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¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
5 abril 2026

Fr. Emilio Rocha Grande, ofm, arzobispo de Tánger, escribe a los diocesanos con motivo de la Pascua de Resurrección.

¿POR QUÉ BUSCÁIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE? (LC 24,5)

Tánger, 5 de abril 2026

Hermanos y hermanas que en la archidiócesis de Tánger camináis tras las huellas de Jesucristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, el Señor os bendiga con la paz.

Con el corazón lleno de alegría espiritual, me dirijo a todos vosotros cuando celebramos el día glorioso de la Pascua del Señor, este día en el que con gozo y esperanza celebramos el misterio central de nuestra fe: la Resurrección de Cristo, luz eterna que rompe las ataduras del miedo a la que san Francisco de Asís gustaba llamar “nuestra hermana la muerte corporal”.

Hoy, en la oscuridad de la noche, en todas nuestra iglesias hemos encendido un fuego del que se ha prendido la llama del Cirio Pascual, señal de la presencia viva del Señor Resucitado en medio de nuestro mundo. Es una luz que no tiene miedo a adentrarse en medio de las sombras que con fuerza crecen en el nuestro tiempo. Vivimos una época lacerada una vez más por guerras, como en Ucrania cuyo grito de dolor nadie parece oír, en Medio Oriente donde los inocentes pagan con su sangre a causa de una violencia que no han provocado, pero también en muchas otras regiones de nuestro continente africano y de otras partes del mundo.

En un mundo sacudido por amenazas globales, crisis económicas, injusticias y desigualdades sociales y en el que el Derecho Internacional viene dejado de lado, la voz de la Iglesia, que ha resonado con fuerza en la Vigilia Pascual proclama con firmeza:

¡Cristo ha resucitado y la muerte ha perdido su poder! (cf. 1Cor 15,55)

La Resurrección no es un acontecimiento del pasado del que cada año celebramos una memoria histórica; es la fuerza de Dios que hoy sigue actuando en nosotros y entre nosotros. Es una fuerza que transforma a quien acoge a Cristo en su corazón. En el contacto con el Resucitado quien vive atenazado por el miedo se vuelve valiente, quien vive oprimido bajo el peso del pecado se alza y camina de nuevo libremente, quien sufre sumido en la desesperación recupera la esperanza. En la mañana de Pascua el mundo se ilumina con la nueva luz que nace de la tumba vacía del Crucificado.

Con san Juan Crisóstomo también nosotros podemos decirnos unos a otros con el corazón henchido de esperanza: «Que nadie se aflija por los pecados, porque de la tumba ha surgido la remisión. ¡Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Salvador nos ha liberado!»

 En Marruecos, tierra a la que el Señor nos ha conducido, los cristianos estamos llamados a ser, por nuestro modo de vida, testigos de la luz. No podemos quedarnos gozosos, pero paralizados, ante a la tumba, mucho menos todavía podemos vivir como si Cristo no hubiera resucitado. La luz de la Pascua nos impulsa a actuar allí donde nos encontramos. La resurrección de Jesucristo pide de nosotros ser instrumentos de su amor allí donde lo que reina es el egoísmo, la prepotencia, la injusticia y cualquier forma de desprecio a la dignidad inalienable del ser humano.

En este momento histórico turbulento e inestable, os deseo que la luz del Resucitado sea fortaleza, consuelo y guía. Que cada bautizado, cada familia cristiana, cada parroquia y cada comunidad de vida consagrada sea una iglesia doméstica, un signo creíble de la presencia del Resucitado y un faro luminoso en medio de las oscuridades que nos rodean.

San Agustín de Hipona decía con fuerza a sus cristianos: «‘No podemos dejar de hablar de lo que hemos oído; no podemos dejar de evangelizar a Cristo Señor. Que cada uno lo proclame donde pueda, y así será un mártir.» Estas palabras nos recuerdan que la Resurrección de Cristo no es solo un acontecimiento histórico, sino una realidad viva que nos llama a una conversión continua, una invitación a redescubrir el poder transformador de la fe que ilumina nuestro camino hacia la santidad, meta definitiva hacia la que se dirigen nuestros pasos en seguimiento a Cristo.

Vivimos en una época en la que muchos países de antigua cristiandad parecen a menudo dar la espalda a la transcendencia; en ellos la voz de Dios queda ahogada por el ruido del consumo, el relativismo y el individualismo; es una cultura secularizada –que también nos afecta a los cristianos en Marruecos– donde Dios es olvidado o reducido a una idea desencarnada y ajena a la realidad de la vida cotidiana; en este contexto la Pascua del Señor se eleva como un clamor poderoso, como una luz que no puede extinguirse: es la proclamación de que Cristo ha vencido a la muerte, de que el amor es más fuerte que el odio y de que la santidad sigue siendo posible hoy.

San Gregorio de Nisa escribe: «Con la Resurrección nace otra vida, otro modo de vida.» Esta «otro modo de vida» es la santidad cristiana: una vida iluminada por la luz de la Pascua, arraigada en el poder que proviene del Resucitado, capaz de resistir los vaivenes cambiantes de la moda y de transformar el mundo partiendo de la evangelización del corazón humano.

La resurrección de Jesucristo no es una evasión espiritual, una especie de opio que nos anestesia ante las dificultades de una vida no pocas veces hostil, sino la certeza firme de que Dios actúa realmente en la historia y de que la tumba del Crucificado está vacía no solo en Jerusalén, sino también en los corazones de quienes acogen a Cristo. Esto nos impulsa a los cristianos a ser también dadores de esperanza, constructores de justicia y paz e instrumentos de resurrección. Encuentran aquí un eco unas palabras de San Atanasio: «El Salvador ha traído su resurrección a la humanidad, para que nosotros también podamos resucitar con él».

A nosotros se nos pide aquí y ahora ser testigos gozosos y agradecidos de una esperanza enraizada en la resurrección de Jesucristo, compartiéndola con aquellos con quienes compartimos el camino de la vida en la familia, el trabajo, el estudio, la amistad, el ocio…

A todos os deseo vivir con intensidad un gozoso Tiempo pascual; pido al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef, 1) que podamos recorrerlo apoyados y sostenidos por la fuerza que nos otorga la fe en el Resucitado, “camino, verdad y vida” (Jn 14,6); el mismo que nos dice hoy a cada uno de nosotros: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

 

+Fr. Emilio Rocha Grande, ofm
Arzobispo de Tánger

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