Celebro lo que creo… Aprendo lo que soy:

Yo digo: «Soy cristiano». Pero tal vez no sepa bien lo que digo ni diga con verdad lo que soy, pues «ser de Cristo» es misterio que nadie puede abarcar, ni puede nadie acabar de serlo.

El Espíritu de Dios y su gracia, la contemplación de los hechos de Cristo, la oración de la Iglesia y el amor de los hermanos me irán abriendo camino para que me adentre en ese misterio que confieso cuando digo: «Soy cristiano».

Considera lo que celebras en la fiesta del Bautismo del Señor: “Hoy Cristo ha entrado en el cauce del Jordán para lavar el pecado del mundo”. Tú, Iglesia de Cristo, ves bautizado en el Jordán al que es tu cabeza, y eres tú, su cuerpo, la purificada; entra en el agua Jesús, y la corriente se lleva tus pecados; mientras Jesús ora, el cielo se abre también para ti; asciende Jesús de las aguas, y lleva consigo hacia lo alto el mundo entero.

Ahora vuelve a decir: «Soy cristiano», y estarás diciendo: «He sido lavado con Cristo en las aguas de su bautismo, he creído en el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, he visto desaparecer perdonados todos mis pecados, se han abierto también para mí las puertas de la casa de Dios, he subido con Cristo desde lo hondo de la esclavitud humana a la condición de hijo amado de Dios».

Pero no es eso sólo lo que vives hoy, pues también se te permite contemplar al Espíritu que baja sobre Jesús, y oír la voz que viene del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Si en comunión con Cristo Jesús quedaste purificada por las aguas de su bautismo, en Cristo quedaste también ungida con el Espíritu que a él lo ungió, y escuchaste, como dichas también para ti, las palabras que él oyó, palabras de amor que nunca en tu pequeñez hubieras podido imaginar.

Si ahora dices: «Soy cristiano», estás diciendo: «Soy hijo de Dios en Cristo, soy amado de Dios en Cristo, soy en Cristo un predilecto de Dios».

Aprende lo que eres; agradece con todos los redimidos lo que el amor de Dios ha hecho de ti; comulga con Cristo y, en esa comunión, admira la belleza del misterio que hoy se te ha revelado, saborea su dulzura, goza con la abundancia de la misericordia que se te revela, escucha de nuevo, dichas para el Unigénito, dichas también para ti, las palabras de aquel día en el Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

Feliz domingo. Feliz fiesta del Bautismo del Señor.

Una luz encendida en el corazón de la Iglesia.

A los Magos de Oriente los guía una estrella, pero, en realidad, quien ilumina su camino es el mismo Cristo Jesús, la Luz de Dios que ha amanecido sobre Belén.

La estrella del Rey es la que les muestra el camino que han de seguir; pero en esa estrella los atrae el Rey que para ellos ha nacido.

Considera, Iglesia amada del Señor, lo que aquellos Magos van buscando; te lo dice el profeta: “Brilla, Jerusalén, que llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti, sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti”. Buscan la luz que al mundo le viene de Dios, buscan contemplar la gloria del Señor que amanece sobre la tierra, buscan al Señor de la gloria.

Considera también lo que ven cuando encuentran lo que iban buscando; te lo dice el evangelista: Entraron en la casa y “vieron al niño con María, su madre”.

¡Buscaban al Señor y vieron al niño!

¡Vieron al niño, y cayendo de rodillas lo adoraron, porque habían encontrado al Señor!

En aquellos Magos que buscaban al Rey para adorarlo, puedes ver representados a todos los pueblos que hasta el fin de los tiempos buscarán al Señor para caminar a su luz.

Si en ellos te vieres representada a ti misma, imita la humildad y alegría de su peregrinación hasta que, como ellos, encuentres, veas y adores al Rey que acaba de nacer, al Señor de tu vida, al Amor de tu alma.

Pero puedes verte también representada en la ciudad que el profeta vio iluminada por la luz de Dios, resplandeciente por la gloria del Señor que amanecía sobre ella: Entonces la Epifanía es la fiesta de la luz que Dios ha encendido en medio de ti.

Sólo si Cristo te ilumina, podrás irradiar su luz.

Deja que Cristo amanezca en ti por su palabra pobre, deja que entre en ti por su Eucaristía humilde, deja que se encienda en ti por el amor a sus hermanos pobres.

Guarda en el corazón palabra, Eucaristía y hermanos, y habrá amanecido sobre ti la luz de Dios, habrás iluminado tu vida con la luz que es Cristo.

Preguntas para mi Navidad:

“Nuestro Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombres”. Si lo crees, no lo digas sin asombro, y, si te asombras, no dejes de contemplar el misterio que has creído.

Considera el porqué de esa Navidad: entrarás en un abismo de amor, insondable como el abismo de Dios.

Mira en el espejo de esa Navidad: entrarás en un abismo de humildad, de pobreza, de debilidad, insondable como el abismo del hombre.

Considera lo que en esa Navidad se te ofrece: entrarás en el misterio de la justicia que tu corazón añora, de la paz que todo tu ser desea, de la alegría que cada sufrimiento te hace recordar, de una vida que sólo ese nacimiento puede revestir de inmortalidad.

Y no dejes de considerar lo que del hombre recibe ese Dios que apareció en el mundo: entrarás en el abismo del pecado, que es rechazo del amor, rechazo del don de Dios, rechazo de Dios.

Considera cómo se ha presentado Dios entre los hombres, y te adentrarás en el misterio de la fe: misterio del Dios escondido, misterio de una búsqueda que es hermana de oscuridades y sufrimientos.

Los padres de Jesús lo buscaron angustiados porque lo amaban, lo habían perdido, y no lo encontraban.

También Herodes lo buscó, pero sólo para matarlo.

Como Herodes, lo buscaron quienes tramaron su muerte y lo mataron.

Otros lo buscaron para escuchar su palabra, que dejaba la vida empapada en esperanza. Otros, porque esperaban ser curados. Otros, casi todos, como el posadero de Belén, ni siquiera cayeron en la cuenta de que Dios había aparecido en el mundo y vivía entre ellos.

“Nuestro Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombres”. Me pregunto si he aprendido a conjugar en tiempos de presente los verbos de esta confesión, me pregunto si también yo puedo encontrar a Dios en mis caminos.

El que a Belén llegó pidiendo posada desde el seno de una joven madre, el que a unos pastores se mostró envuelto en pañales y recostado en un pesebre, llama a la puerta de mi casa cada día, pidiendo entrar y que cenemos juntos.

Me pregunto en qué voz podré reconocer su palabra, en qué llanto su queja, en qué cuerpo su necesidad, en qué rostro su presencia.

Me pregunto si alguna vez lo he reconocido en la Eucaristía y en los pobres. ¡Me pregunto si lo amo!

La profecía se hace evangelio

“Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. Así empieza la liturgia eucarística de este domingo. Son palabras que no puedo imaginar sin unos labios que las pronuncien, sin un corazón que las llene de sentido, sin un alma que les dé el aliento, la fuerza, la violencia del mandato y del grito. Son palabras que puedo adivinar en labios quemados por la soledad y la aridez del desierto; palabras para corazones quebrantados en días sin trabajo, sin pan, sin salida. Son palabras para el silencio de los hambrientos, para el horror de los naufragios, para la precariedad de la vida. Son palabras que se adhieren a la carne de los pobres, y aunque ellos nunca lleguen a pronunciarlas, son su oración más verdadera, pues es su dolor quien las pronuncia, y es Dios quien en ese mismo dolor las escucha.

“Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. Las palabras del profeta, fuesen oración de los pobres o revelación del proyecto de Dios para ellos, se vuelven evangelio, son buena noticia de gracia para todos, si las vemos cumpliéndose en el misterio de la visitación de María de Nazaret a su prima Isabel: “En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre… En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”. Llega una virgen, la recibe una estéril. Con la virgen llega, como hijo en su seno, el rocío del cielo, la justicia de lo alto, la salvación de Dios. En el seno de la estéril salta de alegría el hijo que percibe presente el refrigerio del rocío, el consuelo de la justicia, la luz de la salvación.

“Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. Las palabras del profeta se vuelven hoy evangelio para la comunidad que celebra la eucaristía. Hoy entra en nuestra casa el rocío del cielo. Hoy se abre la tierra, nuestra humilde tierra, y brota en ella el Salvador. Hoy, en el seno de la Iglesia, saltan de alegría sus hijos, pues Cristo el Señor entra en nuestra casa, y con él nos visita la justicia que viene de Dios.

La alegría con que recibimos a Cristo que viene en la eucaristía a salvarnos, ésa ha de ser la alegría con que recibamos a Cristo que viene en los pobres a que lo acudamos.

Feliz domingo. Ven Señor Jesús.

Estad siempre alegres en el Señor

No parece que la parábola del rico necio tenga mucho que ver con el tiempo de Adviento, y, sin embargo, necesito recordarla antes de entrar en el misterio de este domingo:
“Las tierras de un hombre rico dieron una gran cosecha… Entonces se dijo: Amigo, tienes muchos bienes almacenados para muchos años: túmbate, come, bebe y date la buena vida”.
De este hombre se podría decir aquello de que “era tan pobre que sólo tenía riquezas”. Este hombre, aunque nadie en aquella noche le hubiese reclamado la vida, habría sido en todo caso un condenado al aburrimiento: túmbate, come, bebe, deja de preocuparte, disfruta la vida.
Necesitaba recordar esa parábola porque nos ofrece la contrafigura perfecta del Adviento, nos acerca al hombre del Adviento imposible, a un insensato atrapado en el espejismo de su granero lleno. Intenta, si puedes, dejarle el mensaje del Adviento: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. Serán para él palabras sin sentido. Él no espera a nadie; él no espera nada: ¡Tiene el granero lleno!
“Estad siempre alegres en el Señor”: Las palabras del mandato son palabras para pobres, para hombres y mujeres de granero escaso en bienes y con espacio para la esperanza; son palabra para expertos en zozobras, en incertidumbres, en debilidades, en humanidad; son palabras de gracia para ti, Iglesia amada de Dios, para ti que estás en expectación y te preguntas por la venida de tu Señor.
“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. Está cerca el que te ama: “Él se goza y se complace en ti”. Está cerca el que tú amas: “¡Qué grande en medio de ti el Santo de Israel!” Está cerca tu salvador.
La palabra profética anuncia su venida, la eucaristía la prefigura y la realiza, tus pobres la anticipan para ti. Hoy, por la fe y la caridad, tú escuchas la palabra del que esperas, lo recibes en comunión, lo abrazas en tus pobres. Hoy, por la fe y la caridad, el Señor está tan cerca de ti que está para siempre contigo en la palabra inspirada que escuchas y acoges, en el pan consagrado que comulgas, en el pobre a quien abrazas y cuidas.
“Estad siempre alegres en el Señor. El Señor está cerca”. En esa tierra tuya de comunidad pobre, verdea ya la mies de la justicia y la fidelidad: ¡El Señor será tu cosecha! ¡Y tú serás cosecha de Dios!
Feliz domingo.

Dios tiene nostalgia de ti:

Somos de Cristo y esperamos todavía a Cristo. Somos hijos de Dios, y esperamos que llegue el día en que se manifieste lo que somos. Vivimos en el agradecimiento, como quien todo lo ha recibido ya, y decimos «Ven, Señor Jesús», como quien espera aún recibirlo todo.

Nuestra vida transcurre a un tiempo «dentro» y «lejos» de la Jerusalén que es nuestra madre, «dentro» y «lejos» de Cristo en quien fuimos creados y redimidos. Por eso agradecemos y clamamos, hacemos fiesta y suplicamos.

Hoy resonó en nuestra asamblea la palabra del profeta: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y viste las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”.

En tu pobreza, Iglesia amada de Dios, creías que eras tú sola la que suplicabas, que era sólo tuya la nostalgia de la patria, que a ti sola estaba reservada la pena de la ausencia. Ahora, el profeta te recuerda que la patria tiene nostalgia de ti, que Jerusalén padece por tu ausencia, y que Cristo el Señor, tu creador, tu redentor, también él pide encontrarte. Vendrá a ti tu Señor, vendrá a tu encuentro, a tus caminos, a tu noche. Y sólo porque él te desea y viene hasta ti, hace posible que tú vayas hasta él.

“Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura y contempla el gozo que Dios te envía, Dios se acuerda de ti, Dios traerá a tus hijos con gloria”.

El profeta hablaba de Jerusalén, la ciudad que él vio iluminada por el esplendor de la gloria divina. Pero tú, que hoy has escuchado el antiguo oráculo, te has visto a ti misma, y, obediente a la palabra, subes a la altura de la fe para contemplar desde allí el gozo que te viene de Dios, un gozo tan inesperado y tan grande que te parece soñar.

Hoy subes a la altura y contemplas a tu Señor que viene a ti, humilde, pequeño y pobre como una palabra, como un pan, como un niño.

Hoy subes a la altura, y, por la fe, la esperanza y el amor, recibes al que viene a ti en la humildad de la palabra, del pan y de los pobres.

Hoy, contigo, se pone en pie la Jerusalén del cielo, la ciudad santa, la morada de Dios con los hombres, que al gozo eterno por la presencia de su Señor, une el gozo de verse en esperanza llena de hijos. Su nombre es también tu nombre: «Paz en la justicia, gloria en la piedad».

Ven, Señor Jesús.

Feliz domingo.

Eucaristía y frontera:

Ayer me acerqué con unos amigos a la frontera de Ceuta.

Durante el día habíamos hablado de inmigración, de caminos recorridos por miles de jóvenes para alcanzar, desde su lejano sur africano, esta orilla sur de Europa; para ellos, la orilla de una esperanza, la frontera de una tierra prometida.

El otoño se ha puesto ya de invierno, y el levante hace más intensa la sensación de frío.

A mis amigos, uno de Etiopía, otro de Mozambique, otro de Suráfrica, los acompañaba hasta Ceuta para que, de cerca, viesen los bosques que durante años fueron refugio de inmigrantes y en los que, según parece, ahora no queda ninguno; y, de lejos, adivinasen el trazado de la valla que rodea la ciudad. Lo evidente en el bosque y la frontera eran las furgonetas del ejército y los controles de la policía: ¡Soldados y policías emplazados allí para que allí no estén los pobres! ¡Soldado y policías pagados por la irracionalidad que dilapida en vulnerar derechos lo que tendríamos que gastar en hacerlos respetar!

¿Qué tiene que ver esto con nuestra Eucaristía dominical?

Puede que nada, pues en la homilía de este domingo no se nos va a recordar que el dinero con que se paga a esos soldados y policías lo ponen también los buenos cristianos españoles que en este domingo van a comulgar.

Aceptamos que el de “amar al Señor Dios con todo el corazón” es el primer mandamiento de la ley; pero no hay razón para que pensemos que ese mandato tenga algo que ver con unos extranjeros vigilados, controlados, desplazados, deportados en nombre de nuestro bienestar; podemos amar a Dios y desentendernos de esos hijos suyos que, por no tener papeles, han dejado de serlo. Ocuparse de ellos sería ‘buenismo’ indigno de personas razonables.

Aceptamos eso de “amar al prójimo como a uno mismo”; pero es evidente que unos extranjeros sin dinero no son “prójimo” nuestro, y mucho menos son “nosotros mismos”: gentes así son sólo una amenaza para nuestro trabajo, para nuestra identidad, para nuestra seguridad; y como una amenaza han de ser apartados de nuestra vida. Cualquier otra disposición sería mero sentimentalismo.

Puede que bosques, fronteras y pobres nada tengan que ver con el evangelio de nuestra eucaristía. Puede que consigamos amar a Cristo sin amar su cuerpo que son los pobres. Puede que consigamos comulgar con Cristo y subvencionar a quienes añaden sufrimientos atroces a su pasión.

Si así fuese, si nuestra misa nada tiene que ver con los caminos de los pobres, mucho me temo que tampoco tenga algo que ver con el camino que es Cristo Jesús.

Feliz comunión con el cuerpo doliente de nuestro Señor.

Y el Señor dijo que el cielo era de los pobres:

Hoy, la Iglesia que peregrina en la tierra, vuelve los ojos a la Iglesia del cielo, a la ciudad de los santos, para celebrar la gloria de sus hermanos, contemplar lo que espera alcanzar, y unir a la alabanza de Dios que resuena en las moradas eternas el canto de alabanza que resuena festivo en la asamblea eucarística.

La fiesta de Todos los Santos remite al cielo: a la dicha que es Dios, al consuelo que viene de él, a la tierra nueva que él ha preparado para sus hijos.

Remite al cielo, pero no nos aparta de esta tierra nuestra, del tiempo que nos ha tocado vivir, pues aquella dicha, aquella consolación, aquella tierra, aquella herencia, aquel reino, son para los pobres: para los que ahora lloran, para los que aquí son sufridos, para los que en esta tierra tienen hambre, los que han hecho de la misericordia su forma de vida, los que tienen corazón de niño y se han puesto a la tarea de construir la paz.

En la Eucaristía, en la palabra de Dios que escuchamos, en el Cuerpo de Cristo que recibimos, se unen el cielo que esperamos y la tierra en la que caminamos. Hoy, en el misterio de nuestra celebración, el reino de los cielos y los pobres se abrazan, el consuelo divino y las lágrimas humanas se besan. Hoy, en la comunidad eclesial, los hambrientos se sientan gozosos a la mesa que Dios ha preparado para ellos.

El cielo es de los pobres. La Eucaristía también. La Iglesia también.

“Nos parecía soñar”:

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar” (Salmo responsorial).

En la memoria del soñador podría haber estado Egipto, la tierra de la esclavitud, el mar dividido para el paso de los esclavos, las noches del éxodo bajo la luz de Dios, aquellos días bajo la nube, el desierto mitigado con agua de la roca y panes de rocío, la tierra prometida, una tierra con fuentes de leche y miel para la esperanza de un pueblo.

En la memoria del soñador, más cercanas que las tierras de Egipto y las maravillas del éxodo, quedaban las tierras de Asiria, y de Caldea, último solar de lágrimas y lutos para los desterrados de Sión.

El profeta evoca caminos que Dios abre en la estepa para el paso de los que volverán a la tierra de la libertad.

A la luz de la palabra profética, el futuro se ilumina con un éxodo de pobres hacia una nueva esperanza; Dios los guía entre consuelos; “entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas”.

El salmista evoca Pascua y fiesta, asombro, alegría y canto de los redimidos: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.”

En Cristo Jesús, en los sacramentos de su Pascua, el Señor ha cambiado nuestra suerte: Tocaste, Señor, mis ojos ciegos, y pude verte. Iluminaste mi vida, y pude seguirte. Me curaste, y pude amarte. Cambiaste nuestro duelo en fiesta, el luto en danza, la tristeza en alegría; la luz de tu misericordia iluminó la noche de nuestra esclavitud.

Cuando el Señor nuestro Dios cambió nuestra suerte… se nos llenó de paz el corazón, de alegría el alma, de risas la boca, de cantares la lengua, pues se nos había llenado de Cristo Jesús la vida entera.

Cuando el Señor cambió nuestra suerte… nos parecía soñar.

Un mundo de cambia suertes:

Si me preguntan cómo se llama mi Dios, les digo: Su nombre es, «El que ha cambiado mi suerte».

Si me preguntan, cuál es mi pueblo, les digo: Mi pueblo son «Los pobres a quienes Dios ha cambiado la suerte».

Si me preguntan cuál es mi tarea, les digo: Me han pedido que sea «Mente, corazón y manos del que cambia la suerte de los pobres».

Si me preguntan a quiénes he sido enviado, les digo: «A los pobres para que cambie su suerte».

Si me preguntan a dónde he llegado, entonces se hace ineludible la confesión y la petición:

Dios mío, no hemos llegado a tiempo para librarlos. Salieron hacia una esperanza, se quedaron a la deriva en un mar de angustia, naufragaron en un cementerio de agua. No hemos llegado a tiempo para cambiar su suerte…

Dios mío, que el mundo se te llene de corazones y manos para cambiar la suerte de los que lloran. Dios mío, que el mundo se nos llene de cambia suertes.

Últimos: nadie se conforme con menos.

El Señor lo dijo así a sus discípulos: “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”.

El que hoy, porque nos ama y porque cuenta con nosotros para amar, nos espera a la orilla de nuestro mar; el que para nosotros, sobre las ascuas del Espíritu, ha preparado el pan de su palabra y de su cuerpo; es él quien hoy nos invita a seguirlo por su camino, a ser como él, como “el Hijo del hombre, que ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”.

El que no quiso más grandeza que la de ser pequeño, ni más reino que el de Dios, ni más saber que la buena noticia de Dios para los pobres, es él quien hoy nos recuerda que “el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir”.

Hoy escuchamos y creemos para ser como él.

Hoy comulgamos y, por la fe, la esperanza y el amor, nos ponemos en camino para dar la vida con él.

Por la fe, la esperanza y el amor somos de Cristo, somos cuerpo de Cristo, somos presencia de Cristo en el mundo: presencia viva, presencia espiritual, presencia real.

Y no habrá de apartarse el sacramento –que es la Iglesia-, de la realidad que en él se representa –que es Cristo-.

Quiere ello decir que también la Iglesia, como Cristo Jesús, ha sido ungida y enviada, no para ser servida, sino para servir; los hijos de la Iglesia estamos en el mundo, no para preservarnos sino para darnos, no para ser nuestros sino para ser de quien necesite de nosotros.

Y cualquier forma, no digo ya de tiranía o de opresión sobre otro, sino incluso de olvido del otro o de indiferencia frente a su necesidad, sería del todo incoherente con esa condición nuestra de “sacramentos de Cristo Jesús”.

Libres como Cristo Jesús, movidos como él por el amor, apegados como él a la justicia y al derecho, empapados como él de misericordia, siervos de todos como él, esperamos y pedimos que Dios, por nuestros ojos, continúe mirando a los pobres con el amor entrañable con que los miró por los ojos de Jesús de Nazaret.

Para ello habremos de desprendamos de nosotros mismos hasta hacernos de todos y de Dios, como Jesús.

Lo hemos oído en el evangelio: “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”. ¡Y lo hemos creído!

Lo oímos cada vez que celebramos la Eucaristía: “Tomad y comed, porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. ¡Y lo comulgamos!

Y creyendo y comulgando, hemos aceptado, como forma de ser para nosotros, ese “servir y dar la vida” que es la forma de ser de Cristo Jesús.

Nadie se conforme con menos: Vamos con Jesús hasta el último lugar. Rompamos y entreguemos con Jesús el pan de nuestra vida.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.