¡Si tuvieseis fe! 

b56fef34ce6c20943695b82138e90a45Queridos: Cada domingo nos reunimos para celebrar la pascua del Señor, porque la fe nos mueve y nos convoca. Cada domingo se proclama en nuestra asamblea la palabra del Señor, y la fe le abre las puertas de nuestra vida para que la guardemos en el corazón y la cumplamos. Cada domingo nos entregamos con Cristo sobre el altar de su obediencia filial, porque la fe nos une al Hijo de Dios en el misterio inefable de su entrega. Cada domingo se nos ofrece en comunión el Cuerpo del Señor, ¡y es la fe quien nos acerca a la mesa de este sagrado banquete!: Por la fe recibo al que se me entrega y me entrego a aquel a quien recibo. Si nuestro domingo no estuviese iluminado por la fe, nuestra vida no quedaría iluminada por el domingo. Podemos identificarnos como hombres y mujeres del domingo, sólo si somos hombres y mujeres de fe.

Hoy, sin embargo, la palabra de Dios nos invita a adentrarnos en el mundo de la fe como si no la tuviésemos. En efecto, habéis oído decir: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza”. Y nosotros –urgidos por la vida, apremiados por la violencia- con sencillez y firmeza propias de la fe, interrogamos a Dios sobre su fidelidad: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué?…

Si escuchas la voz de Abel, oirás el grito de su sangre que llega a Dios desde la tierra. Lo oyes, lo reconoces y sabes que ese grito, el de tu hermano, es el grito de tu propia sangre, y por eso hoy, con toda verdad, con la misma fuerza de la sangre de Abel, eres tú quien pregunta a tu Dios: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué?… Y la palabra de la revelación te recuerda que Abel, tu hermano, por la fe ofreció un sacrificio superior al de Caín, por la fe recibió de Dios testimonio de su rectitud, por la fe, estando muerto, habla todavía (cf. Heb 11, 4).

Hoy has escuchado la voz del profeta: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué?… En realidad, era el grito de su pueblo lo que acabas de oír, era la voz de sus hermanos, la voz de tus hermanos, ahora también tu propia voz: ¿Hasta cuando, Señor, pediré auxilio sin que me escuches; te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves? Y la palabra de la revelación te recuerda: “El justo vivirá por su fe”.

Escucha la voz de Jesús de Nazaret: “Mi alma está triste hasta el punto de morir… ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (Mc 14, 34. 36). “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Es la voz del Hijo eterno de Dios que ha querido hacerse Hijo del Hombre, y por eso mismo, es la voz de la humanidad entera: Es la voz del que no tiene un techo que le cobije, del que no tiene una familia que le acoja, del que no tiene un trabajo que, con el pan, le dé dignidad y libertad. Es la voz del discapacitado, del marginado, del despreciado, del olvidado, del expoliado, del oprimido. Es la voz del refugiado, del emigrante. Es la voz del hombre, es también tu voz. Y la palabra de la revelación nos recuerda, también hoy, la luz que ilumina la mañana del primer domingo: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado –el discapacitado, el marginado, el despreciado, el olvidado, el expoliado, el oprimido, el refugiado, el emigrante-. Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6).

Nosotros hemos preguntado: “¿Hasta cuando gritaré, sin que me salves? Y el salmista, con la sabiduría de la fe, nos ha invitado a cantos de victoria: “Demos vítores a la Roca que nos salva”.

Nosotros hemos preguntado: “¿Hasta cuando gritaré, sin que me salves? Y la palabra del Señor, con la certeza de su promesa, nos ha fundamentado en la esperanza: “Vive con fe y amor cristiano”; y, al mismo tiempo, nos ha amonestado: “no endurezcáis el corazón, porque el Señor es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo”.

Nosotros hemos preguntado: “¿Hasta cuando gritaré, sin que me salves? Y el Señor, siempre fiel, nos invita a fijar la mirada de la fe en Cristo Jesús: Su nombre es «El Señor es salvador». Su palabra es luz que nos ilumina. Su Cuerpo es medicina de inmortalidad para nuestras heridas. Su amor es nuestra justicia.

Jesús es todo lo que el Padre Dios nos puede dar, y es más, mucho más, de lo que nosotros nunca pudiéramos pedir ni imaginar.

Vive con fe, hermano mío, porque tu fe, aunque pequeña como un granito de mostaza, tiene la fuerza de plantar en el mar desgracias y trabajos, violencias y catástrofes, luchas y contiendas.

Vive con fe, porque el Señor es tu Dios, todo está en su poder, y su fidelidad es eterna.

Vive con fe, y no olvides, aunque sometido a prueba, lo que en esta misma Eucaristía puedes experimentar: “¡Bueno es el Señor para el que espera en él, para el alma que lo busca!”. Tú le buscas, y encuentras al que desde siempre te buscaba. Tú le llamas, y responde el que desde siempre te llamaba. Tú esperas en él, y en Cristo se te ofrece toda la bondad de Dios.

Feliz domingo.

Un salmo para mendigos de justicia: 

liturgia1Habéis escuchado la lectura del profeta y habéis oído un “¡ay!”, que resonó en vuestro interior como una amenaza para los que “se fían de Sión”, para los que “confían en el monte de Samaria”, para quienes hacen de la riqueza un dios al que entregarse, para quienes banquetean y no ven al hambriento, para quienes derrochan sin reparar en el que nada tiene, para todos los huéspedes del egoísmo, que han exiliado de la propia vida la justicia de la misericordia.

Habéis oído también una predicción: Los que ahora os acostáis, coméis, canturreáis, inventáis instrumentos, bebéis, os ungís ¡y no os doléis con el dolor del que sufre!, iréis al destierro, iréis a la cabeza de los cautivos.

Hemos oído un “¡ay!”, que es una predicción de lamentos, una amenaza, y, sin embargo, en nuestra asamblea, aclamamos diciendo: “Alaba, alma mía, al Señor”. La palabra amenaza ¡y nosotros alabamos!

El que alaba no es el que lleva una vida disoluta, sino aquel a quien auxilia el Dios de Jacob. Para el disoluto, la riqueza es su dios, y ¡banquetea! Para el creyente, Dios es su riqueza, y ¡alaba!

Deja en los labios de Lázaro, el mendigo las palabras de tu alabanza; allí se llenan de verdad, adquieren un sentido que sólo aquel mendigo les puede dar: “Alaba, alma mía, al Señor”.

Vuelve los ojos al mendigo Jesús, echado en el portal de la humanidad -los suyos no le recibieron-, cubierto de llagas -los suyos le hirieron-, sediento de mí y de ti –le ofrecimos vinagre-; vuelve los ojos al mendigo muerto y resucitado, muerto y glorificado, muerto y enaltecido hasta la derecha de Dios; vuelve los ojos a Cristo y escucha las palabras de su canto, acércate a la verdad de su poema: “Alaba, alma mía, al Señor. Él me hizo justicia, él me sació de pan, él me dio la libertad… “.

Si has escuchado el canto de Cristo resucitado, has escuchado las palabras de tu propio canto, ya que tú, que has muerto con Cristo, con él has sido sepultado, con él has resucitado, con él estás sentado a la derecha de Dios en el cielo.

Cristo dice con verdad: “El Señor me hizo justicia”, ¡y ésa es, Iglesia cuerpo de Cristo, la verdad de tu canto! Cristo dice con verdad: “El Señor me sació de pan”, y ¡ésa es, Iglesia esposa de Cristo, la verdad de tu confesión! Cristo dice con verdad: “El Señor me dio la libertad”, y ésa es la verdad de nuestra alabanza: ¡Su salmo es nuestro salmo, su verdad es nuestra verdad, porque somos de Cristo y estamos en él!

Porque eres de Cristo y vives en Cristo y mueres con Cristo, tú alabas al Señor; mientras el lamento se cierne sobre los que son de la riqueza y mueren en ella. Tú alabas al Señor, porque has conocido su amor, mientras el infierno se apodera de los que no aman.

Y ya que te has asomado al abismo del amor que Dios te tiene, imita ese amor, imita al que te hace justicia, al que quiso ser para ti pan y libertad.

UNA CELEBRACIÓN ESPECIAL: Hoy, en acción de gracias por la canonización de la Madre Teresa de Calcuta, celebraremos en la iglesia catedral una misa estacional. El corazón de esta comunidad eclesial aprende cada día a latir al ritmo del corazón de Jesús de Nazaret, al ritmo de la caridad que es Dios. Hoy nos fijamos en la Madre Teresa, y ya no queremos apartar de nuestra mente su imagen entrañable que a todos habla de amor a los que no cuentan, a los excluidos, a los olvidados, a los predilectos de Dios.

Feliz domingo.

Recuerda tu nombre para no olvidar el de Dios: 

b56fef34ce6c20943695b82138e90a45Queridos: La palabra de la revelación nos ayuda a acercarnos al misterio inefable de la relación de Dios con los pecadores, es decir, con nosotros.

¿Quién sois vos, Señor, y quién soy yo? Poco o nada podrá conocer del infinito amor de Dios –no sabrá responder a la pregunta “¿quién sois vos, Señor?”-, quien no haya experimentado la pobreza de la propia condición –quien no haya respondido con verdad a la pregunta “¿quién soy yo, Señor, delante de tus ojos?”-.

La palabra de la revelación, con figuras diversas, nos acerca hoy a la verdad de nosotros mismos, hombres y mujeres que de muchas maneras nos hemos desviado del camino que el Señor nos ha señalado, creyentes marcados por la culpa, impuros por el delito, manchados por el pecado.

Y la misma palabra nos acerca a la verdad de Dios, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios fiel a sus promesas, aquel cuyo nombre es misericordia y bondad, gracia, fidelidad y compasión.

Guarda siempre en tu memoria tu nombre de pecador, de modo que nunca olvides el nombre santo de tu Dios. Recuerda siempre tu miseria, de modo que no nunca olvides su misericordia. Recuerda tu pecado y la dureza de tu corazón, de modo que no olvides su gracia y su ternura.

En efecto, el Dios santo, justo y fiel, por el amor con que nos amó a nosotros pecadores injustos e infieles, nos dio a su Hijo único, para que, por la fe en él, recibiésemos gracia sobre gracia y tuviésemos vida eterna. El Hijo de Dios vino al mundo para salvar a los pecadores, y nosotros somos los pecadores a quienes el Hijo de Dios vino a salvar. Él es aquella mujer que enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta que encuentra su moneda perdida, hasta que me encuentra, como si yo fuese su única moneda. Él es aquel dueño de las cien ovejas que deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada hasta que la encuentra; y cuando te encuentra, hermano mío, te lleva sobre sus hombros, muy contento, como si tú fueras su única oveja.

Si recuerdas el nombre de Jesús, recuerdas que Dios te busca, y sabes que, si te encuentra, hay alegría entre los ángeles del cielo porque se ha llenado de alegría el corazón de Dios.

Si recuerdas el nombre de Jesús, sabes que Dios es tu Padre y que, mientras tú estás todavía lejos de él –tan lejos que no podrías acercarte a él si él no se acercase a ti-, tu padre te ve y se conmueve, y corre a tu encuentro y te abraza y te besa, y manda preparar un banquete y hacer fiesta, porque estabas perdido y te ha encontrado, estabas muerto y has vuelto a la vida.

Si recuerdas el nombre de Jesús, recuerdas la misericordia de Dios que te visita, la gracia de Dios que te santifica, la fidelidad de Dios que te justifica, el amor de Dios que te salva.

Pero hoy, hermano mío, no sólo pronuncias el nombre de Jesús y traes a la memoria cuanto ese nombre significa, sino que te encuentras realmente con tu salvador y redentor, escuchas verdaderamente su palabra que te ilumina, y recibes su Espíritu que congrega en la unidad a todos los que participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

Y si es Jesús quien hoy te encuentra, hoy te has encontrado con la misericordia de Dios, hoy te ha rodeado la bondad de Dios, hoy te has sumergido en la compasión de Dios, hoy te ha visitado la santidad de Dios, hoy has sido renovado por dentro y te han dado un corazón nuevo, un espíritu nuevo.

“¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se acogen a la sombra de tus alas”.

Queridos: Sólo desde la verdad de un corazón quebrantado y humillado puede subir hasta el Señor la verdad de nuestro sacrificio. Sólo si el Señor nos ha abierto los labios con su misericordia, nuestra boca proclamará con verdad su alabanza. Haced que hoy sea verdad vuestro sacrificio, vuestra alabanza, y con ellos, sea también verdad la alegría de Dios por vosotros.

¡Feliz domingo!

El futuro está… en el odio: 

jesus_feet2Jesús lo dijo así: “Si uno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

Los responsables de la versión litúrgica del texto, al transformar un explícito «odiar» en un supuesto «posponer», han rendido un homenaje impensado a la radicalidad hiriente del evangelio.

Me quedo con lo que hiere, “odiar”, porque en esa acción escandalosa vio Jesús una norma para discernir entre quienes se acercan a él por casualidad, por curiosidad, por beneficiarse de su poder, por conocer su doctrina, y quienes optan por ser de verdad sus discípulos.

El evangelio no me pide que odie al enemigo, sino que odie lo que amo, lo que más amo, desde mi padre y mi madre hasta mi propia vida.

Algo dentro de mí va diciendo que ese odio es todo amor. Algo me dice que mi padre y mi madre, por amor, odiaron la propia vida para proteger la mía. Algo me dice que los mártires de la fe, por amor, odiaron la propia vida y la entregaron a Cristo Jesús y a quienes los martirizaban. Algo me dice que Jesús de Nazaret, por amor, odió su vida para que yo pudiese vivir. Algo me dice que la Eucaristía, sacramento del amor que Dios nos tiene, es al mismo tiempo sacramento del odio que se nos exige, pues en este divino misterio se nos entrega por entero quien nos ama, y sólo si nos odiamos para amar, sólo si renunciamos a poseernos y nos damos a quienes amamos, podremos ser en verdad discípulos de aquel a quien nos hemos acercado en la comunión.

Bajo esta luz se puede releer la carta de Pablo a Filemón: “Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo… Te lo envío como algo de mis entrañas… Quizá se apartó de ti para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor, como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, ¡cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano!” Es como si el apóstol estuviese diciendo a su amigo: «Odia y ama», «ódiate a ti mismo y ama a tu esclavo». Ese odio que libera al hombre para el amor, es condición de futuro para el que ama, para el que es amado y para el mundo. Paradojas del amor: El futuro está… ¡en el odio!

«Ven, Señor Jesús»

jesus_handtCada día, al comenzar la oración de la Liturgia de las Horas, la comunidad eclesial repite una súplica apremiante: Dios mío, ven en mi auxilio. Al decir, “ven”, el orante bíblico pedía la irrupción de la divinidad en su historia, en su contexto vital.

Sobre el hombre vienen, sin que él los llame, el temor y el terror, la desgracia, el sufrimiento y la muerte. De ahí la apelación del creyente al Dios de su vida: “Ven, date prisa en socorrerme”. Con Dios vendrá la misericordia y la compasión, la luz y la alegría, el auxilio y la liberación, el juicio y la salvación. Si él viene, vendrán todas las naciones; él las reunirá; vendrán para ver la gloria del Señor.

Habéis oído lo que dice el Señor: “Yo vendré para reunir a las naciones”. Mientras lo oíais, evocabais el misterio de la encarnación, por el que Dios ha visitado y redimido a su pueblo; recordabais la vida de Jesús de Nazaret, enviado por el Padre a las ovejas perdidas de la casa de Israel; pensasteis en la entrega del Señor, en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo Jesús, de quien el evangelista Juan dice que “murió para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Mientras oíais la palabra del Señor que decía “Yo vendré”, hacíais memoria de su venida a vuestra vida. Él os visitó en el bautismo para hacer de vosotros criaturas nuevas, una humanidad nueva de la que Cristo era el Primogénito, el primero de muchos hermanos. Él os visitó para ungir vuestro cuerpo y vuestro espíritu con óleo de alegría y hacer de vosotros los “ungidos-cristos de la nueva alianza”, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes. El que había dicho: “Yo vendré”, os visitó con la unción de su Espíritu Santo para enviaros a evangelizar a los pobres. El que había dicho: “Yo vendré”, viene hoy a nuestra vida, nos visita con su palabra en esta celebración eucarística, nos visita con su Hijo, a quien acogemos por la fe cuando acogemos, escuchando, la palabra de Dios y cuando acogemos, comulgando, el cuerpo y la sangre del Señor.

El que había dicho: “Yo vendré”, dijo también: “Las naciones vendrán”. Y os contáis a vosotros entre los que el Señor ha convocado de entre todas las gentes, para que fueseis su Iglesia una, su Iglesia sin fronteras, su Iglesia católica, el pueblo de su heredad, la asamblea convocada por la fuerza de su gracia, por la fidelidad del Señor a sus promesas, por la misericordia del que es misericordia. Él dijo: “Las naciones vendrán”, y vosotros habéis venido, habéis acudido hoy a la casa del Señor, al banquete de bodas del cordero, a la cena pascual de la Nueva Alianza, a la presencia del que os ha llamado porque es fiel.

Habéis oído la palabra de Dios, y vuestro corazón se llenó de gozo por lo que ya contempláis cumplido en la Historia de la Salvación, en la vida de vuestra comunidad de fe, y en la vida de cada uno de vosotros.

Sin embargo, también halláis en vuestro corazón, junto con la certeza de la esperanza en los bienes que el Señor os tiene reservados, la nostalgia de la manifestación definitiva de la gloria de Cristo nuestro salvador. Pues, siendo mucho lo que la fe nos permite conocer y gozar como ya cumplido, es también mucho, muchísimo, lo que esperamos ver consumado en el futuro, en el último día, en el día de la manifestación gloriosa de Cristo Jesús. Por eso, agradecemos lo que hemos recibido, damos gracias por lo que se nos ha manifestado, confesamos nuestra fe en la última venida del Señor en su gloria, la preparamos con el ardor de la caridad y la fuerza de la oración.

En la historia, en el tiempo, en este tiempo nuestro, se está haciendo realidad ese sueño de Dios que el profeta Isaías nos contó con las palabras de su mensaje: la misericordia de Dios y su fidelidad alcanzan a todos los pueblos, y de todas las naciones llega hasta Dios un canto de alabanza. Es como si por todos los caminos de la casa del Padre estuviesen llegando, no un único hijo que se había perdido, sino caravanas ininterrumpidas de hijos, que vienen días tras día, llenan de alegría el corazón del Padre, y llenan de música la sala de su banquete de fiesta.

Vosotros, queridos, sois los mensajeros que él envía para convocar a los ausentes. Con vosotros va el que os envía. Id al mundo entero, proclamad el Evangelio, llenad el mundo con la luz de Cristo, trabajad para que se llene de comensales la casa del Padre, llenad el cielo de alegría, adelantad con vuestra fe y vuestro amor la venida del Día del Señor, el cumplimiento pleno del “sueño de Dios”. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Feliz domingo!

Contempla y escucha: 

EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

asuncion“Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”. Así empieza la misa de este día en que la Iglesia celebra la Asunción de la Virgen María.

Más que dirigidas a la mente para introducirnos en la liturgia festiva, las palabras de la antífona parecen dirigidas a la mirada interior del corazón para llevarnos a la contemplación del misterio que celebramos.

La figura que aparece en la visión es una mujer encinta: le ha llegado su hora y grita entre los espasmos del parto. Y mujer encinta es también la del relato evangélico, la que visita a Isabel en la montaña de Judea, en casa de Zacarías.

En la visión se desvela el misterio de un tiempo de parto y de desierto, de lucha y de victoria, de humildad y de bendición, un tiempo de salvación que llega con un saludo, un tiempo de alegría que se exhibe en la danza de un niño, un tiempo de promesas que se cumplen porque tú has creído y porque tu Dios es fiel.

En aquella figura de mujer se te ha concedido admirar, Iglesia santa, ese portento de gracia y santidad que es la Madre del Señor, la Asunta al cielo, y asomarte al mismo tiempo a la hondura insondable de tu propio misterio.

“Escucha, hija, inclina el oído” –te dice el salmista-, “escucha”, porque la voz escuchada guiará tu mirada para que puedas penetrar en el corazón de la verdad.

En la contemplación de la figura celeste, te ves mujer, frágil en tu preñez y amenazada en tu parto; en la escucha de la palabra, el salmista te recuerda que eres reina, que eres hermosa, y que Dios se ha enamorado de ti: “Prendado está el rey de tu belleza; póstrate ante él, que él es tu Señor”.

En la contemplación, te ves fugitiva en el desierto, como ejército que se esconde derrotado; en la escucha, una voz que llega desde el cielo anuncia a tus hijos la victoria: “Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías”.

En la contemplación, te ves esclava del Señor y sierva de sus siervos; en la escucha, el Espíritu, a voz en grito, te saluda: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

Contempla, escucha y proclama con la Virgen María la grandeza del Señor “porque ha mirado la humillación de su esclava”. Llevando a Cristo en tu seno por la comunión, contempla, escucha y proclama: “Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Reconociendo que la Virgen, Madre de Dios, asunta al cielo, es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada, admira en ella lo que esperas para ti, goza contemplando en ella lo que un día serás, y por ella y por ti, alégrate hoy con los ángeles y alaba al Hijo de Dios.

La noche es tiempo de muerte y resurrección 

images.jpgpr4ayerLa liturgia de la palabra del domingo pasado nos ayudó a entrar en el misterio de la noche del pueblo de Dios, considerada como tiempo de salvación, tiempo para vivir de fe, con esperanza, en el amor.

Hoy, guiados por la palabra del Señor, volvemos a entrar en esa noche de gracia y de liberación, considerada ahora como tiempo de contiendas y divisiones, de pleitos y condenas, de cruz y de ignominia. A nosotros, como a Jeremías, como a Jesús, el príncipe de este mundo nos arroja una y otra vez al aljibe sin agua; también nosotros, como el profeta y como Jesús, nos hundimos en el fango; y, como ellos, somos liberados de la charca fangosa. En esta celebración eucarística, nosotros, con Jesús, entramos de verdad en la hora deseada y amarga de su bautismo, pues en esta celebración se hace manifiesta nuestra comunión con Cristo Jesús: aquí morimos con Cristo, aquí resucitamos con él.

Hoy, con Jeremías y con Jesús, con el salmista y con todo el pueblo santo de Dios, hemos orado, diciendo: “Señor, date prisa en socorrerme”. Nuestra oración ha sido apremiante, imperativa, le hemos puesto prisa a la quietud eterna de Dios, porque nosotros tenemos prisa, porque nos urge alcanzar auxilio, porque, con Jeremías y con Jesús, somos nosotros los amenazados por el lodo en el fondo del aljibe, en la charca fangosa, en la fosa fatal. Hoy, nuestra oración no es una súplica susurrada desde la quietud, sino un grito lanzado desde la tormenta, desde la contienda, desde la división, desde la cruz, desde la noche.

Dijimos “Señor”, y, al decirlo, pusimos nuestros pies en la firmeza de la roca; dijimos “Señor”, y, al decirlo, envolvió nuestra vida la certeza de la esperanza; dijimos “Señor”, y, al decirlo, confesamos con el corazón que él es nuestro auxilio y nuestra liberación.

Dijimos “date prisa en socorrerme”, y se nos concedió la gracia de recordar el misterio de nuestra comunión con Cristo Jesús, y en Cristo nos vimos, a un tiempo, entregados y liberados, muertos y resucitados. Dijimos “date prisa en socorrerme”, y nos vimos bautizados con Cristo en la muerte y encendidos con él en el fuego del Espíritu. Dijimos “date prisa en socorrerme”, y se nos concedió experimentar que, en el misterio de nuestra comunión con Cristo, somos el pueblo de la Pascua, el pueblo de los oprimidos en quienes el Señor se ha fijado, el pueblo de los pobres y desgraciados de quienes el Señor ha querido cuidar.

Vosotros lo sabéis, hermanos míos, que estando resucitados con Cristo, estáis todavía muriendo con él; como sabéis que, estando muertos con Cristo, estáis ya resucitados con él. Vosotros, como Jesús, amáis la vida y queréis entregarla por los demás. Vosotros, como Jesús, amáis la paz, y al mismo tiempo habéis de soportar, como él, sin miedo a la ignominia, la oposición de los pecadores.

En Cristo contempláis lo que el Padre Dios está haciendo con vosotros; en la verdad plena del misterio de Cristo, en su muerte y resurrección, en su Pascua, contempláis lo que vosotros estáis viviendo en la oscuridad de vuestra vida. En la Eucaristía ya comulgáis lo que un día seréis, pues el que estaba muerto comulga la resurrección y la vida, el que era esclavo comulga la libertad, el que caminaba en tinieblas comulga la luz. Y así, de modo misterioso y verdadero, hoy, en la Eucaristía, vosotros ya sois lo que comulgáis.

Quiere ello decir que vuestra experiencia de la noche, como lugar de ignominia y de cruz, de división y de contienda, es inseparable de vuestra experiencia de liberación y de resurrección, de unidad y de paz.

Por último, considera, hermano mío, que si Cristo continúa muriendo en ti que ya estás resucitado con él, continúa de modo muy especial su pasión en todos los excluidos, en todos los oprimidos, en todos los que por la codicia de los poderosos, por la avaricia de sus prójimos, por la indiferencia de los satisfechos, han sido arrojados al aljibe de un futuro sin esperanza: No le abandones en su pobreza sin pan, sin agua, sin vestido, sin libertad. Ilumina la noche de los pobres, pues Cristo ha iluminado para siempre la tuya con la luz de su resurrección.

¡Feliz domingo!

“La noche es tiempo de salvación”:

Jesus pan de vida2La palabra del Señor proclamada en la liturgia eucarística de este domingo remite de varias maneras a «la noche» como tiempo de realización de las promesas divinas, tiempo de salvación para los inocentes, tiempo de gloria para los elegidos, tiempo de gracia para que los fieles del Señor esperen en vela su llegada, la llegada de la misericordia, la llegada de la liberación.

La noche de la salvación es una noche habitada por hombres y mujeres de fe, hombres y mujeres que se han puesto en camino porque Dios los ha llamado, y saben que su Dios es un Dios fiel.

En la noche de la salvación sólo hallaremos pobres con esperanza, hombres y mujeres que han conocido con certeza la promesa de su Señor.

En la noche de la salvación Dios ha puesto su palabra, su promesa, su fidelidad, su lealtad. Y el hombre se mueve en esa noche iluminado por la fe, animado por la esperanza, apoyado en el amor de su Señor, que es para sus fieles auxilio y escudo.

Así, en la noche, en la fe, que es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, obedeció Abrahán a la llamada del Señor y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Abrahán se hizo peregrino en la noche, porque la fe en su Dios le dio la certeza de que llegaría un día en que él, Abrahán, anciano y sin descendencia, ya no sería capaz de contar el número de sus hijos, como ahora, en la noche, no era capaz de contar el número de las estrellas.

Así, en la noche, en la fe, que es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, velaron los hijos de Israel, aguardando el paso del Señor; velaron con la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano. Porque creyeron, velaron; porque creyeron, rociaron con sangre las jambas y el dintel de la casa; porque creyeron, comieron a toda prisa la pascua del Señor; porque conocieron con certeza la promesa de que se fiaban, pasaron de la esclavitud a la libertad.

Así, en la noche, en la fe, que es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, veló y obedeció Cristo Jesús; porque creyó, él se entregó en su noche a la voluntad del Padre para beber el cáliz; porque esperó, él se entregó libremente a su pasión, para destruir la muerte y manifestar la resurrección; porque creyó y esperó y amó, él se entregó con el perdón a los que lo crucificaban, y con infinita misericordia a todos los que con su sangre él redimía. Porque creyó, esperó y amó, Cristo Jesús entregó su vida en las manos del Padre, y a nosotros nos entregó su Espíritu para que fuésemos hijos según el corazón de Dios.

Así, en la noche, en la fe, que es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, han de velar los discípulos de Jesús. Los discípulos velarán sin temor en la noche, porque esperan el día en que se manifestará el Reino que el Padre les ha dado. Los discípulos velarán en la noche, ceñida la cintura y encendidas las lámparas, esperando la última Pascua, la venida del Hijo del Hombre, la liberación definitiva de los hijos de Dios.

Queridos, hemos considerado hasta aquí algo de lo que la palabra de Dios nos dice acerca de la noche como tiempo de salvación; pero no hemos dicho nada de nuestra Eucaristía ni de nuestra asamblea.

La Eucaristía de la comunidad cristiana es realización verdadera de la palabra de Dios que hemos escuchado.

A la Eucaristía, como a los caminos de la noche de la salvación, vienen los pobres que esperan el Reino de Dios, los oprimidos que esperan justicia, los pacíficos que esperan la manifestación de los hijos de Dios. En verdad, este tiempo de gracia de nuestra Eucaristía se halla habitado por pobres con esperanza.

En este tiempo de gracia, el Señor hace brillar delante de su pueblo la luz de Cristo resucitado, columna de fuego divino que acompaña en todos los caminos de la vida la peregrinación de los redimidos. En esta Eucaristía, los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecen a Dios el único

sacrificio agradable a sus ojos, el sacrificio de Cristo Jesús, sacrificio de obediencia ofrecido en la vida y consumado en la muerte del Señor. En este tiempo de gracia, los creyentes aguardamos confiados y esperanzados y vigilantes la llegada del Señor, para abrirle apenas venga y llame. En esta Eucaristía, en la verdad escondida de este admirable sacramento, nosotros somos aquellos siervos dichosos, a quienes el Señor, al llegar y encontrarnos en vela, se ciñe, nos hace sentar a la mesa, y nos va sirviendo, y es él mismo el que se nos entrega como pan de vida y bebida de salvación.

La Eucaristía que celebramos es siempre tiempo de salvación, noche de gracia, noche en la que el Señor fue entregado, noche en la él nos entregó su Cuerpo y su Sangre para el perdón de los pecados y para una alianza nueva y eterna con Dios.

La Eucaristía nos hace moradores de la noche de la salvación, peregrinos en los caminos de la fe, pues en la Eucaristía escuchamos la palabra que en la vida obedecemos; en la Eucaristía acogemos al Señor, de quien en la vida esperamos la llegada; y somos, en cada momento de nuestra vida, el pueblo que el Señor liberó en la Pascua sagrada, los siervos que el Señor sirvió en la santa comunión, los redimidos a quienes el Señor llamó para hacer con ellos una alianza de amor.

Este misterio de salvación que es la celebración eucarística y también nuestra vida, esta noche de gracia más luminosa que el día, anticipa en la experiencia sacramental el encuentro definitivo del Señor con su pueblo: “Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre cumpliendo con su tarea… Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”. Grande, muy grande es el don que recibimos. Grande, muy grande es la responsabilidad que asumimos. ¡Estad preparados!

¡Feliz domingo!

Necedad y prudencia: 

jesus_handLa parábola que escuchamos en el evangelio de este domingo no considera la desdicha última del rico, sino la necedad actual de su codicia.

Mientras el cántico al evangelio evoca la dicha de “los pobres en el espíritu, porque de ellos es –se dice que “es” ya, y no sólo que “será”- el reino de los cielos”, el evangelio evoca la figura de un hombre, cuyos campos habían producido una cosecha suficiente para muchos años, y piensa, en su necedad, que, si tiene bienes para muchos años, tendrá muchos años de vida para disfrutar de sus bienes.

La pregunta es: si somos pobres que viven ya en el reino de los cielos, o somos ricos todavía dedicados a acumular lo que no puede darnos la vida.

Confieso que ese hombre de la parábola me inspira una gran compasión, pues lo veo avanzar, como quien va a una fiesta, hacia un reino de nada.

Si nos fijamos en él, no podemos evitar la sensación de que, si cree en Dios, no se relaciona con él: ni para pedir, ni para buscar, ni para llamar, ni para agradecer, ni para bendecir… Nos queda la impresión triste de que ese hombre sólo habla consigo mismo, sólo se preocupa de su cosecha, y sólo aspira a disfrutar de lo que ha cosechado. Nos queda la impresión triste de que aquella cosecha es el único dios de aquel hombre.

Esa fe en los bienes –esa avaricia que es una idolatría-, suplanta fácilmente a la fe en Dios, a la fe que hoy nos convoca en asamblea santa para pedir, buscar, llamar, agradecer y bendecir. Somos muchos, sin embargo, los que en la comunidad cristiana pretendemos ser al mismo tiempo servidores del dinero y de Dios, pretensión que teniendo un objetivo imposible, nos lleva de hecho a ser, como el necio e la parábola, simples servidores del dinero.

Nuestra idolatría no es sólo negación de Dios: niega también con los hechos la resurrección de Cristo y nuestra resurrección con él.

En esta parábola nada se dice acerca de los pobres y de lo que podrían representar en la vida del rico. Intuimos, sin embargo, que, si aquel hombre, en vez de pensar sólo en la forma de almacenar sus bienes, hubiese pensado en la forma de hacer partícipes de ellos a los necesitados, hubiese entrado sencillamente en la categoría de los prudentes que, dando lo que es propio de la tierra, se procuran un tesoro en el cielo.

Feliz domingo.

Pedimos porque creemos, esperamos y amamos: 

Evening hope

Aquel día, de labios de Jesús, los discípulos aprendieron la oración de los hijos de Dios. Aquel día pidieron al Señor que les enseñase a orar, como Juan había enseñado a sus discípulos, y Jesús les enseñó a nombrar a Dios como lo hacía él en su oración. Aquel día, los discípulos aprendieron a decirle a Dios: “Padre”.

Y eso fue algo así como adentrarse, con una sola palabra, en lo hondo de Dios, en la verdad de ellos mismos, y vislumbrar asombrados el secreto de la relación del Hijo del hombre con su Dios.

Aquel día, Jesús les enseñó cómo entrar en el misterio y sumergirse en el abandono: les dio un nombre para llenar de paz el corazón, para soñar un mundo de hijos –de hermanos-, para añorar un Reino –el del Padre-, para ver una humanidad reconciliada por el amor compasivo Dios.

Aquel día, a los que aprendieron la palabra “Padre” para nombrar a Dios, se les reveló que, de la misma manera que Dios es “Padre” y lo es siempre, eso de orar, entiéndase eso de “pedir-buscar-llamar”, tampoco es algo que se haya de hacer por veces, sino que es la forma familiar que tienen los hijos de relacionarse con su “Padre”.

¡Lo que hay en casa es de los hijos! Y, sin embargo, todo se pide. “Pedir” es medicina eficaz contra la apropiación y condición necesaria para la gratitud. “Pedir” es lo que hacen los pobres, y en ningún lugar se ha dicho que los hijos de Dios, por ser hijos, hubiesen dejado de ser pobres: hijos y pobres son nombres de la misma realidad. “Pedir” es la forma que tienen de amarse unos a otros quienes viven en la casa de Dios, todos los que viven en la casa de Dios, ¡también el Padre!

“Buscar” indica preocupación por lo que se busca y supone afán por encontrarlo, por crearlo, por instaurarlo. El objeto de nuestras preocupaciones, de nuestros afanes, de nuestra oración, viene definido por el conocimiento que se nos ha dado de Dios como Padre: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. La fe entiende que este buscar es de todo tiempo y lugar como lo es nuestro pedir.

Y constante habrá de ser también nuestro “llamar”, pues al Padre no se le posee sino que se le espera, no se le utiliza sino que se confía en él.

De ahí la certeza de que “quien pide, recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá”.

“Pedir-buscar-llamar”, son verbos que conjugan la confianza incondicional de los hijos en el amor incondicional del Padre.

Feliz domingo.