Lo nuestro

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger

A todos vosotros, ungidos por el Espíritu para llevar el evangelio a los pobres, “gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”.

Me gustaría que esta carta fuese escrita, como lo han sido siempre, sólo por compartir entre nosotros pensamientos de fe, esperanzas de futuro, proyectos nacidos al calor de la caridad; pero hoy os escribo obligado por acontecimientos que están afectando con notoriedad a la vida de esta Iglesia.

Lo sucedido:
El día 11 de enero, a nuestro hermano Esteban Velázquez Guerra, que desde Melilla regresaba a su residencia habitual en Nador, las autoridades marroquíes le comunicaron que no se le permitía entrar en Marruecos.

De ello habían sido informados por el Gobierno de Marruecos tanto el Sr. Encargado de Negocios de la Santa Sede como el Sr. Embajador de España. Pero de los motivos de la decisión, que yo sepa, a nadie hasta el día de hoy se ha dado información.

En principio, por respeto a las instituciones y a las autoridades del Reino del Marruecos, y a la espera de que hubiese algún tipo de aclaración, por parte de la diócesis de Tánger decidimos mantener un discreto silencio sobre lo sucedido.

Desde hace unos días, los hechos son noticia en la prensa, y eso me obliga a comentar con vosotros lo que hasta ahora guardaba en el corazón y en la oración.

Lo primero:
Antes de cualquier otra consideración, quiero dejar constancia de mi estima por el P. Esteban Velázquez, de mi cariño hacia él, de mi amistad personal con él, de mi agradecimiento porque aceptó en su día venir a trabajar en esta diócesis, de mi pena por verlo en la situación actual, y de mi orgullo porque, con su dedicación a los pobres, sobre todo a los inmigrantes, ha aliviado muchas necesidades y ha embellecido la vida esta comunidad eclesial.

Lo otro:
Habéis de saber –para mí fue una sorpresa cuando me lo dijeron-, que conceder o denegar el acceso al territorio de un estado soberano, es competencia exclusiva y discrecional de sus autoridades.

A mi entender, las leyes que conceden a los Estados esa autoridad discrecional sobre las personas, contradicen espíritu y letra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Esas leyes son evidencia de la hipocresía con que los Estados aplauden en los foros internacionales lo que es justo y hacen en sus casas lo que es injusto, reconocen y aprueban sobre el papel lo que a toda persona le es debido, y se reservan el derecho de pisotearlo como si nunca lo hubiesen reconocido y aprobado.

A nosotros, queridos, nos toca reconocer la autoridad, respetar la legalidad, sin dejar por ello de denunciar la iniquidad: Una legalidad injusta es una injusticia legal.

Lo nuestro:
En Marruecos nos protege un Dahir real, un documento sencillo que dice bien de Marruecos, de su pueblo, de su hospitalidad.

Amparados por ese documento, vivimos serenamente en medio de la comunidad musulmana nuestra fe cristiana, celebramos nuestros ritos, administramos nuestros bienes, y desarrollamos multitud de actividades a favor de los pobres.

 Eso, queridos, es lo nuestro.

No necesitamos más protección de la que tienen los pobres. No necesitamos ser menos vulnerables que un emigrante en las fronteras de los Estados. No nos sirve ser más fuertes de lo que somos. No queremos ser distintos de Cristo Jesús.

No os inquietéis por vuestra vida, por vuestro trabajo, por vuestro futuro: el Señor sabe lo que os hace falta. Se ocupa de vosotros el mismo que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo. No tengáis miedo.

Sed agradecidos con todos los que, de cualquier modo, hacen posible vuestra misión de llevar ayuda a los pobres.

Todos tenéis experiencia de esa complicidad humanitaria por haberla encontrado en la sociedad civil marroquí, en las fuerzas del orden, en las instituciones del Estado. Que vuestro agradecimiento estimule su generosidad.

Conclusión:
Yo doy gracias a Dios por vosotros, por la gracia que se os dado en Cristo Jesús, porque en él habéis sido enriquecidos en todo. Le doy gracias siempre por vuestra fe, por vuestro trabajo, por vuestra entrega, por vuestra vida.

Y os pido, queridos, que, con vuestra oración y vuestra cercanía afectuosa, acompañéis el camino del P. Esteban en esta etapa de su vida que se abre a nuevos horizontes y nuevos desafíos.

Tánger, 27 de enero de 2016.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

Vengo con mi canto con mi llanto:

ojos20jesusEscucha el canto del Salmista:

“La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandados del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos”.

Tu salmo –es tuyo y es de la comunidad con la que salmodias- es un canto de amor a la palabra del Señor, a la humilde mensajera de su voluntad, al testigo sonoro de que él está cerca de sus fieles. Tu salmo es un canto de amor a la palabra que te revela quién es tu Dios, qué ha hecho por ti, y revela al mismo tiempo quién eres tú para tu Dios, qué espera de ti el que te ama, de quién es tu corazón, a quién has dado tu vida.

Aquel día, “cuando el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley ante la asamblea, al escuchar las palabras de la ley, el pueblo entero lloraba”.

Si el canto del salmista nace del asombro de la fe ante la grandeza de las obras de Dios y de su amor, el llanto lo acompaña necesariamente, pues nace del asombro ante la insensatez de la infidelidad, del olvido de Dios, de la sordera para escuchar la palabra que salva.

Me pregunto por mi llanto y por mi canto. Ahora, cuando en la historia ha irrumpido la plenitud de los tiempos, me pregunto por la palabra del libro sagrado, y sobre todo me pregunto por Cristo Jesús, profecía hecha evangelio, palabra cumplida, Palabra de Dios hecha carne. ¿Dónde está mi canto por este don de Dios, que significa un amor sin medida? ¿Dónde está mi llanto por el amor que no he dado, por el Amor que no es amado?

¿Dónde está el canto de este ciego visitado por la luz?, ¿dónde el de este oprimido alcanzado por la libertad?, ¿dónde el del pecador justificado por la gracia?, ¿dónde el llanto de este pecador que no volvió para agradecer la justificación, la libertad y la luz?, ¿dónde el llanto de quien se olvidó del Mesías Jesús, que es nuestra justificación, nuestra libertad, nuestra luz?

Si esperas la palabra, esperas a Cristo. Si esperas en la palabra, esperas en Cristo. Si guardas la palabra en el corazón, allí llevarás guardado a Cristo. Si la escuchas, obedecerás a Cristo. Si la meditas, te hablará de Cristo. Si la predicas, anunciarás a Cristo. si la amas, amarás a Cristo, y nunca faltará en tu vida el canto por lo que recibes y el llanto por lo que quieres dar, y no sabes o no puedes.

Para nuestro asombro, el apóstol desvela otro misterio: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo ,y cada uno es un miembro”.

Si somos el cuerpo de Cristo, llevando a Cristo en el corazón, guardando allí su palabra, nos amamos de verdad a nosotros mismos.

Si somos el cuerpo de Cristo, también somos hijos en Cristo, amados en Cristo, ungidos en Cristo, enviados por su Espíritu a anunciar el evangelio a los pobres.

Si somos el cuerpo de Cristo, somos en esta hora del mundo la voz con que él habla, el corazón con que él ama, las manos con que él trabaja, cura, acaricia y bendice.

Si somos el cuerpo de Cristo, no faltará el canto por lo que somos, no faltará el llanto por lo que no llegamos a ser.

Feliz domingo, Iglesia amada del Señor, Iglesia cuerpo de Cristo.

Nos vamos de bodas:

g-david-bodas-de-canaEscribo como si el comentario fuese sólo para María.

Me ha preguntado por algún «truco» para que “esto de ir a misa un domingo resulte algo menos horrible y más llevadero”. Y confiesa además que la misa “no encaja en su vida ni haciéndole sitio, más bien interrumpe y molesta”. Pregunta y confesión hacen de María mi particular interlocutor de esta semana.

Querida: intentaré entrar contigo en la comunidad de fe, en vuestra celebración, en la realidad concreta de vuestro domingo, en ese tiempo que se supone os habéis reservado para el encuentro con Cristo.

Ese encuentro tiene carácter festivo y comunitario, y es al mismo tiempo una cita de amor. Sólo una predicación obstinadamente moralizante ha podido transformar en tiempo para hacer deberes el que se nos ha dado para el abrazo en la intimidad y el desbordamiento de la alegría en la fiesta.

Como ves, estamos traspasando una puerta que da a la fe y a sus misterios, a un abismo en el que necesitamos que nos guíe la fe de la comunidad y la inspiración de la palabra de Dios.

A esa fiesta con tu Dios, ¡qué menos que invitar a todo el mundo!: “Aclamad a Dios todo el mundo, tañed en honor de su nombre, dadle gloria con la alabanza. Decid a Dios: ¡Qué formidable es tu acción!… Que se postre ante ti, oh Dios, la tierra entera; que toquen en tu honor; que toquen para tu nombre, oh Altísimo”.

Con esas palabras, el salmista convocaba a la alabanza de Dios a todos los habitantes de la tierra. Tú puede convocar también a la tierra misma, al universo entero, pues sabes que tu Dios, no sólo es el que se ha desposado contigo, sino también el que ha redimido de la esclavitud la creación entera.

Con todo, en el bullicio de la fiesta, no olvidas la palabra de Dios para ti, una declaración de amor que penetra como un perfume en la intimidad del yo, una memoria para guardar celosamente en el corazón: “Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido”.

Entonces te arriesgas a convocar de nuevo a tu fiesta a la humanidad entera, y sueñas que todos acuden a esta boda de Cristo con su Iglesia, a esta hora de Dios contigo, y que todos, con un cántico nuevo, van proclamando a todas las naciones el misterio de amor que se les ha revelado: “Contad las maravillas del Señor a todas las naciones”.

Feliz domingo, hermana mía.

Feliz domingo, Iglesia esposa de Cristo.

“Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”:

bautismoseñorAunque es la fiesta del Bautismo del Señor, la idea más repetida en la lectura apostólica es la de “manifestación”, “revelación” o “epifanía”; me pregunto de qué o de quién.

Esto es lo primero que has oído con tu comunidad de fe: “Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”.

Y después se te dijo: “Se ha manifestado la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre”.

Que no caiga en el olvido lo que has oído: Guárdalo y medítalo en el corazón.

El mensaje apostólico de nuestra celebración trae a la memoria el saludo del ángel Gabriel a la virgen María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

Para María de Nazaret y para ti, las palabras de la salutación angélica eran revelación de una vocación admirable, evidencia de favor del cielo, de predilección divina; eran palabras encinta de Navidad; aquel saludo anticipaba la alegría mesiánica, el asombroso don de un hijo al que el cielo llamaba Jesús, porque había de ser en medio del pueblo presencia salvadora de su Dios.

Y con esa evocación del desbordamiento del favor de Dios sobre María de Nazaret y sobre el mundo, vuelve a lo que hoy has guardado en el corazón: Esas palabras son para ti, Iglesia de Cristo; son para todos, aunque no todos las conozcan todavía; llegan del mismo cielo de donde venían las palabras de la anunciación, y hablan de la misma gracia, de la misma salvación, del mismo Hijo, del mismo don del que era mensajero el ángel de Nazaret.

En la celebración de los misterios de la Navidad, has recordado y adorado a ese Hijo que llegó humildemente al mundo cuando nació en Belén. Ahora lo ves llegar humildemente a tu vida en la palabra humana con que Dios te habla, en el pan de la tierra con que el cielo te alimenta, en los pobres que el Padre del cielo te ofrece como el más precioso de sus tesoros. Y, llevando ya desde ahora una vida santa, aguardas la dicha de verlo cuando, al final de los tiempos, llegue gloriosamente para ser tu recompensa.

Lo puedes decir así: En aquel tiempo, en Jesús de Nazaret, se manifestó la gracia de Dios, su bondad y su amor al hombre. Hoy, ese amor, esa bondad, esa gracia, se nos manifiestan en la Eucaristía que celebramos. En ella, comulgando la palabra y el cuerpo del Señor, entramos en el abismo del amor que nos entrega a Cristo, nos sumergimos en la bondad de Dios que Cristo encarna, acogemos la gracia que es Cristo para los hambrientos de salvación.

Hoy, en comunión con Cristo, descubrirás asombrada que también de ti se dice: “Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto”.

Feliz comunión con Cristo.

A la Iglesia de Dios que está en Tánger

Navidad1aA todos “gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”.

Permitidme, queridos, que robe al apóstol Pablo, no sólo el saludo, sino también la acción de gracias “por vosotros, por la gracia de Dios que se os dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo”. Doy gracias a mi Dios por vuestra fe, por vuestro trabajo, por vuestra entrega, por vuestra vida.

Restituir en amor lo que debemos en justicia:

Apenas hemos comenzado el año, y a las puertas de esta Iglesia llegan hombres y mujeres con heridas nuevas, testigos de nuevas violencias, víctimas de vejaciones que la reiteración hace insoportablemente renovadas.

El mar de Benzú ha devuelto otro cadáver, otro sin nombre, otro sin padre, sin madre, sin genealogía, otro sin nadie que reclame justicia por otra muerte inicua en la frontera de España.

La pasada noche, la misma frontera ha sido escenario de nuevos despliegues de fuerzas del orden, de nueva violencia con nuevos heridos, con más muertos, como si la única respuesta posible a la tragedia de los inmigrantes fuese la de la fuerza, la de las armas, la del miedo, un ejercicio despiadado, irracional y criminal de intimidación.

Ahora, mientras os escribo, en un aeropuerto de Marruecos, a un joven en tránsito hacia su país, a ciudadano normal, con un pasaporte normal y una tarjeta de embarque normal, a ese joven que, con un cáncer terminal, regresa a la casa familiar para morir entre los suyos, la policía lo ha confinado en dependencias propias, le ha retirado el pasaporte, lo ha aterrorizado, lo ha humillado, y todo ello, mucho me temo, motivado sencillamente porque el joven es negro.

Apenas lo hemos comenzado, y ese amargo anticipo de lo que el año reserva a los pobres se nos hace llamada apremiante del Señor para que esta Iglesia camine con ellos, se solidarice con ellos, cure sus heridas, alivie sus sufrimientos, de modo que les restituyamos en amor lo que les debemos en justicia.

Desde nuestra pobreza:

El Señor tu Dios te ha ungido para que seas de Cristo, y te ha enviado para que seas de los pobres: ¡De Cristo y de los pobres!, valga la redundancia.

No podemos, queridos, humillar a los pobres haciéndolos partícipes de los desechos de nuestra riqueza.

El altísimo Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, nos mostró el camino por el que hemos de ir, pues él se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza: nació pobre, vivió pobre, murió como un desdichado, como un excluido, como un criminal, como un peligro para la sociedad.

Al decir “pobre”, decimos mucho más que hombre o mujer carente de lo necesario para vivir: Decimos hombre, mujer, despreciados, excluidos, humillados, negados; decimos hombre, mujer, a quienes la iniquidad ha obligado a interiorizar que no tienen derechos, a vivir como si no los tuviesen, a ser como si no fuesen; decimos hombre, mujer, a quienes hemos llevado a dudar de su dignidad humana, de su condición de hijos de Dios.

Es gracia inmensa el que se nos haya acercado a esa condición humillada, haciéndonos así partícipes de la pobreza de Cristo, de su pasión, de su cruz. Es la infinita misericordia de nuestro Dios la que nos puso en camino con los pobres, para que les llevemos una buena noticia, para que sepan que Dios los ama.

Trabajar y orar por los derechos de los pobres:

Teme la indiferencia y la crueldad con ellos:

Supongo que no os sorprende ver una y otra vez confirmadas por la experiencia las palabras del Señor en el evangelio: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve».

Pero habréis observado también que, lo mismo ahora que en tiempos de Jesús de Nazaret, son muchos los que, imitando a reyes y autoridades de los pueblos, se buscan a sí mismos, se yerguen sobre los demás, y se hacen responsables, no sólo de indiferencia ante los que sufren, sino también de crueldad con ellos.

Si esa indiferencia y esa crueldad hubiesen echado raíces en nuestro corazón, serían evidencia de ausencia del evangelio en nuestra vida. Témelas, hermano mío, hermana mía, mucho más de lo que temerías la muerte. Témelas mucho más de lo que temerías el infierno. Témelas, porque los pobres son de Cristo, porque en los pobres vive Cristo, porque si eres indiferente o cruel con los pobres, lo habrás sido también con Cristo, con Dios.

Acércate a ellos:

Habrás de hacerlo si quieres acercarte a Cristo, si quieres comulgar con él.

Habrás de bajar hasta los pobres, hasta su mundo, y no tendrás más razón para hacerlo que tu fe, que tu esperanza, que tu amor. Habrás de bajar hasta ellos como Cristo bajó hasta ti: “Él se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres”. Habrás de bajar para que te reconozcan como de los suyos, y no teman asediarte con su indigencia. Habrás de hacerte experta en sufrimiento para que seas, como Cristo, experta en misericordia.

Ama la justicia:

Declara ilegal para ti, por injusta, la posesión de lo que no necesitas; declara intolerable a tus ojos, por inicuo, que alguien carezca de lo necesario para la vida. Declara un crimen el hambre, sencillamente porque lo es.

Declara ilegal una política de fronteras que es discriminatoria con los pobres, que viola sus derechos fundamentales, que es violenta con los pequeños de la tierra, que mata sin escrúpulo a hombres y mujeres que sólo buscan un futuro mejor para ellos y para sus familias. Es criminal esa política, son criminales quienes la aprueban, son criminales quienes la aplican.

Si alguna vez lo hemos hecho, ya no podemos permitirnos el lujo de pensar en nosotros mismos: No eres Iglesia para ti, sino para los pobres; no te han hecho sacramento de la grandeza de Dios, sino de su amor infinito a los que piden vivir; no es tu misión sostener el poder ni apoyarte en él, sino defender de sus abusos a los pobres.

Recomendación final:

Vuelvo a robar palabras a la inspiración de la Iglesia apostólica: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad… Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne… Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: Nunca te dejaré”.

“Que el Dios de la paz os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo”.

En Tánger, el 4 de enero de 2016.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo

Un niño, una Iglesia, una bendición…

Adoración-al-Niño-Dios-Ft-imgConsidera el misterio: “Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción”.

Era el niño de María y de José, y el ángel y los padres le llaman Jesús, Dios salvador.

Era un niño acostado en un pesebre, y el cielo y la tierra le llaman Dios liberador.

Era un niño, y era el Mesías, el Señor, una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo.

Era un niño, con María y José, para quienes no había sitio en la posada, y era el Hijo por el que Dios nos hablaba en esta etapa final de la salvación.

Era un niño, , fragilidad, pobreza, indigencia, y era la bendición que Dios nos daba, la luz con que Dios nos iluminaba, el favor con que Dios nos miraba, la paz con que Dios nos agraciaba.

Era un niño, y en él Dios se te hacía cercano, asequible, tierno; en él Dios se hacía como tú; en él Dios se hacía tuyo.

Era sólo un niño…

Con aquel niño nació la Iglesia: una Iglesia de niños, una Iglesia niña, una Iglesia pequeña, frágil, pobre, indigente, una Iglesia con olor a establo, con la que Dios se hace cercano a todos, con la que Dios se hace de todos.

Con aquel niño nació una Iglesia que nada tiene que decir de Herodes aunque lo padezca, una Iglesia que nada dice del posadero aunque la haya dejado a la intemperie, una Iglesia de pobres que viven pendiente de Dios porque la fe en Dios es todo lo que tienen.

Y ahora, Iglesia niña y pobre, fíjate en María, en la Madre de aquel niño y madre tuya, y con ella, proclama la grandeza del Señor, del Poderoso que ha hecho cosas grandes en tu pequeñez; como ella, guarda lo que no entiendas de los misterios que te han sido confiados, medita en tu corazón lo que te sobrepasa, lo que te asombra, lo que te confina en la oscuridad del no saber.

Considera el misterio, Iglesia cuerpo de Cristo: Has nacido con Cristo para ser bendición de Dios sobre la humanidad.

Feliz camino con tu Dios y Señor.

Feliz mundo nuevo.

Y Dios nos dijo: ¡Feliz Navidad!

nacimiento-de-Jesus-y-navidadA mis amigos, a mis hermanos, a todos los que esperan la salvación: ¡Feliz Navidad!

No os lo digo yo; sería un deseo ineficaz. Os lo dice vuestro Dios, el único que puede decirlo con verdad.

Nos lo dijo en aquella noche santa, en la que nació Jesús de María y del Espíritu Santo, pues vio cumplido su sueño de proclamar una buena noticia a los pobres, de engrandecer lo pequeño, de cargar sobre los hombros ovejas que se habían perdido, de compartir mesa y gracia con publicanos y pecadores.

En el silencio de aquella noche, Dios pudo decirnos: ¡Feliz Navidad!, porque su paz envolvía la tierra, su salvación nos alcanzaba, su justicia nos besaba, su verdad nos daba la libertad.

Dios sintió que en aquella noche el corazón se le llenaba de gozo por unos hijos que se le habían ido lejos y volvían a casa, se la habían muerto y volvían a la vida; Dios vio que su casa se le llenaba de hijos que le decían: ¡Abba!…

Dios soñó aquella noche un mundo habitado por la esperanza, por la alegría, por la osadía de los enamorados, por la locura de los que creen; un mundo en el que el lobo habitaba con el cordero, en el que la pantera se tumbaba con el cabrito, en el que leones y novillos pacían juntos; un mundo en el que entraba perdedor con los perdedores, derrotado con los derrotados, excluido con los excluidos, desplazado con los desplazados, crucificado con los crucificados de la tierra.

Feliz Navidad, porque Dios se hizo hijo del hombre, y al hombre lo hizo hijo de Dios.

¡Sólo hace falta fe para verlo! ¡Sólo hace falta fe para realizarlo!

Feliz Navidad, amigos. Feliz Navidad, hermanos. Paz y Bien a todos los que esperáis la salvación.

Tánger, 21 de diciembre de 2015.

+ Fr. Santiago Agrelo

Con Cristo en el camino de los emigrantes 

images“Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven” (Lc 2, 18).

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena” (Jn 19, 25).

“Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, de modo que todos encuentren en ella un motivo para mantener la esperanza” (Plegaria eucarística V/b).

Mientras el pueblo de Dios se dispone a celebrar el misterio de la Navidad, la crueldad de los poderosos devuelve actualidad a la antigua profecía: “Un grito se oye, llanto y lamentos grandes: Raquel llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven”. Los que esperanzados y animosos vivimos nuestro tiempo de adviento, nos vemos sorprendidos por la sombra de una cruz y desplazados a un tiempo de lágrimas, plantados en un calvario, envueltos en una experiencia nueva de abandono de Dios, entregados a un silencio atónito como el de María la madre de Jesús.

La prensa ha recogido rumores, voces, testimonios de redadas en los bosques cercanos a Castillejos, de emigrantes expulsados de sus míseros refugios en el monte, de fuegos avivados con pertenencias de emigrantes a la entrada de una cueva, de emigrantes asfixiados en el interior de aquel horno…

La Iglesia llora a sus hijos que ya no viven, guarda en el corazón lo que no alcanza a comprender, se estremece de horror por los pobres que el Señor le ha confiado y que le han sido arrebatados sin justicia.

Desde esta Iglesia, desde la condición humillada de los pobres, desde el silencio de Dios, nos preguntamos: Por qué de ese horror sólo nos llegan testimonios confusos de emigrantes, voces alarmadas de amigos, noticias no confirmadas de prensa; por qué la sociedad cierra los ojos ante la violencia constante y atroz que, en nombre de la legalidad, en nombre de la seguridad, se ejerce contra los emigrantes; qué leyes se han violando para que dos jóvenes emigrantes hayan perecido en una operación de las fuerzas del orden; y si en esa operación no se ha violado ninguna ley, qué leyes habrán de ser cambiadas para que las acciones de las fuerzas del orden no representen una amenaza para la vida de los indefensos.

De nadie podemos decir que en estos hechos haya tenido un comportamiento imprudente o criminal, pero todo nos obliga a temerlo. No se puede decir que las autoridades encubran dolosamente responsabilidades de las fuerzas del orden, pero todo nos obliga a temerlo. No se puede decir que la dignidad de los emigrantes sea pisoteada cínicamente y continuamente a un lado y otro de las fronteras del sur de España, pero todo nos obliga a temerlo. Y, porque lo tememos, lo denunciamos, también para que se haga justicia a los muertos, pero sobre todo, para que tengan una esperanza de justicia los vivos, miles de familias que deambulan por los caminos de los

desplazados, acosados por un poder inicuo en todos los países, hostigados por las inclemencias del invierno, olvidados por la información.

En esta hora de Cristo y de los pobres, en este camino a la Navidad que el pecado se empeña en transformar en camino de crucificados, en este tiempo de belenes fingidos y calvarios verdaderos, las comunidades eclesiales están llamadas a ser madres junto a sus hijos más necesitados, samaritanos compasivos, recintos de ternura, de calor humano, signos de que Dios no anda lejos de los pobres.

Para hacer verdadera tu Navidad, Iglesia cuerpo de Cristo, el Espíritu del Señor está sobre ti, y te envía para que anuncies a los pobres el evangelio que necesitan.

Que la luz de cada día te encuentre en medio de ellos, para que, en medio de ti, ellos encuentren cada día al Señor su Dios.

El Seños os bendiga con la paz.

Tánger, 4 de diciembre de 2015.

Ven, Paz en la justicia 

Adviento-2A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y Bien.

El saludo que aprendí del bienaventurado Francisco de Asís y que suele encabezar las cartas que os escribo, es reconocimiento agradecido de que la Paz y el Bien son dones de Dios, y, al mismo tiempo, es confesión humilde de que todos y siempre, para acoger esos dones, necesitamos que la fe les abra las puertas de nuestra casa.

Pronunciado aquí, el acostumbrado saludo se nos vuelve clamor de súplica, pues hambre, fronteras y fundamentalismos, injusticia y violencia, parecen haber apartado paz y bien de nuestras ciudades, de nuestras casas, de nuestros corazones.

A vosotros, amados de Dios, que preparáis esperanzados la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a vosotros que, por la fe, habéis recibido al Príncipe de la paz y habéis nacido de Dios, a vosotros que conocéis de cerca la violencia de innumerables injusticias y la injusticia de intolerables violencias, a vosotros os digo: llevad a todos el don de la paz y el bien que habéis recibido y que anticipa en la tierra la alegría del cielo.

“Paz en la justicia”:

Escucha, Iglesia amada del Señor, escucha y guarda en el corazón las palabras de la promesa que se te hace: “Dios te dará un nombre para siempre: «Paz en la justicia»”.

Esa promesa se pronunció un día en medio de un pueblo que, sobrado de lutos y aflicción, andaba escaso de esperanza.

Hoy se proclama en medio de ti, Iglesia de Cristo, llamada a ser en esta hora del mundo un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ti un motivo de esperanza.

Si el nombre que se te da es el de «Paz en la justicia», si eso es lo que el Espíritu de Dios con su santa operación ha hecho de ti, si ése es tu ser, ésa ha de ser también tu tarea, ésa es tu vocación, ésa tu misión.

Tú sabes que la promesa se ha cumplido ya, y que el nombre de «Paz en la justicia» le corresponde en plenitud a Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador. Con él entró en la tierra la paz, el bien, la reconciliación, la justificación; con él, paz y bien, reconciliación y justificación, alegría y gloria, han puesto su tienda entre nosotros: ¡Él es nuestra paz! ¡Él es nuestra justicia! ¡Él es nuestra «Paz en la justicia»!

Tú sabes, Iglesia de Cristo, que eres en el mundo presencia real de tu Señor, del Hijo más amado, del que está a la derecha de Dios en el cielo, pues él ha querido ser tu cabeza, y que tú fueses su cuerpo.

Recuerda lo que eres, de modo que jamás olvides lo que has de hacer. Si eres el cuerpo del Señor, tu vida es inseparable de la suya, tus palabras han de nacer de su evangelio, tus sentimientos han de ser los mismos que él ha tenido, tus acciones, como las suyas, han de manifestar a los pobres la llegada del reino de Dios.

Así, asombrada y agradecida, el nombre de «Paz en la justicia» lo dirás hoy de Cristo tu Señor; y, esperanzada y dichosa., entenderás que se dice también de ti misma.

La paz que tú eres no es la que impone el poder de los tiranos, no es la que buscan los ejércitos con la victoria, no es la que finge quien banquetea cada día a la vista de los pobres, no es la que sueña el necio que acumuló tantas riquezas que piensa dedicarse a disfrutar de ellas sin preocupaciones.

La paz que tú eres está hecha de luz para los ciegos, de libertad para los oprimidos, de perdón para los que te ofenden; tu paz está hecha de consuelo para los que lloran, de alegría para los tristes, de compasión para los necesitados de misericordia; tu paz está hecha de pan y de agua, de vestido y de cariño, de humildad y de servicio; tu paz está hecha de tu vida, fluye de tu corazón, se derrama por tus manos, llega a todo lo que tocas, llega a todos los que Dios ama… tu paz es la de quienes imitan en su vida el amor que es Dios, el amor con que Dios nos ama.

Ven, Señor Jesús:

Hoy comulgarás con Cristo Jesús tu Señor, con la verdadera «Paz en la justicia», y en la intimidad de ese encuentro, te verás agraciado, transformado en aquel a quien recibes, y llamado a la vocación altísima de continuar en el mundo su misión de evangelizar a los pobres. Pero al mismo tiempo, verás apenado que en ti los nombres están lejos de haber alcanzado su plenitud de verdad, verás que es mucho el camino que todavía has de recorrer para ser de Cristo, para ser Cristo, para ser «Paz en la justicia».

Por eso clamas por el que amas: «Ven, Señor Jesús»; y suplicas por la misión que has de cumplir: “Venga a nosotros tu reino”. Por eso vives siempre en adviento, y esperas aunque tu fe haya conocido ya el nacimiento de tu Salvador, y clamas por lo que esperas, aun agradeciendo siempre lo que ya has recibido.

El Espíritu y la esposa dicen: “Ven, Señor Jesús”. Los pobre dicen: Ven, Paz en la justicia.

Tánger, 2 de diciembre de 2015.

+ Fr. Santiago Agrelo

Desde la pobreza a la Navidad:

ADVIENTO1Nuestra preparación para la Navidad la comenzamos suplicando: “A ti, Señor, levanto mi alma”.

Suplicando, nos disponemos a escuchar la palabra del evangelio: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

Y al comulgar, el Cuerpo de Cristo, que nos recibe y recibimos, es certeza de que nuestra súplica ha sido escuchada, de que “el Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto”, pues hemos comulgado la divina misericordia, hemos recibido la salvación.

No habrá Navidad para mí si no la pido. No le abriré al Señor la puerta de mi vida si no deseo que entre en ella. No me inundará la alegría de su presencia si no he experimentado el vacío de su ausencia.

Los enfermos, los parados, los desahuciados, los emigrantes, los sobrantes, los hambrientos de pan y de justicia, los sedientos de misericordia y de perdón, los que han visto amenazadas por el exceso del dolor la fe y la esperanza, ésos son humanidad para el Adviento, humanidad necesitada de Navidad, de que venga para ella con la justicia la paz, humanidad abierta al anuncio de la gran alegría que se llama Jesús.

Fuera de la pobreza no hay Adviento. Fuera de la pobreza no habrá Navidad.

Con lo cual queda dicho que, si no conozco por mi propia condición las angustias de los pobres, habré de conocerlas necesariamente por comunión con quienes las padecen. Es éste un gran misterio: si quiero comulgar con Cristo, si quiero desear su venida, si quiero abrirle las puertas de mi casa, tendré que abrirlas de par en par a los pobres, comulgar con ellos, y desear con ellos que ilumine nuestras vidas la luz de la Navidad.

Feliz Adviento.