«Mi tiempo se ha cumplido»

«Mi tiempo se ha cumplido»: El Papa acepta la renuncia de Santiago Agrelo como arzobispo de Tánger

Mons. Agrelo, arzobispo de Tánger
Mons. Agrelo, arzobispo de Tánger

«Si en el cielo hubiere primeros y últimos puestos, estoy seguro de que todos allí me precederíais, pues habéis derrochado tanto amor con los pobres, que, considerada la pobreza del mío, ni siquiera seré digno de desataros las sandalias», dice a sus fieles en la despedida

El prelado gallego, conocido por su lucha por los derechos de los refugiados e inmigrantes, había rebasado en dos años la edad de jubilación

Francisco le concede la renuncia después del histórico viaje a Marruecos.

Casi dos años después de haber presentado su renuncia (cumple 77 años el próximo 20 de junio), el Papa ha aceptado la jubilación de Santiago Agrelo. El franciscano gallego deja de ser arzobispo de Tánger, en una decisión esperada, que se produce después del histórico viaje papal a Marruecos, en el que Agrelo fue figura destacada.

Por el momento, tal y como recoge el VIS, el Papa deja vacante la sede, a la espera del nombramiento del nuevo arzobispo, que se llevará a cabo en conversación con la procura de los franciscanos (quienes históricamente han llevado las riendas de la Iglesia de Tánger). Por el momento, será Cristobal López, el arzobispo de Tánger, quien administrará la sede.

«Mi tiempo se ha cumplido», narra, en una emocionante carta a la diócesis, el ya obispos emérito. «Quiero expresar obediencia y reverencia, gratitud y cariño al Papa Francisco, pues en todo momento de mi servicio en esta Iglesia me he sentido confortado por su palabra, por el ejemplo de su vida, por su amor a la Iglesia, por su solicitud con los emigrantes, por su amor a los pobres», apunta Agrelo.

Carta de amor a la diócesis

«Vuelvo rico del amor que Dios me tiene, amor del que ha sido sacramento real la caridad que vosotros habéis tenido conmigo, el amor con que habéis dulcificado mi camino durante estos años», añade el franciscano, quien ofrece una declaración de amor a la Iglesia de Tánger.

Si en el cielo hubiere primeros y últimos puestos,
estoy seguro de que todos allí me precederíais,
pues habéis derrochado tanto amor con los
pobres, que, considerada la pobreza del mío, ni
siquiera seré digno de desataros las sandalias.
Pero seré dichoso, inmensamente dichoso de
vuestra dicha, aunque sólo pudiere verla desde
lejos y desde abajo. Vosotros habéis hecho
posible el cumplimiento del compromiso de
servicio a la Iglesia y a los pobres que asumí
cuando acepté el nombramiento de obispo.

El prelado gallego es conocido por su lucha en favor de los derechos de refugiados e inmigrantes, y se ha pronunciado en numerosas ocasiones, en la línea de Francisco, contra las políticas anti-inmigración que se está imponiendo en Europa.

Monseñor Agrelo junto a migrantes africanos

Agrelo es uno de los mayores críticos de la instalación de concertinas en la valla de Meililla, y tampoco le duelen prendas en denunciar, proféticamente, la tantas veces errada línea de la cadena Cope en relación con el trato al extranjero.

Con la marcha de Agrelo -que aún no ha confirmado si seguirá en Tánger o regresará a Galicia-, y hasta el nombramiento de su sucesor, la Iglesia de Marruecos queda al mando de otro español, el arzobispo de Rabat, el salesiano Cristóbal López, al que el Papa ha nombrado administrador apostólico.

Nada más conocerse la decisión papal, el propio Agrelo ha enviado un escrito a su diócesis, ya firmando como obispo emérito. Es el siguiente:

Seré inmensamente dichoso de vuestra dicha

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Hermanos míos muy queridos:
Mi tiempo se ha cumplido.
Para vuestro pastor ha llegado la hora del regreso a la quietud de la vida conventual. Para vosotros llegará otro pastor, llamado a guiar –lo hará con sabiduría y amor- esta Iglesia humilde y hermosa.
En esta carta quiero dejaros algo así como una memoria personal, una mirada afectuosa al camino que he tenido la dicha y el privilegio de recorrer con vosotros, un pequeño mundo de palabras que os ayuden a guardar en el corazón un recuerdo amable de este hermano menor que fue vuestro obispo durante casi doce años.
Una travesura de niño fue la ocasión de la que se sirvió el Señor para llevarme al Seminario –nosotros lo llamamos Colegio Seráfico- de la Provincia Franciscana de Santiago. Allí los hermanos me enseñaron todo lo que sé, también a buscar al Señor, a amarle; me enseñaron a amar a los pobres, amar a la Iglesia.
Luego, en el Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, de Roma, aprendí veneración por la Palabra de Dios.
El Señor se ocupó siempre de mí, como se ocupa de un niño pequeño una madre cariñosa.
Cuando el Papa Benedicto me llamó a este ministerio en Tánger, lo acepté confiadamente. Lo acepté con una súplica en el corazón al Dios de mi vida: ayúdame, Señor, a amar a tu Iglesia con el amor con que tú la amas, ayúdame a servirte en los pobres, ayúdame a ser fiel a tu santa voluntad.
En aquel momento me sentí como el patriarca Abrahán, que en la ancianidad había sido llamado a dejar casa y patria, y a ponerse en camino, llevando como único tesoro en el corazón las palabras de la promesa divina. Me sentí como Sara, visitada a la puerta de su tienda por un ángel con un anuncio de hijos, que siempre son para una madre gozos y trabajos. Me sentí turbado y confiado, gozoso y esperanzado, dispuesto a caminar y a cuidar hijos para el Señor. Me sentí profundamente agradecido al Señor, a la Iglesia, al Papa, a quien prometí obediencia y reverencia, y a quien pedí que me ayudase a vivir y morir como hijo en la santa Iglesia.
Ahora, como obispo ya emérito y como Hermano Menor, quiero expresar obediencia y reverencia, gratitud y cariño al Papa Francisco, pues en todo momento de mi servicio en esta Iglesia, como si hubiese sido a él a quien pedí ayuda, me he sentido confortado por su palabra, por el ejemplo de su vida, por su amor a la Iglesia, por su solicitud con los emigrantes, por su amor a los pobres.
Hermanos míos muy queridos: Terminado mi servicio como obispo de esta Iglesia, vuelvo gozoso a la obediencia de mis superiores religiosos, vuelvo rico del amor que Dios me tiene, amor del que ha sido sacramento real la caridad que vosotros habéis tenido conmigo, el amor con que habéis dulcificado mi camino durante estos años.
Si en el cielo hubiere primeros y últimos puestos, estoy seguro de que todos allí me precederíais, pues habéis derrochado tanto amor con los pobres, que, considerada la pobreza del mío, ni siquiera seré digno de desataros las sandalias. Pero seré dichoso, inmensamente dichoso de vuestra dicha, aunque sólo pudiere verla desde lejos y desde abajo.
Vosotros habéis hecho posible el cumplimiento del compromiso de servicio a la Iglesia y a los pobres que asumí cuando acepté el nombramiento de obispo.
Por mi parte, a lo largo de estos años he compartido con vosotros lo que he vivido en la fe, y os he comunicado, sin guardarme nada –el menos eso he intentado-, cuanto he recibido del Señor.
A él y a vosotros pido perdón por la atención que no os haya prestado, por cuanto haya perdido de lo que el Señor quiso que os diese, por cuanto no haya sabido amaros.
Con vosotros, con los pobres, con la Iglesia, resonarán en mi corazón las palabras del cántico de Nuestra Madre la Virgen María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. En verdad, él se ha fijado en su Iglesia, en los pobres y en mí para bendecirnos como jamás hubiese podido soñar.
Vosotros habéis sido bendición de Dios sobre mi vida, sois mi alegría y mi corona, y con Cristo os llevo guardados para siempre en el corazón.
El Papa Francisco ha encomendado a mi hermano Cristóbal López, arzobispo de Rabat, la administración apostólica de la archidiócesis de Tánger, hasta que la Santa Sede pueda nombrar a mi sucesor. Estoy seguro de que, lo mismo a él que a mi sucesor, los acogeréis como me habéis acogido a mí, con la misma familiaridad, con la misma confianza, con el mismo respeto, con el mismo cariño.
En esta carta, de agradecimiento más que de despedida, entran también con todo derecho el pueblo marroquí y las autoridades de este país que me han acogido durante estos doce años, me han tratado siempre con respeto, con cordialidad, con familiaridad, y me han permitido sentirme uno más en esta tierra bendecida por Dios.
El Señor os bendiga, hermanos míos muy queridos: El Señor os guarde en su paz, os colme de esperanza y de alegría, os llene de su Espíritu, os mantenga siempre unidos, y a todos nos reúna un día en su casa del cielo.

Tánger, 24 de mayo de 2019
Fr. Santiago Agrelo
Obispo emérito

El arzobispo Agrelo

https://www.religiondigital.org/mundo/Papa-Santiago-Agrelo-arzobispo-Tanger-religion-concertinas-inmigrantes_0_2124687527.html

El amor hace nuevo el universo:

Considéralo el uniforme de la institución, la señal por la que puedan ser reconocidos los discípulos de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Cada vez que celebramos la Eucaristía nos sumergimos en ese misterio de amor que hemos de imitar en la vida: confesamos el amor que Dios nos tiene, entramos en comunión con el Hijo de Dios que, en el don sacramental, nos manifiesta el amor extremo que había manifestado en la entrega de su vida.

Cada vez que celebramos la Eucaristía entramos en esa escuela de amor para recibir, con el cuerpo de Cristo, su forma de amar: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Se acercan ya los días de la separación. Jesús, glorificado, exaltado a la derecha de Dios, vuelve al Padre. Vuelve, pero se queda. Vuelve al Padre y se queda con nosotros en el amor con que nos amamos.

Ése es el camino que lleva al mundo nuevo, a la nueva humanidad: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Ése es también el testamento de Jesús, el mandato nuevo, su mandato, el que da a los suyos cuando ya le queda poco de estar con ellos: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Acogido, abrazado, cumplido, ese mandato hace nueva la tierra, nuevo el cielo, nueva la ciudad santa.

Este mandato, acogido, abrazado, cumplido, hace de ti, Iglesia de Cristo, la morada del amor, la morada de Dios con los hombres

El amor que es Dios, enjugará las lágrimas de los que lloran: “Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor”.

El amor que es Dios, el amor con que eres amada en Cristo, el amor con que Dios ama en ti, ese amor hace nuevo el universo.

Escucha el mandato. Comulga el mandato. Entra por la Eucaristía en la novedad del mundo.

Feliz domingo, Iglesia discípula del amor.

Domingo del Buen Pastor

Humanizar a los vivos:

Días después de que la patera naufragase, el mar devolvió tres cadáveres.

Reconocerlos, llorarlos, enterrarlos, son verbos de humanidad, de clemencia y misericordia, verbos que, por ser de amor, son de Dios.

Recordar esos muertos, hasta que la memoria nos haga daño, es verbo de justicia y, por serlo, también éste es verbo de Dios.

Los tres serán enterrados lejos de su tierra, de su pueblo, de los suyos. No podemos permitir que se les entierre también lejos de nuestra memoria, de nuestra conciencia, de nuestro corazón, de nuestra denuncia, de nuestra ira.

Si una sociedad concede más valor a la economía que a las personas, si se preocupa más de rescatar bancos que de rescatar náufragos, si pone las leyes del mercado por encima de las leyes del mar, esa sociedad habrá dejado de respetarse a sí misma, se habrá vendido a la indiferencia con que ella misma será enterrada, se habrá subido ya a la patera en la que ella misma habrá de naufragar.

“Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz”, estos muertos aún pueden desde su silencio humanizar a los vivos.

Desde la fe:

“Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”.

“Ha resucitado el Buen Pastor que dio su vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”.

Por el misterio de la encarnación, el Señor se hizo solidario con nosotros, subió a nuestra patera y, naufragando con nosotros en las sombras de la muerte, nos ha rescatado para que vivamos con él en la luz de su resurrección.

Sin solidaridad con los náufragos no hay comunión con Cristo.

Tangibles como el pan:

La hora es de pasión.

Es de noche.

Es hora y noche de traiciones y cobardías, ambiciones y miedos, lágrimas y desesperanzas.

¡Pobres discípulos de Jesús! ¡Pobre Iglesia!: Comunidad de ilusos, asamblea ridícula de galileos fatuos, pescadores crédulos ¡y mujeres!

La cruz del amigo, aquella cruz en la que fue clavado el Maestro, el Señor, aquella cruz envuelve en luz negra lo que a los discípulos les queda de la vida.

El Nazareno se ha llevado consigo a la cruz, a la muerte, las esperanzas de todos, y les ha dejado en herencia frustración, amargura y miedo.

El templo mantendrá intactos su velo y sus atrios, la muerte su chantaje, ¡y el corazón sus divisiones!: habrá todavía esclavo y libre, judío y gentil, hombre y mujer, explotado y explotador.

Con aquel Nazareno, en su cruz, no moría una nueva religión sino una nueva creación: moría una humanidad nueva, un mundo de hermanos, un mundo sin fronteras. Moría un sueño.

Pero algo irrumpió en la oscuridad de la noche.

Los testigos dejaron noticia de ello en unas palabras: “No está aquí. Ha resucitado”. Ha resucitado el amigo. Y con él ha resucitado la esperanza.

Luego, aquellos testigos añadieron otras palabras: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero”.

En la noche se difunde la noticia: hay mundo nuevo y nueva humanidad.

Aquella es hora y noche de libertad conquistada, de salvación ofrecida, de gracia derramada, de Espíritu desatado sobre la faz de la tierra, de viento celeste que remueve las losas de las tumbas.

Resuena en la noche la voz del Nazareno que pone novedad en las viejas palabras del salmista: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

Oigo la voz de la humanidad redimida que, unida a Cristo su Señor, evoca su propio éxodo desde la muerte a la vida: “Sacaste me vida del abismo; me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”.

El mundo, la humanidad, las palabras, todo es nuevo si el Nazareno se acerca y lo ilumina con la luz de su presencia, todo es verdadero si Cristo ha resucitado.

Todo, también mi vida y la tuya, mi esperanza y tu esperanza, tu paz y la mía, son nuevas y verdaderas si Cristo vive, si “Jesús se acerca, toma el pan y nos lo da”.

Por eso hoy, los pobres nos reunimos en asamblea eucarística, porque necesitamos extender la mano y recibir el pan de Cristo Jesús, el pan que es Cristo Jesús. Necesitamos comulgar con Cristo resucitado.

Tangibles como ese pan serán para nosotros la dicha, la paz, la esperanza y la vida.

Feliz domingo para todos los moradores del mundo nuevo.

Enviados con el evangelio de la paz:

Es domingo, el día en que Jesús resucitado se manifestó a la comunidad de sus discípulos.

Lo que aconteció en aquel tiempo, el primer día de la semana y ocho días después, nos revela lo que acontece cada domingo en la asamblea litúrgica de la comunidad cristiana: hoy somos nosotros quienes nos encontramos con el Señor y recibimos de él su evangelio de paz: “Paz a vosotros”.

Es la paz que habíamos visto entrar como un río de misericordia y perdón, de salvación y de gracia, en el cuerpo de enfermos y endemoniados, en casa de Zaqueo el publicano, en el corazón de una prostituta rica de pecados y de lágrimas, en la vida de un ladrón a las puertas de la muerte.

Quien hoy, resucitado, nos saluda con la paz, es el mismo Jesús que, crucificado, nos dio su perdón y nos miró con misericordia.

Hay paz de Cristo para la comunidad cristiana, y no hay comunidad cristiana sin paz de Cristo recibida y comunicada.

Podemos decir con verdad: como el Padre ha enviado a Jesús para que fuese nuestra paz, así Jesús nos envía, para llevar su paz a todos los hombres: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

La comunidad cristiana, comunidad animada y guiada por el Espíritu de Jesús para ser entre los hombres presencia viva del Señor, recorre, como Cristo, los caminos de humanidad, y va curando enfermos, liberando cautivos, reconciliando enemigos, consolando a quien llora, acogiendo a quien anda necesitado de reconciliación y de ternura.

Sólo una comunidad fiel a su vocación de curar, liberar, reconciliar, perdonar y acoger, puede iluminar el camino de los que buscan a Dios, pues en la vida de esa comunidad todos podrán conocer las maravillas que el amor de Dios realiza.

Dichosa la comunidad que, enviada al mundo con el evangelio de la paz, sea por la vida de sus fieles un signo de que Cristo vive.

Feliz domingo.

Pape Francois aux pretres … du Maroc

El cuerpo de la salvación:

Es Viernes Santo. Celebraremos con toda la Iglesia la pasión del Señor.

En la mañana, la comunidad se congregó en la catedral para la oración de Laudes. El salmista fue dejando caer, rocío sobre tierra reseca, las palabras de su salmo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

Entonces la mirada se perdió en el Cristo del presbiterio, oscuridad de leño y bronce suspendida en la claridad del aire.

Aquel Cristo, aunque grande, no tiene rasgos que mis ojos puedan definir, y no llego a percibir detalles que la mente pueda interpretar. Aquel Cristo es sólo materia oscura, elevada en medio del presbiterio, memoria de un misterio que el creyente recreará a la luz de su fe.

Más allá del Cristo crucificado, la vidriera que embellece el ábside de la catedral, ofrece a la contemplación la imagen, creada en pura luz, de la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada.

En la nave de la catedral, orante, humilde y pobre, está la Iglesia, la comunidad redimida a la que se revela la gracia del misterio que está celebrando: ¡La luz nace de la oscuridad! Ese prodigio de santidad y de pureza que es María de Nazaret, sólo lo pudo realizar el amor del Hijo, la obediencia del Hijo, la fidelidad del Hijo, la entrega del Hijo: ¡Sin la Pascua del Hijo no es posible la gracia de la Madre!

“Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Así comenzó su cántico el anciano Simeón, cuando tuvo en brazos a aquel primogénito que una familia pobre presentaba al Señor. Los ojos del anciano veían sólo a un niño. Pero su espíritu fue iluminado para que viese en aquel niño el sacramento de la salvación.

Hoy la Iglesia contempla aquel mismo sacramento en los brazos de una cruz. ¡Contempla!, y el corazón se le ausenta en paz tras la salvación que en el sacramento se le ofrece. Allí, en aquellos brazos, está el cuerpo de la gracia, aquél es el lugar de la santidad, aquélla es la fuente del Espíritu.

Ahora los ojos vuelven a la luz de la vidriera, a la gloria representada de la Concepción Inmaculada, a su plenitud de gracia, a la belleza del cielo que esperamos, y la fe intuye que, la misma gloria, gracia y belleza que en María de Nazaret brillan para siempre, alumbran ya por dentro la humildad de nuestra vida, la pequeñez de nuestro ser: Gloria, gracia y belleza, la del cielo y la nuestra, naciendo eternamente del mismo sacramento, el Cuerpo de Cristo, ¡el Cuerpo de la Salvación!

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

“En aquel tiempo Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza”. El de Jesús es un camino que sólo podrán recorrer con ramos de fiesta quienes hayan visto las obras de Dios.

Los discípulos de Jesús “se pusieron a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto”. Jesús marcha a la cabeza, va delante, y los discípulos, en aquel hombre que los precede, ven, entera y asombrosa, una historia de gracia de la que han sido testigos, un ayer de gozos inesperados, de luz en ojos ciegos, de palabras en lenguas trabadas, de sonidos estrenados en oídos cerrados, de pureza en la lepra, de mesa de Dios para hijos perdidos y pecadores perdonados.

Los discípulos dicen: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!”; lo dicen mirando a quien los precede; lo dicen recordando lo que han vivido con él.

Hoy también tú, comunidad creyente, te sumas a la comitiva de los discípulos, aclamas con ellos a tu Señor, gozas mirando al que te precede, porque recuerdas lo que has vivi-do con él: recuerdas la claridad de su luz en los ojos de tus hijos el día de su bautismo, el milagro de la palabra haciéndose revelación en tus oídos, bendición en tu lengua, ju-bileo en tu corazón; recuerdas la abundancia de la mesa a la que fuiste invitada por él, y en la que comiste con el Señor el pan de la vida, el vino de la salvación; recuerdas su vida entregada para tu vida, recuerdas su resurrección gloriosa, que es fundamento y certeza de tu resurrección; recuerdas y aclamas: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!”

Tú sabes, Iglesia amada del Señor, que no recuerdas cosas que pertenecen al pasado, sino realidades que forman parte de presente. Hoy celebras la eucaristía; hoy escuchas palabras que llegan como un fuego a lo más hondo de ti misma: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía… Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros”. Hoy contemplas al que te precede y recibes su cuerpo entregado y entras en la Alianza sellada con su sangre. Y mientras recibes al que se te da y entras en la dicha de la Alianza nueva y eterna, contemplas el misterio de la cruz de tu Señor, en la que todo se consuma, todo se perfecciona, todo se hace definitivo.

“¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!”

“¡Señor mío y Dios mío!”

Feliz domingo.

Enjuiciada y amada:

El evangelio es el de aquella “mujer sorprendida en adulterio”. Pero la comunidad que hoy celebra la eucaristía sabe que ése es su evangelio.

A Jesús “le traen” una pecadora; con Jesús se queda una redimida.

A Jesús “le traen” una mujer condenada por la ley; con Jesús se queda una mujer pacificada por el amor.

A Jesús “le traen” una humanidad aplastada por la tristeza de la muerte; con Jesús se queda una Iglesia que ya celebrará para siempre la alegría de la vida.

Quiero recordar con vosotros las últimas palabras de este evangelio “de la adúltera” y nuestro:

“Jesús se incorporó y le preguntó: _Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó: _Ninguno, Señor.

Jesús dijo: _Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

San Agustín lo contempló así: “la Miserable y la Misericordia, quedaron allí los dos solos”.

Ahora se puede entender que ella y nosotros podamos olvidar lo de antaño, y dejemos de pensar en lo antiguo, pues el Señor cambió nuestra suerte: el Señor ha estado grande con nosotros, con él hemos recorrido el camino de una pascua nueva, él nos ha devuelto la alegría, y por él la vida se nos ha hecho de casa. ¡La luz de la misericordia ha irrumpido en la oscuridad de nuestra miseria!

Considera ahora cómo la Misericordia se quedó allí en medio con la Miserable: Se inclinó Jesús, hasta escribir con el dedo en el suelo; se inclinó la Palabra divina hasta la condición humana; se inclinó la gracia sobre los pecadores cuando Jesús, para rescatarnos, bajó al abismo de la muerte.

Cuando hoy recibas al Señor en el misterio de la santa comunión, escucharás una voz que alcanzará lo más hondo de tu ser:

“_Mujer, ¿ninguno te ha condenado?

_Ninguno, Señor.

_Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Y aunque te parezca un sueño, Iglesia enjuiciada y amada, hoy, en Cristo, habrás pasado de la muerte a la vida.

Feliz domingo.

La fiesta del regreso… Abrazos que resucitan:

La memoria del pasado permite intuir la realidad del futuro.

La de los israelitas en Guilgal fue apenas una comida: “panes ázimos y espigas fritas”. Pero panes y espigas eran ya “el fruto de la tierra” que Dios les había prometido. Y esa certeza, a aquella frugalidad de mesa austera le daba sabor a fiesta, aire de banquete.

Podemos acercarnos a aquella comunidad, todavía nómada, reunida por familias; podemos recitar con ella la bendición antes de aquella primera comida ritual; podemos imaginar el asombro por el descanso y la libertad alcanzados con la tierra, la música y la danza al gustar las primicias de un mundo nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor… Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca”.

El de la parábola evangélica fue un banquete como sólo puede disponerlo un padre feliz de encontrar a su hijo que estaba perdido, quién sabe si muerto.

El hijo regresa de lejos con una confesión y una súplica, preparadas desde el primer paso en el camino de vuelta a casa.

El padre lo espera con una fiesta soñada desde que aquel hijo se le fue de casa y se le ocultó a la vista en el primer recodo del camino. La fiesta empieza en el corazón del padre cuando el hijo todavía estaba lejos, y es conmoción del corazón, y es danza de pies a la carrera, y es fundirse en un abrazo, y es una locura de besos. Luego será la gala y el banquete: “Sacad enseguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

En aquel día de la parábola, incluso fuera de casa se oían música y baile. Y las viejas palabras del salmista habían adquirido un sentido nuevo: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Y el estribillo repetía: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Ahora, Iglesia santa, que haces tu camino cuaresmal hacia la Pascua, ya puedes gustar anticipada en la eucaristía la fiesta que el Padre ha preparado para ti.

Revístete de Cristo, de la túnica mejor para el día de tu reconciliación, ponte el traje de gracia, de justicia, de santidad, de compasión, de ternura. Recibe el anillo de tu dignidad en la casa de Dios. Siéntate a la mesa del banquete que el amor del Padre ha preparado para ti.

Un día será la Pascua. Un día será el banquete del cielo. Un día las palabras del viejo estribillo serán un cántico eternamente nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Mientras tanto, aprendemos a abrazar como Dios nos abraza, y a resucitar con el abrazo a cuantos vienen de lejos.

Feliz domingo, Iglesia amada de Dios.

Podemos luchar con la muerte… y vencerla:

Sobre las palabras de este comentario que hoy recibes han pasado nueve años. No voy a cambiar una sola letra de lo que entonces escribí. Observarás, puede que con sorpresa, que se mencionan en él muchas de las formas que en este tiempo la muerte asume para acercarse a los pobres, pero que no se habla allí de emigrantes, ausencia de mención que, nueve años después, resultaría reveladora de ignorancia si no de complicidad con quienes hacen que una y otra vez se desplome sobre los emigrantes el muro de la muerte.

Podemos luchar con la muerte… y vencerla:

El evangelio de este domingo menciona a unos galileos “cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían”. Jesús, por su cuenta, hace referencia a “aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre Siloé”. Nosotros hoy nos acercaríamos al Maestro para decirle lo de Haití y lo de Chile; le hablaríamos de inundaciones y tsunamis, de muertos en las carreteras de la modernidad y en los caminos de las drogas; le contaríamos haber oído sin poder creerlo que hay Continentes del hambre, con millones de personas que mueren sin nada que comer y nada que reivindicar con la propia muerte; le pediríamos una palabra sobre los millones de muertes, contabilizadas unas, previstas otras, legalizadas todas al amparo de Leyes de Salud Sexual y Reproductiva.

Jesús no es un ateo en busca de una razón en la que apoyar su negación de Dios. Tampoco es un activista de partido que aprovecha la ocasión que los acontecimientos le ofrecen para denunciar acciones u omisiones de quien gobierna. Jesús es un creyente, y se dirige a quienes lo han interpelado, porque ellos, sus oyentes, que pudieran parecer meros espectadores de un drama vivido por otros, son en realidad actores en el mismo escenario y pueden correr la misma suerte que aquellos de quienes han hablado.

Las palabras de Jesús son para ti y para mí: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”.

La palabra clave en la respuesta de Jesús es: convertirse.

La muerte improvisa y violenta interpela siempre la conciencia y cuestiona las certezas. La muerte, aunque no quieras, te deja un elenco de preguntas en el buzón del alma.

Las respuestas posibles son muchas. A mí me interesa la que dio Jesús: convertirse. Me interesa sencillamente porque tiene que ver conmigo, con mi vida, con mis opciones, con lo más hondo de mí mismo.

He dicho “conmigo”; tendría que decir “con nosotros”, con quienes hoy celebramos la eucaristía y escuchamos la palabra del Señor y hacemos comunión con él.

Hemos comenzado la celebración, diciendo: “Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red”. Que es como comenzar “convertidos” a Dios, vueltos hacia él, lleno de fe el corazón, y la mirada buscando, convertida, al que es nuestro libertador.

Luego oramos, confesando: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Y la oración de la comunidad se hizo bendición al Señor, memoria de sus beneficios, de su perdón, de su bondad. Oramos con palabras de un salmista que no conoció a Jesús; oramos, llenando las palabras de su salmo con la memoria del amor que Dios nos ha revelado en las obras de Jesús; oramos convertidos a Cristo Jesús y a nuestro Dios.

Luego comulgaremos, y, como Jesús y como el Padre, nos convertiremos a todos los que necesitan piedad y amor: a las víctimas de terremotos y saqueos, de inundaciones y tsunamis, de violencias y ambiciones, de egoísmos y vanidades.

En nuestras manos está salvar de la muerte, y todos tenemos experiencia de este poder maravilloso que se nos ha dado: podemos arrebatar víctimas al aborto, al hambre, a las drogas, al SIDA, a la esclavitud sexual, a todas las formas institucionalizadas que la muerte ha ido asumiendo en la historia de la humanidad. ¡Podemos!

Bienvenidos al mundo de Jesús. Feliz domingo.