“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”:

jesus_handConsidera quién es el que dice: “Yo soy”. Aquel día, en la orilla del lago de Tiberíades, lo dijo Jesús de Nazaret. Hoy, a la comunidad reunida para celebrar los misterios de la redención, nos lo dice el Señor resucitado. Que al acoger su mensaje, tu fe no olvide la gloria del mensajero que nos lo trae. Entonces, en aquella orilla, y ahora, en tu celebración, quien habla es la Palabra que todo lo ha creado, quien se revela es la Luz de Dios hecha luz del mundo, quien te visita es la Vida eterna, entregada por el amor de Dios para que sea tu Vida.

Considera ahora lo que dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Entonces, los que tenían la certeza de saber quién era Jesús, porque conocían a su padre y a su madre, se escandalizaron de lo que Jesús les decía, y cerraron la propia vida a la fe en él. ¡Porque saben, no creen! Lo que saben, los aparta de lo que no saben. Lo que viene de la tierra, los aparta de lo que viene de lo alto. Lo que tienen, los aparta de lo que necesitan. ¡Porque saben, la Vida, que para ellos viene de Dios, pasará a su lado y no la recibirán!

Ahora, Iglesia de Cristo, déjame imaginar tu encuentro con tu Señor en la eucaristía. Las palabras que tú oyes son las mismas que oyeron los que no creyeron: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Pero tú, por la fe, las guardas en el corazón, y en el corazón se te hacen deseo de comer ese pan, hambre de vida eterna, esperanza de comunión con el que es la resurrección y la vida. Comerás, y con la fuerza de ese alimento celeste subirás hasta Dios. Gustarás en el sacramento el pan de la vida, y en el pan que has gustado conocerás la bondad del Señor: “¡Dichoso el que se acoge a él!”

Pero aún son muchos los misterios que encierran las palabras que has guardado en el corazón, y habrás de meditarlas si quieres asomarte a ellos.

Al decirte, “yo soy el pan”, el Señor resucitado te dice: «Yo soy para ti», pues el pan no existe para sí mismo, sino para quien de él se alimenta. Cree, come, y aprende, comiendo, a ser por entero de aquel que entero se te ha dado para que comieses.

Al decirte, “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, también te ha dejado memoria de su abajamiento, hasta el anonadamiento, hasta lo hondo tu vida, hasta lo hondo de tu muerte. La Palabra que estaba junto a Dios, la Palabra que era Dios, se hizo Palabra junto a ti, Palabra para ti, Pan para tu mesa. Pan, he dicho, y nunca hubiera podido decirlo si él no nos lo hubiese revelado, pues si Cristo es pan para nosotros, siendo más que nosotros por ser del cielo, siendo uno de nosotros por ser de la tierra, se ha hecho el último de todos, siervo de todos, al hacerse alimento para todos.

Porque has conocido quién es el Señor para ti, porque has creído en él, has conocido cuál es la vocación a la que has sido llamada: ser, como Cristo, pan sobre la mesa de los pobres, sierva de todos, la última entre los últimos de la tierra.

Feliz domingo.

El Pan de la Vida:

corpuschristi“El Señor les dio pan del cielo”. Al pronunciar tu oración en la asamblea eucarística, recuerdas las maravillas que el Señor realizó en el desierto a favor de su pueblo, recuerdas un pan que el pueblo de los redimidos no podía preparar, provisiones de las que no podía disponer, y confiesas con el pueblo de la antigua alianza: “El hombre comió pan de ángeles, el Señor les mandó provisiones hasta la hartura”. En tu oración, Iglesia de Dios, recuerdas la abundancia del paraíso, símbolo de los bienes de la tierra prometida; y recuerdas esa tierra que manaba leche y miel, la tierra que el Señor dio a sus hijos para que en ella fuesen dichosos y libres: ¡“El Señor les dio pan del cielo”!

Al pronunciar hoy tu oración, recuerdas también la palabra profética y la palabra inspirada con la que Dios guió a su pueblo, lo alimentó y lo fortaleció.

Pero la memoria de la fe te recuerda sobre todo la Palabra encarnada, el Hijo entregado, que puso su tienda entre nosotros. En verdad, “el Señor nos dio pan del cielo”, su amor nos dio pan del cielo, la fidelidad y la misericordia lo amasaron con humildad y sabiduría: pan de los ángeles, pan de los pobres, pan de los pecadores, ¡pan de la vida!, para los que teníamos como único destino la muerte,

Tengo un amigo enfermo. Mi amigo se va. Me dijo: “tengo un bicho malo”. Nos despedimos hasta el cielo. Nos abrazamos hasta el próximo abrazo. Había allí dolor de separación. Y había también esperanza, una esperanza cierta, pues el amor de Dios nos abrazaba a los dos. Era la vida, ¡la Vida!, era Jesús el Señor quien nos unía para siempre.

Guarda, Iglesia amada de Dios, guarda en tu corazón las palabras del Señor: “Yo soy el pan de vida”. Cree, come y vive.

Feliz domingo.

Comerán y sobrará:

ImageProxy.mvcA propósito del pan multiplicado por el profeta Eliseo o por Jesús de Nazaret resulta más fácil oír una broma que saborear un pedazo. Y, sin embargo, la comunidad creyente sabe que el pan no se multiplica para bromear sino para comer, y que Dios lo multiplica con generosidad, para que sobre: “Comerán y sobrará”.

Eliseo, el siervo del Señor, con veinte panes dio de comer a cien personas: “Comieron y sobró”.

Jesús, “el profeta que tenía que venir al mundo”, con cinco panes dio de comer a una multitud: “sólo los hombres eran unos cinco mil”. Comieron, se saciaron y sobró.

Tú sabes que la palabra proclamada hoy en medio de ti, sólo te ha presentado lejanas figuras del pan que tu Dios multiplica cada día para que vivas. Reunida en asamblea santa, escuchaste con fe la palabra de Dios, bendijiste a tu Señor, proclamaste la gloria de su reinado, convocaste a las criaturas para que todas entonasen un canto de acción de gracias al Señor, que a todos da la comida a su tiempo y sacia de favores a todo viviente.

Tú sabes que el pan verdadero es uno solo, y de ese único pan te dispones a comer, y sabes que abundará para todos los pueblos de la tierra: “¡Comerán y sobrará!”. Es el pan de la pascua nueva y eterna, el pan de la vida, el pan que ha bajado del cielo y que da la vida al mundo. El pan que aquí se multiplica y del que te dispones a comer es Cristo el Señor: su cuerpo entregado, su sangre derramada, su palabra y su Espíritu.

El pan multiplicado, figura de Cristo entregado en la encarnación y en la eucaristía, es también figura de la Iglesia entregada a todos los hombres en el ministerio de la palabra y de la caridad: un solo cuerpo, un solo espíritu, un solo pan, para que todos coman y vivan.

Esa es nuestra vocación: El Espíritu del Señor nos ha ungido para llevar pan a los pobres, para ser pan en la mesa de los predilectos de Dios. Si somos fieles a ella, hoy en la Iglesia, como ayer con Jesús, todos “comerán y sobrará”.

Feliz domingo. Ven, Señor Jesús.

Escucha y profetiza:

ojos20jesusContinuamos hablando de profetas.

Sabes que Dios te ha hablado en el hijo despreciado de un carpintero, en un rey de burlas crucificado; y has aprendido a reconocer la voz de tu Señor en los despreciados y escarnecidos.

Pero también sabes que has sido llamado a decir palabras de Dios.

Eso no es privilegio sino responsabilidad, no es prebenda sino crucifixión.

Porque eres profeta, eres un desarraigado: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

Porque eres profeta, vives a la escucha de Dios: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”.

Alguien escribió: “Las ideologías no son mutables; pueden imponerse con vigor, pueden conquistar países e idiomas, pero carecen de oído”. Me asalta la sospecha de que los llamados a ser profetas del Altísimo nos reducimos una y otra vez al papel de ideólogos de Dios y de la religión, ideólogos carentes de oído, mera apariencia de profetas.

Escucha y profetiza. No anuncies lo que no hayas oído a tu Señor. No calles lo que él te haya revelado.

Escucha y profetiza. El que te ha llamado, el que te ha desarraigado, el que te ha enviado a recorrer los caminos de los hombres, el que te ha querido libre para él y para la misión, te ha confiado un tesoro que a todos has de ofrecer. Irás sin pan ni alforja ni dinero en la faja, rico de justicia y de paz, de salvación y de gloria, de misericordia y de fidelidad.

Escucha y profetiza, porque Dios nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Lluvia de bendiciones es la que Dios nos ha dado, para que nuestra tierra diese una cosecha de justicia y de salvación que los pecadores nunca hubiéramos podido soñar.

Escucha y profetiza: “Dios nos eligió en la persona de Cristo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos. Por este Hijo hemos recibido la redención… El tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros”.

Si escuchas como profeta, saldrás a los caminos de los hombres llevando la palabra del que te envía, el pan de su vida para repartir, irás con su autoridad para liberar, llevarás el aceite de su misericordia para curar.

“Dichosos los que viven en tu casa, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío”, gorriones y golondrinas que han encontrado un nido al abrigo de tu presencia. Dichosos, Señor, los hombres y mujeres que viven a la escucha de tu palabra. Dichosos, Señor, tus profetas.

Feliz domingo.

Escuchar a los crucificados:

1b64175b838051186f4b0a1bb0122b30Que Dios exista o no, es asunto que supongo de importancia vital para Dios, aunque poco o nada interesante para los Picos de Europa, para las rosas de tu jardín, o para los insectos que se alimentan de tus rosas y terminan por ser alimento de golondrinas.

A ti y a mí la pregunta sobre Dios nos interesa cuando descubrimos que Dios habla, y que hemos nacido equipados para escuchar a Dios y responderle.

La cuestión esencial no es saber si Dios existe, sino responderle si nos habla, pues en ello comprometemos la vida, también la otra, ésa que todavía no conocemos, pero sobre todo ésta que ahora administramos, gozamos, padecemos, hacemos día a día con todo el corazón, con todo el ser.

Párate a escuchar a Dios en la voz del universo; atiende al rumor del Espíritu de Dios en las palabras pobres de la Sagrada Escritura; levanta tus ojos al que habita en los cielos y guarda en tu intimidad el mensaje de sus profetas.

La liturgia de este domingo va de profetas, de enviados de Dios a decir palabras de Dios. Si la pregunta por la existencia de Dios podía ser considerada ejercicio retórico, no así la pregunta por los profetas de Dios.

Tú puedes levantar los ojos a Dios, puedes fijarlos en él esperando su misericordia, puedes gritar tu necesidad de salvación; él responderá enviándote su palabra, sus profetas; y, si no reconoces la palabra que él te dice, si no acoges al profeta que él te envía, ten por cierto que llamarán a tu puerta la misericordia y la salvación que has pedido, y no les abrirás.

Suele la palabra ser despreciada por demasiado humana, y el profeta por demasiado conocido; y solemos ignorar misericordia y salvación por desprecio de palabras y profetas: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero?”

Eso decían los vecinos de Jesús de Nazaret cuando escucharon su enseñanza en la sinagoga. Me pregunto qué dirían si lo hubiesen visto clavado en una cruz y moribundo, atrapado en un infierno de sufrimiento, y abandonado por Dios. Te lo puedes imaginar: “¡Vaya! Tú que destruías el santuario y lo reconstruías en tres días, baja de la cruz y sálvate… Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!”

Pero tú no miras así a tu Cristo crucificado. Tú aprendiste a escuchar su silencio, a leer sus llagas, a descifrar el misterio de su vida. Y viste y oíste a Dios en aquel hombre abandonado de Dios.

Desde entonces, el mundo se te ha llenado de profetas, de crucificados que te hablan en nombre de Dios. Y sabes que has de preocuparte, no por la existencia de Dios, sino por la vida de los crucificados, por la palabra de sus profetas, por el grito de sus pobres.

Muchos se quedarán fuera del reino, porque la invitación a poseerlo les llegó en las manos de un desheredado. ¡Qué lástima!

Feliz domingo.

Nos vamos de Pascua:

jesus_handtPara adentrarnos en el misterio de este domingo, nos dejaremos guiar por las palabras del Salmista: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”. Son las palabras de nuestra oración responsorial.

Son del Salmista porque él oró mientras las buscaba a la luz de la fe para componer su poema, y porque oró cuando las encontró para bendecir con ellas a Dios.

Y son nuestras, porque la Iglesia las ha hecho suyas para que en nuestra Eucaristía cantemos las misericordias del Señor: la gracia de su palabra, el amor de sus designios, la grandeza de su creación, la belleza de sus obras, su victoria sobre la muerte.

A nuestro canto se unirá aquel jefe de la sinagoga que tenía a su niña en la últimas, y que acudió a Jesús en busca de curación y de vida. Y con nosotros estará también aquella mujer de los muchos años enferma y de los muchos médicos que no habían podido curarla, aquella que tuvo fe para robarle fuerza a Jesús. Todos unidos en la confesión de lo que hemos vivido: “Cambiaste mi luto en danzas, Señor Dios mío”.

Pero aún no te hablé de él, del que ora con nosotros, del que ora en nosotros, del que ora por nosotros; aún no te hablé de Cristo Jesús, aunque en él llegasen a su cumplimiento las palabras del Salmista, aunque de él fuesen evidente figura aquella mujer enferma y aquella niña muerta.

Cristo Jesús es la verdad de las palabras de nuestra oración; él es su sentido pleno.

Cuando nuestra oración confiesa lo que hemos conocido de Dios, en verdad confiesa lo que, por la fe y los sacramentos, hemos vivido y vivimos en comunión con Cristo Jesús.

Nosotros decimos: “Te ensalzaré Dios mío, porque me has librado”, pero no es lo mismo decirlo sólo con el Salmista que decirlo en Cristo Jesús.

No eres tú quien lo dice, sino Cristo en ti y tú en él: “Señor, sacaste mi vida del abismo y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”. No eres tú quien agradece, sino Cristo en ti y tú en Cristo: “Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo”.

Y porque estás en comunión con él, esta es tu Pascua, Iglesia cuerpo de Cristo, este es tu salmo de resurrección, éste es el misterio que recuerdas orando y que vives celebrando: Hoy te acercas a Cristo para robarle tu curación y tu vida; hoy Cristo Jesús te toma de la mano y te dice: contigo hablo, levántate, resucita; hoy tu vida queda escondida con Cristo en Dios.

Hoy, cuando comulgues, con Cristo y con los pobres suban al cielo las palabra de tu canto: “Te daré gracias por siempre”. Lo cual indica que tienes intención de robarle también el cielo.

Feliz domingo, feliz encuentro con la vida en Cristo Jesús.

Hasta que el miedo se rinda a la alegría

ojos20jesusEl relato de la tempestad calmada representa el poder de Jesús sobre las fuerzas del mal que amenazan la vida del hombre: Jesús cura a los enfermos, perdona pecados, expulsa demonios, “¡hasta el viento y el mar lo obedecen!”

Con palabras del libro de Job, la liturgia recuerda que, en Jesús, es el Creador del universo quien ha subido a la barca con la comunidad eclesial, es el Señor quien está en medio de nosotros en la asamblea eucarística, es Dios quien viene a nosotros en el misterio de la comunión, el mismo que “cerró el mar con una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno”, el mismo que al mar “le puso nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales”, el mismo que, al atardecer de aquel día en el lago, “increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!», y el viento cesó y el mar se calló.

Aunque la liturgia te enseña que “Jesús es el Señor”, tú no dejes de preguntar: «¿Pero quién es este?»; no sea que la certeza de lo que confiesas, porque se te ha revelado, anule el asombro ante el misterio que todavía se te oculta y que jamás podrás abarcar.

Hoy la liturgia te muestra a Jesús vencedor sobre las fuerzas del mal. Pero la fe te recuerda que esa victoria, prefigurada en la tempestad calmada, con Jesús dormido en la popa de una barca y despertado por unos discípulos asustados, se consumó en la Pascua de Cristo, con el Señor dormido en la cruz y despertado por el poder de Dios en la resurrección.

Aprendiendo a creer, los discípulos, en el atardecer de la tempestad calmada, “se llenaron de miedo”, y las mujeres, en la mañana del sepulcro abierto, “quedaron aterradas”. Para nosotros son hoy las preguntas que el Señor hizo entonces a los discípulos: «Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Y para nosotros son las palabras que el ángel de la resurrección dijo a las mujeres: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado».

Aunque ya sepas que “Jesús es el Señor”, no dejes de preguntar: «¿Pero quién es este?», hasta que el miedo se rinda a la alegría, porque el Señor vive, porque Cristo ha resucitado, porque al Señor le concierne nuestra vida, porque el Señor está con nosotros para siempre, porque hoy has comulgado con él, porque has resucitado con él.

Feliz domingo.

A Dios le gusta la mostaza:

10.26Entre los árboles del bosque, Dios escoge y planta una rama tierna. Entre las semillas, el Reino de Dios se compara con la más pequeña de ellas.

La pequeñez es el sacramento que evidencia la grandeza de Dios en la historia de la salvación, en la vida de la Iglesia, en la vida de cada creyente.

La pequeñez sin apariencia del grano de mostaza se hará enramada tan grande que a su sombra podrán anidar los pájaros del cielo.

Ese grano de mostaza, semilla insignificante, ni “atrayente a los ojos” ni “deseable para lograr inteligencia”, se podría llamar «Belén Efratá»: “Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel”. Lo podrías llamar «cabaña de David»: “Aquel día levantaré la cabaña caída de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas y la reconstruiré como antaño”. Lo puedes llamar «resto de Israel»: “Aquel día, el resto de Israel y los supervivientes de la casa de Jacob no volverán a apoyarse en su agresor, sino que se apoyarán con lealtad en el Señor, en el Santo de Israel”. Lo puedes llamar «renuevo» y «vástago»: “Se desploma el Líbano con todo su esplendor; pero brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago”.

El secreto de la fecundidad asombrosa de lo pequeño es «El Señor»: su voluntad, su misericordia, su fidelidad, sus promesas.

En la pequeñez fecunda del grano de mostaza puedes ver representado el misterio de María de Nazaret, la esclava que Dios ha enaltecido.

En esa semilla, que ni semilla parece, puedes ver representado el misterio de Cristo, del Hijo que ha descendido hasta lo hondo de la condición humana y, por eso, ha recibido de Dios el nombre sobre todo nombre.

En ese grano de mostaza se puede ver representado el misterio de la comunidad eclesial, del pequeño rebaño de Cristo Jesús.

Por eso haces tuyo el himno del salmista: “Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo; proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad”.

Por eso haces tuyo el cántico de la esclava enaltecida: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

El Reino de Dios es como un grano de mostaza; es como el Cristo anonadado en la encarnación, entregado en la Eucaristía; es como tú, Iglesia que caminas con Cristo en pobreza y humildad.

A Dios le gusta la mostaza. A Dios se le van los ojos tras su Hijo bautizado en nuestra nada. Dios enaltece su misericordia y su fidelidad en la pequeñez de la comunidad eclesial.

El amor anuló la desproporción:

corpuschristiLa razón dice que, en la relación de Dios con el hombre, es Dios el que siempre pierde, pues siendo él el Bien, el sumo Bien, el todo Bien, nada puede de nosotros recibir que a él le falte, nada le podemos ofrecer que de él no hayamos recibido.

Aunque en la relación con Dios no hubiese de considerar el abismo que se abre entre su santidad y mi pecado, para el asombro bastaría considerar la desproporción que acepta el Dios de la alianza, cuando dice: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”.

Lo dice la razón y lo dice la fe: ¡No hay proporción entre lo que se recibe y lo que se da! No hay proporción, pues Dios nos recibe a nosotros, y nosotros recibimos a Dios.

No pienses, sin embargo, que el amor que te ha buscado en lo hondo de tu miseria, te ha abandonado donde te halló, pues si Dios bajó hasta ti, fue para subirte hasta él.

Recuerda, pues has de agradecerla siempre, la sangre de la alianza que hizo el Señor con nuestros padres sobre los mandatos de su santa ley. Pero fija la mirada de tu corazón en la sangre de la nueva alianza, fíjate en el que dice: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”. Si consideras las palabras, son palabras tuyas, palabras de hombre, palabras familiares para una humanidad que sufre. Si consideras quién las pronuncia, también es uno de los tuyos, también es hombre, también conoce de cerca lo que quiere decir “sangre derramada”. Si consideras dónde habla y qué hace, reconoces la mesa, el pan y el vino de tu cena pascual. Todo es tuyo ¡y todo es de Dios!, pues la sangre que sella la alianza nueva es la sangre del Hijo, y la alianza la hace Dios, no ya sobre los mandatos de la antigua ley siempre transgredidos, sino sobre el amor del Hijo, sobre la fidelidad del amado, sobre la obediencia del predilecto, sobre el cuerpo entregado de Jesús de Nazaret.

En esta alianza nueva, a Dios le responde en el hombre el amor mismo Dios.

Éste es, Iglesia santa, el misterio que hoy puedes contemplar y gustar, pues por la acción del Espíritu de Dios en ti y en tu eucaristía, comulgas con aquel Hijo, con el predilecto, con Cristo Jesús. Para esto te ha dejado el Señor el pan y el vino de su cena, para que, siendo una con Cristo, puedas ser de Dios en él, puedas amar a Dios con él, puedas obedecer a Dios como él. Te han dejado el pan y el vino de la Eucaristía para que la gracia anule la desproporción que te impone la naturaleza, pues también tú, aunque pobre y pecadora, responderás a tu Dios con la fidelidad de su Hijo, con el amor de su Hijo, con la obediencia de su Hijo.

Feliz día del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Dichosa tú:

rublevLa revelación del misterio de la Santísima Trinidad nos ha permitido asomarnos a un abismo de amor compasivo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que tenga vida eterna”.

La revelación ha llenado de luz nuestro día, y la comunidad entra en su celebración festiva con un canto de alabanza: “Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros”.

Luego confesará con el salmista: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor”.

En verdad dichosa tú, Iglesia santa, porque el Señor te amó, te creó, te entregó su palabra, su Hijo y su Espíritu.

Dichosa tú, que has visto a Dios vaciarse de sí mismo por ti, lo has visto hacerse hijo de la humanidad, para que tú fueses un pueblo de hijos de Dios.

Dichosa tú, que has visto a Dos vaciarse de su santidad y hacerse impuro con tu lepra, para que tú fueses una nación santa.

Dichosa tú, que has visto a Dios vaciarse de la vida, para que tú fueses una Iglesia de resucitados.

Dichosa tú, que has visto a Dios vaciarse de Dios para servirte, purificarte, sellar contigo una alianza nueva y eterna.

Y porque a Dios lo has visto así, en carne viva de amor, tu canto de bendición sube hoy desde la tierra hasta el cielo, pues desde el cielo ha bajado a tu tierra la misericordia que todo lo llena.

Pero en este día de fiesta no celebramos sólo la misericordia que se nos ha revelado por el don del Hijo y del Espíritu; celebramos también la obra admirable que la misericordia de Dios ha realizado en nosotros, pues hemos recibido un Espíritu de hijos adoptivos y, por ese Espíritu, a Dios le decimos con verdad: ¡Abba! ¡Padre!; por ese Espíritu somos hijos de Dios en Cristo, y somos herederos de Dios y coherederos con Cristo.

Dichosa tú, Iglesia santificada, asamblea de los que han sido bautizados en la santidad de la Trinidad para ser hijos de Dios Padre, hijos en el Hijo de Dios, hijos por el Espíritu de Dios.

Dichosa tú, pues la Trinidad Santísima es el seno del que has nacido, es el misterio en el que se te ha concedido vivir, moverte, existir, y es también la plenitud de lo que esperas ser.

Vive en la Eucaristía lo que confiesas en la fe. Por la fuerza del Espíritu de Dios y en comunión con el Hijo de Dios, haz resonar en la asamblea eucarística, en el corazón de los fieles y en todo el universo la palabra más hermosa que de Dios podemos decir: ¡Abba! ¡Padre!

Terminada la Eucaristía, te espera la misión a la que te envía tu Señor. Recuerda que Dios es el futuro del hombre, de toda la creación, y que has de hacer posible el milagro de que todos conozcan el Amor de donde vienen, el Amor en el que viven, el Amor hacia el que van. Díselo a todos; que a todos se lo diga el amor con que los amas.

Feliz día de la Santísima Trinidad.