misterio inefable de la encarnación, y contemplamos a Cristo Jesús, buena noticia de Dios para los pobres, justicia de Dios para los oprimidos, libertad para los esclavizados, perdón para los pecadores, luz para los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. “El Señor llega para regir la tierra con justicia”, dijiste, y tu corazón se abrió para acoger, por la comunión, a Cristo que llega, buena noticia, justicia, libertad, perdón y

luz que viene a tu vida. “El Señor llega para regir la tierra con justicia”, dijimos, y pensamos en el día del Señor, cuando todo se hará definitivo y pleno: La comunión con Cristo, el evangelio, la justicia, la libertad, el perdón y la luz.

Un sueño: Que cada uno de nosotros sea para los pobres un signo de la llegada salvadora de Dios a sus vidas.

Un deseo: Que llevemos siempre a Cristo en el corazón.

Feliz domingo.

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C 

la-ofrenda-de-la-viudaQueridos: En este domingo, en el que la palabra de Dios nos acerca al misterio de la resurrección de los muertos, no esperéis de mí una reflexión sobre la naturaleza de este acontecimiento salvador o el significado que puede tener para cada uno de nosotros y para la comunidad eclesial. Sólo pretendo que podamos decir con verdad: “Creo en la resurrección de los muertos”, de modo que esta fe, no sea una ilusión proyectada sobre un futuro incierto, sino una luz que, iluminando el presente, nos ayude a discernir en cada circunstancia de la vida lo que es justo, lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es santo.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, en realidad estoy confesando el poder creador de Dios, la libertad de su amor infinito, la fidelidad del Rey del universo a su palabra, a sus promesas, a su alianza.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, confieso que el Señor se ha comprometido conmigo para librarme de la opresión del pecado y de mi servidumbre a la muerte.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, todo mi ser confiesa que mi Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Y porque he confesado lo que creo, he puesto sobre roca firme el fundamento de la esperanza, y puedo decir con verdad, como aquellos siete hermanos a quienes un rey inicuo amenaza con la muerte: Dios mismo nos resucitará; de él recibiremos multiplicado lo que en la vida nosotros le entregamos; de él recobraremos lo que ahora con violencia un rey malvado nos pueda arrebatar. Y porque confesamos lo que creemos, y esperamos lo que la fe nos promete, de la fe y la esperanza recibiremos la fuerza que necesitamos para guardar con fidelidad la ley del Señor.

Nosotros decimos: “Creo en la resurrección de los muertos”. Y es como si en el corazón de cada uno se hallase recogida toda la esperanza del salmista: “Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”. En realidad, aquel “creo en la resurrección de los muertos”, es nuestro modo de decir: “al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”.

Contemplad ahora, queridos, al salmista, a los siete hermanos que mueren por su fidelidad a la ley del Señor, a Jesús de Nazaret que está llegando al final de su éxodo de este mundo al Padre, y poned en el corazón y en los labios de cada uno de ellos las palabras del salmo con el que hemos orado, y sacad a la luz los tesoros de fe, esperanza y amor que cada corazón encierra.

“Escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, a la sombra de tus alas escóndeme”. Para el salmista, para los mártires, para Jesús, también para nosotros, ¡cuánta tensión y cuánta paz!, ¡qué cerca la muerte y qué cierta la vida! En verdad, Dios “nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza”.

“Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dice el salmista, el inocente injustamente acusado, que acude al tribunal de Dios, justo juez, y espera que en la mañana será admitido a su presencia. “Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dicen los mártires, los fieles del Señor dispuestos a morir antes que quebrantar su ley y su alianza, pues para ellos habrá una mañana de Dios en la que despertarán de la muerte a la vida, y recibirán de la justicia divina lo que les ha arrebatado la injusticia de los malvados. “Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dice Jesús de Nazaret, el inocente crucificado, y lo dice con palabras de Hijo que, sufriendo, aprende la perfección de la obediencia y la esperanza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. “Al

despertar, me saciaré de tu semblante”, decimos nosotros, y nuestra vida se ilumina entera con la luz de Cristo resucitado, y volvemos los ojos y el corazón hacia esa mañana de Dios, en la que, resucitados con Cristo, despertaremos del sueño de la muerte y se manifestará, también en nosotros, la gloria del Señor.

Queridos, vosotros sois el pueblo de los que siguen a Cristo resucitado y esperan que amanezca el día en que resucitaréis con Cristo. Mientras tanto, sois hombres y mujeres del domingo, que hacen comunión con Aquel a quien siguen, y en Él ya son, de modo misterioso y verdadero, lo que esperan ser.

¡Feliz espera! ¡Feliz domingo!

Un canto de esperanza:

947239_orandoantecruz“¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”

Pudieras pensar que ésas son palabras del esposo, del mismo que dice: “¡Toda eres bella, amada mía, no hay defecto en ti! ¡Ven del Líbano, esposa, ven del Líbano, acércate!… Me has robado el corazón”.

Pudieran ser por la misma razón palabras de la esposa: “Yo soy de mi amado, y él me busca con pasión. Ven, amado mío, salgamos al campo, pernoctemos entre los cipreses; amanezcamos entre las viñas… allí te daré mis amores”.

Pero son palabras de Job, palabras que ahondan sus raíces en la tierra atroz del sufrimiento humano, son palabras del hombre que, sentado en el polvo, experimenta que “Dios le ha hecho daño y que lo ha copado en sus redes, le ha vallado el camino para que no pase, le ha velado la senda con densa oscuridad”.

“¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”: Son palabras de un hombre que implora piedad de sus amigos, porque “lo ha herido la mano de Dios”.

Pero su canto de esperanza no es para los amigos por su piedad, sino para Dios por su inquebrantable fidelidad: “Yo sé que mi redentor vive”, y desfallezco de ansias por encontrarme con él.

Ése es el canto que resuena silencioso en los caminos de los emigrantes, en la no patria de los desterrados, en el corazón de los que habitan en tierra y sombras de muerte. Ése es el canto misterioso de los pobres, de los amados de Dios. Ése es el canto de los que mueren en la fe, ése es tu canto, Iglesia esposa de Cristo: un canto de esperanza, que ahonda sus raíces en el amor eterno de tu Redentor.

Y el Señor dijo que el cielo era de los pobres:

todos-los-santosHoy, la Iglesia que peregrina en la tierra, vuelve los ojos a la Iglesia del cielo, a la ciudad de los santos, para celebrar la gloria de sus hermanos, contemplar lo que espera alcanzar, y unir a la alabanza de Dios que resuena en las moradas eternas el canto de alabanza que resuena festivo en la asamblea eucarística.

La fiesta de Todos los Santos remite al cielo: a la dicha que es Dios, al consuelo que viene de él, a la tierra nueva que él ha preparado para sus hijos.

Remite al cielo, pero no nos aparta de esta tierra nuestra, del tiempo que nos ha tocado vivir, pues aquella dicha, aquella consolación, aquella tierra, aquella herencia, aquel reino, son para los pobres: para los que ahora lloran, para los que aquí son sufridos, para los que en esta tierra tienen hambre, los que han hecho de la misericordia su forma de vida, los que tienen corazón de niño y se han puesto a la tarea de construir la paz.

En la Eucaristía, en la palabra de Dios que escuchamos, en el Cuerpo de Cristo que recibimos, se unen el cielo que esperamos y la tierra en la que caminamos. Hoy, en el misterio de nuestra celebración, el reino de los cielos y los pobres se abrazan, el consuelo divino y las lágrimas humanas se besan. Hoy, en la comunidad eclesial, los hambrientos se sientan gozosos a la mesa que Dios ha preparado para ellos.

El cielo es de los pobres. La Eucaristía también. La Iglesia también.

Feliz domingo.

“Convertíos y creed en el evangelio”: 

siluetas-de-ninos-jugando-al-atardecer_1150-456Lo consiguió el fariseo de la parábola, y lo conseguimos también nosotros: presumir de justos y no estar justificados, presumir de ortodoxia y no ser de la verdad, presumir de cristianos y dejar el evangelio fuera de nuestras vidas.

Hemos conseguido conjugar la fe en Cristo con la indiferencia ante los pobres, con la justificación de la violencia, con el desprecio del que no piensa como nosotros, con el odio a quien suponemos que representa un peligro para nuestros intereses.

Se pudiera pensar que hemos arrancado del evangelio algunas páginas: la del publicano y el fariseo, las del sermón de la montaña, la del rico necio, la del epulón indiferente… Pero se puede sospechar también que no hemos abierto todavía el libro, que todavía no nos hayamos puesto a la escucha humilde de Jesús de Nazaret, del que es el evangelio, del que habla en cada página del libro, del que vive en medio de la comunidad creyente… Se ha hecho urgente que nos preguntemos si hemos empezado a creer.

Lo más probable es que el fariseo se ofenda si se le dice que es engañosa su seguridad, que de nada sirve la justicia de la que presume, que su desprecio hacia los demás carece de fundamento, y que del templo, a donde había subido creyéndose justo, baja a su casa no justificado.

En una verdadera comunidad eclesial, toda pretensión de superioridad debería naufragar en la verdad de la propia vida, pues todos somos deudores, todos necesitados de la misericordia de Dios, todos acomunados en esa necesidad.

Odio, desprecio, violencia e indiferencia, que suelen formar el cortejo del propio enaltecimiento, destruyen en la comunidad eclesial la imagen de Cristo y son un escándalo permanente para los pequeños en la fe.

Sólo si te reconoces necesitado de salvación, reconocerás en el Señor a tu salvador, sólo así te gloriarás en el Señor tu Dios, sólo así su alabanza estará siempre en tu boca.

Sólo si te reconoces necesitado de salvación, Cristo podrá ser el centro de tu vida, y su Iglesia será para ti la comunidad de los pobres que él ha evangelizado.

El domingo –el Día del Señor- nos recuerda que “Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo consigo”. Sólo quien se acoge con humilde insistencia a la compasión de Dios, bajará a su casa reconciliado, justificado.

Feliz domingo a todos los pecadores.

Fe contra el mal: 

amoracristoHoy en Tánger sopla con fuerza el viento, llueve y hace frío.

Y viene al pensamiento Beliones, los chicos de aquel bosque donde no hay protección contra el frío, la lluvia y el viento.

Esta vez el coche sube lleno de plásticos y de mantas.

Pero en Beliones, además de los proscritos necesitados de protección, acampaban las fuerzas del ejército con la misión protocolaria de impedir que se le ofrezca.

La legalidad había declarado la guerra a los pobres y cercado sus míseros campamentos. Asombra ver a un ejército desplegado para que los pobres no tengan pan y tengan frío.

La tarde de Beliones se me hizo por dentro un clamor de ira y de fe.

El mal se me apareció como un monstruo, un poder sin nombre que se burla de la justicia –ignora los derechos del hombre- e impide el ejercicio de la caridad.

Todo mi ser se presentó en rebeldía delante de Dios: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?” Y dado que mi fe callaba, me respondió la fe de los emigrantes: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”. Ellos, a su manera, aun sin conocer las palabras del salmo, las han pronunciado muchas veces en mi presencia: “Dios nos ayudará”; “confiamos en Dios”…

Los que “se hacen llamar bienhechores” de las naciones, lo que ejercen la autoridad sobre ellas, pueden privar de pan y de abrigo a los pobres, pero no pueden quitarles la fe. Y eso quiere decir que el mal está vencido aunque parezca un monstruo vencedor. Furgonetas, hombres y armas desplegados en los claros del bosque son la evidencia de su fracaso.

Para ser más fuertes que un ejército, más fuertes que el frío, la lluvia y el viento, más fuertes que el hambre y las enfermedades, más fuertes que la desdicha y la muerte, a los pobres les basta la fe. Esa fe mantiene en alto los brazos para la lucha. Esa fe hace perseverante la palabra que reclama justicia. Esa fe mueve montañas.

Y si todavía me pregunto: “¿de dónde me vendrá el auxilio?”, alguien -¿el salmista?, ¿los emigrantes?, ¿la comunidad eclesial?, ¿mi propio yo?, ¿Cristo resucitado?- pronunciará un oráculo de respuesta a la pregunta: “No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal”….

Y el que ha cruzado la frontera del enigma, añadió: ¡Dios les hará justicia sin tardar!

Feliz domingo.

Eres tú, hermano mío: 

Jesus pan de vida2Hoy aclamamos al Señor, diciendo: El Señor revela a las naciones su justicia.

Y si alguien nos preguntase, qué significa nuestra aclamación, con el salmista le responderíamos: El Señor ha hecho maravillas, el Señor ha dado a conocer su victoria, el Señor se acordó de su misericordia y su fidelidad a favor de su pueblo, y así, el Señor ha revelado a las naciones su justicia. Por eso, todos nosotros, y con nosotros la tierra entera, hemos sido convocados a una asamblea de fiesta en presencia del Señor: Cantad un cántico nuevo, aclama al Señor, gritad, vitoread, tocad.

Hemos oído la voz del salmista, y al unísono con él nos ha convocado a la alabanza la voz de Naamán, el leproso que ha conocido la justicia del Señor cuando, obedeciendo a la palabra de Dios, bajó y se bañó en el Jordán, y vio que su carne quedaba limpia de la lepra. Él ha conocido la justicia del Señor, y ya no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro dios que no sea el Señor; ya no cantará si no es para el Señor; ya no aclamará si no es al Señor; ya no habrá para él vítores ni fiesta si no es en honor del Señor.

Hemos oído también la voz del del leproso samaritano. Diez leprosos habían salido al encuentro de Jesús; los diez se acogieron a la compasión de Jesús; los diez, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, un samaritano, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este samaritano no grita porque está curado, sino porque Dios lo ha curado. No alaba porque está limpio, sino porque Dios le ha revelado su justicia. No grita porque se ve puro, sino porque Dios se le ha manifestado como el único Dios. Y no se postra por tierra a los pies de Jesús porque ha estrenado salud y condición social, se postra porque está agradecido. Diez fueron curados; uno solo es el que alaba. Diez fueron purificados; uno solo es el que agradece. Diez fueron agraciados, pero es uno solo el que vuelve a su casa salvado por su fe.

Hemos oído la voz del salmista, y a esa voz hemos unido nuestras voces, pues también a nosotros se nos ha revelado la justicia del Señor. Eres tú, hermano mío, el que hoy ha escuchado la palabra del Señor, y porque has creído, has quedado justificado, purificado, agraciado, redimido, salvado. Eres tú el que hoy ha salido al encuentro de Cristo y ha pedido asilo en su compasión. Y él te ha dado asilo en su Cuerpo, en su justicia, en su pureza, en su santidad, en su vida. Sólo pediste compasión, tal vez sólo pedías una palabra de consuelo, tal vez lo único que esperabas era una limosna que aliviase tu necesidad, tal vez sólo pedías calmar tu soledad y tu sufrimiento. Y él se hizo para ti compasión y consuelo, limosna y salvación.

En verdad, el Señor revela a las naciones su justicia. Sólo le pediste algo, y se te dio él mismo, por entero. Ahora ya sabes que no te perteneces, que ya no puedes ser tuyo, que ya no puedes vivir para ti, sino para él, que por entero se te entregó. Ahora ya sabes que no puedes dar culto a otro que no sea el que te amó y te purificó. Ahora ya sabes que tú estás limpio porque él, Jesús, el Maestro, se quedó con tu lepra, con tu pobreza, con tu soledad, con tu sufrimiento, y los llevó sobre su cuerpo con obediencia de Hijo. Ahora ya sabes que la tierra de tu ofrecimiento no puede ser otra que esa tierra de Dios que es Cristo Jesús: en él ofreces tu sacrificio, en él alabas, en él das gracias, en él amas, con él te ofreces al Padre del cielo, al único Dios verdadero.

Vuelve, samaritano, vuelve y grita tu alabanza porque Dios te ha curado; vuelve y, postrado a los pies de Jesús, da gracias al que te ha purificado; vuelve y, con tu alabanza y tu agradecimiento, da gloria al Dios de tu salvación.

Desde que Cristo llevó en su cuerpo la lepra del hombre, si te encuentras con un leproso, te encuentras siempre con Cristo: ámalo, cúralo, acógelo en tu ternura y en tu compasión.

Feliz domingo.