Amar para vivir:

Queridos: hemos entrado en los días de la santa Cuaresma, tiempo de preparación para la solemne celebración anual de la Pascua del Señor.
Nuestros ojos se vuelven una y otra vez a Cristo crucificado y resucitado. Los hijos del hombre viejo –Adán- miramos al hombre nuevo –Cristo-. Quienes seducidos por la mentira hicimos con Adán el camino que lleva del paraíso al desierto, movidos por la fe recorremos ahora con Cristo el camino que lleva del desierto al paraíso.
En el relato del Génesis, que hoy se proclama en nuestra asamblea litúrgica, no se nos cuenta la historia de un hombre, sino la historia del hombre, nuestra propia historia, y todos somos testigos de la verdad de ese relato, pues cada uno de nosotros sabe que es en nuestra propia intimidad donde hemos oído la palabra del engañador, que es en nuestro corazón donde se ha insinuado el más astuto de los animales, que es él el enemigo que ha sembrado en nuestro interior la duda sobre la verdad de las promesas divinas, que es él el que ha puesto la semilla de la muerte donde el amor había puesto la certeza de la vida.
El espíritu de la mentira nos dijo: “No moriréis”, “se os abrirán los ojos”, “seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal”, y nosotros, ávidos de un fruto que nos pareció apetitoso, atrayente y deseable, nos dejamos engañar, comimos la muerte, vimos sólo nuestra desnudez, y transformamos en desierto el paraíso donde el amor nos había colocado.
Pero vosotros no sois sólo hijos del hombre viejo, sino que, por gracia, sois cuerpo de Cristo, hijos de la humanidad nueva que, en Cristo, ha sido purificada, justificada, glorificada. Hoy contempláis al hombre nuevo que, llevado por el Espíritu de la verdad, entra en nuestro desierto. Él es el Hijo de Dios, que escogió por amor “ser como un hombre cualquiera”. Él es la Palabra de Dios, en quien estaba la Vida, que escogió “hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Él es el Ungido de Dios, que ha hecho de la obediencia a la voluntad del Padre el alimento de su vida, y así, ha transformado en paraíso el desierto a donde el Espíritu de Dios le había llevado, ha pasado de la muerte a la vida, ha iluminado la oscuridad de nuestra noche con la gloria del día de Dios.
Si consideramos la verdad de nuestra comunión con el hombre viejo, entonces hacemos subir desde lo hondo de nuestro ser la súplica humilde del pecador: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa… crea en mí un corazón puro… devuélveme la alegría de mi salvación”.
Si consideramos la verdad de nuestra comunión con Cristo, entonces, desde el corazón y los labios del creyente, sube hasta el cielo un canto de alabanza, porque en Cristo la misericordia nos ha alcanzado, la bondad nos ha rodeado, la compasión nos ha purificado, el amor nos ha recreado, la salvación nos ha ungido con óleo de alegría.
En la santa Cuaresma, confesamos humildemente nuestra comunión con el hombre viejo y nos disponemos gozosamente a la más íntima comunión con el hombre nuevo.
Queridos, si reconocemos que en Cristo, a nosotros pecadores, el Señor nos ha escuchado, nos ha defendido, nos ha cubierto con sus plumas, nos ha hecho pasar de la muerte a la vida y nos ha glorificado, cada uno de nosotros aprende con Cristo a transformar los desiertos, en los que la humanidad muere, en un paraíso, en el que a todos se ofrece la vida. Hoy aprendemos con Cristo a bajar por amor hasta los pobres, hoy aprendemos a obedecer por amor la Palabra del Señor, hoy aprendemos a dar la vida por quienes no vivirían si nosotros no les amásemos.

 

Amar como Dios ama:

Si hablamos de Dios, hablamos de amor.
El salmista lo dijo así: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura”.
Desde su experiencia personal de la misericordia y la compasión de Dios, el salmista nos invitaba a reconocerla como nuestra, a confesarla como universal. ¡Y no conocía al Mesías Jesús!
Pero tú has creído en Jesús, tú lo conoces.
Y en Cristo Jesús se te ha revelado el misterio de un amor sin medida.
Él es el compadecido, el curado, el rescatado, el colmado de gracia y de ternura. Él es el resucitado.
En Cristo Jesús, los verbos que expresan la acción misericordiosa de Dios, adquieren todos una dimensión de plenitud, de eternidad.
Decimos “en Cristo Jesús”, y decimos bien.
Pero la fe añade, y añade bien: “En Cristo” somos hijos de Dios; “por Cristo” tenemos acceso al Padre; “con Cristo” hemos sido crucificados, hemos sido sepultados, hemos resucitado, y estamos a la derecha de Dios en el cielo.
Y tú, Iglesia convocada a la eucaristía dominical, con el salmista y con Cristo bendices al Señor, pues te reconoces y confiesas compadecida, curada, rescatada, colmada de gracia y de ternura: ¡Resucitada!
Tú te reconoces y confiesas amada con un amor que los ríos no podrán anegar, que las aguas caudalosas no podrán apagar.
Y del amor sólo es digno el amor. El proverbio lo decía de aquella manera: «Amor con amor se paga.»
De ahí que el de amar sea el mandato que resume todos los mandatos: amar como Dios ama; amar como nos amó Jesús, “hasta el extremo”; amar sin fronteras; amar sin otra medida que la del amor que Dios nos tiene.
Y en ese amor entra el universo entero, la humanidad entera, también el enemigo –el corazón intuye que entra sobre todo el enemigo-.
Hoy lo cantamos con el Aleluya: “Quien guarda la palabra de Cristo, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a plenitud”. Que es como decir: La evidencia de que amamos a Dios es que guardamos la palabra de Cristo Jesús.
Amar, amar hasta que el amor se le haga herida a quien nos odia; amar hasta que el amor dé sentido a la existencia de quien sufre; amar hasta que el amor revele la dignidad divina de los humillados; amar hasta que seamos una evidencia de Dios compasivo y misericordioso; amar hasta que seamos una presencia viva del amor de Cristo Jesús.
Feliz comunión con Cristo resucitado.

Los secretos del Reino

Jesús lo dijo así: “Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla”.

Y continúa diciéndolo así, porque continúa siendo así en este mundo nuestro, orgulloso de lo que ha conseguido saber y entender.

Sabios y entendidos se han hecho con la habilidad de Dios para crear, han descifrado cuanto Dios habría confiado al enigma del universo, están a las puertas de reducir a ecuación matemática los secretos del mundo, han hecho previsible una inminente declaración universal sobre la inutilidad de Dios.

Pero sabios y entendidos continúan sin conocer “los secretos del Reino, revelados”, hoy como ayer, sólo “a la gente sencilla”.

Sólo los sencillos tienen ojos para reconocer en Jesús el Reino de Dios, para acceder al misterio de Jesús, para entrar en el corazón de Dios y ver el mundo a través de los ojos de Dios.

Los sencillos no pretenden “ser como Dios”; lo suyo es “caminar en la voluntad del Señor”, “buscarlo de todo corazón guardando sus preceptos”.

Ellos tienen “una sabiduría que no es de este mundo”, una perspectiva que sólo se puede tener desde la mirada de Dios.

Puede que los sencillos no lleguen jamás al último planeta de nuestro sistema solar, pero a ellos se les ha revelado ya –desde los ojos de Dios han visto ya- que el mundo, esta tierra en la que vivimos, es un mundo de hermanos, es la casa de familia de los hijos de Dios.

Puede que los sencillos jamás lleguen a ver a Dios orbitando alrededor de la tierra, pero a ellos se les ha concedido reconocer el cuerpo de su Dios –el cuerpo de Cristo- en los que aman, en los que sufren, en el clamor de los pobres sobre la faz de la tierra.

Los sencillos no necesitan ir al cielo para encontrarse con Dios: ellos se han encontrado con su Señor, puede que sin saberlo, cuando lo acudieron drogado en portales inmundos, mendigo en las calles, prostituido y violado y asesinado, emigrante y humillado y abandonado.

Los sencillos no saben dar un paso sin tropezar con el Dios de Jesús, con el Jesús de Dios, sin acudirlo, sin abrazarlo, sin hacer presente el Reino de Dios.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Dichosos los humildes y sencillos que, llevando a Cristo en el corazón, son, como él, un sacramento del amor de Dios a los pobres.

A todos os deseo una dichosa comunión con Cristo.

Aprender de la Luz a ser luz:

No nos identifican los edificios en los que nos reunimos, ni los ritos que practicamos, ni las manifestaciones en las que participamos, ni los vestidos que utilizamos.

Si decimos que somos cristianos, lo decimos por lo que Dios ha hecho en nosotros y por lo que nos ha llamado a hacer.

Se podría decir que cristiano es quien ha sido incorporado por gracia al cuerpo de Cristo y ha sido llamado a ser en el mundo una presencia viva de Cristo.

Decirse cristiano es declararse inmerso en un misterio, que es el de Cristo, que es el de Dios, y al que sólo se accede con la ayuda de la palabra de Dios.

Si eres cristiano, habrás de ser luz, pues aquel a quien estás unido por la fe, aquel por quien has recibido el Espíritu Santo, él es la luz del mundo.

Y si él es la Luz, luz hemos de ser los que vivimos en él, aquéllos en quienes él vive: “Vosotros sois la luz del mundo”.

La luz de Dios llega a donde llega el Reino de Dios, a donde llega Jesús de Nazaret, a donde lleguemos los discípulos de Jesús.

Ahora, si quieres saber cómo has de ser luz, recuerda las palabras de tu oración: “En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo”. “Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta”.

Tú, Iglesia discípula de Cristo, dices esas palabras sin temor a mentir, porque las dices en comunión con el que es la Luz del mundo, con el que es justicia de Dios para todos, clemencia de Dios para todos, compasión de Dios para todos, regalo –limosna- de Dios para todos, sacramento del amor que a todos Dios nos tiene .

Tú lo has conocido, no sólo como aquél que parte su pan contigo, sino como aquél que se ha hecho pan para ti, no sólo te ha hospedado en su casa sino que se ha hecho casa en la que tú puedas habitar, no sólo te ha vestido sino que se ha hecho vestido para ti.

Y de la Luz aprendes a ser luz.

Aprendes a ser justicia, clemencia y compasión.

Aprendes a ser regalo de Dios para el mundo, sacramento del amor que Dios le tiene.

Aprendes a ser pan, partido como un pan, repartido como un pan entre los pobres.

Aprendes a ser techo –cabaña, cobertizo, tienda, choza, casa- bajo el que pueda cobijarse el forastero.

Aprendes a ser vestido para la desnudez de los desdichados.

Entonces “brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

Feliz comunión con Cristo Luz.

Impulsados por el Espíritu al encuentro del Señor:

Cuando llegó el tiempo de la purificación, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor”.

Ese niño se llama Jesús, nombre que le había dado el cielo antes de su concepción.

Le llamaron Jesús, porque él venía para “salvarnos de nuestros pecados”.

Hoy sus padres lo llevan a Jerusalén. Un día será él quien suba a Jerusalén, y llevará consigo la humanidad entera para presentarse con ella delante del Dios de Israel.

Escucha, Iglesia de Cristo, escucha hoy los nombres cuyo significado se te mostrará en los días de la presentación de Jesús en su muerte-resurrección.

El primero –lo gastarás enamorada de él- es Jesús.

También le llaman “Mesías del Señor”, es decir, ungido, y tu fe recuerda que lo ha ungido el Espíritu del Señor, y que el mismo Espíritu lo ha enviado a evangelizar a los pobres; tu fe recuerda que ese niño ha sido ungido para ti, que andaban necesitada de liberación.

Luego le llaman “Salvador”, que es algo así como llamarle “cuerpo de la salvación”, sacramento en el que la salvación se nos ha hecho cercana, tan cercana que la podemos tocar, tan cercana como el niño que Simeón tiene en sus brazos, tan humana como la fragilidad de un niño, tan de acariciar como la pequeñez de un niño.

Aquel “cuerpo de la salvación” se llamará también “luz para alumbrar a las naciones”, porque su vida y su palabra nos mostrarán el camino que lleva al Padre, su amor y su Espíritu nos guiarán por ese camino. Quien se deje iluminar por esta luz, no caminará jamás en tinieblas.

Y esa luz se llama también “gloria del pueblo de Dios, de Israel”.

El profeta lo había llamado: “mensajero de la alianza”.

El salmista lo proclama hoy: “Rey de la gloria”.

Por eso, nosotros, llenos de alegría, encendida en la luz que es Cristo la llama de nuestra fe, impulsado por el Espíritu, salimos hoy al encuentro del Salvador: Salimos y lo escuchamos en su palabra; salimos y lo recibimos en la comunión eucarística, salimos y lo abrazamos en los pobres.

Pero aún hay otro misterio que nos envuelve en el día de hoy: también tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres presentado con Cristo al Padre: eres presentada para ser consagrada al Padre, para ser enviada por el Espíritu a los pobres como buena noticia para ellos.

Feliz encuentro con Cristo. Feliz comunión con Cristo. Feliz misión entre los pobres

“El Señor es mi luz”:

Nuestra eucaristía, rito siempre igual a sí mismo, no deja de ser una celebración única por la novedad del misterio que en el rito se nos revela.

Si la fe nos da luz para verlo, de toda celebración podemos decir con verdad: Hoy nos convoca nuestro Dios, hoy nos habla el que nos ama, hoy recibimos en comunión al que nos convoca y nos habla.

Entremos, a la luz de la fe, en el misterio de este domingo.

El profeta lo anunció así: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”.

El evangelista vio que lo anunciado se cumplía cuando Jesús empezó a predicar junto al lago de Galilea: “Jesús se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta”.

Oída la profecía, la reconociste cumplida para ti en los sacramentos de la Iglesia, e hiciste resonar en la asamblea tu canto de alabanza: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

Luego oíste que Jesús, “dejando Nazaret, se estableció junto al lago”, palabras que llevan dentro el evangelio del nacimiento de la luz sobre quienes habitaban en tierra y sombras de muerte.

Así salió en Galilea el sol que a ti te iluminó en la Iglesia, así amaneció la alegría que hoy te viene de Dios, así se nos acercó el Reino al que hoy nos convertirnos y que hoy podemos comulgar.

La palabra anuncia lo que la fe cree, lo que el amor comulga: Llega tu luz y tu salvación; viene a ti Cristo Jesús. Con Cristo, la alegría se hospeda tan dentro de ti como el Espíritu de tu unción, como el Pan de tu comunión.

Pero no comulgas sólo la alegría de la luz. Hoy con Cristo comulgas también el dolor de los humillados, el miedo de los perseguidos, la debilidad de los pequeños, la impotencia de los oprimidos, la soledad de los que no tienen voz. Hoy comulgas el cuerpo vendido de los esclavos, el cuerpo violado de tus hijas, el cuerpo desnutrido de los hambrientos, el cuerpo utilizado de los pobres, el cuerpo de todos los que para ti son cuerpo siempre amado de Cristo tu Señor.

No recibes a Cristo sin recibir al pobre; no recibes al pobre sin recibir a Cristo; del Señor y del pobre dirás con verdad: “Él es mi luz y mi salvación”.

Feliz domingo.

Del misterio del Siervo al misterio de la Iglesia:

Has celebrado ya el nacimiento de Cristo. Acércate ahora al misterio del Hijo que ha sido bautizado, del Maestro que te va a guiar, del Médico que te va a curar, del Enviado que te va a rescatar.

No vengas si no buscas luz. No te acerques si no buscas salvación. Nada hallarás en este sacramento si no buscas redención.

Lo que en esta celebración vas a oír es evangelio sólo para quien busca, sólo para quien sueña, sólo para pobres con esperanza, para pecadores con hambre de renovación.

Para los demás, tu evangelio, como tu sacramento, no es buena noticia, no es siquiera noticia; es apenas mito con aburrimiento.

Pero tú, que buscas, que sueñas, que esperas, que hambreas la justicia del reino de Dios, tú gozarás hoy al escuchar en la celebración las palabras de la revelación: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”; este es el Siervo de Dios, este es el Hijo de Dios.

Cuando Juan vio a Jesús que venía hacia él, el precursor descubrió en aquel hombre al Siervo del Señor, el profeta señaló en aquel bautizado al Cordero de Dios, el testigo reconoció en aquel ungido al Hijo de Dios.

Considera el misterio que celebras: Hoy, en tu eucaristía, no te encuentras con el precursor sino con el Enviado; en la comunidad reunida no te espera el profeta sino el Anunciado; en la liturgia de la Iglesia no oirás el eco de la voz sino la verdad de la Palabra. Hoy viene a ti el que es luz de las naciones, hoy te visita el sol que nace de lo alto, hoy la salvación llega para ti hasta el confín de tu tierra. Hoy rocía las jambas de tus puertas la sangre de Cristo, Cordero sin mancha, el Cordero de la Pascua nueva y eterna, el Hijo que, por su obediencia, trae la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre. Hoy, tu Dios ha preparado mesa para ti, tu copa rebosa, y tú has conocido el amor que Dios te tiene.

Hoy comulgas lo que has venido a buscar en el misterio: la luz, la salvación, la redención. Hoy, Iglesia de Cristo, comulgas lo que estás llamada a ser: luz, salvación, redención.

Goza con lo que recibes de Cristo. Y que los pobres gocen con lo que reciben de ti.

Feliz domingo.

Bautizados con Cristo:

Es todavía Navidad. Es ya el comienzo del Tiempo Ordinario. Es la fiesta del Bautismo del Señor.

El canto de la comunidad resume así el misterio que se celebra: “Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Si Cristo es bautizado, la Iglesia, que es su cuerpo, es bautizada con él.

Escucha la palabra del apóstol: “Estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo –estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él”.

Donde el apóstol ha escrito que la gracia te ha salvado, que te han hecho revivir con tu Señor, que te han resucitado con él, que te han sentado con él en a la derecha del padre en el cielo, la fe te va diciendo que también te han bautizado con Cristo.

Escucha la palabra de la tradición: “La totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión”. De la totalidad de los fieles, de ti y de mí, pudo el Papa León Magno haber dicho también que bajamos con Cristo a las aguas de su bautismo en el Jordán, aguas místicas que eran figura de la muerte en la que Cristo había de ser bautizado para nuestra salvación.

Ahora, Iglesia bautizada, atiende a lo que Jesús ve: “Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”. Sólo Jesús lo vio, pero tú en Jesús lo recibes. Sólo Jesús lo vio, pero el Espíritu se ha posado también sobre ti.

Atiende también a lo que decía en aquella hora la voz del cielo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Sólo Jesús la oyó, pero se pronuncia también sobre ti. Sólo Jesús la oyó, pero en comunión con Cristo Jesús tus hijos son hijos de Dios, son amados de Dios, son predilectos de Dios.

Has sido bautizada con Cristo, has sido ungida por Dios con la fuerza del Espíritu, has sido bautizada y ungida para hacer el bien, para evangelizar a los pobres, para liberar oprimidos, para implantar el derecho en la tierra., para proclamar un año de gracia del Señor.

Feliz comunión con Cristo, Iglesia bautizada y ungida. Feliz descenso con Cristo al encuentro de los pobres. Feliz domingo.

¡Feliz Navidad!

Santiago de Compostela, 12 de diciembre de 2019

A mis hermanos, a mis amigos, a todos:

¡Feliz Navidad!

Ha vuelto a nuestra vida la celebración anual del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, buena noticia para los pobres, principio de un mundo nuevo, memoria entrañable de una locura.

El ángel lo anunció así: “No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Admira la novedad. En esta noche, el Hijo de Dios, que por nosotros ha nacido, estrenó humanidad y necesidad, tiempo y fragilidad, pañales y pobreza, llanto y ternura. La Palabra, por la que todo fue hecho, hoy se hizo carne, que es como si dijésemos que estrenó nacimiento y madre y calor de regazo, pequeñez y debilidad, caminos y fronteras.

Pero no te quedes en la sola novedad de este nacimiento; enciende la luz de la fe y entra con ella en el misterio que celebras. Allí donde leíste que el Hijo de Dios estrenó lo que no era, entiendes que consagró lo que no era, lo santificó, lo bendijo, pues consagración, santificación, bendición son regalo que el cielo ofreció en esta noche a la humanidad, a nuestra necesidad, a todo tiempo, a cada fragilidad.

Este Hijo que se nos ha dado, el salvador que nos ha nacido, al tomar nuestra condición y hacer que fuese de Dios lo que era sólo del hombre, hizo divino el llanto, puso dicha en la pobreza, y dejó redimido el dolor.

En esta noche, revelado el misterio de la Virgen madre, anulada la fuerza de la antigua maldición, vuelve a ser fecunda la virginidad y santa la maternidad. Hoy la bendición vuelve a empapar la tierra y a cubrir con su sombra la desnudez del hombre. Hoy vuelve a ser sabroso y abundante el pan, y de nuevo se abre para todos el camino que desde la muerte lleva al árbol de la vida.

En esta noche, Dios nace hijo de la tierra, y el hombre amanece hijo del cielo; la tierra estrena divinidad y gloria, belleza y santidad, paz que le viene de lo alto, y pan que el cielo ha preparado para que coman los hambrientos de justicia.

Dichosos los pobres, porque Dios se ha hecho pobre para darles su Reino. Dichosos los pecadores, porque ha nacido para ellos la misericordia, la gracia, el perdón, la justicia, la santificación. Dichosos los justos, pues con este nacimiento les llega la recompensa.

Lo dirás con verdad si lo dices con fe: ¡Feliz Navidad!

Esta divina locura de una pobreza dichosa sólo se vive en el país de la fe, allí donde es posible espiar los sueños de Dios, subirse a una fantasía, y plantar un jardín de Edén en el desierto del corazón: ¡Feliz Navidad!

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo emérito de Tánger

Encinta de esperanza:

“La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Enmanuel”. La Navidad está cerca. La liturgia ya entra en el misterio de una maternidad asombrosa. Aún no vemos al hijo, pero ya sabemos que la madre está encinta, y sabemos también qué nombre le va a poner al hijo que viene.

No pienses, sin embargo, que la palabra del profeta te anuncia sólo la cercanía de un nacimiento. Hoy has escuchado una noticia asombrosa: En este niño que esperas, Dios visita a su pueblo; en este niño, Dios se hace Dios con nosotros; en la pequeñez de un niño nos visita el Rey de la Gloria. Deja que desde el asombro suba a tus labios un cántico de alabanza: “Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria”.

Vuelve, Iglesia de adviento, vuelve a escuchar la palabra profética: “La virgen está encinta y da a luz un hijo”. A tu memoria vendrán otras palabras, luminosas como promesas divinas: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa”. Algo te dice que es el mismo milagro de amor el que se anuncia y se vela en la maternidad de una virgen y en la alegría del páramo, en la fecundidad de la estéril y en el gozo del erial.

Mira el rostro de la virgen, fíjate en el desierto y el páramo. Míralos con los ojos del profeta: Verás a los pequeños de la tierra, a hombres y mujeres de manos débiles, de rodillas vacilantes; verás a ciegos, sordos, cojos, mudos y esclavos. Míralos también con tus propios ojos y desde tu fe, y cuenta, si puedes, el número de los seres humanos privados de derechos fundamentales que la conciencia común les reconoce a todos. Pon un rostro a esta virgen, dale nombre a este desierto. Cuenta a los que han sido privados del derecho a la vida, del derecho a una vida digna, del derecho al trabajo, del derecho a emigrar, del derecho a no emigrar, del derecho a la paz, del derecho a la libertad. No podrás contarlos, como no puedes contar las estrellas del cielo.

También de ellos, también de ti, también de esta virgen, de este erial, habla hoy la palabra del Señor: “La virgen está encinta y da a luz un hijo”. “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa”.

Alégrate, estepa en adviento, porque la Navidad está cerca y te trae memoria de una dicha que nadie podrá arrebatarte. Alégrate, Iglesia pobre, porque hoy, escuchando con fe la palabra de tu Dios, enclaustras en tu seno la esperanza. Alégrate, Iglesia de los pobres, porque, recibiendo a Cristo el Señor, recibes del cielo al Justo, y la tierra se abre para que brote el Salvador.

“¡La virgen está encinta y da a luz un hijo!”

Hoy, en tu fe y en tu pobreza, virgen Iglesia, la esperanza, como un hijo, vuelve a encantar el mundo.

Feliz domingo.