ASCENCIÓN DEL SEÑOR

ascensi_n_del_Se_orFiesta de la esperanza:

En el misterio de la Ascensión del Señor, la fe nos enseña a admirar lo que se refiere a Jesús, y a gustar lo que se refiere a nosotros.

La imagen de una ‘ascensión’ o ‘subida de Cristo Jesús a lo alto’, sugiere dos aspectos esenciales de este acontecimiento salvador. El primero: Jesús ha entrado en la gloria de su Padre. El segundo: Jesús se separó de sus d
iscípulos.

A la luz de la fe has visto a Dios limitarse por amor en el mundo que ha creado. Has visto a Dios concebido y vulnerable, como un hijo de hombre, en el seno de una madre. Lo has visto bajar hasta lo hondo de la condición humana: envuelto en pañales como un niño, ungido como un siervo para evangelizar a los pobres, desnudo como un criminal en una cruz, envuelto en un sudario y puesto en un sepulcro, llorado como un muerto entre los muertos.

Ahora lo ves glorificado, “encumbrado sobre todo”, con un nombre que sobrepasa todo nombre, “de modo que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo”.

Y sabes que el Señor ya puede comenzar a ‘separarse’ de los suyos, pues, al verlo en su gloria, conocieron la esperanza a la que también ellos habían sido llamados. En su Ascensión, Cristo Jesús se separó de sus discípulos dejándoles como herencia y misión una esperanza cierta y una gran alegría.

Y con esa herencia, para compartirla, salimos nosotros a los caminos, entramos en los hospitales, subimos a pateras y zodiacs, visitamos las cárceles y le robamos víctimas a la tristeza, a la esclavitud y a la muerte.

“La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”.

Feliz domingo.

Iglesia del cielo… Iglesia de la tierra:

compasionHabéis oído la palabra de Dios: “El ángel me transportó en espíritu a un monte altísimo y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios”.

El ángel nos la mostró. Yo quiero gozarme en su contemplación. Si Dios la envía, la ciudad viene del amor, es una fantasía de amor, es una arquitectura de amor. Por eso “brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido”.

Pensé: estoy viendo a la Iglesia que Dios ama, la Iglesia a la que pertenezco, la madre en cuyo seno he nacido para Dios y de quien aprendí a ser de Dios.

Ya sé que sólo se me ha concedido ver lo que será un día la ciudad hacia la que camino. Pero sé también que esa ciudad no es un mito de futuro, sino una construcción que se levanta en el presente, con el amor de Cristo y el amor de los redimidos.

Vosotros sois testigos del amor con que Cristo os edifica, pues él os amó y se entregó por vosotros; os consagró con su palabra, os lavó con el baño misterioso del bautismo, “para prepararse una Iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni nada parecido, una Iglesia santa e inmaculada”.

Junto al amor grande que nos ha purificado, está el amor humilde y tenaz de quienes formamos la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Vuestra casa, queridos, esta comunidad eclesial de Tánger, se abre cada día para hombres, mujeres y niños que, víctimas de injusticias atroces, buscan un respiro en sus vidas y lo buscan a la sombra de vuestro amor.

Antes de ver cómo baja del cielo la ciudad que Dios ha perfeccionado, estoy viendo cómo sube de la tierra la ciudad que vuestro amor edifica.

No está hecha de piedras talladas, sino de humanidad acogida, de dignidad respetada, de pobreza compartida. Ésa es tu ciudad hermoseada por el amor. La llenan hambrientos de siempre, parados recientes, esclavas sexuales, mujeres nacidas para entrar desde niñas en redes de trata, bebés disputados porque aprovechables para comercio sexual o comercio de órganos.

En esa ciudad que el amor levanta con su fuerza, el templo es de carne, pura humanidad: ese templo eres tú que amas a Cristo y guardas su palabra, pues Cristo y el Padre han venido a ti para hacer morada dentro de ti; ese templo eres tú con los pobres que son el cuerpo lastimado de Cristo; ese templo eres tú en Cristo y lo es Cristo en ti.

He visto la Iglesia que subía de la tierra, y era un sacramento de la Iglesia que un día bajará del cielo.

Feliz domingo, Iglesia amada del Señor.

No llores por los pobres: llora por sus verdugos

pascuaMi hermana me lo comunicó así: “Hoy, con Regis, hemos ido a Ben Junes; al llegar al primer grupo que nos esperaba, nos hemos «topado» con la furgoneta del Ejército; estaba metiendo a los emigrantes… Ellos, pidiéndonos ayuda; nosotros dos, atónitos… Se nos han llevado a nuestros hijos, delante de nuestras narices, y nosotros sin poder hacer nada. Después, piensas: quizás podías haber intercedido por ellos, hacer parar la furgoneta… Sólo hemos llorado y rezado. Hemos llegado a Tánger con el corazón encogido”…

Mi hermana, con Regis, iba a llevar alimentos a los emigrantes que, en el bosque de Beliones, sobreviven mientras esperan una oportunidad para entrar en la ciudad vallada de Ceuta. Si queremos encontrarnos con ellos, hemos de hacerlo manteniendo contacto permanente a través del teléfono, y no puedo dejar de pensar que los militares se han servido de esas llamadas para localizar y arrestar a quienes la caridad pide que se hagan visibles para coger el pedazo de pan que les llevamos.

En la misa del próximo domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, con Regis y con toda la comunidad eclesial, mi hermana escuchará las palabras del salmista: “La misericordia del Señor llena la tierra; la palabra del Señor hizo el cielo”. Y habrá de conjugar, con el corazón encogido, su experiencia de llanto en el bosque y la confesión de fe que se hace en la asamblea litúrgica: habrá de conjugar lágrimas de víctimas y misericordia de Dios, impotencia del creyente y memoria del poder creador de Dios.

Esa síntesis admirable, propia del Reino de Dios, la hará en ti, Iglesia amada del Señor, el Espíritu de Cristo. Sólo él sabe aunar lágrimas y alegría, debilidad y victoria, abajamiento y enaltecimiento.

Fíjate en tu Señor, en tu Pastor. Si lo reconoces en Jesús de Nazaret, ves que se hizo siervo de todos y dio la vida por sus ovejas. Si lo contemplas en la Eucaristía, su servicio y su vida entregada se te revelan en un pan consagrado, fraccionado, repartido y comulgado. Si lo ves en ti misma, ves que todavía hace suya tu debilidad, hace suyas tus lágrimas, hace suyos tus deseos de liberación. Si lo ves en los pobres, ves que en unos es olvidado, en otros perseguido, en todos menospreciado. Si lo ves en los emigrantes, el corazón se te encoge de pena porque, en ellos, todavía continuamos atormentado y crucificando a nuestro Señor. Es tu Señor el que, en Beliones, ha sido empujado a las furgonetas del ejército para ser desplazado lejos de las fronteras de un país de epulones, de amos, de dueños; una vez más tu Señor habrá sido humillado y vejado y abandonado como un no hombre, como un sin derechos, como uno de quien Dios se ha olvidado. Pero tú sabes que, en su debilidad, él es siempre tu Señor, él es siempre tu Pastor, él es el Resucitado a quien se ha dado para siempre todo poder.

Por eso hoy confiesas con las víctimas y se lo recuerdas a los verdugos: “Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”.

Por eso hoy tú y tus pobres cantaréis con el salmista: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Vuestro salmo resonará en la catedral y en las furgonetas del ejército; resonará en la asamblea del débil rebaño del Hijo de Dios, y en el corazón de aquellos a quienes el poder priva del derecho a un futuro digno del hombre. Esa misma bondad, la misma misericordia, la misma fidelidad, que son la esperanza de los pobres, serán el infierno de quienes los condenan a morir en la pobreza.

No llores, hermana mía, por los pobres: llora por sus verdugos.

Que el amor ilumine a los pobres con la luz de la resurrección:

pascua_3Es el día octavo de nuestra fiesta de Pascua. La comunidad reunida en torno a Cristo resucitado, vuelve a entonar con él su salmo de alabanza al Dios de la vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Puedes decirlo con la casa de Israel; puedes decirlo con la casa de Aarón; puedes decirlo con los fieles del Señor; pero no dejes de decirlo con Cristo resucitado: “Eterna es su misericordia”.

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en Dios; vas diciendo que aquel a quien viste crucificado, vive para siempre con la vida de Dios; vas diciendo que Cristo está sentado a la derecha de Dios en el cielo; ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en ti; que aquel a quien tu fe contempla glorificado, vive contigo para siempre, vive en ti por su Espíritu, y por medio de ti continúa llevando a los pobres la buena noticia del Reino de Dios, ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que tu vida –tu pequeñez, tu debilidad, tu fragilidad, tu pobreza, tu miseria, tu noche- está escondida con Cristo en Dios; y que la vida de Dios –su grandeza, su fuerza, su poder, su gloria, su misericordia, su luz- está escondida con Cristo en ti.

Por eso, Iglesia cuerpo de Cristo, tu salmo es el de tu Señor, pues es de los dos la alegría y el gozo de este día en el que Dios hizo maravillas de amor, es de los dos la salvación cumplida en este día, es de los dos la prosperidad alcanzada.

Tú lo vas diciendo con Cristo resucitado, y él ya nunca lo dirá sin ti: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y a vuestro canto se unirá en todo tiempo el coro de los que van siendo iluminados por la caridad de la Iglesia con la luz de la resurrección de Cristo.

A vuestro canto se unirán los que crean sin haber visto, los que creyendo reciban de Cristo resucitado la paz y el Espíritu, los que se hayan acogido en ti a la misericordia de Dios y hayan recibido de ti su perdón, lo que hayan conocido que Cristo vive porque tú los has amado.

“Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial”, a la vida con Cristo, a la gloria de su resurrección.

Feliz Pascua, queridos.

«Tened los sentimientos de Cristo»

domingo-de-ramos1A los fieles laicos, a las personas consagradas y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger.

Queridos:

La gracia de Dios nos ha hecho testigos de la pasión que Cristo continúa padeciendo en los humillados de nuestro mundo, en los excluidos de la justicia, en los expulsados de la dignidad de la vida.

La gracia de Dios nos hizo prójimos de esa humanidad que cayó en manos de bandidos que la desnudaron, la molieron a palos y la dejaron abandonada y medio muerta al borde de nuestro camino.

Por gracia hemos experimentado la vulnerabilidad de los pequeños de la tierra. Por gracia se nos ha clavado en el alma el clamor de los oprimidos. Por gracia se nos han conmovido las entrañas y hemos sido llamados a la solidaridad.

Ahora que entramos en la celebración de la Pascua anual, mientras contemplamos crucificado, muerto, sepultado y resucitado a Cristo, que es nuestra cabeza, celebramos la gloria de la cruz, la fuerza de los débiles, el enaltecimiento de los pequeños, el triunfo de los derrotados, la esperanza de los que sólo en la fidelidad de Dios pueden esperar, la gloria de su cuerpo que es la humanidad nueva reconciliada en el amor.

En comunión con Cristo:

En los misterios que vas a celebrar, no haces memoria de una historia que no sea tuya, no evocas acontecimientos en los que no hayas participado, sino que recuerdas lo que también tú has vivido, porque el Hijo de Dios se hizo hombre por ti y para ti, el Verbo se hizo carne por ser tuyo y porque fueses suya, Cristo se abajó hasta la muerte y se durmió en la cruz por ser tu esposo y porque fueses su esposa, por ser tu cabeza y porque fueses su cuerpo.

No te separes, amada, del Cristo que se rebaja hasta hacer suya tu muerte; y Dios no te separará del Cristo al que su fuerza levanta para darle el «Nombre-sobre-todo-nombre.»

Aprende el camino que él recorre: “No hizo alarde de su categoría de Dio.. se despojó de su rango… se rebajó hasta someterse incluso a la muerte”. Aprende el camino que él es, el camino que Dios ha abierto para ti y que reconoces como tuyo y del que no quieres desviarte.

Ésa es la humanidad nueva, la de aquellos que, en Cristo y con Cristo, aprenden la sabiduría del abajamiento, de la obediencia, del servicio, de la humildad, hombres y mujeres que, por tener entre ellos los sentimientos propios de Cristo Jesús, no se encierran en sus propios intereses sino que buscan el interés de los demás, tienen entrañas compasivas, y se mantienen unánimes y concordes en un mismo amor.

Son muchos los imitadores del viejo Adán, que quiso enaltecerse a sí mismo, apropiarse de la condición divina, hacer alarde de Dios, hacer por sí mismo lo que sólo a Dios corresponde hacer.

A vosotros la gracia os ha hecho imitadores de Cristo, y dejáis que sea vuestro Padre del cielo el que os dé un nombre embellecido con la gloria de su Unigénito.

Los días de la pasión del Señor nos recuerdan que el abajamiento, la obediencia, la entrega, la cruz, son la patria de Cristo Jesús, y que ésa es también nuestra patria.

El versículo con que la comunidad eclesial se dispone a escuchar el evangelio de la pasión, nos ayuda a entrar en el corazón del misterio: Jesús escogió esa patria “por nosotros”, escogió la cruz por amor, entró en la angustia de la desdicha para abrir a sus hermanos pobres las puertas de la alegría. Esa luz de amor que ilumina la cruz de Jesús, es la que ha ilumina la cruz de nuestra entrega; y donde con la Iglesia que mira a Jesús, decimos: “Cristo se sometió por nosotros incluso a la muerte”, con la Iglesia que habla de sí misma, decimos: Se somete incluso a la muerte por los hermanos, por los pequeños, por los pobres, por ungir de amor el cuerpo de su Señor.

“Hágase tu voluntad”:

El cumplimiento de la voluntad del Padre es la clave de lectura de la vida de Jesús. Él nos enseñó a decirlo cuando oramos al Padre del cielo: “Padre nuestro… hágase tu voluntad”. Él lo dijo cuando entraba en su agonía: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Nosotros lo decimos con Jesús en su hora, y él lo dice con nosotros en nuestra oración; nosotros lo decimos y comulgamos con la obediencia de Jesús, y él lo dice y comulga con la humildad de nuestra fe; nosotros lo decimos aceptando con Jesús el cáliz que él ha de beber, y él lo dice abrazando con nosotros la cruz que hemos de llevar.

“Hágase tu voluntad”: Dichas por Jesús, las palabras llevan dentro la piedad del Hijo que aprendió, sufriendo, a obedecer. Dichas por nosotros, llevan dentro la humilde confesión de la fe de los pequeños, su aguante en la esperanza, la fuerza con que los pobres resisten a la violencia de los poderosos. Tú dices con ellos: “Hágase tu voluntad”, y “endureces el rostro como pedernal, sabiendo que no quedarás defraudada”.

“Hágase tu voluntad”: Para Jesús y para ti el pan con que alimentas tu vida “es hacer la voluntad del que os ha enviado y llevar a término su obra”.

A ti, como a Jesús, se “te ha dado una lengua de iniciado”, para que sepas decir al abatido las palabras de aliento que aprendiste en la comunión con la entrega de tu Señor y con el sufrimiento de los pobres.

“Tened los sentimientos de Cristo”, aclamad con vuestra vida al que viene en nombre del Señor. Llevad la luz de la Pascua, la paz y la gloria de Dios a la vida de los pobres.

Tánger, 17 de marzo de 2016.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo

No dejes de ser “en él”:

xxvi-ordinario-bNo sé si vas a cantarlas. No sé siquiera si van a resonar leídas en tu asamblea dominical. Se trata de unas antífonas que han sido escogidas para que nos guíen a la hondura del misterio de la celebración.

La de entrada dice así:

“Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa, contra gente sin piedad; sálvame del hombre traidor y malvado. Tú eres mi Dios y protector”.

Esas palabras llevan dentro tu aflicción, tus gemidos, tu necesidad de salvación, tu fe, tu esperanza, tu hambre de Dios, tu sed de justicia.

En realidad, esas palabras llevan dentro el silencio de aquella mujer que la ley condenaba a morir, el grito de Jesús crucificado, la congoja de todos los excluidos, amenazados, humillados y sacrificados de la humanidad.

No podrás decir sola, Iglesia cuerpo de Cristo, las palabras de tu salmo, ya que el sufrimiento las hizo apropiadas para todos los empobrecidos de la tierra. Sube, pues, a tus labios la oración del desahuciado, del abandonado, del enfermo, del emigrante, del excluido; haz tuya la súplica del que no tiene trabajo, del que no tiene pan… Si de todos y tuyas son las lágrimas, de todos y tuya ha de ser la voz con la que clamas al Señor.

Esa comunión con los pobres en el dolor, te dispone para que comulgues en la justicia con Cristo resucitado:

“Mujer, ¿ninguno te ha condenado? Ninguno, Señor. Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Recuerda el evangelio que habrás escuchado. Aquel día, a Jesús “le traen una mujer sorprendida en adulterio” y “la colocan en medio”. Aquel día todos sabían lo que la ley decía sobre las adúlteras, pero querían oír lo que decía Jesús, y no porque quisieran aprender de él, sino porque querían comprometerlo y acusarlo. Aquel día “quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante”. Aquel día, aquella mujer, de labios de Jesús, escuchó las palabras de tu antífona:

“Mujer, ¿ninguno te ha condenado? … Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Necesito que recuerdes el evangelio, porque hoy eres tú esa mujer y son para ti las palabras del Señor.

Advierte, sin embargo, la novedad del misterio: puedes decir que hoy el Señor “quedó solo contigo”; pero no podrás decir de ti misma lo que se dice de la mujer -“que seguía allí delante”-, pues habiendo hecho comunión con el Señor, no estás ya “delante de él” sino “en él”, y es “en él” donde te alcanza la gracia, el perdón, la reconciliación, es “en él” donde se sacia tu hambre de Dios, donde se apaga tu sed de justicia, donde se remedia tu necesidad de salvación.

“Anda”, Iglesia de Cristo, “y en adelante no peques más”: no te separes jamás de él, no dejes de ser “su cuerpo”, no dejes de ser “en él”.

Feliz comunión con los pobres. Feliz comunión con Cristo. Feliz domingo.

Gustad y ved qué bueno es el Señor:

16_white_dunesEl evangelista dice que publicanos y pecadores se acercaban a Jesús a escucharle. Y los fariseos y los escribas, murmurando, que no imitando y mucho menos admirando, nos dejan un valioso testimonio de lo que llevaba consigo aquel acostumbrado “acercarse a Jesús”, cuando dicen: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”.

No me digas que en ese comportamiento “acostumbrado” de los pecadores con Jesús y de Jesús con los pecadores, no has reconocido lo que en seguida se cuenta en la parábola del padre que tenía dos hijos: el pecador que se acerca, el padre que acoge y que prepara un banquete de fiesta por el hijo reencontrado.

A aquel hijo, que se había ido lejos de la casa y de la vista de su padre, y que ahora se ha puesto en camino “adonde estaba su padre, cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”.

Ya sabes lo que significa “acoger”: ver, conmoverse y correr para abrazar y besar.

Aquel hijo que venía de lejos, si no desnudo como el hombre después de haber comido del árbol prohibido, volvía harapiento y hambriento. El hijo sólo puede decir: “He pecado”. El padre dice: “Sacad en seguida el mejor traje, ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies, traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete”. Aquel padre no se queda en dar de comer al hijo que llega con hambre, sino que necesita hacer fiesta por el hijo que ha recobrado con vida.

Y ya sabes también lo que significa que Jesús comía con pecadores: era comer y hacer fiesta, porque a Dios la casa se le llenaba de hijos que volvían de lejos.

Mientras escuchamos el relato, el corazón se nos sobresalta, pues el espíritu advierte que, con palabras y hechos de otro tiempo, se habla de los pecadores que hoy nos acercamos a Jesús, de los fieles a quienes Cristo Jesús acoge en esta celebración, de la comunidad eclesial con la que el Señor de la vida se sienta hoy a comer.

“Hoy os he despojado del oprobio de Egipto”, dice el Señor; hoy te he despojado del oprobio de guardar cerdos y padecer hambre en un país lejano, hoy comerás en la casa de tu padre, hoy estarás conmigo en el paraíso.

Ahora, Iglesia acogida y sentada a la mesa del banquete del reino de Dios, entona tu canto con el salmista, aclama con el pueblo que en aquella Pascua comió por primera vez los frutos de la tierra prometida, haz fiesta con el hijo que de lejos ha vuelto a su padre, con los pecadores que se acercaban a Jesús: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Gustad la abundancia de la mesa de Dios, entrad en la fiesta de su alegría por vosotros, gustad y ved y bendecid al Señor en todo momento, que su alabanza esté siempre en el corazón y en la boca de los fieles.

Y no olvides que, si ésta es la historia de un padre y de sus dos hijos, es también una historia de hermanos. Advierte que la dificultad que no hay en que el padre abrace al hijo perdido y haga fiesta por él, la hay en que el hermano acepte abrazo y fiesta, tanta dificultad que, para superarla, el padre ha de recurrir a palabras llenas de humildad y ternura: “Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Al que estaba enojado, le llama “hijo”, que es mucho más que regalar un cabrito para comer con amigos. Y del otro le recuerda que es “su hermano”, que es mucho más decisivo, comprometido y exigente que ser amigo.

Comunión: Tiempo para la alegría del encuentro con nuestros hermanos en la casa del padre, a su mesa, en la comunidad eclesial.

Convertirse a los pobres:

jesus_feet2En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. No sé cuántos son. Sé que son seres humanos. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre. Sé que no están autorizados a estar donde están, pero tienen derecho a buscarse un futuro para sí mismos y para sus familias. Sé que las autoridades de las naciones los consideran una amenaza, aunque la realidad es que las autoridades son una amenaza para ellos.

El lunes les llevamos alimentos. El martes nos llaman para informar que las fuerzas del orden (ellos dicen “la policía”) se los han quitado.

¿Qué dirían ustedes de una sociedad que persiguiese a hombres, mujeres y niños vulnerables e indefensos –a los que leyes inicuas han hecho ilegales, irregulares, clandestinos-, los acosase como si fuesen alimañas, los persiguiera como si fuesen criminales, los golpease como no se permitiría hacer con los animales, y los cercase para rendirlos por hambre? Se diría que esa sociedad se había deshumanizado, corrompido, embrutecido, envilecido, degenerado.

Pues lo que no hace la sociedad marroquí, acogedora y humana, se nos dice que lo hacen agentes uniformados, miembros de fuerzas del orden del Estado, que entran en el bosque de Beliones, no para apartar de la frontera –de una maldita frontera que Dios no hizo ni quiso ni quiere-, a unos emigrantes, sino para apropiarse de los pocos alimentos que los emigrantes han recibido para subsistir.

¿Qué nombre te das a ti mismo, tú, agente de la autoridad, si te has llevado a tu cuartel o a tu casa lo que un hermano tuyo necesita para vivir? ¿Te has divertido? ¿Te has escondido para que nadie te viese? ¿Es lo que te han mandado hacer? ¿Lo has hecho por propia iniciativa? ¿Crees que no habrás de dar cuenta al único Dios?

Por si lo hubieses olvidado, te recuerdo lo que dice el Señor de todos, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesús de Nazaret, el Dios de Mohamed: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos”. Te lo recuerdo por si quieres tener piedad de ti mismo, pues si comes el pan que has quitado a los pobres, estás comiendo tu propia condenación, estás comiendo el bocado que mete en tu cuerpo a Satanás.

Se lo recuerdo al soldado y al oficial que lo manda, al político que fija las normas y a los gobiernos que las ejecutan: Dios ve al opresor y al oprimido, y toma partido por el oprimido.

Tal vez pienses que puedes honrar a Dios y despreciar a los pobres. Un día comparecerás ante él y descubrirás aterrorizado que los pobres eran tan dignos de respeto como Dios. Aquel día, el Rey, el único Rey, el hermano de los pequeños a quienes hoy robamos el pan, lo creáis o no, nos juzgará y nos condenará, y de nada servirá que le llamemos “Señor”, pues sólo se recordará el pan que le hemos dado o le hemos negado.

“Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”. A nadie le pediré que se convierta a Dios. Podéis tranquilamente no creer en él. No se os pedirá cuenta de semejante ignorancia. Pero estamos perdidos si no nos convertimos a los pobres. Entonces nuestra suerte estará entre los malditos.

¡Tuyos, Padre, para siempre!

pascuaLo dice el cántico que precede al evangelio: “En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo»”.

Lo oiremos de nuevo en el evangelio: “Una voz desde la nube decía: _«Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle»”.

Y volverás a oírlo en palabras que la Iglesia hace resonar en el corazón de los fieles cuando se acercan a la comunión: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”.

Hoy esa revelación ya no es para Pedro, Juan y Santiago; esa voz es ahora para ti, para la comunidad de discípulos que el Señor ha llevado consigo a la montaña del encuentro, de la fidelidad, del abrazo, de la alianza nueva y eterna entre Dios y el hombre.

“Este es mi Hijo”, dice la voz. Y tú, a ese Hijo, lo reconoces “presente en su Iglesia”: en la comunidad que es su cuerpo; en la Escritura Santa que es su palabra; bajo las especies eucarísticas en las que él se te ofrece; en la necesidad de los pobres con la que él llama a tu puerta.

Como si nuestras palabras, todas ellas, no bastasen para decir lo que necesitamos decir acerca de ese Hijo, la liturgia las multiplica, y le llama “el amado, el escogido, el predilecto”. Y tú, que reconoces el vínculo de amor inefable que une al Padre con Jesús y el que une a Jesús con su Iglesia, intuyes que esa predilección que “la voz” manifiesta por el Hijo, es predilección de Dios por los pobres y por la comunidad de los fieles, es amor que se nos entrega en el pan de la palabra y en el pan de la eucaristía.

“Escuchadle”: Escuchad esa palabra amada en la que Dios ha encerrado todo lo que podía decirnos, todo lo que tenía para ofrecernos. Escuchad esa palabra que ha dejado a Dios sin palabras. En Jesús, Dios te ha dicho todo sobre el amor, sobre la justicia, sobre la gracia, sobre la alegría y la paz.

Ahora, hermano mío, hermana mía, porque reconoces al Mesías Jesús como cabeza de la Iglesia, porque te reconoces miembro de su cuerpo, porque la fe te revela la gracia de tu misteriosa comunión con el amado, con el escogido, con el predilecto, dile al Padre del cielo la verdad de tu amor; dile: Éste es mi hermano, mi salvador; éste es el que te dice, Padre, todo lo que mi corazón humano puede decir delante de ti; éste es el que te ofrece todo lo nosotros podemos ofrecer.

Escúchale á él cuando hablamos nosotros. Fíjate en él cuando te pedimos que te fijes en nosotros. Él es nuestra obediencia, nuestra rectitud, nuestra justicia, nuestra fidelidad, la palabra de nuestra alianza contigo. En él nos encontramos contigo. En él nos abrazamos a ti, en él somos tuyos, Padre, para siempre.

En Cristo, en esta eucaristía, en los pobres: ¡Tuyos, Padre, para siempre!

Para que haya Pascua:

16_white_dunesEl misterio que celebramos es hermoso en su sencillez: hombres y mujeres de fe se han reunido para confesar agradecidos lo que el Señor ha hecho con ellos; vienen a presentar la cestilla de bendiciones que del Señor han recibido en Cristo Jesús, a postrarse en presencia del Señor su Dios, a invocar su nombre santo, y a fortalecer la esperanza que cada día amenazan con destruir estos tiempos de indecibles sufrimientos para los pobres.

Esos hombres y mujeres habrán de oír en su asamblea dominical palabras de revelación verdaderas y escandalosas: “Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.»”

Es vedad que habitamos “al amparo del Altísimo”, que vivimos “a la sombra del Omnipotente”, que todos podemos decir al Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti». Pero en la quietud festiva de nuestra celebración no podemos olvidar a tantos hombres y mujeres que pueden decir igualmente con verdad: habitamos al amparo de la clandestinidad, vivimos a la sombra de nuestros miedos, de nuestra indigencia, sin más refugio que un bosque, sin más alcázar que un plástico, en una huida interminable de enfermedades, hambre, frío y legalidades inicuas.

Es verdad que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Pero es escandaloso que muchos hijos de Dios no tengan el pan necesario para vivir.

Es verdad que “el Señor te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás”. Pero sería escandaloso si olvidásemos que los pobres son presencia viva de Cristo entre nosotros, y que la palabra de la promesa divina se cumplirá para ellos si nosotros los cubrimos con nuestras plumas, si los acogemos bajo nuestras alas.

No desmientas, hermano mío, hermana mía, lo que dice tu Señor: “Me invocará y lo escucharé; lo defenderé, lo glorificaré, lo saciaré de largos días”. Dilo tú con él, díselo a los hambrientos de pan y de justicia, díselo en nombre de tu Señor: Os escucharé, os defenderé, os glorificaré, os saciaré.

Y verás que para ti y para ellos ha empezado de verdad el camino que lleva a la Pascua, a la vida con Cristo resucitado.

Feliz domingo, queridos.